viernes, julio 07, 2006

Charlas de Viernes

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Estaba pensando en los amigos que perdí, en aquellos que se fueron y a los que no volví a ver. Ya sabes, el clima me deja un poco melancólica caminando lentito y oyendo canciones que no me atrevo a mostrarte, pero acá estoy de pie y frente al cafecito de los viernes, para que salgamos a caminar mientras te cuento mis alucinaciones y oímos a Fito Páez con Oh Nena!...Creo que jamás te lo he dicho pero esa canción me levantó un día que estaba en el piso, desde allí quiero a esa canción y a quien me la hizo escuchar,

Desde ese día hice de todo por ser amiga de dicha persona ¿ que tontería no? Nos llevábamos tan mal que es casi un milagro que sigamos hablándonos, pero aun así su presencia es entrañable en mi memoria, no logro recordar las enviadas al infierno, ni sus tonterías que en algún momento me hicieron doler un tanto, solo pienso en él y puedo pensar en un amigo... y ya sabes yo no tengo los bolsillos llenos de amigos, pero algunos he hecho y son esos me quedo.

Creo que yo empiezo mis amistades mas entrañables así, con bronca y mandadas al diablo. Luego, es fácil descubrir solo lo bueno…se que suena tonto, pero me es fácil querer a alguien que mostrado el lado malo luego te deja ver su lado luminoso, ese es el recuerdo que me queda de la gente que quiero. Es fácil mostrarse bueno a la primera, halagarte, aparentar ser el mejor amigo, lo difícil es mantener esa imagen cuando las cosas no resultan como quieres.

Una vez hablando con un amigo me decía que él era de ese temperamento de mostrar primero lo peor de sí, hacerse detestable y mostrar esas aristas de su personalidad a la gente, el resto del camino para conocerlo ya era fácil. Yo me reí pensando en cuanto nos parecíamos. Ese día lo mandé al infierno porque me mostró una de sus aristas sin limar y pensé que jamás volveríamos a tratar, ahora ya pasado el tiempo, es una de las mejores personas que creo haber conocido. Me ha sujetado la mano tantas veces, que ya ni recuerdo. Como cambió la imagen que tenia de él en ese primer instante en que solo podía verle el lado oscuro, su lado falaz en el espejo.

No siempre es así, no siempre se inicia una buena amistad con una enviada al infierno sin escalas. Tu sabes bien que no hay fórmulas para hacer amigos, pero a mi me pasa algo extraño, tu sabes que a mi se me da por admirar a las personas y esos son los santos que primero se caen al menor temblorcito de tierra. Esos que te muestran su lado mas suave y dejan solo para el final del capítulo al energúmeno que todos llevamos dentro, es entonces que la primera imagen se borra del todo y comienzas a preguntarte si no hubiera sido mejor una buena bronca al inicio, para medir fuerzas y saber con que clase de persona tendrás que tratar en adelante y así apartarte rapidito de aquellos con quienes querías cruzar al río y a la primera se ponen a querer ahogarte, y a encimarte con sus caprichos tontos, pretendiendo darte una forma de balsa, sirena, titán o lo que sea que hayan querido darte en sus ensoñaciones.

Yo prefiero iniciar una amistad con un contrapunto de ideas, con la cultura del choque para sacar chispas y saber de que se está hecho y hasta donde puede aceptar, porque es ese su límite también para poder dar. Mucha gente se acerca con elogios, con una dulzura que ya quisieran para las 24 horas del día y pasada esta capita tan fácil de resquebrajar se muestran solo como lo que son y ahí es donde vienen los alejamientos, porque el último recuerdo que guardas de ellos es solo ese pataleo de niños disfrazados de adultos, que quieren que seas como ellos quieren, a su antojo y a su hora, sin darte espacio a réplica

Ya quisieran que yo entre dócilmente al molde que pretenden darme para cubrirme luego con cera y acabar con mi personalidad para siempre. Dicen que la edad no tiene nada que ver con la madurez y vaya que es verdad! yo he conocido a gente que aun siendo sexagenaria arrastraba caprichos de infante. Tanta gente a la que lavado el barniz de supuesta dulzura y ecuanimidad con la primera lluvia de mal ánimo, se muestran inflexibles, groseros y terrenales como cualquiera del camino. Que exigen su capricho de “quiero que seas como te imagino y que hables solo lo que yo quiero oír” haciendo berrinches para que les digas el agugú agagá que quieren escuchar y sentirse por un momento los protectores y dueños de la verdad, para ocultar su propia fragilidad.

Tu me conoces yo soy frágil, a veces necesito que me sujeten la mano y hacer una pausa antes de seguir caminando. Pero creo que antes que un amante o un padre solo prefiero las caminatas con los amigos, de esos que están contigo en las buenas, las malas y las peores, no solo cuando muestras tu mejor cara. Porque yo he visto a esa gente que muestra siempre su mejor cara y que solo tiene halagos con la gente que los rodea, ser mordaces como nadie a espaldas de sus amigos. ¿Qué puedo esperar de esa gente que se queja ante la misma gente de la cual hizo escarnio? Nada.
La personalidad no es como el control de esfínteres en los niños, que se espera que se controle con el pasar del tiempo. Yo no espero que la personalidad de nadie cambie para que concuerde con la mía, por eso prefiero apartarme sin decir más al menor atisbo de intolerancia. Porque eso sí yo no fuerzo a nadie, ni pretendo que me fuercen, es mejor irse sin mirar atrás.

Hoy extrañaba a mis amigos, a esos con los que es bello caminar compartiendo el silencio. Que te dejan ser sin pedirte explicaciones, ni esperando nada a cambio que no sea solo eso amistad. A esos con los que caminas y te mandan al diablo en una esquina y tu los mandas luego, que te tomas un cafecito caliente con ellos como ahora y a los que regalas canciones, trozos de historias, fragmentos de tus recuerdos.
Extraño a mis amigos como tu, con los que he tenido altercados a la primera solo por el placer de medir fuerzas y mostrar esa cara mala que los demás ocultan tan bien, ese mal carácter que nos puede apartar por momentos del mundo como un cerco que nadie se atreve a pasar, un cerco para apartar a la gente corriente que solo mira el barniz y la indumentaria bonita. Pero pasado ese cerco, tu sabes como es mi corazón, te lo da todo sin pedir nada a cambio, te invita a mi casa y a comer del mismo plato. A bañarte conmigo en el mar, a burlarse de la gente, a hacer payasadas en la calle y gritar como niños solo por el placer de hacerlo. A oler la fruta en los cestos del mercado…en fin a caminar a mi lado.

Porque tu sabes ya, como soy. Yo creo en la amistad como la única fuerza capaz de mover al mundo y hacer milagros increíbles en las personas.

Bueno ¿Y tu que dices? ¿Esta noche medimos fuerzas?


***Dos Amigos. Norma Azaro ****

jueves, julio 06, 2006

"EL DESTINO DE MAYA"

La mañana que Maya llegó al pueblo, sintió que le temblaban las piernas y que quería salir corriendo de vuelta a casa para ocultarse bajo las frazadas y ser ajena a esa realidad que tenia que cumplirse bajo sus dedos; pero el camino de retorno a casa, era ahora sinuoso y quedaba a sus espaldas como algo vetado para siempre. Ya no podía volver a casa nunca más y el sentir el pie del tiempo aplastando el corazón como un gran coloso, no fue una sensación nada grata, menos aún cuando cogió la maleta y echó a andar, entre los ojos curiosos de la gente que se abanicaba bajo la sombra de los árboles de aquel pueblo sin nombre.

Maya había soñado con ese lugar mucho antes, talvez toda la vida y, volver allí le provocaba la desazón de saberse la protagonista de una nueva pesadilla que una vez iniciada ya no se detendría hasta acabar con ella.

Toda su vida era una sensación de déja vu por cosas antes vividas y que la seguían atormentando ahora en la edad adulta. Maya solía sentirse una víctima de su destino, el cual intentaba cambiar a cada paso, pero la realidad la abofeteaba confirmándole que las cosas a las que mas se les teme en lo sueños, son terriblemente reales al voltear la página de la noche al día.

Caminó lentamente entre la gente y se dirigió a la plaza vacía, para sentarse y pensar mejor sobre que debía hacer ahora. Las ovejas caminaban en rebaños mansos por en medio de la plaza comiendo las flores naranjas, sin que nadie las espante. Maya contemplaba esa escena mil veces vivida, con la pasividad de los que se saben espectros de una historia ajena. Maya, esperaba una señal, algo que le dijera por donde seguir.

Frente a ella la gente se movía con ojos curiosos y labios veloces atacando con su cuchicheo infame a la nueva extraña del pueblo. Los perros se rascaban la sarna en los jardines del municipio, los ebrios del fin de semana roncaban en sueños de alcoholemia tirados en las esquinas. Las carnicerías abrían sus puertas en la calle principal, como una extraña boutique para vísceras sangrientas. Todo igual que en el sueño, incluso las ovejas desperdigándose como una nube algodonosa que la engullía a ella y sus ensoñaciones en ese banca de parque

Cuando una marea de flores amarillas le acarició el rostro, Maya comprendió que era la señal para seguir caminado. Se levantó y subió cansinamente las veredas rotas de aquel pueblo protegido por el murallón de rocas. Maya caminaba con los ojos tristes evadiendo las miradas de los niños desnutridos que se comían los mocos frente a ella.

Ocho calles arriba estaba el lugar que vivía en su memoria desde mucho antes: “Hospedaje Su Majestad”, todo idéntico que en el sueño. El corazón se le oprimió de nuevo, cuando tuvo que dar su nombre.

- Mayela Gutiérrez-respondió ella con un ligero temblor en la voz

El hombre la miró con curiosidad, el cabello le caía sobre los ojos oscuros y tenia el rostro cubierto por el polvo del camino. Maya era una mujer delgada, con apariencia de menos edad que la que mostraban sus ojos algo llorosos luego de 12 horas viendo paisajes verdes y terrosos hasta llegar allí.
-Las habitaciones son con baño común, si quieres bañarte- tuteó el hombre de inmediato

Maya elevó las cejas con enojo, su rostro joven siempre hacia que la gente la confundiera con una adolescente. Abrió los labios para decir algo, pero se arrepintió en el acto. Ya no debía demostrarle nada a nadie, ahora estaba lejos de casa.
El viento soplaba golpeando las ventanas de marcos de madera y haciendo volar la ropa tendida por los techos de todo el vecindario.

Cuando subieron al segundo piso, lleno de ventanas con barrotes oxidados con vista al valle; el pequeño pueblo apareció ante ella como un nacimiento con casitas desparramadas aquí y allí hasta la orilla del río.
El hombre señaló la habitación 21 y le mostró el baño compartido entre las habitaciones vecinas, lleno de paredes rajadas arregladas con yeso, con la ducha desvencijada y sin seguro en la puerta.
- Es para que no se queden encerrados los borrachos- aclaró el dueño al ver como Maya revisaba la chapa de la puerta- No te preocupes, aquí solo se hospeda un profesor de matemática que solo llega de noche.
Maya asintió con la cabeza como si ya lo supiera de antemano. Cuando el hombre la dejó sola colocó el bolso sobre la cama tendida y cerró la puerta tras sí

Se sentía no solo cansada, sino abatida por el destino que arrollaba cualquier intento de levantarse y seguir en pie, ese destino que la traía de vuelta a un lugar nunca antes pisado pero por demás conocido. Salió al único baño compartido entre las habitaciones y se lavó la cara por un buen rato intentando despertar como todas las veces anteriores.

Al salir, reconoció al nuevo inquilino de piso. Un hombre moreno y enjuto de ojos amarillos y barba rala. De inmediato supo que se trataba de “el profesor”, Maya lo saludó e intentó reconocerlo, era muy vaga la imagen que tenía de él.

El hombre le dirigió una mirada larga y llena de concupiscencia, mientras se mojaba los labios sin responder a su saludo. Luego pasó frente a ella y cerró su habitación con un portazo que terminó de asustar a Maya.

Entonces un dolor extraño la volvió a recorrer, sabía lo que pasaría, ya lo había vivido antes, era imposible cambiarlo. Entró de nuevo al cuarto e intentó llorar, pero sus ojos estaban secos. Su vida era ahora un sueño en el que por mas que gritara nadie la podría oír. Solo un personaje mas sin derecho a decidir su destino.

Esa noche, se aseó cuidadosamente en la ducha, lavó sus cabellos con un shampoo frutado, se envolvió en la toalla de baño y volvió a la habitación. Se secó el cuerpo, las piernas y los tobillos y fue cuando lo sintió llegar ebrio dando tumbos por la escalera.

Ella volvió a estremecerse, una sensación de náuseas y miedo la hizo tumbarse en la cama, lloró un poco con la almohada en la cara hasta calmarse. Tomó el martillo que guardaba en el bolso y lo puso al lado de la cama, esperando que esta vez le sirviera.

Luego se despojó de la toalla húmeda y se acostó desnuda sobre la cama tendida y con la puerta entreabierta, a esperar que él saliera del baño rumbo a su cuarto.

Lo que tuviera que pasar, pasaría. Maya ya no podía seguir huyendo de su propio destino.


Mientras pierdo el tiempo

Yo he estado oyendo a Alanis hoy

Y haciendo esas pequeñas cosas que se hacen los jueves

Terminando unos cuentos
Haciendo dibujitos


Oliendo la fruta en el mercado

Viviendo.

Yo estuve oyendo guitarras hoy,
Nada especial…nada del otro mundo

Creo que comencé a flotar un poco

Me di cuenta que hace tiempo
No escribo para mí

Que hace mucho no me quedo sola
Oliendo la fragancia
En el mismo cuello de la vida

Allí en ese lugar oculto
En que me quedaba siempre

Donde una sonrisa
Puede ser un hola o un adiós

Donde los besos son poesía gratuita
Cada verso se acomoda en mi piel
buscando su lugar en mi mundo

Hoy oía a Alanis nuevamente


Y soñaba con texturas de seda
Y aroma de duraznos


Con una caricia cálida

Soñaba conmigo misma

Disuelta en una canción

Para volver a estar sola

Y así sentirme bien

En sueños

Hoy soñé con él.

Fue tan raro, después de tanto tiempo lo volví a ver

Con la ropa que usaba la última vez
Con ese caminar tranquilo

Con los audífonos puestos, como siempre

Corrí a mi casa que quedaba cerca del malecón

Quería saber si iba detrás mío

Si era a mi a quien buscaba

Lo vi tocar mi puerta,
y pensé que por fin volvía

pero no le abrí


Y me oculté en el auto viejo de mis padres
En ese asiento trasero

Yo también quería verlo

Y él entró, se sentó a mi lado


Y se me quedó viendo sin decir nada

Entonces comprendí todo...

Yo ya no usaba audífonos

Hace mucho que no caminaba
acompasada por la música
Que da el recuerdo del amor

Él si

Entonces ya no esperé nada

Porque él sigue así
Con audífonos en los oídos

Caminando cerca al malecón
Sin oír el presente

Sin pensar en nadie
Que no sea un recuerdo

Hoy lo vi en sueños

Fue una pena,
Supe que se había ido para siempre

y que era momento de dejarlo ir.

miércoles, julio 05, 2006

Quien respira

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Ahora estoy aquí, respirando. Es rara esta sensación. Todo sigue igual solo yo estoy diferente. El mundo sigue afuera moviéndose rápido, con flashes y ruidos y olores. Yo sigo aquí, respirando. Es extraño.

Me siento cautiva en mi cuerpo lánguido. Mis palabras son lentas, casi no suenan, mis pies pesados. Mis manos ¡ Ay ¡ Mis manos…Me veo las palmas, que destino tan solitario, líneas dispersas que no se unen en ninguna parte. Amo a mis manos, son diferentes e inútiles. Son obreras de mis pensamientos, cada dedo va sobre el teclado como ensayando una canción oculta, que nadie sabe descifrar.

Ahora estoy aquí, sin tiempo. La vida pasa a mi alrededor, veloz, no puedo detenerla. Solo estoy yo, como un par de ojos en medio de todo. Podría ser un árbol, una piedra, una flor... no importaría. Solo seria un poco mas de materia organizada viendo al tiempo pasar a una velocidad increíble, sin poder sorprenderme. Solo respirando.

Es extraña esta sensación terminada la crisis, me quedo a la deriva sin ninguna sensación de dolor, ni angustia, ni melancolía. El enojo y la tristeza no existen, soy incapaz de reaccionar, me quedó sentada con los ojos abiertos viendo la vida pasar ante mí atropellándome entre sus patas, sin oponer resistencia. Solo yo sin tiempo, solo así respirando.

Y podría quedarme horas así mirando al vacío, como un ente a quien no le importa nada, oyéndolo todo, sintiendo las palabras de la gente que me ama gotear sobre mi, en pos de una reacción. Muevo mi boca, intento sonreír, ellos no lo notan. Hablo un poco, no pueden oírme, solo me ven respirar y saben que estoy viva. Presienten que no me he ido del todo.

Una vez solté una lágrima, la toqué incolora y diáfana, saliendo de mi como un milagro. Abriéndose paso en mi epidermis, rodando lento sobre mis poros. Esa lágrima rodaba sobre mi y yo no sabía su causa, el porque de su aparición, solo sentía los párpados pesados como ahora, la boca inerte, mis manos cansadas.

Alguien la secó, pensaban que estaba triste, que aun me dolía que estaba sufriendo; pero yo ya no estaba aquí, no tenía ningún recuerdo del pasado, ningún anhelo, no podía inmutarme ante nada. Solo estaba despierta como un pez prehistórico, de ojos abiertos a un océano nuevo y desconocido.

Como lo estoy ahora con la mirada perdida, sin saber como ni cuando despertaré de esta sensación post migraña. Solo yo, aquí, inmóvil, respirando.

Como una idea cautiva en medio de la materia organizada.


*****Flor de Mentira- D. Eder.****

martes, julio 04, 2006

Fuera del Círculo

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Para mi fue siempre difícil trabajar en grupo, formar una sociedad, hacer un círculo. Hasta ahora huyo de eso, me asusta un poco, no me gusta formar argollas ni puedo trabajar con otras personas. Por eso me digo a mi misma antisocial, aunque mi familia opine lo contrario. Y es que prefiero trabajar a solas sin nadie que interrumpa mi pensamiento ni me haga ser partícipe de sus normas o códigos de grupo.

Mi padre decía que él tuvo la culpa, que debimos crecer en un barrio con gente “normal”, con otros niños para jugar, haciendo grupos de amigos y saliendo a la calle a hacer cosas de adolescentes. Mis hermanos lo lograron a medias, al fin y al cabo eran tres. Yo era la menor en casi 10 años y mi carácter esquivo pudo mas.

Recuerdo el temor en la clase de gimnasia. El pánico a esos juegos grupales de voley, fútbol y demás, que luego se extendería a los demás deportes. Hasta hace algunos años pensé que era a causa del físico, de que el hecho que me faltara oxígeno a la menor actividad física me hubiera vuelto una anti deportista y por ello asociara el deporte con esa sensación angustiosa de falta de aire y dolor bajo las costillas; pero ahora pienso que jamás me pude integrar del todo en un grupo, captar como ellos un código de conducta y obedecer una disciplina para vivir en armonía. Tal vez el pertenecer a un grupo de deporte me hubiera ayudado, pero jamás me interesó demasiado el hacerlo. No veía la necesidad de integrarme si iba a ser la última de la fila.

Siempre huí a las competencias que requirieran esfuerzo físico y sentía pavor de solo imaginar estar dando brincos, pararme de cabeza, saltar sobre un caballete o golpear una pelota. De niña por supuesto, si me interesó un poco. Recuerdo que me ponía a jugar voley con el chico que hacía la limpieza y como solo teníamos su pelota de cuero, entrenábamos con una pelota de fútbol, a escondidas de la gente en el jardín trasero de la casa. Mis manos entonces, se endurecieron y mis brazos se volvieron firmes.
Un día mi padre se admiró de que “mis manos ya no fueran unos mocos, sino que ahora su hija menor sabía dar la mano como gente y mirando a los ojos”

A toda mi familia le agradaba el deporte y en los días de playa se ponían a jugar voley, fútbol o lo que hubiera, a la orilla del mar. Recuerdo mi enojo a que me obligaran a participar, si yo prefería estar leyendo o soñando con historias que escribía mentalmente. De vez en cuando le hallaba algún placer a compartir juegos grupales pero siempre lo dejaba. Tenía otras prioridades en mente como para andar siguiendo al resto.

Lo mas curioso fue que en secundaria me nombraron delegada de deportes. Yo que no sabia ni como agarrar una pelota estaba de “delegada” porque me habían elegido por unanimidad. Hasta el profesor de educación física se opuso, pero igual me nombraron. No los defraudé porque al primer premio en dinero que recibieron por ganar un campeonato, cogí el dinero y lo repartí entre todos los jugadores, ignorante de que ese dinero era donación para comprar el inmobiliario del colegio.
El Director puso el grito en el cielo. Aun me la siguen cobrando.

Los maestros decían que yo era la líder por naturaleza, les comentaban a mis padres que tenía poder para dirigir, convocar y convencer a los demás de lo que me propusiera. Que debían impulsarme por el camino de la política o el derecho. Mi padre me miraba incrédulo. Luego comentaba mirando mi cara ovalada: “tienes el mentón de los débiles, a los que hacen llorar y les doblegan la determinación a punte de dolor, la gente nota eso”
Me agarraba la quijada, se reía y luego se iba, mientras yo me quedaba pensando en la verdad detrás de sus palabras. Como todo lo que decía mi padre había una verdad detrás de cada broma.

Es cierto, a mi no me interesaba la política ni defender las causas sociales como modo de vida. Para mi el ser líder era la forma mas cómoda de ser parte de un grupo sin sentirse excluida.

No toleraba obedecer las normas de gente que sabía poco o nada, era fácil dirigir un grupo en donde todos quieren abandonar la responsabilidad de sus actos a alguien mas. Siempre fue fácil el hacerlo, pero no me agradaba. No tenía vocación de pastor de corderos.

Llegada a la universidad, los círculos se formaron de nuevo. Grupos de deportes, de política, de poesía, de estudio. Yo no pertenecía a ninguno. Me llamaban para ser delantera para el equipo de fútbol de mujeres y yo me horrorizaba ante la sola idea de
jugar delante de extraños tras una pelota, para que al correr se me moviera toda la delantera, Eso no, ¡jamás!

Con los círculos de estudio pasó algo similar. No entendía cual era la ventaja de estudiar en grupo los temas que no podías terminar a solas. Una vez fui a una de esa amanecidas en casa de alguien. Llevamos café, comida y órganos en recipientes de formol, para prepararnos antes del terrible examen de anatomía. Al final nos las pasamos hablando y riendo el resto de la noche. Dejando los libros de lado, para dedicarnos al raje indiscriminado, a cantar a capella y atragantarnos de pollo frito hasta la madrugada.

El cerebro y los pulmones que llevamos terminaron el refrigerador de la mamá del anfitrión, que se desmayó al día siguiente al saber que eran humanos. Y el resto de los asistentes a esa noche de café y estudio nos quedamos dormidos, sintiendo entre sueños como las manos de todos estaban aun ansiosas de seguir repasando la anatomía femenina pero en vivo, al menor descuido de la vigilia.

Me aparté de todos los grupos literarios, porque la mayoría estaban conformados por mujeres escribiendo al amor en todas su formas, rimas y sonetos; o por gente que por tres libros leídos te miraba en menos, usando un lenguaje que pretendía excluir al resto de mortales que solo escribíamos por instinto.

Nunca pude formar círculos, sentía que no encajaba en ninguna parte. Había el grupo de los demasiado tranquilos y el polo de los demasiado rudos. Andaba siempre guardando mis distancias de ambos. Aunque tuve grupos de amigos temporales con los que pasé buena parte de mis días felices y que se deshacían apenas alguno de ellos cambiaba de novia o tenia algún interés por alguna de las chicas del grupo.
Todos mis amigos fueron siempre personas solas como yo, cuyo máximo anhelo era ser invisibles a los ojos del resto del rebaño.

La vida siguió pasando y vi como los lideres estudiantiles se quedaban en las aulas años y años, enmoheciéndose en luchas internas y discursos vacíos, en pro de mejoras universitarias que nadie comprendía.
Los que ganaron las medallas de deporte de mi facultad, retornaron a sus propios grupos deportivos previos y ahora andan en algún lugar del extranjero; algunos incluso ya formaron pequeñas clínicas en sociedad.
Aquellos que se pasaron los 7 años de facultad en grupos de estudio nocturnos, ya se casaron. Otros, incluso se divorciaron y la mayoría de los que gustaban de repasar las clases de anatomía sin protección de látex previa, ya tienen pequeños hijos corriendo y preguntando “¿por que papá sigue guardando bolsas de vísceras en el congelador?”
Huelga decir que aun siguen llevando el curso de anatomía de primer año.

Los que se dijeron poetas andan olvidados ,como estuve yo , en algún pueblito del Perú, haciendo manuscritos de poesía para publicar el día que salgan del exilio. Su pequeño círculo también anda disperso, buscando gente que comprenda lo que ellos hablan con palabras ininteligibles.

Para mi siempre fue difícil pertenecer a un grupo. No pude integrarme del todo a nada, caminé y camino sola, lo cual me deja tranquila para hacer lo que me agrada sin explicarle a nadie el porque de mis acciones, amores y depresiones; pero a veces extraño a esa gente que no hallaba su lugar en el mundo como yo.
A los que estudiaban medicina pero habían nacido para escultores, a los que detestaban las clases de gimnasia en secundaria, a los que hablaban de tener una banda de rock y dejar su casa y el colegio, a esa gente sin nombre que ahora camina a solas como yo, inventándose un espacio propio en cada grieta del camino, buscando el silencio a espaldas de la multitud. Gente que sueña despierta que en alguna esquina del universo haya un círculo que no excluya al que es diferente.

"Orquídeas, Círculos y Cuadrado" -Debora Eder

domingo, julio 02, 2006

Aprendiendo a Volar

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Yo aprendí a montar bicicleta cuando ya era grande. Era una vergüenza no saber andar en bicicleta a los 9 años, mientras los otros niños ya eran libres sobre ruedas y se apartaban de casa a la velocidad de un rayo.
Yo aprendí tarde, tal vez porque temía caer, porque temía a la vergüenza y al dolor. Practicaba en casa dentro del garaje, apoyándome en ese pequeño espacio entre la pared y el auto, rayando la pintura, dejando mis manitos de huellas sucias en la pared recién pintada, apoyándome en muros estrechos para no caer al piso, para no sentir dolor.
Y todos se burlaban de lo miedosa que era, de que no salía a la calle a aprender como todos a golpe y a sangre; pero yo no hacía caso, pues yo tenía miedo no al dolor, sino a la vergüenza de que me vieran caer, de que aprendiera “de grande”, lo que los otros niños ya sabían hacer bien desde pequeños.
Mis hermanos tenían su bicicleta vieja con ese asiento al estilo de los 70´s grande y fuera de moda pero a mi no me importaba, quería aprender lo que otros ya sabían y ponía todo el esfuerzo en impulsarme por el zaguán de la casa, por el patio trasero, por el garaje…por todo lugar donde hubiera apoyo y no tuviera los ojos de los vecinos o de los demás niños, viéndome equilibrar sobre mi inexperiencia de 9 años.
Mi padre me repetía que era imposible aprender a montar bicicleta sin caerme, pero yo no me atrevía a salir de casa. Mi bunker de pruebas al vacío siempre fue esa casa y salir de mi burbuja a la realidad siempre dolía. Pero pasaban los días y yo no podía avanzar un metro sin caerme a los lados, no había espacio para impulsarme y pedalear suficiente sin caer a los costados. Y yo no entendía el por qué. Por qué no podía aprender a manejar y siempre caía.

Un día de invierno, el cielo se volvió gris y la atmósfera líquida. La ciudad era una pecera gris sin gente pasando por la calle y en el silencio la lluvia golpeaba el asfalto con sus canción de soledad y recuerdos de infancia. Yo tomé la bicicleta y aprovechando que nadie podía verme, me decidí a salir y probar suerte en la calle.
Saqué la bicicleta antigua y olvidé todas mis vergüenzas…estaba decidida a probar el dolor.

Sin embargo, no caí, solo me impulsé y pedaleé todo lo que pude sin caer. Me alejé de casa con la tarde lluviosa sobre mí y pensé que el mundo era mágico, que pasear en bicicleta era como tener alas y que nunca mas tendría que volver a mi burbuja si tenía la fuerza de mis piernas para seguir adelante.

Había aprendido a manejar esa vieja bicicleta sin caerme al piso y sin sufrir. Después de tantos meses intentándolo y apoyándome en las paredes de casa.
Probablemente lo único que me había hecho falta era la determinación de abrir la puerta y salir sin importarme la vergüenza ni el dolor. Probablemente, aun bajo la lluvia había mil ojos detrás de cada ventana esperando ver mi caída y mi dolor, pero yo no lo pensé. Simplemente me dejó de importar.

No reflexioné en nada y me abandoné a ese placer de pedalear a velocidad, pensando que si me tenia que caer, sería lejos de casa, lejos de las miradas de la gente, solo tenia que seguir pedaleando, avanzando, con el viento silbando en mis oídos y la lluvia sobre el rostro. De hecho algún día caería, pero yo solo quería seguir así impulsándome sobre dos ruedas como si mi cuerpo fuera alado y nadie mas pudiera verme.
Yo aprendí a manejar bicicleta sin una sola herida, sin un solo raspón en la piel. Tal vez fue la peor forma de aprender, porque no aprendí a poner las manos para protegerme si me lanzaba a velocidad tras de algo y tenía que caer. No aprendí a tolerar el dolor, la humillación, la desazón de las heridas sociales que surgen cuando quieres de verdad algo.

El resto de la vida me la he pasado deseando que vuelva a ocurrir ese milagro de salir de casa solo con el deseo suficiente, impulsarme contra el frío y la lluvia y que todo me salga bien, sin heridas, ni cicatrices que borrar. Ahora se que es imposible. Día a día la vida te cobra las enseñanzas que no supiste aprender a tiempo.

Sin embargo algo que si aprendí fue que para volver realidad los sueños, cada quien debe abandonar su burbuja perfecta, su hogar de paredes acolchonadas y gente que evita hacerte doler, porque en esa burbuja pequeña jamás hay suficiente pista para impulsarse fuera y aprender a volar. Porque duela o no duela el hacerlo, siempre es mejor retarse a si mismo para conseguir lo que se desea.



****Para Albatros y los días que me sujetó la mano.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...