martes, octubre 26, 2010

Mientras Crecíamos

¿Qué hace que alguien te responda?
Me refiero, a ¿qué evento logra disparar el engranaje de personas que te hablan y contestan y de pronto hacen visible su existencia para ti como la aparición de los arcoiris al lado de las caídas de agua?

Yo de niña era tímida y con muchos miedos. Me escapé varias veces de mi primera escuela hasta que mis padres decidieron que no era buena idea seguir insitiendo si igual podía aprender a leer en casa. No me gustaba la relación con otras personas, porque no llegaba a entender el mecanismo por el cual eres o no simpática para otro ser y este otro ser te considera o no su amigo. Yo no tenía amigos.
Yo sólo tenía 5 años y muchas dudas. Muchísimas dudas.

Pasó el tiempo y mi infancia transcurrió similar a la de cualquiera, tal vez por momentos algo mas divertida. Mis amigas eran íntimas, pequeñas cómplices de travesuras arriesgadas más que amigas cualquiera y entonces entendí, que para caminar por la vida necesitas gente con quien compartir no sólo aventuras, sino también secretos, incluso tontos secretos que cuando niño son las montañas escarpadas de mentiras y fabulaciones en donde uno se suele sentir a salvo.

Yo estaba creciendo con poca gente alrededor pero no sufría. Porque mi infancia fue feliz hasta que ese otro acontecimiento que te cambia el caracter sucedió y empecé a crecer, ya no longitudinalmente sino en medidas, armoniosas medidas, que amenazaban mi equilibrio.
¿Cómo es que el crecimiento de un par de tetas puede desestabilizarte tanto? ¿ O la venida de la regla? ¿O la aparición del olor?
Lo del olor era lo que más disgustaba, sentía que todos sabían, que yo había cambiado, que yo estaba cambiando, porque ya no olía como niña sino que hedía como mujer y ese pensamiento era sucio, se hacía visible mi suciedad de pensar para todos, mi Eros crecía vertiginosamente, horriblemente y todos podían saberlo.
Fue en ese momento que lo de soñar caminando desnuda se había hecho realidad.
Era la pubertad, la horrible pesadilla de la pubertad.

Y en ese intermedio de niña a adolescente, de inocencia a culpa. En ese fragmento mi persona se fragmentó  también y parió a muchas más, muchísimas personas más, conectadas conmigo sólo mientras leían un libro o guardaban la atención en un paisaje. Esa era yo, pero no sabía quien era, ni decidía quien terminar de ser. Porque es la forma de crecer que tenemos los seres humanos, una forma extraña, que se abre en ramitas débiles estirándose como brazos al cielo, sólo una de las cuales dará fruta mientras las otras se marchitan en el olvido de lo que No Debió ser.

Y un día mi viejo me preguntó mientras retozábamos en su cama, con esa voz cavernosa y nasal que ponía de cuando acababa de salir de la siesta, ¿Qué cosa era lo que yo más quería en el mundo? Y cómo yo estaba pasando por esa época oscura en que la gente comienza a andar sola, porque todos tus compañeros andan mirandose el ombligo en busca de respuestas y tu andas mirándote el ombligo porque te sientes mas sola y mas miserable que un frijol, yo que andaba sintiéndome así le respondí:

"Yo sólo quiero tener amigos"

Y mi viejo hizo esos largos silencios en que podías sentir una aguja cayendo al piso, en que podías sentir el rumor de la sangre agolpándose en las sienes, en que el sonido de cada célula partiéndose era notorio y monstruoso y el resto de la tarde no volvió a hablar más. Porque no había nada más que decir, porque en ese momento yo sentí que le había comunicado claramente mi miseria, la tristeza que llevaba a cuestas, por no sentirme aceptada, de querer ser aceptada siempre y de que esto jamás funcionara.
Sentí que para alguien como él, con un millón de amigos por la vida, debió haber sido duro oír que su hija menor a la que hacía inventar poesías de la nada mientras conducía el auto, o a la que pedía siempre que cantara, esa que parecía ser brillante y con todo el potencial para ser feliz, simplemente no lo fuera más y que eso ya no dependía de él... tal vez tampoco de mí.

Y recuerdo esa tarde, como hoy recuerdo claramente que mi adolescencia ya pasó hace mas de 15 años y que pude superarla, como supera un guerrero el estrecho de la muerte en su travesía hacia la vida. Pasaron muchas cosas que un día con paciencia, tendré el valor de contar bajo el seudónimo de otra persona y eso me liberará y me hará un poco más liviana la existencia, pero recordaré también que todas esas cosas ya pasaron. Como hoy, que siento que la que creció es apenas la niña Lorena que se mueve dentro de una historieta amarilla.
Como hoy que por momentos me siento ella, al estar de nuevo con mil dudas en la cabeza y por momentos soy otra, la de ahora, la que tiene frío y saldrá a caminar sólo para ver el mar grisáceo moverse lentamente junto a la costa y sonreir por dentro al sentir el aliento salado del mar tocarme las mejillas de nuevo.

No sé que hace que alguien te responda un mail, una carta, un post. No sé que mecanismo es el que lo dinamita todo y hace que personas calladas quieran decirte algo. Acercarse y decirte algo, para que las sientas cercanas y que esa cercanía te torne feliz por unos minutos de lectura, pues sabes que te han tocado como tú a ellos y eso debe ser algo parecido a la amistad.
 No sé como se consigue un amigo para toda la vida, ni como se hacen los amigos, yo he andado sola casi siempre y cuando ocurre que alguien me da su cariño y yo le quiero corresponder con algo, desconozco como hicimos para que esto pasara, como surgió el cariño, la añoranza, o como un día amaneció mas temprano que siempre y yo ya esperaba que tuvieras una respuesta para una de mis preguntas y al comprobarlo me sentí feliz.
 Feliz, como sin duda aún espera mi viejo que yo sea.

Porque ha pasado una vida entera y yo sigo viendo en sus ojos al mirarme esa esperanza marchita, ese ruego, porque las cosas dentro de mi vida hayan cambiado y yo haya dejado de ser la niña que pedía como único deseo Tener Amigos y me haya vuelto la mujer que él en su ingenua ilusión sólo esperaba que creciera Feliz.

domingo, octubre 24, 2010

¿Qué es mejor leer o escribir?

Mientras no sea con faltas ortográficas...-parece responderme el subconciente.

Me hago esta eterna pregunta, mientras afuera el cielo limeño se va cayendo de a poquitos en grumos grises de olvido. No parece primavera. En Lima jamás parece primavera y ya debería haberme acostumbrado.

Hoy escribo porque estoy triste y porque no le quiero endilgar a ninguno de mis amigos la causa de mi tristeza- o porque ninguno de ellos quiere acompañarme en ella. Supongo que debo atribuírselo a mis hormonas y dejar de buscar razones para todas las cosas. No hay lógica en el azar y sin embargo suele haber una continuidad cíclica que asusta y por momentos esperanza.

Tengo miedo, quería contártelo y que al contarlo este miedo desapareciera, porque el miedo es como el frío en Lima, una sensacíón peremne de la que a diario casi te olvidas y sin embargo te va humedeciendo por dentro, corroe cada uno de tus goznes y en el momento menos pensado te derrumba.
Tu mundo estructurado se cae a pedazos fruto de ese miedo, se desploma cuando estás caminando en cualquier calle y  de pronto sin pensarlo surge ese sollozo que da paso a una lágrima y luego ese vacío que no identificabas antes como propio va devorándolo todo. Te consume.

Me sigo preguntando si es mejor leer que escribir? Si esta noche debí haber cogido un libro y leerlo hasta que me venciera el sueño y acabara en los brazos de esos mundos fantásticos que se tejen línea a línea. Si debí haber vuelto a coger Rayuela, la cual compré desesperada en una edición pirata de papel barato y letras pequeñísimas. Una edición casi imposible de leer que me espera ansiosa en el estante, para que la lea, para que sueñe, para que duerma con ella.
Porque por ahí leí que un libro es como un buen amante, al que es imposible no desear llevártelo a la cama.
Y entonces pienso en los hombres que yo me he llevado a la cama y no viceversa. Los que yo he elegido para que sean una o dos o varias noches mis compañeros y que luego se han ido, cuando han querido, como han querido, porque yo he querido.
Porque cuando no es amor tu puedes elegir que se vayan, puedes decidir quedarte o irte. Puedes decidir simplemente.

Tengo miedo, sí ya lo dije. No sé por donde empezar, son muchas cosas, pero tal vez tengo miedo a desaparecer. Yo. La que sueña. No la que tiene DNI y domicilio legal y paga cuentas y compra cosas, me refiero a desaparecer yo, la persona, la que te habla naturalmente, la que espera. La que hoy soñó y despertó pensando que no era un sueño. La que tiene metas, pero ninguna estrategia. La que hace planes y los derriba. La que escribe, la que soy.

Ayer me di cuenta que estaba a poco de desaparecer totalmente. Quedaba poco de mí que aun pugnara por salir, me acababa de acostumbrar a mi disfraz de chica promedio y me sentía cómoda. No quería viajar, ni sufrir, ni esforzarme por nada, quería que la vida siguiera tal cual era y que el trabajo me diera lo suficiente para vivir. Que así, el pasar el día fuera una victoria y que de pronto, algo sucediera- algo en lo que no mediara mi obstinación sino el destino, si lo podemos llamar así- y mi vida se llenara de otra persona, a la que probablemente no amaría, pero haría las veces de compañero y así haríamos la pantomima de una pareja o una familia, o un núcleo que fuera similar a miles de otros núcleos formándose aquí y allá. Yo sería una más y entonces todo mi mundo, mi campamento gitano de sueños mal elaborados desaparecería.

No sabes quién soy-así que aun no me compadezcas.

Eso me dio miedo, porque rendirse es para mí desaparecer y aunque tengo el concepto de lo que es Rendirse, no sé como hacer para tomar un rumbo distinto. Es decir, no sé como virar el timón y hacer que este pesado barco enrrumbe a otro puerto y no encalle en la costa que no deseo.

Huele a humedad y debo detenerme.

Porque cuando huele a humedad recuerdo que estoy aquí en casa y que mi cuerpo no está gravitando sobre los sueños que deseo compartirte, simplemente mi cuerpo ESTÁ y eso es todo. Está aquí sobre una cama, cubierto bajo unas mantas, envuelto en la cálida luz de una bombilla. Mi cuerpo es real y esa realidad no conduce a nada sino a mas realidad, como pensar en el frío, en el dolor de mi espalda en el precio de la luz que derrama la bombilla que tu llamas alegremente foco.

La realidad me asusta,
porque la realidad te hace olvidar las cosas realmente importantes como la creación de atajos fantásticos hacia mundos propios e íntimos
y te hace seguir una secuencia de pasos estupidizantes, en donde lo único claro es que un día naciste y que debes ir de prisa por la vida, puesto que también pronto morirás.

Y esa prontitud de una vida que nace y desaparece será apenas un pestañeo en la eternidad.

En este punto coincidirás conmigo que hubiera sido mejor que hoy lea a que escriba. Que hay millones de hojas como vidas por leer. Que pude haber cogido cualquier libro, o incluso algo de poesía. Que esta noche debí haberme perdido en la voz de los otros y no haber soltado las velas de la mía.

Puede que tengas razón, yo también lo creo.
Pero esta noche quería estar contigo, porque sentí miedo y pensé-tontamente, ilusamente- que la única forma de acurrucarme en el seno de otra persona era diciendo la verdad y reflexioné que yo sólo digo la verdad cuando escribo.

No soy buena para hablar, para hablar con voz propia. A sitio que he ido, sitio del que he copiado el acento hasta camuflarme entre ellos, así que no te sorprenderá si te digo que mi habilidad en los idiomas deriva mas de mi sentido de la imitación. Dicho esto, entenderás que si me encuentras por la calle es probable que te hable solo de lo que quieres oir y comentaré del clima, del titular del periódico, de la música que está de moda, pero jamás te diré algo mío.
Tal como haces tú, tal como hacen todos. Porque la realidad es eso. Vivir en el ostracismo hasta que toque el momento de marcharnos, pero ese no era el tema de hoy.
El tema era que tenía miedo y que no quería llorar.
El tema era que hoy hallé mas provechoso escribir que leer, aunque hoy después de leerme tú hayas pensado diferente.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...