sábado, septiembre 09, 2006

Chirimoya(2)

-¿ Por qué tienes que salir con esa clase de tarados?

Yo me río ante su pregunta, parece que fuera mi culpa cruzarme con puro hombre que él califica de tarado.

-Si, pues. deberíamos salir juntos , no? Creo que me reiría mas.

El se ríe, me agrda cuando rie. las luces están apagadas y yo siento su voz muy cerca a mi oido. Su respiración perlando mi tímpano con esas palabras que le salen cariñosas casi sin proponérselo. Me agrada oirlo y pasar tiempo con él, cuando todos se han ido a dormir.

-Tu voz se oye cansada- le susurro.
-Dentro de una hora habré pasado 24 horas sin dormir...

Me apena el saberlo. Pero no quiero que se vaya. Me agrada esa complicidad que surge cuando las luces están apagadas y los ruidos son quedos. El ambiente es perfecto, aun tengo a los Nacha Pop sonando en mis oídos. Solo falta el helado de chirimoya y todo sería felicidad.

-Me muero de sueño, pero me agrada oirte cuando ries. Podría pasarme la noche entera con los ojos cerrados oyendo tu risa.

Yo vuelvo a reir, a veces se le oye tan cercano. Es una lástima que se vaya de vacaciones. Casi me he acostumbrado a oirlo con la modorra de la madrugada, hablar de tonteras conmigo, haciendome feliz con sus ocurrencias. Hace mucho que nadie lograba hacerme reir de la nada.

- Me tengo que ir- le digo mientras me levanto y enciendo las luces- Me duele todo el cuerpo.
-Si, lo sé... ¿Una mierda que vivamos tan lejos, no?
-Si, pero al menos tu te vas con ella de vacaciones. Para el sábado ya te habrás olvidado quien soy.

El silencio vuelve a reinar en la noche. La verdad suena cruda, no debería decirse. Al fin y al cabo hemos estado viviendo en sueños. Mejor me callo, por un momento he sentido celos de ella, celos tontos, claro. Pero no debo dejar que se me noten. No tiene caso.

-Imposible olvidarte, han sido dos días perfectos- me dice bajito antes de que yo cierre su ventanita del computador.

-Si...dos días maravillosos- murmuro, mientras me quito los audífonos y me voy de regreso a mi cama.
Desearia dormir con él. Se que no hariamos nada. Desearia poder dormirme oyendo su voz ¿ es mucho pedir? Pero ya se ha ido y yo debo volver a la realidad.

Solo un grillo se oye afuera y la madrugada me quita los sueños, para que pueda dormir tranquila.

Necesito un helado con urgencia- pienso con cierta melancolía...cualquiera diría que acabo de hacer el amor, me rio para mis adentros mientras caigo desnuda de vuelta a la cama.

jueves, septiembre 07, 2006

Como una Mujer Cualquiera

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Hay días en que me siento atractiva. Descaradamente atractiva. Paso por los escaparates, las vitrinas, los vidrios en las ventanas y me veo bella. Me siento bien.

Pero hay otros días- que son los mas- en que me siento irremediablemente fea. Durante esos días no paso por escaparates, ni me veo al espejo. Camino rápido hacia ninguna parte o voy a paso lento, como si el día pudiera esperar por mí. En esos días no me deprimo ni nada, no me detengo a observarme. Llego a entender el que nadie voltee a mirar, debido a mi atuendo deportivo, a la cola despeinada, a la falta de maquillaje.
Esos días no me siento mal, por no verme bien. Es mas, me siento cómoda.

Me dejo de sentir cómoda si me cruzo con alguien que vaya perfumado y listo y encima me conozca. Mas en ese momento pienso: "Es por este disfraz de chica casera, por el disfraz deportivo. No tengo de que preocuparme"

Disfruto sorprendiendo a la gente. Cambiándome de disfraz. Es gracioso cambiar de cara.

Los días en que me siento atractiva veo mi imagen reflejada en los escaparates y camino segura. Destila de mí, ese poder pasajero que da el sentirse apreciada por las miradas de otros. Mas aun, ese poder de sentirse segura sobre los tacones altos, bajo el rimel en las pestañas, debajo del cabello arreglado. Puede ser que nadie desee mirarte, siempre es una posibilidad. Pero una mujer adecuadamente arreglada tiene el poder de hacer que la miren. No es belleza. Es seguridad.

Los pasadizos entre las tiendas se extienden entonces como pasarelas vacías y puedes notar las miradas de los hombres adultos, de los esposos maduros, de los novios jóvenes. Esa mirada fugitiva del hombre atado. Una mirada que huye del círculo invisible que lo une a su pareja o su familia. Y esa mirada es recibida entonces. Algunas veces agradecida. Puede ser una sonrisa. Una mirada en contragolpe. Algo que les haga saber que valió la pena la escenita de celos de la novia o de la esposa.

Las mujeres somos crueles carceleras de nuestros afectos y defectos para con el hombre que amamos. Es la mirada de una mujer celosa un hierro candente, un látigo mojado. Una señal de alerta para alejar a otras mujeres. Yo me alejo, sigo caminando.
La mayoría almuerzo y compro sola. Me quedo mirando la gente que pasa acompañada. la gente camina en grupos o en pareja y la gente que va sola teme saludar o hablar mas de la cuenta.
Entonces siento el rechazo.

Hablo del rechazo como ese evento desafortunado que hace que un hombre te pueda mirar por horas sin dirigirte la palabra. Que almuercen frente a frente y te mire mientras comes, mientras bebes y no se acerque nunca. Hablo del rechazo en la cola del cine, cuando el tipo de adelante te ve como animal raro y no se atreva a hablarte. De esa mirada que lame tu exterior perfumado a metros de distancia, pero jamás se atreve a preguntar tu nombre.

Esa es una sensación que se vive como rechazo. Entonces no hay nada que calme ese dolorcillo en el pecho. Esa indignación de ser ignorada no por falta de belleza, sino por falta de decisión.
Porque esta vez no es el problema la falta de maquillaje, la ropa deportiva, el usar zapatillas hondas. No es que hayas caminado mirando a las puntas de los pies sin dirigirle la mirada a nadie. Que te hayas ocultado bajo un aspecto antisocial de gafas grandes y gesto serio.
Ese ya no es el problema.

En un momento determinado el problema ya no es una, sino ellos. Eso es rechazo.

Y llego a casa fatigada de haberme vestido para los escaparates, para los reflejos en las vitrinas. Para ver mi cara en la vajilla reluciente. Llego a casa fatigada de haber caminado sola. Pero como soy tan mujer, tan segura, tan atractiva, la gente piensa que confesar el que necesito a alguien es sinónimo de debilidad. De falta de amor propio.

¿Por qué no confesarme mientras puedo hacerlo? Yo no quiero callar como los hombres que me miran de lejos y no me preguntan mi nombre. Que el silencio sea para guardar secretos importantes, cosas que puedas leerlas en la mirada. Las cosas simples deben decirse.

Y que más simple que decir que a veces solo siento como una mujer cualquiera y desearia que el hombre que calla pueda atreverse a preguntar mi nombre y saber si esta noche ceno sola.

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Imagen de Antonio Blanca.

miércoles, septiembre 06, 2006

Maracuyá (1)

-Pero ¿que dices Laura? ¿cómo que no eres feliz? Eres graciosa, inteligente, atractiva, escribes, bailas, pintas...
-Como si saberlo solucionara mis problemas...
Luego de decir eso la charla continuó en silencio. Solo la cucharilla tocando el plato a la mitad.
-Entonces, debes ir al médico. Hacerte ver. Salir de viaje, hacer mas compras.
¿Cómo es posible que no puedas ser feliz con lo que tienes? Eso debe ser depresión.
Yo sonreí pensando que este hombre me debía estar viendo ahora como un fantasma que jamás ha sonreido. ¿Cómo explicarle a alguien que soy feliz comiendo ese postre de maracuyá? ¿Leyendo a solas entre clases? ¿caminando descalza? Como explico a este hombre que nada de lo que tengo es suficiente...pero esos pequeños momentos me dan felicidad por días.
Me dejan viviendo en esperanza...
"...Tus besos son tímidos... como de niña traviesa..."
Suena desde el fondo del salón y yo me quedo absorta en la canción que parece hecha para mí.
La ciudad se extiende indolente bajo mis pies. A lo mejor yo también soy un personaje en busca de autor.

martes, septiembre 05, 2006

Lluvia a pleno verano

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Es curioso como aquí a veces llueve a pleno verano. Era Febrero y yo estudiaba francés por las mañanas y medicina por las tardes. Estudiaba rabiosamente para lograr la ansiada residencia, pero no me atrevía a dejar mi lengua favorita solo por la medicina. Siempre había dejado de hacer cosas a favor de mi carrera. Al terminar la universidad me sentía la típica ignorante que solo sabe de lo que ha estudiado en la universidad e ignora el resto de cosas que suceden en el mundo.

Era febrero y yo comía a solas en un restaurante parrillero, para no tener que almorzar sola en casa. Recuerdo que ese viernes me levanté sintiéndome especial, me lavé el cabello con el shampoo frutado, me puse la crema de coco en todo el cuerpo, el perfume que ya no usaba y la falda y suéter color beige. Incluso me puse las botas altas que solo usaba para caminar de brazo de alguien. ¡Era tan difícil caminar con esas botas puntudas!

Terminada las clases de francés, me fui al restaurant completamente enamorada de mi misma a almorzar sola y soñar con el destino. Era febrero y yo vivía ilusionada pensando que ese año me cambiaría la suerte. Incluso mi aspecto había cambiado y ahora llevaba rulos rojizos que alternaban con mis usuales cabellos color negro.
El día era precioso de soleado y yo me sentía feliz. Probablemente era la única joven que almorzaba sola en ese lugar vestida no como las demás tías, sino como toda una “señorita”. Sin embargo, a mitad del almuerzo el clima cambió de repente y tuvieron que cerrar todas las ventanas y prender los farolitos que colgaban en las paredes. Había empezado a llover afuera y el día se tornó oscuro solo en minutos.
Yo maldije mi suerte, por haber salido con falda y suéter tan delgado sabiendo que los días anteriores habían sido tan crudos. Me dejé llevar por la sensación de calor y ahora sufriría las consecuencias. Las calles se volvían resbalosas con la lluvia y aunque mi casa quedaba cerca, las botas eran un impedimento para cualquier caminata.

Cuando bajé a la calle, era una cortina de agua cayendo por la ciudad triste y de cielo oscuro. Ningún taxi desocupado. Las mujeres abordaban sus autos del brazo de sus esposos; y yo estaba allí con las rodillas congeladas y la falda beige mojada sin ninguna cornisa en donde protegerme.

Supongo que era la única tonta que había salido vestida así en toda la ciudad. Podía sentir las miradas de “te lo mereces” que tenían las mujeres desde el interior de sus autos. Yo solo me abrazaba a mi misma con los libros de idiomas y esperaba un taxi que me llevara a casa. Me sentía toda una rareza allí, con el cabello mojado y los lentes empañados, que trataba de limpiar cada 5 minutos.
Pero de pronto, yo lo vi.

Si en esa calle vacía había alguien más raro que yo, ese era él. Venia caminando a toda prisa y su cara era tan pálida y blanca que parecía un mimo, traía puesta una polera de capucha negra y estaba cantando. Cantaba alto como si nadie se diera cuenta. Pero yo si lo oí. Pensé que llevaba audífonos, que cantaba en voz alta sin darse cuenta. Pero no.
Era obvio que disfrutaba ir por la calle con esos trancos largos y las manos en los bolsillos de la polera. Cantando alto, pues sabia que nadie caminaba ya por las calles, excepto yo. La mujer bajo la lluvia, con las rodillas heladas y el cabello chorreando.


El también me vio. Imposible no verme. Vestía de beige a mitad de un día oscuro, hecha una sopa de cabellos y ropa mojada.

Mientras intentaba parar un taxi lo seguía mirando y él a mí, en esa sensación extraña de que no existe nada mas en el mundo, excepto el golpe de la lluvia hiriendo la calle y esa voz melancólica cantando una canción de la cual no recuerdo nada, mas que sus labios vocalizando la palabra “sola”.

Al pasar por mi lado casi se detuvo, por un momento pensé que nos conocíamos, que era algún compañero de colegio. Pero no. Era un completo desconocido de cara pálida que no dejó de cantar ni aun cuando estuvimos solo a centímetros mirándonos en la misma vereda. Siguió su camino y yo me giré a verlo, el también lo hizo. No sonreíamos ni nada, era una sensación casi de perplejidad. Dos desconocidos en un mundo por demás extraño. Antes de llegar a la esquina volteó tres veces mas y las tres veces yo le sostuve la mirada.

Tenia ganas de irme caminando a la casa, de ir por su misma vereda. De rozar nuevamente con él. De volver a cruzarnos.

Porque dos personas que van de camino a casa, se encuentran siempre en algún momento, aunque no quieran hacerlo.

Tenia electricidad en la piel, la boca seca, el temblor en las rodillas. Por un momento sentí que era él, ese presentimiento que me había despertado por la mañana. Cuando di el primer paso para caminar calle abajo, el único taxi vacío de la ciudad me ofreció llevarme. Yo me quedé dudando. Si lo tomaba, llegaría a casa sana y salva. Si no lo tomaba, no volvería a pasar otro en horas y tal vez a mi paso y con esas botas altas resbalaría antes de alcanzar al chico de la cara pálida. Dude en hacerlo, pero el chico ya había desaparecido.

Con algo de tristeza tomé el taxi y comencé a ver por la ventana como el agua cubría de pronto la ciudad y desaparecía a las personas de las calles. Es una sensación extraña, ir dentro del auto tibio mientras la ciudad se moja afuera. Gotean los techos, cierran las puertas, la gente desaparece. Se hace más evidente que la ciudad no es mas que un pozo de lagrimas.

Pero en la esquina y junto a un poste estaba él, parado como si buscara a alguien. Tal vez el también me buscaba. Estaba en la esquina mirando para atrás al lugar donde nos habíamos cruzado y yo pasaba pegada mi nariz a la ventana, vaporizando el vidrio con mi aliento aun tibio. No me vio. Y yo lo seguí mirando hasta que el taxi se perdió entre otros autos. La ultima imagen que tengo del joven desconocido, es su cara pálida y su ropa empapada, buscando con ojos curiosos a una completa extraña, que vestía de beige.

A veces pienso que el motivo para empezar bien ese día, fue él. Como si hubiera sido un encuentro planeado desde mucho antes y que yo falle. El destino te pone trampas y tu decides o no caer en ellas. A lo mejor si no hubiera cogido el taxi, a lo mejor si hubiera caminado más rápido... A lo mejor si no dejaba pasar la oportunidad de que me encuentren. Tal vez fuera una señal. ¿ Por que puede haber algo más extraordinario que ver lluvia a pleno verano? Tal vez solo el que el mundo se oculte para que se hallen dos completos extraños.

lunes, septiembre 04, 2006

Mantenimiento Cero

No puedo creer que lo haya hecho. Que haya comprado un sosten de 70 lucas solo por desesperacion. Jure no volver a gastar tanto en prendas tan pequeñas, menos si no se las voy a mostrar a alguien. Pero heme aqui gastando de bueno. No hay sosten que aguante y yo ya me canse de andar con poleras anchas

La culpa la tienen las vendedoras que traen los sostenes baratos para las chicas planas y los otros los venden como si fueran joyas. Yo he comprado el mas barato de sus especie. Pero aun asi me ha dolido. En momentos como este desearia tenre un marido que me compre la ropa interior.

En la cola para pagar, por ejemplo. Habia un tipo de 22 años comprando calzones para su novia. Cuando me vio pagar el monto se me quedo viendo con cara de:

>>>Por mujeres como tu mueren los niños en Africa...

Yo voltee y me lo quede viendo con cara de

>>>Acaso quieres que vaya a drles de lactar a todos esos niños?

No, pues. No es mi culpa que mi madre nos haya heredado una pechuga de mantenimiento tan costoso.

Preferiria yo tambien, andar mostrando las costillas y no tener que andar tapandome de los tipos que andan fastidiando por todo lado. No entiendo, yo no tengo novio, pero cuando camino por la calle no ando con la mirada fija en el pantalon de los tipos. Ni aun en mi peor temporada en celo me interesa ver el cuerpo de un hombre. Por que? Pues por que es feo. No es timidez. Solo que no me anima un pito andar viendo de que tamaño o forma es. NO ME INTERESA.

Pero yo? desde que he salido de la tienda he tenido que soportar a tres tipos molestando. el ultimo de los cuales incluso quiso rozarme. Acaso fue en la calle? Fue en Falabella, a media tienda! Me jode esto.

Me jode tenre que comprar un sosten caro que no puedo mostrar. Tener unso pechos grandes que debo tapar. Y una billetera que no deja de gotear.

En ocasiones como esta, envidio a las mujeres de pectum excavatum. Creo que los sostenes con esponja los venden al mayoreo y los regalan por cada lata de atun. Y pensar que hasta escribi un post enorgulleciendome de la agonia de moldear los pechos.
A este paso voy a terminar vendandomelos. Es mas beneficioso ir por el mundo como hombre para que aprecien lo que piensas y no como una mujer a la que no le miran a la cara, sino 20 cm. mas abajo.

Y si, el brassiere luce divino, pero ese no es el punto.

Un par de tetas de mantenimiento cero, es mucho pedir?

domingo, septiembre 03, 2006

En Ruta

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La tarde es fría, te pediría que me dejes sentar en tu regazo y me acaricies el cabello, pero ya es tarde.

Solo queda el polvo mágico de los recuerdos que no fueron, de esas ilusiones de un futuro juntos. De algún futuro. Pero creo que ya es tarde.

Quiero sentarme en la cornisa de tus sueños y balancear mis piernas hasta sentir que me resbalo, que estoy a punto de caer, que siento miedo. Quiero volver a sentir miedo de tu olvido, para ver si así, yo vuelvo a quererte como antes. A tener deseo de tu cuerpo. De aferrarme a esa epidermis olorosa mojada en mi recuerdo.

La tarde es fría. Como quisiera sentirme acogida sobre tus piernas, anudarme en tu ombligo y deshacerme, de todas las tragedias de juguete, de toda parte de mi que haya nutrido al mundo de los que ya no sueñan. Volver a ser pura, destilarme en cada poro y papila de tu vida. Deshacerme en los sabores que ya conoces. Esos sabores que componen mi cuerpo en tu memoria. Volver a ser simplemnte.

Más… ya es tarde.

Saldré a caminar tras el rastro de los pasteles hechos en casa, de ese vaho a felicidad que me traen las fragancias conocidas. Saldré con la melodía que me regala este presente algo frágil, que construyo de a pocos con fragmentos de galletas, miel y ralladura de limones amargos. Un presente que no está listo para ser comido, por aquel que ya no cree. Un presente dulce y esponjoso para el que se arriesga y cierra los ojos.

Es tarde para todo, mas no para mi misma.

Yo saldré a caminar escarchada, del azúcar de los sueños. Glaceada de toda esperanza y sonriente. Mi futuro apenas puedo vislumbrarlo, no comeré de él aun, para no caer en el hartazgo del que se alimenta de las cosas invisibles, de los manjares perfectos que me ofrece la gente como tu y el resto.

Sin embargo, mi presente lo preparo a cada paso, con pétalos de flores y esencia de vainilla. Lentamente y sin prisa, probando solo cucharadas que puedan provocarme seguir caminando por la casa vacía, con los dedos goteando del postre que no está terminado.

Ojalá un día vuelvas a soñar de mi mano, para probar del azúcar de los sueños.
Mientras tanto, creo que para ti ya es tarde, aunque para mi sea demasiado temprano.

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Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...