jueves, octubre 23, 2008

Cap 2. Marina Sánchez

Marina Sánchez creyó morir de vergüenza cuando el hombre a su lado se paró a abrir la ventana en la fría noche de Madrid a causa de esa marea viciada que acababa de emerger de dentro de ella.

Su olor submarino de pronto había inundado el ambiente de la pequeña habitación tornándolo pesado y asfixiante. Acababan de terminar el sexo y el hombre parado junto a la ventana encendió el cigarrillo que se inflamó como un cometa candente en la oscuridad de terciopelo y se fue deshaciendo en pequeñas fumarolas blancas.

- Ya deberías curarte eso, mujer, a lo mejor es algo serio- le dijo molesto.

Marina asintió con la cabeza, dócil y avergonzada. Era la primera vez en varios meses que volvían a hacerlo y apenas dado el orgasmo, todo ese olor penetrante de peces muertos volvía a aflorar de ella dejando su sexualidad libertina al descubierto.

No era una infección, pensó Marina. Si la infidelidad fuera una peste ya habría acabado con ella hace mucho. Incluso desde la primera vez hace tres años en que él partió a su primer viaje a Tarragona. Esa tarde la casa había quedado muy sola y taciturna. Su alma a la intemperie solo podía añorar nostálgicamente un cuerpo tibio que tapara todo ese vacío que sentía entonces y que le recordaba a su lejana Cuenca, durmiendo en la verdolaga de su olvido.

De modo que cuando llegó la oportunidad a su puerta no la supo desaprovechar y se entregó sin miramientos al hombre marroquí que le arreglaría las cortinas. Pensó que solo sería una vez, uno de esos polvos de los que las mujeres se acuerdan entre risas cuando están ebrias, y sin embargo no. Ella acababa de probar una miel vedada, que le recordaba su juventud salvaje en la lejana Cuenca.

Ella, la mayor de las hermanas Sánchez había emigrado a España a los inicios de los ochenta, en que Europa aun no estaba con la fiebre de deportar ilegales y en la que aun la gente del tercer mundo era bienvenida como mano de obra barata. Allí había conocido a Chucho o al Ingeniero Jesús Alvitez como a él le encantaba aparecer en las tarjetas de presentación y su vida se había tornado apacible con sexo, que de lujurioso en sus tres primeros años había pasado a ser rutinario y doméstico en la segunda mitad de la relación.

Al salir de su ciudad no se había planeado aquella vida aburrida de ama de casa y mujer de alguien. En realidad ella había salido de Cuenca para no acrecentar el escándalo que en adelante sería el modo de vida de todas las hermanas Sánchez. Ese modo de vida que tanto espantaba al espíritu pueblerino y pacato de la ciudad natal. Ella quería vivir cosas nuevas, fuertes, terrenales. Ese tipo de aventuras que cuentan en las novelas de hombres. Subiendo a barcos, conquistando territorios.

Marina Sánchez se había soñado a sí misma como heroína también, esa clase de mujeres que hacen cosas grandes como sacrificar la vida por alguien, o curar enfermos de lepra o consolar a ejércitos enteros con sus canciones. Pero nada, ella a lo máximo que había llegado en ese sueño ingenuo, era sacrificar la secundaria por curar al enfermo de sexo del profesor de matemática. ¡Y vaya que le había salvado! Su sexualidad emergió entonces salvaje para devorar al mundo. Con apenas catorce años, supo reconocer en la cara de complacencia del maestro que algo bueno había hecho, que algo bueno tenía, para tornar de caras taciturnas a caras de satisfacción a los hombres que ella tocaba.

Luego vendrían muchos más, el entrenador de vóley, el juez de turno e incluso un cura. No podía evitarlo, a Marina le encantaban los viejos. No por ese morbo de ser la víctima de un decrépito que ya podría ser su padre o abuelo, no, no no. Sino por esa satisfacción de sentir que hacía algo bueno con esos indefensos viejos de pichas flojas. Algo como dar un poco de amor a gente herida y enferma…pero del alma.

Esas cosas de su pasado no las sabía Chucho, o a lo mejor lo intuía. Su mujer era diestra en el arte de amar a pesar de su juventud. Pocas cosas en la cama le resultaban sorpresas y al inicio se había dejado llevar por sus deseos más que como buena alumna, como una cómplice culpable de los mismos vicios sexuales.

Ella se había entregado a él dispuesta a regenerarse, sabía que lo del sexo sin amor no era un buen vicio, que entregarse por la mera bondad de hacerlo al primer viejo de cara afable que le enseñara algo que antes no sabía, era una costumbre desoladora que finalmente en un rincón oscuro de su conciencia pueblerina, aun, la hacía sentir culpable y avergonzada.

A Marina le gustaba aprender, es cierto, cualquiera que fungiera de maestro podía ser suficientemente excitante para ella. Pero eso no era todo, tal vez fuera el sentimiento protector de esos viejos apolillados, carcomidos por la melancolía de lo que fueron lo que le generaba esa empatía, que finalmente terminaba en un revolcón prohibido. Era ese sentimiento paternal que Chucho había prodigado en ella sin pedir mucho a cambio lo que la había ilusionado. He ahí que su relación llevara 6 años sin rupturas.

Pero había venido esto. Otra vez el bullir de su pecho por la emoción de entregarse a alguien nuevo, completamente diferente, un cuerpo de textura y sabor desconocidos. Esa sensación que Marina había experimentado de más chica y que ahora rumbo a los treintaymuchos se volvía un deseo irrefrenable, que debía ejecutar cuanto antes.

Su olor interior había cambiado sin embargo. Podía ocultarle toda la gente que pasó entre sus piernas desde que dejó de ser ninfa, podía olvidar sus rostros y nombres en la memoria, para que no quedara ni un rastro de aquellos a los que casi amó. Su cuerpo no tenía huella de ninguno de ellos. Al no parir jamás, sus músculos no habían perdido aun la tonicidad y el vigor de abrazar su miembro al entrar en ella. Su entrada, por así decirlo, seguía siendo joven y lozana. Y sin embargo…

Ahí estaba ese olor delator, que no se debía ni a infecciones ni a enfermedades raras. Ya se lo habían dicho muchos médicos. “ es el cambio natural del Ph…” Y qué carajo significaba eso? “Que a medida que una mujer envejece también cambian la composición de sus jugos…y de sus olores… por así decirlo..” le había explicado la doctora carita de rata que la había visto la última vez.

¿Y ahora? ¿Qué se hacía? Marina sentía que todos aquellos hombres, esos ejércitos de hombres maduros y desarrapados que ella había acogido en su ser, estaban pasando la factura. Su esperma inútil y viejo probablemente había crecido dentro de ella como una especie de hongo prehistórico que de pronto la volvía sucia y fétida.

-Así le pagaban - pensó con enojo y tristeza.

Podía seguir siendo aun joven y vital por fuera, sus carnes seguían firmes y enérgicas encima de su osamenta siempre grande como la de todas las hermanas Sánchez, pero ese olor…Ese olor de mar adentro, de muelle olvidado, de embarcadero a lo desconocido, aun seguí aflorando de ella cada vez que terminaba el sexo. Un día Chucho lo descubriría, estaba segura. Descubriría, todo lo mala y sucia que era ella y la echaría de su lado tal y como lo había hecho su madre y toda su familia.

-Porque la gente no entendía, pensó Marina doblándose sobre sí misma como un feto gigante, no entendía que a veces una tiene tanto amor para dar que necesita echarlo de sí, tirarlo afuera y mejor si lo recibe algún desamparado. Alguna víctima como ella del olvido de los otros.

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http://yanohaymasruido.blogspot.com/2008/10/1-olivia-y-el-hombre-pequeo.html

lunes, octubre 20, 2008

8 Semanas sin SeXo

- El sexo siempre lo arruina todo- se dijo, mientras terminaba de masturbarse en el medio sueño.
Era la primera vez en 2 meses que lograba tener un orgasmo pensando en su cara y en lugar de sentir alivio, se dio cuenta que eso sólo significaba el principio del fin.

Habían sido dos meses maravillosos, qué duda cabe, esperando con ansia su llamada antes de acostarse o que se conectara al empezar el día. Las largas charlas alrededor del café humeante o las caminatas sin prisa hasta la puerta de su casa. Todo genial como siempre; pero claro había venido ese demonio del sexo a entrometerse entre ambos para arruinarlo todo.

Se subió las bragas tironeando por debajo de las frazadas aun tibias después del fantasmal orgasmo y recordó la primera salida juntos. Había sido genial esa sensación de no sentir nada. Ni ansiedad, ni algarabía, ni anhelo por un futuro, simplemente serenidad, por conocer a alguien que no buscara en ella nada.

Claro, las siguientes citas habían sido diferentes. Conversaciones más íntimas, roces de piel, silencios a mitad de alguna frase. Miradas cómplices. Su recuerdo se posó de pronto en esas manos que como gráciles palomas levantaban vuelo mientras él hablaba. Pensó que adoraba sus manos. Cómo danzaban con cada palabra o cambio de tono en su voz. Sin duda eran la mejor parte de su cuerpo, pensó. Claro, eso hasta la noche que lo conoció desnudo...

Era perfectamente simétrico. En la luminosidad naranja del cuarto de hotel, su cuerpo resplandecía bañado de un extraño fuego. Su mirada se posaría de los hombros al torso desnudo, del abdomen a la cara, de las piernas a las posaderas, a la cara de nuevo. De esa noche atesoraría el recuerdo de su rostro, sereno y sin gestos de dominio.
- Como la de un niño travieso- pensó con ironía, mientras limpiaba lentamente los rastros ligososos y tibios de su reciente orgasmo.

Habían pasado semanas sin poder masturbarse, en la abstinencia absoluta de fantasías prohibidas o pensamientos desbocados. Durante esas ocho semanas, había logrado convertirse de niña modosita en mujer fatal en la cama, para gozo de su reciente pareja. Ahora en su vida, las noches eran bulliciosas y los días cansados como tenía que ser.

Amanecía con sueño, queriendo seguir soñandocon ese ser de las manos aladas y el rostro sereno. Frotaba su entrepierna con el ávido más morbo de rememorar sus hazañas de cama con él, los días que no lograban dormir juntos.O tenían que estar un par de días separados. ¡Pero nada! Imposible evocar un deseo que no fuera, el de la ternura más pura y el de la serenidad más absoluta si pensaba en él.

Por más que su mano acechara el limbo de sus partes más tibias no había forma de continuar la fantasía. Sólo pensamientos azucarados y cursis florecían en su mente.
-En una mentecata se estaba convirtiendo, carajo!. El estado cojúdico mas parecido a la felicidad acababa de invadir su vida solitaria.

Pasadas las 8 semanas obligadas de sudor, calambres y látex. Todo había comenzado a enfriarse dentro suyo. No era que no hubieran aun muchos terrenos que explorar juntos (Los grilletes, los látigos o las fantasías de amos y mucamas o de profesores y tontas colegialas aun no los habían probado) Era simplemente que algo en ella se había marchitado de tanto no ser regado.

Su cariño inicial, su ilusión de que sintieran lo mismo que ella, esa tibieza en el pecho, esa alegría incontenible de querer abrazar y besar al primer contacto, se estaban mermando por la falta de reprocidad usual que tiene el macho cuando comienza su labor de apareo. Allí había alguién que no estaba preparado para corresponderle con beneficios que no fueran grandes chorros de ADN o mordiscos en la nuca.

Ni un solo cariño, ni un beso tierno, ni un poco de ese plástico “te quiero” que envidiaba tanto al oir los susurros ajenos. Esas ocho semanas habían pasado a ser en su vida, de cópula y pocas palabras. Inicialmente un evento provechoso, en su alicaído vientre exento de mieles que no fueran conseguidas apunte de su tesón imaginativo y de sus dedos solícitos. Pero finalmente, ese evento provechoso había caído en la usual rutina del macho Cromagnon queriendo expandir la especie.

Ahora se hallaba allí, hecha una estúpida con las pantis mojadas, la cama revuelta, los músculos saliendo de la tensión habitual de ese orgasmo que tienen las mujeres que se masturban, tan prístino como salvaje. Un rito ancestral que las dejaba tan relajadas como llenas de esa sabiduría del mundo y las malditas relaciones humanas.

Acababa de masturbarse pensando en su torso, sus brazos, sus nalgas firmes. Ni rastro del recuerdo de su voz, o sus manos gráciles en medio de su corazón. Mucho menos de esa ilusión inicial que le entibiaba el pecho esperando un “te quiero” que incluso cursi, podía haber intentado creérselo.

Él acababa de ser reciclado como muchos amantes antes de él, al mítico mundo de sus fantasías, guardado en las tinieblas del polvo fácil. Del que una no teme despedir para siempre, sin reproche, ni culpa; se acababa de convertir simplemente en el nuevo protagonista anónimo de sus pensamientos mas carnales. Una suerte de Don Juan sin nombre al que pronto, como era de esperar, olvidaría.

domingo, octubre 19, 2008

Princesa Kamikase

De esa nuestra última mañana juntos solo recordaría su mirada sosegada al verme despertar en medio de los analgésicos y los narcóticos de la noche anterior. Mi estómago destrozado, mi cuerpo lánguido, mis ojos a medio abrir; y allí a mi lado él. Cuidando mi sueño como tal vez lo habría hecho cientos de madrugadas antes.

De esa mañana juntos recuerdo el dolor de despertar y saber que seguía viva en este mundo feo, en donde no era nadie para nadie. Las persianas color vainilla, las flores secas en la habitación, el popurrit rociado en el piso, mezclado con colillas de cigarros, con zapatos de punta, con ropa interior. Esa era yo, una criatura kamikaze a punto del caos completo.
Pero él estaba allí, con su mirada de paternal abrigo, acariciando los cabellos que antes habían sido rojos y mucho antes azules y tal vez en algún pasado negros como la noche en que nos conocimos.
No merecía esa mirada suya, dulce, silente...compasiva. Me dolía su ternura, como a él seguramente le dolía cada aventura suicida mía.

De esa última mañana juntos recuerdo una menta derritiéndose en mi boca salada de lágrimas viejas; sus ojos redondos en mis ojos calcinados de cenizas y maquillaje corrido. Ese era él, siempre mirando sin decir nada. Un día tal vez ya no llegaría a tiempo. Un día el dolor sería tan fuerte que necesitaría de más drogas, de más alcohol en las venas de más decisión para cabrear las agujas. Un día probablemente ya ni me hallaría.
Creo que me leyó el pensamiento porque me abrazo fuerte mientras me conducía al pequeño retrete vecino. Yo me desplomé en su abrazo dopada como estaba del dolor de vidas pasadas. Había sido una madrugada de regresiones, maldito efecto del alcohol y la morfina.

Me abrazó fuerte y yo me dejé ser en el hueco tibio de su abrazo. Había soul sonando allá lejos aun lo recuerdo. A veces cuando vuelvo a oír esas canciones siento que lo veo de nuevo, venir hacia mí en el rescate inútil de su princesa kamikaze.
Lloro por esa última vez de verlo vivo, en que no pude despedirme con amor, pues pensé siempre que yo partiría primero. Que yo era quien merecía retornar primero a esa matriz del tiempo en que mi alma era la hilacha gris del vestido vital de otras personas.

Imaginaba que sería yo, mil veces yo, maldita sea, la primera en retornar a casa. A esa casa. Pero me quedo aquí en otra madrugada gris sin él, sin nadie que me salve de mi misma y un vaho a sobrevivencia me hace odiar mi carne que se aferra a la vida, mi materia que se niega a ser muerta. Aún sin él a mi lado.
De esa nuestra última madrugada juntos, en que mi cerebro luchaba del embotamiento de sustancias raras para calmar mi dolor, solo recuerdo su boca pequeña murmurando: Despierta princesa, es tiempo de seguir viva.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...