sábado, octubre 10, 2009

4. De Hormigas y de Mantis

- A mí no me molestaría quedarme, es un lugar hermoso después de todo.

Vilma que sujetaba el espejo con la mano izquierda enfocó a la cara de Olivia al terminar de decir esto. El sol caía débilmente sobre los cabellos de Vilma rojos como un chorro de sangre sobre la mano casi transparente de Olivia. Era una hermosa primavera para contemplar Cuenca de lejos, pensó. Sobre el césped las dos mujeres dieron una larga mirada a la ciudad cortada por el mar llena de techos de de calamina y alguna que otra iglesia.

- Siempre sentiré que no pertenesco allí, refutó Olivia con esa voz bajita como de quien agoniza que ponía cada vez que las palabras se le iban estancando en la garganta.

- Si no perteneces allí, entonces a ninguna parte flaca.

Olivia paró un momento de hacer la trenza a su amiga. Su cabello perfumado le causaba la misma alergia que todas las cosas artificiales que pasaran por su nariz.
En los últimos años se había vuelto alérgica a la plata, al látex, a la ropa de encaje, a las frutas con ácido, a los pescados rosados, a las fresas y al chocolate. De vez en cuando a algun perfume y muy frecuentemente a las frases educativas de su amiga.

Odiaba hablar con esa gente que creía tener la razón siempre sobre todo. ¿Qué sabía Vilma de pertenecer o no pertenecer a algún lugar? ¿De caminar por la calle y sentir que la gente a pesar de conocerte ya no te saluda? O de ir al mercado y tener que hacer las compras rápido para que no te interroguen ¿Olivia ya te casaste? De tener que hacer las cosas ocultas para que la gente no hable, no se entere de que es lo que la hace feliz realmente, esos pequeños vicios. Grandes culpas para tapar.

Ella no pertenecía allí por una razón simple. No le interesaba peretenecer a un lugar como ese. Pequeño, dañino, asfixiante.

- Tal vez haciéndote de una familia como dice tu madre, verías que este lugar es el mejor del mundo para críar hijos. No imagino ver a mis hijos creciendo en un lugar lleno de gente como Bogotá. Pobre tu hermana lo que debió sufrir allí criando a Leandro.

Olivia volvió a desatar la trenza francesa que se perdía entre sus dedos nudosos. Bogotá hubiera sido un buen lugar para escapar pensó, si solo hubiera tenido el valor de hacerlo cuando debía. Hace 5 años Cuenca aún reunía alguna esperanza para ella, el amor de Daniel era una de las razones para haberse quedado, pero en realidad había sido su miedo. El miedo a Inés Sánchez, a su madre, a lo que le hubiera dicho si se iba. Ya tenía 2 hijas lejos, otra afuera, dando caña, no lo iba a permitir. ¿A dónde se iban las mujeres Sánchez? ¿Qué es lo que buscaban afuera que Cuenca no pod{ia darles?

El olor a naranjos venía fuerte desde las huertas vecinas. A diferencia del olor frutado del cabello de Vilma, este olor era natural y salvaje, se introducía por las fosas nasales, se impregnaba en la piel, era ese olor a pueblo que no podía despegar de sus ropas. Daniel se lo había comentado.

-Me gustas con ese olor a tierra, a hierba... a selva. Tu eres Cuenca, toda tu, le había dicho mientras metía la mano bajo su vestido y la follaba contra la puerta de la oficina en su primera semana de trabajo.

-Has sabido algo de ella?
-De quién?
-Pues de tu hermana tontita, ¿De quién estamos hablando?

- Pensé que de mí, murmuró Olivia, dando un tirón al mechón izquierdo que se le deslizó por la mano enorme. Vilma dio un gritito de dolor.

Liliana siempre había sido la estrella de la familia, alguien de quien comentar, su esposo, su casa, su hijo. Ya no lucía como ellas, como nadie de Cuenca. Ni vestidos ni cabello natural, eso es ser provincia, le había dicho riendo.

-No sé, hace tiempo que no sabemos nada de ella.
-Nunca has pensado en irte a su casa? Con ese marido millonario que se consiguió, fácil que te consigue un trabajo.

Olivia pensó en su cuñado sin proponérselo. Que ganas de tirárselo, caray. No era guapo ni agradable, pero ese aire de petulancia lo volvían tan apetecible. Un snob para dominar en la cama, sonrió con malicia.

-...A lo mejor y te hace actriz, después de todo fea no eres,


Vilma volvió a enfocar con el espejo a Olivia que tenía sus grandes ojos marrones puestos en la llanura. Allá abajo la ciudad parecía pequeña e inofensiva, un hormiguero, compararía Olivia, un hormiguero bien organizado pero demasiado pequeño para alguien que no se sentía una hormiga dispuesta a trabajar para vivir y vivir para trabajar.

"Después de todo"- ¿Qué frase era esa? A Olivia se le borró la sonrisa al pensar que Leonardo no era de los tipos a los que les gusta las mujeres con olor a tierra. Un dolor extraño le acababa de dar directo en el pecho.

Vilma volvió a enfocarse el rostro, sus mejillas estaban coloradas aun con ese sol débil. A diferencia de la palidez triste que rodeaba a todas las Sánchez, Vilma Nogales tenía ese color vivaz de las fresas recién cortadas. Sus cachetes, sus cabellos, ese día incluso su ropa. Se miró a si misma satisfecha. Que hermosa era. Con Olivia en ese espejo, su belleza parecía brotar fresca y naturalmente.

Olivia también parecía notarlo. Ajustó la trenza a su nuca hebra por hebra antes de ahacer el lazo final.

-Ser fea no sería el problema, Vilma, en un mundo como el de Leonardo y mi hermana, el problema es ser diferente, ahí es donde no encajo.
Hace frío ¿Nos vamos?

Vilma asintió con la cabeza. Al incorporarse Olivia,su altura de pino y sus largas piernas pálidas bajo el vestido de flores verdes que ondeaba lentamente, dominaron el paisaje. Vilma pareció tan pequeña y compacta a su lado entonces.

-Te refieres a tu afán por los hombres?- fue una pregunta que se le quedó goteando en los labios.

Olivia ya estaba muy lejos caminando con las manos juntas a ese hoyo sobrepoblado que era Cuenca. Sus pasos largos y decisivos parecían los de alguien que se iba a devorar lo que encontrara a su paso.

A lo mejor su amiga tenía mas de Mantis Religiosa que de hormiga, pensó Vilma cuando corrió a su alcance con la trenza peliroja golpeandole la espalda en la bajada a Cuenca.

miércoles, octubre 07, 2009

Felipe y el fantasma

Felipe abrió la tapa del piano y corrió sus dedos delgados encima de cada una de las teclas hasta que el sonido agudo de la última lo hizo estremecerse de espanto. Llevaba años sin volver a esa casa y al entrar el olor a moho y humedad casi lo habían mareado. En el otrora amplio salón, la luz opaca de otra tarde otoñal dejó ver las miles de pertículas de polvo moviéndose lentas bajo el haz de luz. Se sintió un fantasma entonces y esa imagen de si mismo ya muerto y sin ninguna esperanza le causó el mismo desazón que ahora lo llevaba a cerrar rapidamente el piano alejándose hacia la puerta.

Las ventanas casi cubiertas por enredaderas de flores lilas dejaban ver del otro lado de la propiedad la nueva autopista en construcción erigiéndose como un límite entre la ciudad y su olvido. Hubiera sido grandioso remodelar la casa, el salón y la escalera casi destruida. Podía imaginar a su madre allí festejando sus primeros pasos de baile o a su hermana tocando el piano. La larga mesa llena de invitados perfumados y mujeres ataviadas de colores vivaces. Remodelar aquella casa significaría para él volver a esos recuerdos que aun no se digerían en la cabeza.
Levantar y pintar las paredes de un viejo mausoleo en donde el único fantasma condenado a vivir allí, sería él.

Dio un largo suspiro y se dispuso a firmar el papel que cedía toda la propiedad a un complejo hotelero. Llevaban meses insistiéndole, pero su trabajo y otros sentimientos le habían impedido volver a esa parte de la ciudad donde yacían sus antepasados. No había porqué dudarlo, las ganancias serían estupendas, incluso le daban la opción de poner el apellido familiar a alguno de los salones de juego.

Cogió el lapicero que le ofrecían, pero le tembló el pulso, la habitación estaba llena de una atmósfera densa de recuerdos angustiosos. Solo necesitaba firmar e irse de allí para siempre, sin embargo, el largo viaje, la falta de almuerzo y esa humedad que le penetraba la nariz hasta el centro de los sesos, lo hacían sentirse débil y a punto del desmayo.

Un momento, pidió, creo que necesito sentarme. En el salón vacío rechinaron entonces los pasos de alguien acercandole un viejo taburete. Pasó la mano que se llenó de polvo y se desajustó la corbata. Había pensado que la firma demoraría apenas una hora y que podría estar de regreso a casa para la cena, pero ahora el solo hecho de conducir 6 horas por esa carretera llena de curvas lo llenaba de cansancio.

-Algún problema con el tratado Sr. Martínez? preguntóle la joven abogada encargada de los trámites.

-No, solo es esta casa. Después de todo pasé toda mi infancia correteando por estos salones.

Debió ser una hermosa infancia Sr. Martínez- concedió ella.

-Llámame Felipe, por favor sonrió él vagamente- Todo lo contrario. Te agradaría oir una historia?

Ella miró contrariada el papel del contrato y luego su reloj.

- Es tarde, pronto anochecerá, Sr...perdón, Felipe, es mejor que firme y me lo cuentas en la cena. No me parece adecuado el lugar para quedarnos hablando, agregó, mientras limpiaba una telaraña de su abrigo rojo.

- Todo lo contrario Rosario, mi historia es sobre esta casa y sus fantasmas y no hay mejor lugar para contarla que con sus protagonistas presentes, verdad Mariana?


Dicho esto, Felipe miró al viejo piano y bajo la tapa cerrada, las teclas blancas y negras emitieron ese sonido que hace unos minutos lo habían hecho estremecerse.

Rosario casi se cae del susto.

- ¿Q..quién es Mariana?- tartamudeó la joven abogada con una sonrisa forzada con la que trató de disimular su miedo.

- Mariana, es mi hermana. Bueno, media hermana, nos criamos juntos. Verás, mi padre había traído a vivir a sus dos hijas en 1956, cuando...

domingo, octubre 04, 2009

3. Liliana Sánchez, la actriz.

Al despertar ese viernes, Liliana Sánchez aun con los ojos cerrados buscó a tientas a Leonardo para contarle que nuevamente había soñado con el mar; pero esta vez no como siempre navegando o ahogándose en él, esa noche Liliana había soñado que lo veía desde un departamento nuevo a solo una calle de distancia, un mar brioso azul hasta el horizonte, con ese olor penetrante que ella recordaba de su natal Cuenca, iluminado por los rayos de sol. Un mar precioso y extenso.
Su mano buscó en vano a Leonardo a su lado, bajo las sábanas revueltas apenas su pijama impregnado de olor a cigarrillos quedaba como testigo de que su esposo aun pasaba las noches con ella. Se tapó la cara y quiso llorar un poco, como un ejercicio matinal diario que le ayudaba a soportar el resto del día, pero no pudo. Tal vez ya estaba seca, pensó.


Se puso la bata de felpa y abrió las cortinas con una mano delgada y llena de venas multicolores, así la había descrito él la primera vez, cuando aun estaban enamorados. Una mariposa de venas multicolores. Eran entonces tiempos mejores, Liliana había sido su musa en tres de sus primeras películas, las mas mediocres, cabría decir, pero también las más honestas, agregaba Liliana como queriendo defender aquellos personajes taciturnos que ponía Leo en sus primeros films. Abrió la ventana esperando ilusamente ver el mar azul de sus recientes sueños sin Valium, pero en cambio solo vio a Bogotá extenderse lluviosa y triste como cada Julio desde que se mudaran juntos, llena de edificios grises hasta el horizonte.

No cabía duda que les había ido bien en la vida, un departamento hermoso, un hijo inteligente y un contrato por 10 años para hacer las películas que él quisiera, eran cosas de las que Leo se ufanaba sin parar. Ah sí, también una mujer guapa, solía agregar cuando se acordaba. Pero era obvio que ella no era la envidia en los círculos en donde se movía su exitoso esposo. Liliana era apenas una sombra de lo que pudo ser. Una actriz sin futuro, alguien que no se había esforzado lo suficiente. Era el murmullo que parecía levantarse de las reuniones en donde estuviera.

Hace 10 años en cambio las cosas eran otras, Leonardo no era más que un perdedor de gafas gruesas y cabellos grasos, mientras que ella era la chica delgada del instituto, una joven promesa de cabellos marrones hasta la cintura, moviéndose grácilmente en un mundo de melancólicos actores con vestimenta alocada.

Como todas las hermanas Sánchez Liliana había acogido a Leonardo, un hombre comun y corriente, esperando transformar a ese feo cachorro en un mastín fiel con quien pasar el resto de la vida. Los sueños de Leo la llenaban de ternura, la forma en que la comenzó a filmar para esas películas sin presupuesto, las cosas que escribía sobre ella en esos guiones que aun eran a lápiz y con borrones. Por un momento de su vida, Liliana imaginó que Leo de verdad la amaría por siempre, que con él si valía la pena hacer el intento, porque él nunca la dejaría.

Nadie entendió entonces, su decisión de rechazar a algunos de los chicos guapos del instituto por esa promesa de director que no salía del capullo.
¿A dónde vas Liliana?
Era la pregunta que le hicieron sus amigas.
Con él muy lejos… a cualquier parte, había contestado.
Confiaba ciegamente en que él sería un Almodóvar, alguien que haría cosas diferentes, contando historias diferentes. En esos tiempos, no contaba con el dinero, con los presupuestos, con que la vida no es como la sueñas a los 20. Sino un escenario lleno de trampas en las que caes dócilmente, por miedo a seguir corriendo. Al llegar a Bogotá- lo mas lejos que llegaron, las cosas cambiaron. Salía mas a cuenta hablar de guerrillas, sexo y violencia, cosas que los gringos aprecian más. El terrorismo era un tema que daba dinero, incluso en las películas.


Liliana había dejado de ser la actriz principal de Leonardo hace mucho tiempo, de sus films y de su vida. Cuando revisaba a escondidas su computador, solo veía las fotos de chicas mas jóvenes que ella, con miradas mas vivaces y con menos barriga. En el fondo agradecía que todas tuvieran algo de ella, cabellos marrones, mirada profunda, cejas oscuras, piel transparente. Tal vez muy en el fondo, él aun la quería, se concedió.

Se tomó los cabellos que ahora lucían cortos y teñidos, el rostro ovalado, con ojeras violáceas. ¡Dios, cuanto había cambiado!No había forma de volver atrás
¿O si?
Podía escaparse a España, allí vivía su hermana, empezar todo de nuevo, 34 años no era una edad para echarlo todo por la borda. Podía volver a actuar, acaso para películas independientes. ¿no eran en esos films donde las actrices no eran guapas, sólo buscaban a mujeres reales? ¿Qué rostro más real que el de ella? Era lo que quedaba del día. Y sobre actuar, vamos! Había actuado en un papel que no era el suyo toda la vida. Nadie mas entrenada que ella para fingir cosas que no era.

Su corazón palpitó de pronto como una paloma que agita sus alas dentro del pecho, fuerte incontenible, quitándole el aire de la garganta. Tal vez era su momento, el sueño, podía ser una señal, de que no temía mas ahogarse, que podía ver el mar de lejos, sin inmutarse.
Pensó en Leo, ¿la extrañaría? Tal vez si, a ella a la joven de Cuenca de largos cabellos que apoyaba sus proyectos mas ilusos; pero a Liliana, la esposa, no. Eso lo tenía claro, se había vuelto un estorbo. Apenas era un trasto mas de la utilería que era su vida. La madre de su hijo, nada mas que eso, alguien sin nombre propio. La esposa de, la hija de , la madre de. ¿A quién le importaba Liliana Sánchez?¿a quién le importaba en que se había convertido? Sólo ella podía zafarse de esa mierda de vida en la que estaba envuelta. Solo ella.

Alistó brevemente sus cosas, tenía que hacerlo mientras todavía tuviera fuerzas de huir, la rutina era un opio que la adormitaba cada mañana y la hacía esclava de esa vida fantasmagórica e idiota. Puso la música a alto volumen, algo de los Guns no le vendría mal. Metió en un bolso todo el maquillaje que tenía, una muda de ropa, algo de dinero. Ni siquiera sabía cómo llegaría al aeropuerto sin llamar a nadie para que la lleve. Tal vez él llegaría antes, la obligaría a volver a casa, la convencería, como todas las veces anteriores. Pero esta vez sería diferente, ella se iría sola y no le avisaría a nadie. Ni siquiera dejaría una nota como las veces anteriores. Ya no esperaba que él fuera tras ella.
Después de todo, sin llevar el hijo a cuestas, ella perdía todo valor para él, sollozó limpiándose los mocos con la maga del pijama. Tan poco valor reunía su vida ahora.

Una gorra en la cabeza, una mochila, el pasaporte, era lo único que tenía. Lo único que le hacía falta para huir de una vida que ya no era suya. Debía intentarlo, antes que le volviera el miedo de nuevo, el miedo que la obligaba a quedarse en una película con un final que ya conocía.

Cerró la puerta tras de sí y se prometió que esta vez no cedería a los encantos del pasado.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...