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La Manzana Envenenada


Nunca compraré un Iphone. Jamás. Recuerdo ahora su voz firme como de quien le da ultimatums a la vida. Yo sonreía desde la cama. Ahora recuerdo todo eso con mi nuevo celular en la mano, pensando que quizá debí hacerle caso. Siempre había sido la “chica manzanita” y durante los últimos meses había tenido que acostumbrarme a un sistema operativo diferente al de Apple. Por fin hoy, todo volvería a ser como antes. Lo que no imaginaba era que tan antes.

Al configurar mi nuevo juguete, todos los mensajes y fotos guardadas de la corta relación que mantuvimos, estaban intactos allí en todas las redes sociales por las que se nos hubiera ocurrido encontrarnos. Incluso había ese último mensaje que me erizaba la piel como si fuera reciente: Amor, dónde estás?

Mi alegría infantil de abrir nuevas cajitas con nuevas compras, se había evaporado de pronto. Me quedé allí, fuera de la tienda sin ánimo de llamar al taxi, reconstruyendo una a una todas nuestras conversaciones. Como diría mi hermana: Una huevada. Si, lo sé, era absurdo remover recuerdos a estas alturas, pero era tan proclive a la melancolía como a no dejar ir los recuerdos. Casi nunca borraba fotos, ni cartas, incluso de remitentes anónimos y con él no había sido la excepción. Había guardado todo, incluso las fotos mas borrosas y los videos mas vergonzosos. Ahí estábamos los dos antes de toda la tormenta, en plena luna de miel. Enviándole yo mensajes desde Hawaii como si fuera la separación mas dolorosa de mi vida. Aún ahora veo las fotos de las antorchas junto a la playa y no pienso en Honolulu, sino en cuanto estaba esperando volver a Lima, a verlo, abrazarlo y todas esas cosas que ahora resultan si, lejanas, absurdas. Inútiles.

Desde ayer vivo en una indecisión de coger el teléfono y saber como está, solo por el hecho de saber si está. Y en eso recuerdo a mitad de otro insomnio quizá mas largo que los anteriores, las veces que pensé que lograríamos ser amigos. Porque éramos tan buenos hablando que era obvio que él se quedaría en mi vida un poco más que para siempre. Tanto así había logrado abrirme con alguien, tanto así lo quería para ser mi amuleto contra la cordura. Siempre pensé que lograríamos pasar esa etapa, pero como a veces sucede en el amor y otras tonterías yo también me equivoco.

La amistad después del amor jamás ocurrió. Las veces que intenté comunicarme no lo reconocí en ninguna palabra ni en ningún gesto que denotara que él- por un breve lapso del verano- había logrado ser mi mejor amigo. Suena triste, lo sé. Pero algo que he aprendido de las relaciones, es que la ternura y la amistad pueden perdurar más que el amor. Así que me aferro a la idea de si alguien puede cuidar de ti incluso sin amor. Si esa palabra la escuchara él, quizá se reiría a carcajadas, porque me lo dijo mas de una vez durante el periodo de tormenta y con eso me mataba. Esto no es amor, nunca lo fue...  La embriaguez hace decir las verdades mas brutales a destajo y cada quién vive la verdad que se le antoja, para mí si había logrado ser todo eso que le entregué. No me arrepiento ni un minuto de lo natural que fui con él, aunque eso signifique tener contra mi un cuchillo de doble filo.

Parada allí en medio del ƒrío limeño, podia sentir la humedad golpeando mi rostro igual que el primer día de vacaciones entre flores tropicales y una promesa de hallar algún lugar al final del arco iris en donde volver a vernos. Qué lejos se había quedado el verano! El jamás preguntó por mí y el periodo que pasé sin hallarlo activo por ninguna parte, pensando lo peor, lamentando no haberme quedado con él, así el no me quisiera a su lado, solo fue una epifanía de creer que yo podría hacer algo más si el no se hallaba bien… Ser su amiga quizá? Nunca desapareció, todo las dolencias raras que le atribuí no eran mas que la indiferencia después de terminar una relación tan breve. Ahora creo que lo único que quería era tenerme lejos  y eso también traía puntitos de dolor extra. Tal como llega el otoño las primeras hojas secas cayeron y con ellas una verdad que no quería ver. Lo que fue profundo para mí no pagaba con reciprocidad. Quizá nunca había existido esa magia y me lo inventé todo yo, como forma de pasar mejor un duelo engorroso.


Ahora pienso todo eso y me cuido de no llamar, ni enviar ningún correo. Sin embargo, de vez en cuando como ahora con el nuevo móvil, paso la madrugada deslizando mi dedo por viejas fotos a color donde el duerme plácidamente, dudando si enviárselas algún día y hacerle saber que sin duda debía sentirse feliz porque alguna vez fue amado como nadie, sin dar casi nada a cambio, solo a si mismo, a todo lo ancho y largo tal cual era, y en eso residía toda la magia que no tenían los aficionados. Mi corazón late mas fuerte de madrugada pensando en eso, pero lo tapo con una colcha caliente, lo sofoco hasta hacerlo dormir. Porque todo eso es ahora parte de un sueño que nadie aprendió a relatar  lo suficientemente bien como para que se volviera real. Lo recuerdo y soy feliz aunque sufra, como quien consiente comer de la manzana envenenada esperando llegar el sueño eterno.


Hoy suena: K-Cigarettes after Sex
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