sábado, junio 24, 2006

Amaneceres

Hoy amanecí y era tarde. Bajo las frazadas aun se olía esa fragancia a lo ajeno, al deleite de un sueño que se escapa en las puntas de los dedos y pasea frente a la nariz victorioso, como la raíz de un recuerdo. Ese olor a pintura fresca y a dedos de pincel. Ese aroma a nosotros.

Hoy amanecí y con los ojos cerrados busque el yogurt blanco de chirimoya y lo deje pasar helado por la garganta, antes de volver a la cama. No quería dejar de soñar. No quería vestirme e ir a la mesa a tomar el café a solas. Prefería quedarme así, soñando contigo. Bajo la sábana, había constelaciones dando vueltas, mariposas de color y de alas suaves, pétalos de flores azules y esencia de coco y canela.

Yo no quise despertar, me resultó demasiado placentero quedarme bajo las sábanas pensando y tejiendo sueños. Ignorando los rayos de luz de la ventana. Me siento cómoda en mi capullo de cobertores y almohaditas pequeñas. Yo no quiero despertar.

Por que cuando sueño lo hago contigo, con ese rostro que voy creando poco a poco, con unas manos que voy moldeando a mi cuerpo y con esa boca suave que aun no pruebo. Yo tejo sueños entre las sábanas y me abandono feliz a esa idea de poseer y ser poseída, de hacer mimos con los ojos cerrados y oír una canción sin letra, de música que acaricia y pervierte. Yo me quedo dormida para soñar contigo.

Yo me quedo soñando, para así vivir un poco contigo.
Y así, ya no importa mas nada, porque mientras voy creando tu rostro y tu piel en mi memoria, siento que te haces real y yo me vuelvo sueño; entonces navegamos juntos en un mar sin olas, a un destino que ambos desconocemos.
La gente dice que esto es amor, no, imposible. Esto es un sueño, por eso me da pereza y dolor el despertar. Por eso hoy amanecí y ya era tarde, pero tu fragancia quedaba bajo mío y tu boca en mi memoria, como si existieras.

Que tontería, no? Como si ambos aun, existiéramos.

viernes, junio 23, 2006

Charlas de Viernes

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Me alegro que ya sea viernes, tenia muchas ganas de tomarme el café contigo. De hablar un poco, ya sabes. Volví al departamento y me llene de una ansiedad tremenda al ver el espacio vacío y recordar esos meses solo yo y mi mente. Pensé que no volvería, pero ya ves. Incluso la casa de mis padres me ha resultado incomoda, viviendo como vivo. Allí me la paso escribiendo y tomando el sol, pero ya era tiempo que volviera aquí. Es extraño, antes me sentía cómoda con mi soledad, ahora solo me aterra todo este tiempo perdido, este tiempo que no se comparte, un tiempo absurdo en donde no hago mas que escribir y oír música. Una de las ventajas de haber vuelto es que puedo oír la música que quiero a todo volumen y sin nadie chillando. Y puedo bailar, no sabes cuanta falta me hacia poder bailar sin ropa. Claro, aquí hace frío. Pero necesitaba soltar un poco el cuerpo. La ropa vuelve hurañas a las personas, las vuelve silentes, tristes.

Detesto no disponer de una bañera en este departamento, además mis viejos se encargaron de quitar la terma eléctrica para cambiarla por una a gas... que no llega. Me pregunto si la tendré que pagar yo, si finalmente en papeles este departamento sigue siendo suyo. Hoy me tuve que bañar con una olla de agua caliente y una taza, igual que los inviernos en que trabajaba al fin del mundo. Me trajo muchos recuerdos, estar allí sentada en la ducha, dándome tazas de agua tibia sobre la piel enjabonada. Con la música a todo volumen. Me compre el disco de Global soul, te lo dije? Bueno, también está muy interesante. Da ganas de seducir a alguien. No te rías. Hace tiempo que no me arreglo para nadie. Que uso ropa holgada y casacas gruesas, que el maquillaje es mínimo y que el cabello esta siempre medio despeinado. Hace mucho que no uso ropa interior, porque toda la que tengo es para “esas ocasiones especiales” y creo que ya mejor les pongo naftalina, porque “esa ocasión” no llegara nunca. Si, ya se es mi culpa, por autoexiliarme igual que cuando trabajaba. Reducir mi existencia a dos habitaciones y un computador. En la casa de los viejos no era tan difícil, al fin y al cabo en el comedor siempre hallaba a alguien para hablar, incluso me sentaba a revisar matemáticas con mis sobrinos. Pero aquí, en este departamento la soledad es obvia.

Hoy después del baño rustico, me puse crema en todo el cuerpo igual que en eso días, pero en lugar de ponerme la ropa de casa, comencé a aprobarme toda esa ropa que ya no usaba. Incluso un vestido algo sugerente que utilizaría en la fiesta de Año nuevo y que preferí guardar para algún “momento especial”...creo que me tendrán que enterrar con ese vestido, porque como voy no creo que haya oportunidad de usarlo. Ya sé; sé que debería salir a circulación, debería socializar, tal vez sí. Hoy mientras me vestía, bailaba y tropezaba en la habitación desordenada, oyendo la música que me hacia bien; pensé si no debería organizar una fiesta en este departamento, para comer bien y bailar un poco. No sé, unas de esas reuniones que hacíamos antes. Pero, es inútil, todos mis amigos se han ido o están en otro país; otros andan casados y me siento algo tonta de llamar a mis amigas del French para invitarlas a una reunión de tragos y música. Parezco desanimada, no?

No pues, si hoy hasta me vestí bonito. Increíble, hasta me siento delgada. Camino aquí, varios tipos lanzaron sus típicos intentos de piropo y me hicieron sonreír. Pero tengo algo de temor de volver a socializar, esa es la verdad. Hace un año cuando volví a la civilización, tuve la misma necesidad de salir, de querer vestirme y arreglarme para alguien, de comprar esa ropa que intenta seducir y me fue bien. Vaya que me fue bien. Fue en ese tiempo que conocí a mi ex el italiano, el único tipo que tomo la iniciativa conmigo, igual que en comedia romántica. Recuerdo que en uno de las salidas del cine me pregunto si salía con alguien y al responderle que no, se quedo con la cara tiesa y esa mirada de lunático que tenia, para gritar luego “Pero, que ¿Vives en un barrio de puro maricon o que?”

Yo me reí al ver su reacción, era tan explosivo en todo. La pasábamos bien, no había amor de mi parte, es cierto. Pero si fue una relación bonita, oyéndolo cantarme Farfalina en el oído cuando aclaraba por las mañanas o haciéndome correr de la mano por las calles, siempre deprisa, como si el mundo se nos acabara. Me pregunto que hubiera pasado si me casaba con el cómo quería? Ja, ese tipo estaba lunático, creyendo que yo era la mujer de su vida. A lo mejor ahora luciría una “bella cornamenta en la mia testa”. Porque hombres apasionados como el, te dejan siempre por una pasión nueva. Y todas esas virtudes que él creía que yo tenia, podían ser superadas perfectamente, cuando en nuestra relación no había rastro de amor.

Yo no lo quería pues, ¿cómo voy a querer a alguien con quien solo comparto buen sexo? Yo buscaba mas, tal vez lo sigo buscando ahora. Pero con menos esperanzas, creo que finalmente los hombres se ilusionan mas que las mujeres y quieren hacer cosas inmensas, grandes hazañas como guerreros épicos, Viajes, sacrificios, vivir como en una película... una ilusión que se acaba en la cama. Y de la que una tiene que despertarlos, como se despierta a un niño, fingiendo que no importa, que así tiene que ser. Que todo sueño acaba.
El problema es que una también se ilusiona y duele como un clavo incendiado, el despertarse.

Mira, hoy, a pesar de todo lo que te he contado estoy de buen animo. Creo que iré a comprarme un par de prendas “matadoras” y a caminar por las calles de esta ciudad de invierno. A lo mejor ya es tiempo que vuelva a circulación y en una de esas, puede, que incluso me enamore. Otra vez caray! Otra vez enamorarse.

¿Un cafecito para llevar?

miércoles, junio 21, 2006

"El VIAJE"

Muriel subió al bus con la ropa suelta para viaje, con la almohada pequeña para apoyar el cuello el resto de la noche y con el antifaz oscuro, por si encendían las luces del pasillo durante su sueño. Sería un viaje largo y cansado, aunque no era el primero de ese largo año viajando por el país; si tuviera dinero, me ahorraría 15 horas de viaje con un boleto de avión- pensaba ella con su pesimismo habitual.

Subió última al bus y todos se la quedaron viendo, por su indumentaria rara de polera suelta y pantalones de pijama, la almohada, la botella de agua mineral y el bolso que se desparramó con discos y hojas sueltas por el pasillo, al subir. La terramoza vestida con minifalda y pañuelo al pecho, la ayudó a comodarse en su asiento al lado de un tipo obeso de labios pequeños. La reprendió con una fría amabilidad por su retraso en subir.

El hombre del asiento vecino apenas si la saludó cuando ella se sentó a su lado, entretenido como estaba mirando por la ventana a la gente que se despedía agitando las manos en medio de la noche. Ella también vio por la ventana, pero esta vez no había nadie para despedirla, hacía mucho tiempo que nadie la despedía de los terminales, de los aeropuertos, ni de ningún sitio. Hacia tiempo que ella era también una foránea en su propio país, viajando con la maleta pequeña, llena de ropa ligera que desechaba en cada ciudad visitada.

Se colocó la almohadita en herradura alrededor del cuello, el antifaz y se dispuso a dormir, terminada la cena a bordo. El hombre obeso contestaba llamadas al celular cada 10 min. Con una voz que delataba mas juventud que su corpulento cuerpo. Cuando salieron del área de de la ciudad, dejó de hablar, pero empezó a sonar un pitito molesto de su móvil cada vez que subían una cuesta en donde la señal de teléfono llegaba. Ella se acomodó molesta, al pensar que había llevado todo, excepto los tapones para los oídos y justamente se sentaba al lado del ruidoso del bus.

-¿Podría apagar su celular?- dijo con voz irritada- no me deja dormir ese pitido hace dos horas.
El gordo se encogió de hombros, sin saber porque sonaba el aparato, pero lo apagó solo para que la mujer de al antifaz en la frente no siguiera mirándolo con esa cara de querer asesinarlo.
Terminó la botellita de agua mineral y se quedó dormida de costado escuchando de lejos la película de acción que daban por el TV encendido.
A media noche algo la despertó, eran esas inmensas ganas de orinar, que la habían tenido con sueños eróticos la última media hora. Se alisó el cabello mientras el gordo dormía a su lado y fue al baño del bus en donde la ventanilla abierta la hizo despertar del todo. Seguramente pasaba por algún puerto, el olor a mar lo inundaba todo, ella ya despierta se miró al espejo y vio sus ojos desmaquillados y su cabello totalmente desordenado a causa de la almohada. Se puso rimel en los ojos y labial en los labios carnosos, sin percatarse que a esa hora nadie podría apreciar que se hubiera arreglado. Todos los demás pasajeros dormían en el piso superior del bus, cubiertos por mantas y con alguna medicación para mantenerlos inconscientes el resto de la larga noche que duraría el viaje.

En los últimos asientos la terramoza dormía envuelta en un mantón gris ajena a las necesidades de los pasajeros, con el rostro maquillado igual que un maniquí, bajo un moño impecable. Probablemente estaba programa para despertar solo cuando el bus se volcara- pensó Muriel con ironía.

Ella volvió al asiento y vio al gordo durmiendo a pierna suelta bajo la luz mortecina que alumbraba el pasillo. Solo la mitad de su enorme cara era visible y dejaba ver unos labios delgados que contrastaban con sus mejillas redondas y su cuello rechoncho. Era un gordo bonito- pensó ella mientras se acomodaba en el asiento tratando de no despertarlo. Recordó a su ex novio de mejillas redondas también, bailando con alguna garota en Brasil, mientras ella hacía esos absurdos encargos por todo el país. Suspiró profundo, se imaginó teniendo hijos de su ex novio y que salían con cachetes redondos y labios delgaditos. Totalmente diferente a ella, delgada, con su rostro ovalado y de labios gruesos. Después de todo los niños gorditos siempre son las mas bonitos, se dijo antes de cerrar los ojos.

Pero era imposible dormir, su muslo rozaba el muslo regordete de su compañero de viaje y le provocaba un calor placentero que ella no se atrevía a dejar. Era una tibieza agradable, de dos superficies que se rozan en la inconsciencia del sueño. Su brazo descansaba al lado del brazo del hombre obeso, separados por una baranda pequeña que impedía que toda esa masa de carne se oprimiera contra ella, ante una curva rápida del bus.

Muriel, se puso de costado dando la espalda a su obeso acompañante e intentó dormir una vez mas. No quería tomar las pastillas sedantes, era mejor echar mano a sus ejercicios de respiración y dormiría tranquila, esas drogas la dejaban muy nerviosa al siguiente día. Se acomodó como un feto, cubierta por la manta afranelada y sintió que si se juntaba un poco más, su trasero también tocaría el muslo del gordo que rebalsaba bajo la barandilla del asiento. La calidez de su cuerpo era incitadora, pero ella se apartó con miedo, no podía permitirse esos deslices aunque su acompañante estuviera dopado.

Mientras, su gordo compañero roncaba con la boca abierta y el rostro ladeado, ajeno a las maniobras de Muriel por juntar su cuerpo al suyo. Luego de un buen rato de intentos de sobajeo infructuosos, Muriel se asustó de lo que estaba haciendo. Se acomodó lejos del gordo, envolviéndose con la manta y respirando profundo; pero una curva violenta hizo que su cuerpo se acercara nuevamente al de su compañero.
Bueno, es el destino- se dijo ella mientras acomodaba la superficie de su espalda huesuda junto al brazo del gordo.
El carraspeó ahogándose de pronto, pero Muriel se quedó quieta, casi sin respirar. El gordo volvió a dormir, esta vez girando hasta darle la espalda. Muriel aprovecho ese giro del gordo para quitar la barandilla que los separaba. Ahora si, girada ella también al lado contrario, podrían dormir espalada con espalda y sus nalgas pequeñas podrían sentir de vez en cuando el roce de él, una sensación que la satisfacía en extremo.

Una vez acomodados así, Muriel, volvió a intentar dormir, pero esa maniobra había despertado sus instintos nuevamente, estaba alerta a cualquier movimiento de su acompañante, el roce de su cuerpo contra sus nalgas ya no era suficiente, Muriel deseaba mas que solo eso. Deseaba que el gordo girara y la abrazara por detrás, poner su trasero en el hueco de su cuerpo y dormir así. ¿Que le costaba? Él estaba dormido y ella quería un abrazo, no había nada de malo en eso, después de todo. Pero intentar hacer girar al gordo iba a ser una labor titánica casi imposible, para una persona tan delgada como ella.

Se decidió a dormir nuevamente, pero todo su cuerpo ahora caliente como una brasa de deseos mal controlados, se oponía a ello.
De pronto y sin poder controlarlo comenzó a moverse contra el cuerpo del hombre obeso en movimientos rítmicos, que primero eran suaves y luego se volvieron violentos sin importar que despertara. Ella sentía el roce suave entre sus pechos, despojados del sujetador y la humedad que había brotado de repente entre sus piernas a raíz de ese contacto con la espalda del hombre que dormía. Su mente ahora trabaja a mil, barajando todas las posibilidades para aplastarse contra el sexo del gordo que ocultaba como un tesoro bajo su abdomen abultado, ahora que dormía enrollado sobre si mismo mirando a la ventana. Muriel, empezó a desesperarse, comenzó a hacer extraños ruiditos, a toser, a moverse, a estirar los brazos, pero el gordo no daba muestras de enterarse de la presencia su compañera remolona.
Por un momento Muriel se acercó mas para comprobar si aun respiraba, o estaba teniendo fantasías en un bus al lado de un muerto. El gordo, respiraba en efecto acompasado por ronquidos mas suaves ahora que dormía de costado.
Muriel volvió a acomodarse de espaladas a él con los brazos cruzados, tal vez era mejor así, tal vez solo era una locura a sus 30 años, una fantasía erótica producto de leer tantas revistas raras. Suspiró profundo y se dispuso a dormir por quinta vez durante la noche.

Se enrolló sobre si misma de nuevo, separada a una distancia prudencial del gordo, pero fue en ese momento que este se volvió a atorar con su saliva y se reacomodó en el asiento. Ahora estaba de nuevo todo el lado izquierdo del gordo, incluido su muslo, su brazo, incluso ¡oh felicidad! El dorso de su mano izquierda rozando el cuerpo lejano de Muriel. La mente de ella, volvió a trabajar a mil, se acomodó mas cerca al gordo dopado y bajó hasta que su trasero se acomodó perfectamente contra la mano del gordo, Muriel se moría de placer. Había sido una jugada estupenda sacar esa dura baranda que los separaba, ahora solo había que esperar una curva para que el cuerpo del hombre se amoldara completamente al suyo, ahora sería mas fácil.
El bus comenzó a correr mas rápido y Muriel, notó con tristeza que habían llegado a la “Pampa de los gentiles”, no habría ninguna curva al menos en 40 minutos más, Muriel se puso ansiosa de nuevo, su espalda era una brasa ardiendo contra el perfil de su compañero, que ella esperaba volteara y pudiera comenzar a tocarla sin miramientos.

Pero el dormía nuevamente acompasado por ese ronquido que salía de su garganta regordeta. Muriel volvió a moverse sin control contra él, rítmica, violentamente. Con su manecita entre los muslos. La velocidad del bus aumentaba y ella se movía como si realmente estuviera teniendo sexo con alguien invisible. Se sentía bien, era perfecto, el gordo dopado a sus espaldas y ella teniendo fantasías eróticas con un extraño inconsciente.

En uno de esos movimientos el gordo carraspeó y ¡oh maldición! Despertó. Un baño de vergüenza cubrió la cara de Muriel que ocultó bajó la manta, se separó un poco del gordo, cuando él prendió la luz para leer, pero la cual apagó de inmediato. Muriel temblaba bajo la manta de franela, cuando el gordo volvió a acomodarse, pero esta vez rotado y de perfil hacia ella. Un minuto después el gordo roncaba de nuevo a pierna suelta. Muriel no se atrevía a hacer ningún movimiento, pero pasados algunos minutos, la curiosidad pudo mas y acercó su cuerpo algunos centímetros cerca al de su acompañante. Su vientre era cálido, imposible llegar a donde estaba su pelvis, pero al menos sentía la superficie redonda de su abdomen apretando el arco de su espalda, que ahora ella hacia mas profundo, moviéndose como una gata en celo.

El gordo siguió roncando, probablemente producto del diazepám que tomaban todos los tripulantes en esos largos viajes. Extrañaba el dorso de su mano, se había humedecido mucho mientras percibía el roce de los nudillos redondos del hombre contra su trasero, pero se conformaba. Dentro de 30 minutos llegarían a un lugar repleto de curvas y tal vez el contacto sería mayor. Tal vez podría acomodar su trasero en la pelvis del gordo. Muriel nadaba en un placer contenido, que humedecía ahora sus muslos. De pronto y sin mediar curva alguna, el gordo se acercó mas a ella, puso su cara abotagada contra sus largos cabellos y su mano suave como la de algún oficinista, entró bajo la polera suelta de Muriel, que no podía dar crédito a lo que ocurría.

El ronquido del gordo se había hecho mas profundo, pero contra lo que se pudiera pensar, su mano ascendía ágil en la cintura de Muriel, que se contornaba sin poder evitarlo. Ahora la mano suave recorría con confianza las caderas de Muriel, su cintura delgada, su vientre igual de quemante que la piel del hombre que seguía roncando en su oído, lanzando el aire suave de su deseo junto al oído de Muriel. Era obvio que había estado fingiendo indiferencia con ese ronquido falso, ¿tal vez toda la noche?
La vergüenza hacía temblar a Muriel, pero también el deseo. Un extraño recorriendo su cuerpo árido de caricias, que ahora se movía agitado por las manos del hombre que ascendían hasta atrapar unos pechitos pequeños, de pezones puntudos. Muriel se dejaba tocar sin oponer resistencia, gimiendo de vez en cuando. Sentía el resto de la tripulación roncar en silencio a su alrededor ¿ ellos fingían también? Seguramente roncaban con los ojos abiertos, mientras se tocaban bajo la manta igual que ella, masturbándose a solas como ella.
Muriel, no podía admitir tantas ideas sucias en su cabeza, giró un poco, intentando zafarse de las manos del gordo, pero este la tomó firmemente de las caderas con cierto derecho, Muriel se enfureció ante éste gesto que quería demostrar su dominio, ahora luchaban bajo la manta, Muriel por zafarse y él por retenerla contra su cuerpo.

La lucha excitaba a Muriel y al parecer también al gordo que había dejado de roncar y ahora su ronquido falso era un resuello caliente contra su cuello y su rostro. El gordo era enorme, debía medir casi 1. 90 y el cuerpo de Muriel a pesar de ser atlético parecía el de un frágil pajarillo luchando por escaparse de sus manos. El hombre obeso ganaba con ventaja, pero Muriel no se rendía y seguía moviéndose, ora aplastando su cuerpo contra el corpulento hombre, ora zafándose; en ese juego que ponía mas ardiente su cuerpo y mas húmedo su sexo que al inicio.
El hombre la cogió de los pechos y pellizcando sus pezones logró que Muriel se diera vuelta hasta que sus bocas se juntaron, los labios delgados del gordo rodeaban los carnosos de ella, bebían su saliva fresca y metían su lengua acariciando su paladar en un beso casi robado. Muriel pasó de luchar contra el gordo a abrazarlo con fuerza y necesidad. Urgida de afecto como estaba todos esos meses, las caricias lascivas del gordo se transformaban en un obsequio maravilloso que ella recompensaba con gemiditos ahogados y caricias a su cuello corpulento. El hombre bajó sus manos redondas bajo la manta hasta tocarle el sexo, mojado desde hace mucho rato, la acarició con suavidad al inicio y con fuerza luego, sus dedos gruesos entraban y salían de Muriel; mientras aceptaba con placer, ese beso doloroso que le daba Muriel, mordiendo sus labios delgados rodeados por una barba sin afeitar, hiriendo y resbalando.

El resto de la noche, el hombre corpulento tocó a Muriel sin resistencia. Bajó sus pantalones sueltos y subió su polera holgada, hasta dejarla casi desnuda bajo la manta de franela que daba el bus. Cogiéndola una y otra vez y besándole el pecho bajo la manta. Muriel se dejaba hacer y correspondía las caricias del hombre con besos de labios apasionados, pero con manos torpes. Muriel no lo tocó una sola vez, a pesar que el jalaba su mano de dedos delgados hacia la dureza que se levantaba bajo sus pantalones.

Con los primeros rayos de madrugada el hombre abrió la ventana y ambos pudieron ver las dunas del desierto cambiar de rosadas a lilas mientras aclaraba, el hombre levantó la manta y vio a Muriel recostada mostrando sus pechos y vientre desnudos apoyada de perfil en el asiento del bus, mirándolo con los ojos semi cerrados por la claridad.
- ¿te gustó pequeña?
Muriel asintió con la cabeza, avergonzada. Tenía 30 años, probablemente la misma edad que el gordo, pero se sentía pequeña y frágil después de lo ocurrido.

Cuando el bus llegó a su destino, el hombre obeso la ayudó con su maleta, efectivamente medía casi 1. 90 y ella era solo una pequeña de cabello desordenado a su lado.
- ¿Conoces esta ciudad? Podríamos conocerla juntos, estaré dos días aquí- agregó el gordo con unos ojos pequeños de niño travieso- te gusta la idea? espérame aquí, que voy al baño
Su facies abotagada tenia los rasgos finitos del que aparenta ser bello aun bajo la adiposidad y la barba sin afeitar.
Muriel lo miró dócilmente y asintió con la cabeza, para luego desaparecer entre las cientos personas del Terminal como un pececito que huye de un tiburón que ya conoce sus secretos, capaz de devorarla sin resistencia.

martes, junio 20, 2006

Lecturas de martes

Yo he vuelto a las viejas lecturas, a quedarme en la cama tapada por el cobertor azul, viendo atardecer en nubarrones grises por la cortina entreabierta, avanzando hoja a hoja por libros maravillosos, rodeada por paisajes de una Europa distante, de un Japón de post guerra, de un Marruecos agitado; soñando igual que cuando era mas chica, porque solo en un libro me permito soñar olvidándome de mi cuerpo, de mis ojos y mis manos frías. Solo dentro de un libro dejo de ser yo y desparece la gente, toda la gente que ya no está, que ya ha dejado de estar, entonces entierro mis fantasmas y avanzo sin miedo.

Y me vuelvo a encontrar en algunos pasajes al inicio de las “Travesuras de la Niña mala”, en esos pasajes ocultos de “Rosario Tijeras” y me comienzo a preguntar porque me identifico solo con las mujeres que se acuestan con todos y que parecen no amar a nadie, solo siguen avanzando de vez en cuando con un cartelito en el pecho que diga “puta”; pero no es por el sexo que lo hacen como se podría pensar en esa primera impresión facilista, es mas que eso, es esa visión de la vida que yo comparto, en que el aprendizaje que perdura realmente es el que se da a través de las personas… de todas esas personas que amamos. Es como se aprende la vida, un poco con amor y casi siempre con golpes.
Sin embargo, este no es un acto cerebral en mi como debería serlo, una voluntad que me haría esperar ser una Sarah O´Connor que se acuesta con varios hombres para aprender de todo. No, si fuera así todo sería mas fácil. Si fuera así jamás lloraría ni sentiría el corazón desgarrarse y ese hueco en el estómago, o esa languidez en el cuerpo de quererse morir por ese dolor indefinible que va hacia todas las esquinas del cuerpo, cuando una relación se acaba.
Si pues, si fuera un poco mas cerebral, no dolería tanto.

Soy una especie de romántica hippie, que cree en ese sentimiento tan vapuleado llamado amor. Soy tan ingenua que creo que se da, que existe y que vale de vez en cuando perder un poco de piel por él. Pero me cuesta creer que se pueda amar a una sola persona el resto de la vida, que no me volveré a enamorar una y otra vez, que debo renunciar a eso, que debo apartar la vista como si fuera pecado. Que debo seguir forcejeando por un amor que ya no lo es, hasta terminar los días juntos y en el mismo lecho.

Me cuesta trabajo pensar que debo renunciar a conocer a alguien en profundidad, si siento que me he enamorado de pronto; porque en esta sociedad eso está mal visto y me condena a ser una especie de “pendeja” por admitirlo como una posibilidad.
Me cuesta creer que no me enamoraré de una mirada de alguien a quien no volveré a ver jamás, que debo renunciar a enamorarme mientras camino de la cafetería al parque de alguien que puede mostrarme el mundo desde una óptica diferente, de alguien de quien puedo aprender…Que debo cerrar los ojos, porque es mejor aprender dentro de un libro, mejor si escuchas historias ajenas, mejor si no te sales del molde. Mejor si creo en esa tonta excusa que entre hombres y mujeres puede existir la amistad solamente. Y si admiro a alguien, si siento deseo? Si mi pareja puede irse a la cama pensando en ejecutiva de ojos verdes que conoció durante el día, acaso soy un maniquí por no sentir lo mismo por el hombre que me enseña sobre arte?

Mi padre suele decir que si él resucitara- algo en lo que no cree- volvería siendo mujer y se haría puta. La gente se ríe, pero yo entiendo el punto detrás de la broma ácida. ¿No es acaso el amor la única vía de aprendizaje del mundo que nos rodea? No es el mundo propiedad de aquellos que aman en libertad, sin ponerle bozal a su deseo de dejar lo monógamo y antinatural, por ir a conocer el mundo real bajo la piel de otro alguien, arañandole el corazón y lamiéndole el alma? Si pues, los hombres quieren volver convertidos en putas y las mujeres en hombres

Yo hubiera preferido nacer hombre, así podría amar y abandonar pasada la noche de desenfreno con total desparpajo, podría amar a quien sea y no sentir culpa por hacerlo con cierta frecuencia; podría volver al lecho de mi esposa y sentir que allí es el hogar seguro, mientras pueda darme una escapadita de vez en cuando al mundo de esos abominables y apetecibles seres, objetos de nuestro afecto. Pero nací mujer y siento como mujer, con demasiada sensibilidad, con demasiada pasión y algunas veces con ese afán posesivo de querer recibir igual como doy; no me imagino siéndole infiel al hombre que ame, hacerlo pasar por ese martirio…más tampoco me imagino que ese amor podría durar toda la vida.
Se que ese amor se transformaría, que se haría mejor tal vez, que podría llegar a tener esa relación de compañeros que une a mis padres casi 40 años de vida marital ininterrumpida. Pero no me apeteció tenerla cuando pude, porque no me imagino vivir la vida unida a alguien, en un solo acto de principio a fin; porque prefiero las sucesivas muertes y resurrecciones a través de las personas que ame…porque en fin, soy mujer y siento y pienso y deseo con la libertad no de un maniquí bonito que se llevarán un día al altar, sino de mujer solamente…y eso para algunos puede que les suene ordinario, pero ya que importa.

“Estás perdiendo tu valor, Rosario Tijeras” me dijo él una vez cuando apenas comenzábamos y a mi me pareció esa comparación con la protagonista del libro del mismo nombre, demasiado grande. Me he encontrado de vez en cuando en la protagonista de “Delirio”, atándole los zapatos al hombre que aun no admite amar, en sus cambios de ánimo violentos y su depresión inexplicable…pero no, también es demasiado grande. A veces en pasajes de “Once Minutos” la única de Coehlo que me pareció algo real, aunque volviera a su técnica archiconocida de narrar en primera voz femenina. Me he encontrado en muchas mujeres, pero la mayoría son mujeres de muchos hombres, que dicen sentir como hombres y que me parecen ser mas mujeres que cualquiera. A quienes la vida duele mas, porque se arriesgan a eso, a lo que las demás tememos como un pecado. A lo que los demás repudian como una vergüenza. Mujeres que son para amar, pero jamás para llevar al altar.

“Voy a escribir sobre ti, es imposible no amarte”, me dijo alguien una vez y yo me reí incrédula, ante esa oferta demasiado pomposa que no venía al caso. Aún no sabía que tiempo después me tendría que escudar tras un nombre como Laura Martillo para escribir yo misma sobre lo que siento y pienso; escribiendo los capítulos inconexos de una historia sin final feliz.

lunes, junio 19, 2006

Lunes a Solas

Esta tarde me he quedado a solas. Y he vuelto a mi placer de escribir así, sin saber nada de nada, a veces quisiera dejarlo, quisiera dejar de escribir, colocar un CHAO y no reaparecer nunca más; pero no puedo, parece que las historias no se acabarán, que cada día se fuera haciendo una nueva y yo necesitara contarlas todas, sacarlas de mí, escribirlas y así, de esta forma tonta, pensar que el día que me vaya no me habré ido del todo, que mis recuerdos se han quedado en otros ojos, en otras mentes y en otros labios, como una extraña forma de trascender, como tener un hijo o plantar un árbol, como dejar algo de mi, oculto en el espacio, un magma incandescente que desea ser descubierto.

Recuerdo cuando él me decía que yo era como un libro abierto que jamás se cansaba de leer, siempre con algo interesante para decirle, que podía leerme toda la vida y sentirse igual de complacido conmigo. Y yo sonreía feliz, sin nubes en los ojos.
Debí haberme dado cuenta que él dejaba sus libros interesantes olvidados en los aeropuertos, que maltrataba las hojas doblándolas, que arrugaba las cubiertas, que dejaba a los libros heridos de muerte, después de haberlos terminado.

Creo que solo me di cuenta luego, en esos tiempos en que yo le preguntaba con el corazón en la boca, que era realmente lo que quería de nuestra relación, que debía esperar de él; y él me respondía con un “no sé” “no estoy seguro” “no deseo causarte dolor, pero no se lo que siento y eso es lo único que puedo darte” esas frases tan suyas que me pegaban tan fuerte y eran tiempos catastróficos, porque era la primera vez que yo oía esas frases de inseguridad en un hombre que pensé me amaba. Era la primera vez que alguien me contestaba tan ambiguamente y yo; yo que soy de esas personas que necesitan tierra firme, para poder echar a correr y luego alzar vuelo, me sentía morir, no comprendía. No quería comprender. Porque yo quería darle el mundo, pero él no tenía las manos abiertas para recibirlo.

En fin, ahora son solo recuerdos que ya no duelen.

Hace algunos días que solo escribo cuentos, son historias largas de 5 o 6 páginas, que solo reservo para los amigos; siento como si enviara chocolates por correo; no sé , es mi forma de sentir, yo no tengo mucho para dar, solo mis historias. Pero ahora sé, que son historias que pocos leen, son chocolates que la gente tira por la ventana, son regalos que nadie acepta.
Y yo; yo me quedo con mis cuentos, con mis relatos en bocetos, con esos envíos que nadie abre y me vuelvo a sentir como con él; en esos tiempos en que le enviaba cartas que jamás leyó, porque supuso que le reprocharía algo y yo en cambio, solo me estaba confesando, solo estaba contándole, que la parte mas dolorosa de la relación no fue que él no quisiera recibir mi cariño, sino el momento en que yo me negué a dárselo, por orgullo, por querer poner una fase dura que no me la creía ni yo.
La parte más difícil, fue dejar de decir “te quiero”, dejar de decir “me haces falta”, dejar de escribirle “ aun tengo fe en que volvamos a ser lo del inicio”; porque yo necesitaba decirlo, pero no podía, tenía que fingir indiferencia, ante el dolor que él me causaba y sonreír por lo que él estaba logrando, porque solo para eso me hablaba, para hablar ahora de `el y no de un “nosotros”, para hablar de un presente muy suyo que yo imaginé como nuestro y entonces, desearle felicidad con otra persona, como si yo fuera una amiga que se conforma con ese papel tan triste.

Una amiga, caray! Como si esa palabra existiera entre dos personas que se quisieron tanto.

Me he acostumbrado a escribir con este ruido, con toda esta gente entrando y saliendo, con la música alta, escribir un cuento y charlar con alguien a la vez, para no desesperarme si me escriben lento o evitar quedarme con los ojos fijos en el monitor sin saber que frase continúa en la historia. Me he acostumbrado a todo; lo difícil, lo casi imposible, es tener a tu familia enfrente, gritando sin entender porque escribo, gritando y criticando mi manera de sobrevivir a ellos.
Lo realmente imposible, es hacerlos entender que prefiero terminar de escribir un relato que ir a comer aunque me esté muriendo de hambre, que prefiero no tener que salir con ellos si ya inicié algo que deseo enviar. Eso es lo difícil, son reproches a los que no me acostumbro. Y ahora que miro a la gente a la que envié mis historias, como a él, y no quisieron recibirlas; me pregunto si valió la pena pelearme con tanta gente por llegar al final de 5 páginas. Si valió la pena todo el camino andado con él. Si vale la pena poner la primera letra y la final a una historia que se vislumbraba corta.

Y muy a pesar mío, me respondo que sí.

Ha valido la pena todo el camino de aprendizaje doloroso, porque ahora se cuando detenerme, cuando voltear la espalda y no mirar atrás, cuando decir “ Es suficiente”; como en esa película británica, en que el tipo después de haber hecho hasta lo imposible por la mujer que ama, va a su casa se para en la puerta y con el marido de ella adentro, le confiesa en carteles pintados todo ese amor que ha ocultado por saberlo imposible. Y ella claro, mujer al fin, solo sonríe y lo recompensa con un beso en la boca, porque no se pueden cambiar las historias con finales felices aunque el público espere eso. Y él se marcha “ it´s enough” dice mientras corre por la calle vacía el día de Noche buena y yo derramo lágrimas mal cuajadas al volver a ver esa escena, me impacta siempre ¿quien sabe? A lo mejor estaba sensible. A lo mejor esas historias me tocan, porque yo he sentido esa fuerza de ir hasta el final, como hacemos los jóvenes; esa fuerza de quemar hasta el último cartucho y luego pararse en la calle vacía y decir “es suficiente”.

Y esta tarde en que me he quedado sola, puedo agradecer todo ese dolor que me fue dado en un tiempo en que no sabía como manejarlo. Debo agradecer esa falta de amor, ese rechazo a mi historia; debo agradecer todo lo vivido, porque fue la única manera de enseñarme que no volvería a pasar. Nunca más. Tengo tanto por equivocarme, que sería insulso repetir los mismos errores. Caminar los senderos ya andados, ofrecer lo que no puede ser recibido y entonces digo “si, es suficiente”, porque soy un libro abierto que pocas se atreven a leer hasta el final, creo que preferiría ser una pintura abstracta, al menos así de 100 personas mirando el mismo cuadro, una de ellas entendería el concepto y no tendría peros en llevarme a casa.

domingo, junio 18, 2006

Acantilados

Cuando era niña, mi padre nos llevaba a pasear a playas lejanas. Recuerdo pasar mis veranos en playas sin gente, alejados del ruido, para oír solamente el mar si nos quedábamos a dormir la siesta. Pero recuerdo también los paseos a esas costas reservas de aves guaneras, y caminar por la orilla de los acantilados viendo la costa blanca llena de sal.
Yo era pequeña y caminaba de la mano de mi mamá, mientras mis hermanos saltaban entre las rocas agrietadas detrás de mi padre. Yo temía a las alturas, al vacío, a los barrancos. Mi madre temía al mar.

Y la voz del océano golpeaba la costa rocosa adentrándose a sus túneles ocultos, llenos de tesoros escondidos por piratas que nadie logró jamás ver. Golpeaba el murallón de rocas bajo nuestro, y el agua era empujada desde los laberintos submarinos hasta la superficie, pulverizada en chorros de blancura salada. En cientos de gotas de una lluvia violenta que interrumpía nuestro paso, en estelas de agua fría que no llegaba a herir los poros. “Como un geiser” gritaba yo, viendo el agua salir disparada hasta el cielo por las grietas rocosas.

Y veo otra vez a mi padre desapareciendo en esa persiana de agua blanca y quisiera correr yo también a la orilla de los acantilados y no temer a la muerte, creyendo ingenuamente que si corro de prisa un día podré volar como una gaviota que no hace daño a nadie, con su chillido de soledad llenando el paisaje lejano de ese mar distante.

Y vuelvo a ver a los lobos de mar ocultándose entre las olas allá abajo, el arco iris a la entrada de los túneles rocosos, vuelvo a creer que esa playa se ha inventado solo para nosotros y que solo mis padres conocen el camino a ese lugar de sueños. Que solo en la inocencia de mi niñez he podido ver ese millar de aves en el perfil de la costa y ese océano mojando un atardecer carmesí.

Y ahora te cuento este recuerdo de infancia y quisiera dejar de hacerlo, quisiera dejar de pintarte cuadros que tu cuelgas en la pared de tu memoria. Dejar de escribirte cosas que deseo que veas con tus propios ojos, paraísos perdidos para que andes con tu propia huella.

Quisiera…¿sabes que quisiera? Dar un largo paseo por esa playa que a la distancia ya hasta me parece inexistente. Quisiera dejar de pintar recuerdos y comenzar a hacerlos contigo, a construir cada huella en la arena, cada muro rocoso, nadar en cada ola perdida, volver a cantar lo que he callado y danzar sin miedo a nada a más nada.

Yo quisiera esta noche, que dejes de leerme silencioso y te vengas a soñar conmigo, porque he vivido tanto tiempo temiendo las caídas al vacío que ahora solo se me ocurre comenzar a volar contigo.


****Aprópiatelo.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...