viernes, junio 16, 2006

Charlas de Viernes sin café

Te tengo que contar una cosa, por eso no me pediré el café habitual, sino un matecito de coca, que por otros rumbos llaman té verde, pero a ese nombre por muy poético que suene no me acostumbro del todo. Te tengo que contar que odio al mundo… Pero ¡mira que ojos pones! Cada vez que le digo a alguien la palabra odio, se quieren poner a equilibrar el vaso diciendo que necesito mas cariño al prójimo, mas “amor” y mira que de sentir amor yo tengo las 24 horas, pero a veces me da ganas de odiar al mundo y ahí es cuando las cosas se ponen color de hormiga. Porque es igual que cuando le cuento a alguien que quise llorar hoy o que anduve deprimida y entonces me intentan callar como puedan, con historias peores, como para que me sienta bien con eso de que “mal de muchos consuelo de tontos”. Y mira que cuando pasa eso, se me acaban las ganas de contarle nada a nadie. ¡Porque ni la dejan llorar tranquila a una!


Siempre he dicho que aquellos que mostramos un perfil depresivo o que mas bien, amanecemos un día sin ganas de maquillarlo, somos los leprosos de este siglo. Somos esa gente que arruina el paisaje usual de felicidad, a quienes deberían amarrarnos según nuestros congéneres mas equilibrados y sonrientes y fondearnos frente a Larco Mar para que no interrumpamos el paisaje con nuestras caras tristes o nuestro hablar melancólico. Si ya se, quieres decir algo que me haga sentir bien, decir algo…cualquier cosa…Yo se, es como leer blogs y esa extraña manía que nos ha dado a todos por comentar todo lo que leemos aunque no tengamos nada por decir, mas que puntos suspensivos. ¿Sabes? Yo detestaba a la gente que hacia eso, que dejaba sus comentarios por media blogósfera, no me parecía ético andar arruinando la belleza de un texto agregando palabras; ni siquiera tener que comentar sobre cuestiones íntimas, pero de pronto, yo también comencé a hacer lo mismo, como para dejar una huella, de “estuve aquí y quise escucharte” y ahora entiendo que cuando una se confiesa frágil, haya siempre alguien dispuesta a interrumpirte y decirte “no te sientas mal, estoy aquí”, eso habla mucho de su sensibilidad y de su don de ayudar, pero también de ese concepto erróneo de que si le secas las lágrimas a alguien, ese alguien ya no se sentirá mal y llegará a su casa y no intentará hacerse daño. No es mi caso, no te asustes, ya te digo que le temo al dolor y que el único daño que me hago es cuando me tengo lástima y desearía solo seguir durmiendo.

Recuerdo un cirujano que nos contaba como venían las hemorragias nasales y que en ese momento, toda la gente intentaba darle una toalla, un papel al afectado, para que se cubra, para que oculte esa sangre…medidas que no sirven nunca para detener la hemorragia, sino solo para ocultarla del resto; porque en verdad la gente que dice querer ayudar solo tiene miedo, de esa sangre que mancha, esa sangre que no se debe mostrar, porque hay personas susceptibles, que se hieren por esa sangre que derramamos los menos. Y a veces pienso que con las personas tristes la cosa va igual, los amigos se acercan a secarte las lágrimas y a hacerte chistes para que no llores, pero de tanto impedirte llorar, un día te asfixian con sus pañuelitos suaves y te matan sin darse cuenta, porque la gente no se da cuenta que la tristeza es como una herida que necesita ser drenada, no tapada. Y que si uno quiere un amigo es para que te sujete la mano no para que te impida estar triste.

Ya no te acongojes, que a esto no te invite el café que mira que ni lo tomas por ponerme esa cara de culpa por andar de sordo ante mis múltiples quejas. Vine a contarte el porque de mi odio al mundo y es que creo…y mira, mejor te lo digo bajito…creo que no soy tolerante…Joder! No te rías, que ese problema me esta matando, porque yo odiaba a la gente intolerante, no podía sentarme en la misma mesa con alguien así, pero creo que yo también lo soy y eso me ha nublado el día. Y es que yo no soporto alguna gente, tu sabes “esa gente”, si la que dice ser mas que el otro, la que dice tener mas que el otro, la que dice saber mas que otro…pero a la finales son mas ignorantes que uno y eso, eso me está salando la sopa, amargando el café y poniendo mas que ácida la limonada. Y es que de vez en cuando yo me topo con alguien que se dice bien leído y me cuenta lo que lee y entonces…ay! Entonces yo q1uisiera ponerle ese cartelito de “Por si acaso soy culto”, porque con esa lista de libros ya ni para conversar de nada me da…Si, ya se, soy una exagerada; pero igual me pasa con la música, con esos cantantes de moda, con ese estilo de canción que pretende volver poema a la rima absurda y de versos trillados. Si, joder! Soy una intolerante. Porque me jode a veces cuando la gente se viste con cuadrados y rayas, fingiendo un estilo que no tiene, queriendo un poner look harto desfasado…Y yo, bueno ya se…que tu odias como yo a esa gente simpática que lee “sopa caliente para el alma” y anda siempre sonriente, pero a diferencia tuya que puedes tolerar su presencia sin hacer comentarios extras, a mi me apetece un buen martillo, cuando se ponen a hablar lo que no es…como ves…soy intolerante…hasta me tiembla la mano cuando me doy cuenta en lo que pienso durante esas reuniones aburridas de gente hablando de que las empanadas son mejores en el país que ¡oh! Casualidad ellos visitaron el invierno pasado; o hablando de la última moda en no se donde y ay! Si supieras que después de esas charlas terminó casi deprimida…Y mira, yo se que a ti también te molestan, pero a mi esa idea me jode el día. Porque de verdad yo me deprimo al oírlos, al tener que soportarlos, al tener que sonreír.

Vieras como sonrío! Algunas veces hasta parezco interesada, cuando preferiría irme a casa a leer un buen libro, que no sea un best seller de algún tipo que dice solucionarte la vida con ideas caseras. O la verdad me da ganas de fumarme un cigarrito, aunque no debería acercarme a la nicotina, pero ya sabes, cuando estoy de mal humor a veces me provoca olvidarme del daño al medio ambiente y del daño a mi misma y dejarme ser.

Yo admiro a esa gente que puede mandar al infierno al mundo y decirles en su cara de vez en cuando lo necios que son, yo no puedo. Por eso vivo algo frustrada, por eso que me interesa el boxeo tailandés, por eso que a veces escribo esas cosas que no publico. Yo estoy cansada , sabes? Porque cada vez que camino me topo con gente a la que me apetece devolver a la escuela, enfermeras que casi matan a mis pacientes, por no saber que droga dar en el momento correcto; dentistas que no saben la dosis de penicilina; médicos que no saben leer mas que de medicina; tíos que no leen del periódico mas que la sección deportiva; mujeres que leen solo las novelitas que se filman en el cine…en fin, tengo una lista grande…pero ya se lo que me dirás: que debo ser mas tolerante, porque voy a terminar sola y sin solucionar nada. Pero…

Pero mírame, carajo! Soy tan tolerante que callo cuando debería mandarlos a freír monos, tan tolerante que sonrío cuando debería hacerlos morder el polvo, enredándolos en sus propias palabras; mírame! Camino entre la gente y aparento que nada me desestabiliza y luego, vengo aquí y lo vomito todo…toda esta sopa de tolerancia mal masticada y me siento bien, pero tu me dices que no odie al mundo si lo que necesito es amor…pero te digo una cosa? Ya estoy enamorada…ese dejó de ser un problema…el problema es lo otro, mi pesimismo con la gente que como tu se dicen tolerantes.

Bueno olvidemos el matecito, el café sin azúcar y las bebidas para hablar susurrando, hoy quiero gritar un poco,quiero bailar y olvidarme de esa gente que me anda nublando el día...Oye, anda... vente a beber conmigo.
.
.
.


****"fui tan dócil como...tan sincero como pude ser…" ( Ella usó mi cabeza como nun revólver- Soda S)

miércoles, junio 14, 2006

"UN BÚFALO LLAMADO AMOR"



Coralí despertó con el presentimiento de que ese martes 13 sucedería algo bueno. Que ese día ocurriría algo sorprendente, lo había soñado. Pisó con el pie izquierdo, bajó corriendo las escaleras de madera y le avisó a su madre que ese martes algo grande sucedería.

Su madre como siempre no la oyó, pero Coralí siguió cantando el resto de la mañana, esperando una señal de que su presentimiento nocturno se haría realidad ese Martes.

Durante meses Coralí había estado triste, yendo de la cama a la mesa y de la mesa a la hamaca del jardín para leer libros de Coetzee y llorar para adentro con esos recuerdos de Infancia. Coralí hace meses que no salía al mundo exterior, subía a lo alto de la azotea y suspiraba al ver el mar como una línea azul que rodeaba la isla donde vivía con su madre, alejada del país y de la civilidad que ahora detestaba. Coralí vivía pues, nadando en nostalgia.

Pero esa mañana el café tuvo mejor sabor que siempre, las galletas de avena sin azúcar acariciaron su paladar sin pegarse detrás de los dientes como todas las mañanas y Coralí se llevó las manos detrás de la nuca esperando ese suceso grande que confirmaría de una vez y para siempre, su poder pitoniso ante su incrédula madre.

Coralí salió silbando al jardín, se tropezó con el gato negro de la vecina sin dar un grito ante su maullido de fiera doméstica; y mientras sacaba las flores moradas de las masetas pasó bajo la escalera de maderas apolilladas que daba al techo, sin percatarse de que acababa de romper en media hora, todas las cábalas para apartar la mala suerte que tenía su madre.

El resto de la mañana Coralí se la pasó en el techo junto al parrón de ramas torcidas y racimos rosados, esperando ver algo en el horizonte; la llegada de un navío, los signos de una tormenta, algún eclipse no anunciado por los canales de televisión, una ballena gigante que hubiera equivocado su rumbo…algo sorprendente…pero nada.

Coralí bajó las escaleras con la cabeza baja sin rendirse aun, en su búsqueda de señales para el esperado gran suceso de ese Martes 13. Su madre cocinaba junto al fogón de llamas coloradas sin hacer mayor caso de las predicciones de su hija, mientras Coralí se apoyaba meditabunda en el muro grasoso de la cocina, sin atreverse a ayudar en nada , como el resto de mañanas desde que había vuelto a la isla.

- Anda Coralí, ve y lávate esa cara de sueño, has estado toda la mañana en el techo y ya te has puesto del color de una manzana.

Coralí hizo un mohín de aburrimiento y obedeció a su madre volviendo al patio trasero, donde las hojas secas bailaban con el viento, ajenas a cualquier acontecimiento inesperado. Se había cansado de insistirle a su madre sobre el gran suceso que se daría ese día, pues lo había presentido en sueños de madrugada; así que ahora esperaba silente para poder impresionarla y convencerla con los hechos.

Comenzó a lavar su rostro insolado por el calor del trópico, con el agua que salía chisporroteando del caño enclenque. Al mirarse en el espejo sin marco, se sintió ajena a esa imagen inmóvil; como todas las veces antes, sintió que ya no era ella la que habitaba bajo ese cuerpo de ojos cansados y piel del color de durazno, en el que vivía hace años de prestado. Ella se imaginaba con los ojos marrones y los cabellos cayendo en rizos desordenados, con las mejillas levantadas y el mentón pequeño; pero su imagen en el espejo era otra. Así que como ya no aguantaba ese disgusto de mirarse al espejo y ver a una desconocida que no le agradaba, mirándola con ojos color caramelo; lo cogió de la pared y lo tiró al suelo rompiéndolo en mil pedazos.
Su madre salio al zaguán de la cocina limpiándose las manos en el delantal, sin admirarse. Desde que Coralí había vuelto a casa, ya no le admiraba que rompiera los espejos, las copas y las cacerolas en donde paseaba su reflejo de niña triste, sintiéndose fea por su piel de durazno y sus grandes ojos alargados.

- Limpia bien todo, Coralí!- le gritó su madre volviendo a la cocina a picar la zanahoria para el aderezo. Nada proveniente de su hija podía ya sorprenderla.

Coralí limpió el desastre que había dejado junto al lavadero del patio, cubierto ahora por espejos diminutos que reflejaban un cielo demasiado azul para su gusto, tan azul que era imposible pensar en una tormenta o algún otro fenómeno atmosférico con categoría de “sorprendente” que pudiera romper la calma de la pequeña isla. Avizoró el clima por décima vez ese día y se dio cuenta que el sol seguía brillante en medio del cielo celeste, sin hacer el menor caso a su premonición onírica.

Coralí se metió al comedor donde se respiraba aún la frescura de la tarde y encendió la televisión para ver que decían las noticias sobre algún desastre inminente; las probabilidades de algún terremoto en Asia Menor, si los americanos atacarían esa mañana algún pueblo inocente, si un OVNI había sido visto; pero nada. Terminaba el día y nada realmente sorprendente pasaba en el mundo. Incluso las manifestaciones estudiantiles habían cesado en el país y era el primer día que no atrapaban a nadie por llevar droga escondida en el bolso o en el estómago.

Hacia las nueve de la noche Coralí estaba descorazonada. Fue al jardín en donde una preciosa luna llena hacia ver fantasmales incluso a los lirios mas inocentes y se atrevió a cruzar el umbral de la puerta trasera. Hace meses que no salía de casa por temor a encontarrse con alguien que la reconociera...o aun peor que no pudiera reconocerla. Pero a esa hora todos debían estar viendo la novela de moda igual que su madre y nadie podría verla pasear por las callecitas vacías, con su vestido rosa y los pies pequeños dentro de las sandalias desgastadas.

Desde que Coralí volvió a la isla, no se había dejado ver por nadie, nadie para preguntarle ¿que pasó con su profesión? ¿Que pasó con su futuro que prometía ser brillante allá en la civilización? No, Coralí, ya no hablaba con nadie y si los vecinos murmuraban que ella tenia una enfermedad incurable y era esa la razón por la que había vuelto a la isla, eso la tenia sin cuidado. Su madre era callada y la brisa del mar sanaba, si tenia que ocultarse en un lugar para sentirse serena nuevamente, era en esa isla de cañas de azúcar y viento fresco agitando las flores, en donde nada podría volver a trastornarla.

Coralí salió caminando por la calles vacías de la isla, viendo las luces encendidas tras las cortinas cerradas y suspiró tranquila de que nadie del pueblo estuviera fuera para cruzarse con ella, caminó hasta la playa llena de guijarros blancos y lanzó uno a uno al mar pidiendo deseos que eran para otros. Al tirar el último guijarro que tenia a mano, un chapoteo inusual la sacó de sus ensoñaciones.
Tras suyo y con la ropa blanca mojada hasta las rodillas, un hombre corría por la orilla de la playa con los zapatos en la mano. La noche cubría en su bóveda brillante toda la playa vacía.

Coralí se quedó inmóvil, al ver al hombre de largos cabellos y barba crecida, que venía corriendo hacia ella, como para embestirla; pero Coralí no podía apartarse, pues no definía si la imagen que veía era uno mas de sus sueños despierta o realmente era un marino que salía del mar para embestirla con la fuerza de un un búfalo suelto; el hombre pasó por su lado rozando apenas con su mirada la presencia florida de Coralí a la orilla del mar en calma.
Coralí abrió los ojos enormes al ver al hombre vestido de blanco corriendo descalzo por la orilla iluminada de la isla, pasar junto a ella. Pero el hombre apenas si la vio, miles de estrellas presenciaron el susto de Coralí inmóvil con las olas lamiendole los pies. Solo los ojos de aquel hombre, grises como piedras bien pulidas se quedaron en la mente de Coralí y la acompañaron todo el camino de retorno a casa.

Cuando su madre la vio llegar de vuelta, pálida y con las pies llenos de arena, le tocó el rostro y las manos asustada; era la primera vez que su hija salía de casa, desde que retornara a la isla hacía seis meses.

- ¿Qué pasa Coralí, qué te ocurre?

Coralí balbuceó algunas palabras de cómo había caminado a solas hasta la playa, asegurándose que la orilla estaba desierta y había visto un hombre vestido de blanco salir del mar.

- Pero ¿te ha hecho algo, Coralí? ¿Te dijo algo ese hombre?

- No, no dijo nada , mamá…solo salió del agua y me miró…

Su madre se quedó mirándola sin entender la expresión estúpida de su hija.

- ¿Eso nada mas? ¿Pero que sientes , te sientes bien Coralí? ¿ te duele algo?

- No…solo siento como…como si un búfalo me hubiera golpeado en el pecho

Su madre abrió los ojos bien grandes, dio un paso hacia atrás y ante la sorpresa de Coralí se echó a reír tomándose del abdomen.

Coralí volvió en si y le reclamó molesta que le pasaba, si acaso se había vuelto loca. Su madre no acostumbraba reír a carcajadas ni viendo el “Chavo del ocho”

- No Coralí, solo me dan risa tus presentimientos- y seguía riéndose- ¿No te das cuenta, hija? Ese gran acontecimiento que esperaste todo el día acaba de suceder- y siguió riéndose con esa carcajada de pavo que tenía su madre.

- ¿Qué, te refieres a ese hombre? ¿ Crees que sea algún terrorista? ¿Algún guerrillero?

- No, Coralí ¡Por Dios! ¿qué cosas se te ocurren? Me rio por ese búfalo que dices que te golpeó en el pecho… Hija, ese Búfalo se llama amor y te acaba de sorprender hoy, vaya que se cumplió tu profecía de asuntos sobrenaturales...- y se continuó riendo sentada en el sillón de mimbre del comedor, mientras las mejillas de Coralí se incendiaban como un durazno puesto al fuego.
****(Para los nacidos en el año del Búfalo y para los que viven cerca al mar)

martes, junio 13, 2006

Poniendo el Pecho


Lo peor que me pasó llegada la pubertad no fue la menstruación, fue tener que usar sostén. Eso acabó con la libertad de mi cuerpo, fue el primer símbolo de que yo era una mujercita que debía ocultar su crecimiento.
Las demás niñas hablaban de que usaban "formador" y yo no entendía la palabra, que la relacionaba con algún aparato de ortodoncia. Creía que a mi jamás me pasaría eso; pero un día mis pechos empezaron a crecer y dos botones asomaron tímidos bajo la blusa escolar, sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Quise usar camisetas, frotarlos para que los pezones no estuvieran puntiagudos, pero nada daba resultado; del tamaño de dos chapas de coca cola, mis pechos empujaban por ver la luz. Yo me mantuve terca en no usar nada debajo de la blusa, pero los muy canallas seguían creciendo. Lo peor de todo: Dolían.

Si, recuerdo ese roce doloroso contra la camiseta escolar y mojarme con agua fría en las noches, para que dejaran de doler por el roce contra la ropa. Finalmente tenia que usar esa tortura que se llamaba "sostén formador" y que mis demás amigas lucían con el orgullo de adultas; y es que ya me era molesto correr y que dos masas se movieran ajenas al resto de mi osamenta.

Mi madre me compró el sujetador blanquísimo con tirantes de sesgo, que pretendía amoldarme las mamas en su sitio para el resto de mi crecimiento y que yo no sabía ni como ponérmelo sola. Batallé un par de minutos, pensando si acaso el hecho de no haber jugado PLAYGO de mas chica fuera la causa de que no pudiera armarme con ese lío. Finalmente lo tenía puesto y me sentía mas incómoda que con corsé ortopédico, los tirantes ardían, el broche dolía y toda mi piel se resistía a usar esa especie de arnés para caballos al que yo no le veía gran utilidad.
Juro que intenté un par de semanas, pero no podía. Al menor descuido me ocultaba a rascarme la espalda en el baño como si fuera un perro sarnoso. No entendía porque mis amigas no se quejaban y llevaban esa tortura con la dignidad de alguna virgen que camina rumbo al sacrificio.

Era tanto el tormento de andar con el bendito sujetador que un día me lo quité y lo tiré al fondo del ropero. Me juré no volver a usarlo más, así tuviera que vendarme los pechos para seguir jugando. Las vendas eran mejor que ese sostén horrible. Odiaba esa forma puntiaguda que tenía, como si fuera un molde para dejarme las tetas en forma de cono, que ahora se coronaban con un par de pezones en punta de flecha, que atacaban a todo aquel que se acercara a abrazarme. Me imaginaba llegar a los 15 años con los pechos dignos de algún video de Madonna, puntudos y amenazantes.

Por suerte encontré algo mejor que las vendas, oculto en el cajón de mis hermanas que ya estaban estudiando fuera. Era un "strapple", uno de esos sostenes sin tirantes que se usan para ir a las fiestas, suave y sin costuras; tenía además , unos diseños dorados en la parte superior que lo hacían ver como una especie de bikini. El único problema es que me quedaba grande y que mis pechos ahora, no tenían nada que los sujete y caían con su rostro deprimido apuntando ya no al sol, sino al sur. Pero no me importaba; aun desconocía que uno de los peores traumas para una mujer es sentir sus pechos caídos en la edad adulta.
Así que me dispuse a usar el strapple en vez del formador. Ahora mis amigas durante las piyamadas me envidiaban por usar un brassier de señoritas, que jamás les comprarían sus madres, acostumbradas al típico formador blanco de tela con rosita en el medio diseñado para niñitas buenas.

Pasado el tiempo, yo no veía muchos cambios apreciables y aprendí a usar unos sostenes algo mas suaves que ya no me herían tanto los hombros con sus ridículos tirantes. Digamos, que mi piel se hizo mas resistente al roce, el problema era en verano con la insolación en la espalda y tener que usar ese arnés que te define como mujer. A mi la menstruación me venia irregular a esa edad y no me preocupaba mucho como algo que marcara mi femineidad, pero lo de los pechos !me estaba volviendo loca!

Lo peor vino luego, cuando al promediar los 15 años en las clases de gimnasia al muy original profesor de deporte, se le ocurrió ponernos a trotar frente a la clase de hombres. Ellos trotaban y raneaban, nosotras igual; el problema es que sus miradas se veían diferentes y todos se acomodaban con un tic raro los pantalones holgados de deporte. Por algún motivo todos tenían risitas y algunas de las chicas entre ruborizadas y contentas, también.

Luego entendí el motivo. A todas las chicas los pechos nos rebotaban como globos sueltos bajo la camiseta de deporte, pero a quien mas le rebotaban era a mi. ¡Maldición! Era la primera vez que notaba que mis amigas tenían los pechos como esbozos de limoncitos bajo un adecuado sostén de deporte y los míos bajo mis sostenes sueltos para evitar el roce de los tirantes, ya iban del tamaño de mandarinas con movimiento independiente!
Claro, que no faltó alguna que ayudara a los chicos a burlarse, imitando mis saltos astronautas y a mis pechos desafiando a la gravedad. Yo sudaba sangre, por la rabia y la vergüenza, pero pronto cobraría venganza.

Los chicos también tenían lo suyo; bajo su buzo suelto, ciertas prominencias antes móviles saludaban ahora, dignamente la salida del sol. Los chicos carraspeaban y se acomodaban el buzo, pero cuando tocaba el momento de hacer "planchas" y apoyarse en el piso sobre la fuerza de los brazos, para evitar el roce al piso, cierta parte media de su cuerpo se oponía y sobresalía amenazante desde su pelvis.

Todas las chicas se reían y comparaban a cual de los chicos le rozaba primero al piso, fijándose en "cual carpa estaba mas levantada", aunque ellos intentaran ocultarlo.
Terminada la clase de gimnasia, ya todas teníamos una idea mas clara de las proporciones de cada quien y que eso del tamaño del zapato no es siempre cierto...

Con el pasar del tiempo yo descubrí que la talla de zapato si podía equipararse a la anatomía de la mujer, en este caso, al pecho ideal. Así, mis amigas que tenían pies pequeños y eran algo bajitas, calzaban alrededor de 34 o 36 y esa era también su talla de brassiere. Yo calzaba 36 y en algunos zapatos hasta 38, así que hasta esa talla llegué en el crecimiento de mis pechos.
Debo decir que mi familia se caracterizaba por ser media zapatona y yo me alegré de quedarme en esa talla 38 que no era ni fú ni fá.
Una de mis hermanas ostentaba un maravilloso 40 rumbo al 42, que intentaba ocultar bajo todos los abrigos y overoles posibles. Un día, recuerdo que me dijo: " yo te admiro…realmente no se como puedes caminar mostrando tus pechos en polos pegados sin temor a lo que te diga la gente, yo he tenido que usar siempre holgada, para evitar esas vergüenzas"
Yo me quedé pensando. Aunque no lo pareciera, claro que me importaba evitar esas vergüenzas. Cada vez que caminaba tenia que cuidarme de lo que pudieran decir los zanganos que estuvieran parados esperando el autobús. O en los bailes tener que cuidarme de no sacarme la casaca tan temprano o no saltar mucho con las canciones que quería. Peor en los conciertos! siempre con alguien al lado para que no hubiera ninguna manito queriendo comprobar si eran de verdad o de plástico…o peor ¡que fueran tetas de esponja!

Tenía varias amigas que usaban esos sostenes con relleno de esponja. Se les veia muy atractivas. Como yo odiaba las costuras en la prenda íntima, una vez opté por comprarme uno que parecía ser mas cómodo que los míos. Ya venía con la forma del seno y todo, listo para colocárselo y que no se noten bultos bajo la ropa ( los sostenes de encaje son una joda para usar con blusas delgadas). Eran perfectos! el color, la textura, la uniformidad y la forma…lo único que salía sobrando eran… ¡mis pechos! Joder! Esos sostenes los diseñaban para chicas con pechos diminutos y los míos salían sobrando por todo lado. Por suerte, la glándula mamaria, se amolda y apachurra a lo que sea, incluso a ese nuevo arnés que era esponjoso por dentro y bastante firme por fuera.
Mi novio se burlaba diciendo, que ese sostén parecía el escudo de Xena la Princesa Guerrera. Que estaba bien para mirar de lejos, pues se me veía súper sensual en camiseta…pero cuando se acercaba, parecía que tocaba el pecho de un maniquí. Y claro! Si solo le faltaba hacer toc, toc, en las susodichas bubbies amoldadas por el infame sostén sin costuras!

Un día me enteré que a mi los sostenes me quedaban anchos porque tenía que vigilar el tamaño de la copa. ¿Que carajo era eso? Lo único que entendí fue que la letra A, B o C que seguía a la numeración de la pieza en cuestión se refería al ancho de la espalda y que yo compraba los con B de bestia, que me quedaban anchos y eran para una tía con senos de tamaño de naranjas y espalda de albañil! Que debía usar copa C para senos grandes y espalda delgada y que me debía ajustar mucho para que los pechos quedaran altivos y no me pasara la menopausia enrollando las tetas bajo las blusas.

Me pasé años buscando un brasiere ideal, sin costuras que hieran, sin tirantes que se rompieran cuando bailaba, sin broches difíciles... A veces hallaba el ideal pero se deformaba pronto con el uso o ese modelo pasaba de moda y lo sacaban del mercado. Al final me sentía con los senos horribles y quería ponerme una manta encima. Recuerdo que incluso llegué a querer diseñarme uno, modelo todo terreno: Cómodo, sin costuras, que sostenga el peso de los pechos sin herirme los hombros, que sea de color ( odiaba esos blancos, negros o cremas dignos de tía casada), bonito y sin adornos extras…en fin, que ni pidiéndole al hada mágica, existía el dichoso elemento a la vez confortable y de seducción. Debía comprar uno para cada situación y quedarme con las ganas de querer quemarlo luego.

Finalmente hallé los satinados sin costuras y de breteles anchos que me salvaron de una vejez deshonrosa de pechos mirando al suelo.

A lo largo de mi vida, mis pechos me trajeron mas de una desazón y casi me provocan una joroba, en el intento de caminar agachada y que no se notaran, para no sentir los ojos de la gente mientras caminaba de la pubertad a la edad adulta. Luego me di cuenta, que tal vez fuera lo mas femenino que tenía como mujer y que ya no debía avergonzarme si asomaban bajo la ropa. Que ya no debía ocultar algo que era mío, igual que mi nariz, mis ojos o mi cabello. Sin embargo, aun sigo admirando y envidiando a aquellas que nacieron con pechos pequeños y que ahora lucen pechos perfectos, gracias a su cirujano. Jamás usan sostén y no se preocupan porque se vean caídos, pues la verdad, esas siliconas jamás caen, sea cual sea la posición en que se pongan las mujeres, un día de estos los harán de un material que sobreviva a la bomba atómica y ahí si me imagino los melones de Pamela Anderson, rodando a solas por un planeta despoblado.

El sostén acabó con la libertad de mostrar mi cuerpo libremente, me hizo volver algo tímida y huraña en mis primeros años, aunque en los últimos tiempos la exhibición de estos ha sido mi mejor forma de burlarme de los complejos con los que lidié toda la adolescencia. Ahora entiendo a las chicas que se los quitan en los conciertos para mostrarlos sin culpas e incluso con orgullo, ojala yo pueda hacer lo mismo antes de llegar a los 30 sin que la gente me abuchee por considerar los pechos plásticos y de apriencia perfecta, mejores que las mamas péndulas y naturales, amoldadas a arnés y paciencia.

domingo, junio 11, 2006

A puerta cerrada ( 4 )

Dicen que cada niña nace con el sueño inocente de ser princesa de su cuento personal, aunque se lo niegue a si misma el resto de la vida. Que cada niña tiene el derecho de volver realidad su sueño, y que solo aquellas que ponen todo el empeño en conseguirlo, llegan a hacer realidad lo que parece imposible. Porque dicen que cada niña es un capullo de mujer, esperando florecer a tiempo.

Era Octubre y mi novio y yo nos volvíamos a encontrar después de 5 largos meses. Lima era una pecera gris llena de sueño rotos, pero yo tenía el poder de hacer los míos realidad a su lado. Por primera vez estaba disfrutando de ese poder que da sentir todas las puertas abrirse y solo sonrisas a tu paso. El poder que da, saber al mundo en equilibrio y que nadie te volverá a hacer daño, pues ya existe alguien para protegerte. Que estás del lado correcto de la historia, en donde nada te será negado y la protagonista del cuento es la niña que hizo bien las cosas y viene por su recompensa.

Recuerdo Octubre, desnuda entre las sábanas blancas, comiendo melón picado en la cama y viendo comedias francesas, después de un largo baño de burbujas de coco y limón. Despertar a las 11 de la mañana y jugar a la niña inocente, a la mujer fatal, a la princesa de cuento. Recuerdo haber sido plena y feliz al lado del hombre que amaba, incluso pasando la noche en un sillón del aeropuerto a las 2 de la mañana, despertando solo para comer pastel de chocolate en la madrugada, mientras mi novio leía a Isabel allende en la butaca vecina, cuidando mi sueño. Recuerdo toda una ternura desconocida fluyendo por mis dedos y mi boca. Recuerdo mi felicidad sin sombras.
Era de madrugada en Octubre y yo era feliz sin mudarme de ropa, con el cabello revuelto y las ojeras oscuras, tomando café negro junto a él a las 4 de la mañana, mientras los aviones partían a todos lados y nosotros seguíamos quietos con la vida a nuestro propio ritmo.

Cinco días después volvía a la Tierra del Olvido, con insomnio y el cuerpo maltrecho pero con una sonrisa mas luminosa que cualquier día de verano. Mi jefe me quería echar, mis pacientes me reclamaban haber faltado un lunes, llamaban de gerencia para ver lo de las referencias y costos, el consultorio era un descalabro de niños llorando y viejitas abrazándome en el pasillo para que las atendiera rápido. Yo estaba en ayunas y no sabía ni en que fecha estábamos; pero hice todo lo pendiente sin quejarme, hasta que llegué a casa y me desplomé sobre la cama. Estaba muerta de cansancio pero por mas que intentaba no podía dormir. Abrí la laptop para ver las últimas fotografías juntos y fue cuando pensé que estaba viviendo la vida de otra persona.

Las fotos que se abrían eran de él y su familia, archivos varios, en la nieve, en la playa, con su madre, con su hermana, con sus hijos, con su esposa…Un momento ¿con su esposa? Imposible, la ex esposa vivía en otro estado, hace años que se separaron, ellos ni se hablaban ¿pero que hace sonriendo así? ¿Pero porque están juntos de vacaciones? Claro…por los niños, solo por eso…Pero ¿Por qué se ven tan bien juntos? ¿por qué ella lo mira así? ¿Por que el mira así a la cámara, a quien intenta seducir? ¿Por que no tiene camisa? ¿Es el calor? Comencé a ver las fechas…cada foto coincidía con nuestros encuentros. Siempre una semana después de vernos, siempre con ella.

Las vi todas con curiosidad y sin enfado, como si hurgara en la vida de un par de desconocidos. Luego de 50 fotos viendo a la familia feliz sonriendo en todos los escenarios posibles, pensé que me había equivocado de archivos, que era una broma. En fin, que tal vez la falta de glucosa y de sueño me hacían ver visiones, porque era imposible que mi novio siguiera casado, o mas bien, casado y feliz con otra persona, a una semana de nuestras vacaciones juntos. Así que cerré el computador y me quedé dormida sin pensar en nada más, estaba agotada.

Al despertar, sentí un dolor desconocido en el pecho, unas enormes ganas de llorar, náuseas. Vi la laptop junto a la cama y entendí que lo que había visto horas antes, no era una pesadilla, todo era real y yo era de carne y hueso. Mi mundo de azúcar se empezaba a romper y apenas si era el primer acto.
Fue extraño que el dolor solo se empezara a intensificar al pasar de los días. Como si todo fuera cobrando forma y las mentiras descubiertas fueran llenando cada vacío de medias verdades dichas por él. Me quedé callada y sin reclamarle, pensaba inútilmente que mientras la verdad no se mencionara, no sería mas que un mal sueño en mi mente.

Los días que siguieron no dije nada, ni cuando hablábamos por teléfono. Algo había cambiado, pero no sabía ni como decirlo. Llegó el día que me cansé de callar y le dije que ya sabía todo, que me acababa de dar cuenta que no era la novia, sino “la chica de las vacaciones” y esa verdad dolía en el orgullo de la niña que se cree sin mancha y con derecho a todo. El hombre que amaba me acababa de dar ese papel secundario en la historia de la cual me creía la protagonista.
Cuando las palabras salieron de mi boca, se terminó de cristalizar esa realidad a la que yo me consideraba ajena. El calló como lo haría de allí en adelante, ante lo que consideraba “leseras” y “reclamos tontos” que solo complicaban mas una relación ya difícil por la distancia.

Era Octubre y en una ciudad sin milagros, yo me despertaba a una vida que no era la mía. Ahora ninguna promesa era confiable, ninguna explicación cercanamente creíble. El me decía que no era como yo creía haberlo visto, que “uno hace lo que sea por sus hijos”, esas y otras explicaciones a las que yo ya no daba forma, porque la confianza se había terminado y cuando ese vaso se rompe, ya no hay mas agua por beber.

Mas dicen que el amor lo perdona todo y aun peor , cuando a la distancia es ese sentimiento, el único cable de conexión con el mundo. Y era ese amor mi única esperanza de salir del exilio donde vivía mas solitaria que un perro. Un amor probablemente unilateral, pero que seguía siendo puro y dispuesto a todo.

La vida siguió y yo empecé a caminar con un peso en el pecho que me hacía ver los días mas nublados y la soledad aun mas triste. Un peso del que ya nadie podría librarme, porque era mío, un peso secreto al que debía acostumbrarme para poder seguir adelante.

Dos semanas después sonaría el teléfono del consultorio y una voz conocida me pedía permiso para poder verme.

- claro, ven cuando quieras- dije entre asustada y sorprendida.

Era mi primer novio. Venia al exilio a buscarme después de casi un año de separación, quien sabe por qué. En ese pueblo, donde una mujer era calificada hasta por el color del cabello, un nuevo hombre se aparecía en la puerta de la doctorcita nueva, con una maleta enorme y una cara de no haber dormido en varios días.

No pude ocultar mi contento al verlo de nuevo, habían sido meses difíciles sin poderle contar a nadie lo que pasaba al interior de ese infernal centro médico. Haciéndome la fuerte ante medio mundo, sin poder hablar con nadie de mi rama, porque el resto de médicos de la zona eran carcamanes que curaban solo faringitis y tifoideas desde hace 20 años y se creían los dueños de la verdad, en esa tierra de nadie.
Yo estaba feliz. Finalmente llegaba alguien con quien hablar de medicina de igual a igual…aunque no fuera ese el motivo por el que él había atravesado el país para verme.

-Tenemos que hablar- me dijo, después de almorzar.

Hasta ese momento él parecía estar con la mirada en otro sitio y con una ansiedad en las manos que yo le desconocía. Cuando comenzó a hablar, me enteré que hacía dos semanas a él también se le había destruido parte del mundo de azúcar que lo mantenía a flote.
Un mundo en el que yo seguía siendo su novia que trabajaba en el exilio y con la que, de regreso a la civilización, retomaría esa relación bonita, con los proyectos de una vida juntos y para siempre; porque esos amoríos que le contaba con el novio chileno, seguro solo eran fantasías mías, con los que la distancia acabaría. Porque esas cosas increíbles acerca de mi nueva relación, no podían ser verdad mas que en mi cabeza.

Sin embargo hace dos semanas, cuando nos vio juntos de camino al aeropuerto, cuando todo confabuló para que los tres estuviéramos en el mismo lugar geográfico, todo se le vino abajo. Su novia, no era nunca mas su novia, ahora era la mujer de otro.
Él me había soltado como una avecita entrenada al aire pensando que volvería y yo me había escapado rápidamente de su mano, ansiosa de una libertad que no creí extrañar tanto. Un ave que ahora estaba atrapada por otras manos.

El poder de la negación había resultado ser tan poderoso, que ambos caímos presa de lo mismo. Amar a un ser idealizado que no sentía lo mismo. Cada quien amando a su propio verdugo.

Pasamos tres días juntos, hablando y llorando a solas en esas 4 paredes. Llorando por un tiempo juntos que no podíamos recuperar, por un amor que yo ya no sentía, un amor que había sido reemplazado por el sentimiento que mas indigna al ser que ama: “El cariño”. Así pasaron 2 noches, contándonos todo lo que había pasado en esos meses a solas, cada uno luchando contra el mundo a su forma, cada quien esperanzado en sueños irrealizables. Y yo lloré por no poder darle lo que el merecía, ese amor que sentía fluir a borbotones por otro alguien que tal vez no lo merecía.

Al terminar esos tres días juntos en que la petición de “Cásate conmigo” fue rechazada entre lágrimas tres veces, nosotros ya no éramos nunca mas los mismos. Los jovencitos de futuro ideal estaban hechos mierda, por una circunstancia que de la que ya no eran dueños.

Le conté sobre mi soledad allí, sobre la gente que a veces entraba gritando al consultorio, sobre las amenazas de denuncias de todo tipo, sobre mi jefe inmoral que me hacía la vida imposible, que me negaba la ambulancia para transportar pacientes graves, que se escondía las medicinas, que falsificaba los registros de su consulta y que a las finales era contra mí que se estrellaban los pacientes; sobre la gente de allí y la desconfianza que me tenían por ser mujer y no superar los 30; sobre la discriminación por mi sexo, incluso al servirme un plato de comida; sobre mi reciente descubrimiento de la doble vida del Innombrable, pues yo no era ninguna princesita de cuento, sino el segundo plato de una mesa bien servida; que el hombre que amaba me había etiquetado ante el mundo como todo aquello a lo que yo siempre había odiado; que en el mundo real- no en el de mis tontas fantasías- yo no pasaba de ser “esa otra”, la ingenua que ni en pesadillas pensé ser ; y que el mundo se había destrozado bajo mis pies por creer en un amor que a lo mejor ni existía en él, pero que a mi me venía consumiendo.
Y lloré todo lo que tuve para llorar en su pecho, queriendo volver a amarlo y recuperar la vida que yo tenía, sin ninguna suerte de mancha, un futuro perfecto que ya no existía.

Recuerdo haber caminado con él hasta el río, entre las murmuraciones de la gente que no sabía porque la doctorcita se alejaba por el sendero del río, con un hombre que no era el de la primera vez ; y recuerdo hablar con él entre sonrisas, caminando lentamente bajo los sauces iluminados por un sol de atardecer que no quemaba como antes.
Recuerdo su voz diciéndome que “sabia que yo era alguien que siempre corría tras las mariposas, pero que no quería que me hiciera mas daño” y yo sonreí diciéndole que “para esas caídas ya me estaba cosiendo un paracaídas, porque ese amor me empujaba a seguir adelante aunque tuviera que desbarrancarme en el intento de alcanzar un sueño”.

Recuerdo estar parados en un puente de fierros oxidados y haber extendido los brazos con el viento del cañón soplando sobre nosotros, con el cabello desordenándose y volviéndose a peinar, dueños de ese vacío en el corazón, dueños de esa nueva vida llena de ilusiones rotas. Pensando que todo estaría bien porque al fin nos habíamos contado todo y podíamos ser amigos de nuevo.

Y él me miró con esa ternura de siempre, para decirme con la voz mas suave que recuerdo:
-“yo vine aquí a hacer mi último intento por la niña que amaba y luego si no resultaba, poder olvidarte. Pero ahora que veo en la mujer que te estás convirtiendo, me gustas mas y nadie me puede quitar eso, ni siquiera tu”

Y yo le sonreí como ahora, con lágrimas nublándome los ojos. Sentía tanto amor en mi pecho para darle, pero ya no podía devolvérselo a la persona que lo merecía.

Yo tenia que seguir caminando, seguir cayendo, seguir levantándome, porque creía estúpidamente que cuando das el mayor esfuerzo, este es recompensado. Y que toda niña tiene derecho a hacer realidad su cuento de hadas.






Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...