martes, noviembre 30, 2010

De prontó encendió la bombilla y el blanco vacío llenó la habitación perfumada artificialmente de durazno y canela.  Junto a la ventana tu reflejo, apenas una sombra de ayer,  miraba como la vida transcurría en pequeños copos que estallaban silentes sobre la barandilla. Yo era un copo más perdiéndome en la nada de esa mañana, apenas un alma de algodón frío golpeando las lunas de tu corazón. Una nada.

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Cierro los ojos y es de nuevo París, cualquier parte en donde tú estés es París para mí. Porque cuando despierto de mis sueños rotos, veo la misma cúpula y las mismas cortinas flameando por las ventanas abiertas, entonces no necesito de música para levantarme, no necesito de más nada que de ese recuerdo de tu cuerpo desnudo acostado en mi cama. De los papeles volando, de cientos de papeles volando llevando las cartas que te he escrito como aves que desean ser liberadas.

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No es Abril hoy, no es ninguna primavera, no es ningún día en que mi boca se llene de esperanza ni de sonrisas y sin embargo te escribí una canción que parecía triste, melancólica y repetitiva. Te escribí una canciónq ue tararareaba mientras lavaba mi boca de besos ajenos, que componía junto al tocador, que escribía viendo las luces pestañear en una ciudad que se apaga de ilusión si no apareces tu, otra vez tu y tu.

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El dolor es una cosa extraña y necesaria que hago surgir en mi pecho cuando necesito y no sé como despegar, es la llama que avienta mi cuetecillo al cielo, es esa cosa de la que huyo y a la que regreso, como si lo pudiera manejar. El dolor me insta a inventarte a escribirte, a cantarte, a soñarte. El dolor de la soledad es certero cuando quiero abandonarme a la vida real y empezar a leerte nuestra historia desde la última página hacia adelante.

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No tengo explicación para esto, escuché algo que dinamitó mi corazón, sentí dolor y luego amor, solo eso, por eso te escribí los jirones de mis sueños a ver si esta noche podías tejerlos con los tuyos y cubrirme con ellos hasta que lograra dormirme tranquila.

domingo, noviembre 28, 2010

Antes que termine Noviembre

Esa noche era de un azul suave y esponjoso, caminé hasta el malecón con pasos lentos, guiada por el olor del mar cercano. Parecía que el mar siempre hubiera sido mi casa, cualquiera fuera el territorio donde estuviera. La avenida apenas iluminada, terminaba como una garganta de gritos furiosos en aquella plazuela donde torpes enamorados se daban besos azucarados. Yo me cerré la casaca y traté de evitar la nostalgia de ver a la gente que se ama. Si hubiera tenido un cigarrillo a lo mejor y lo prendía, para parecer mala y solitaria, pero fingir no me venía a bien en días como éstos. Simplemente caminé hasta el balcón y aspiré hondo todo el olor de la noche para sentirme feliz por unos segundos.
Feliz y en calma en medio de la dolorosa conciencia de la soledad.

Esa noche pensé muchas cosas que parecían sabias, el viento azotaba los jardines colgantes, a la gente abrazada, a mi pelo mojado. El viento parecía acabar con nosotros y yo allí parada sentí de pronto que entendía todo y que no era necesario caminar más, ni ir mas lejos para saber que era lo que quería.
Si hubiera tenido un papel hubiera escrito lo que sentía, para parecer profunda y poética, pero ¿para que fingir en días extraños como estos? Simplemente metí las manos en los bolsillos del pantalón y esperé que las respuestas de la noche concordaran con cada una de mis preguntas, como casi nunca sucede.

De aquella noche me resultó difícil discernir donde acababa el cielo y donde empezaba el mar. Hasta donde abarcaba, el universo parecía infinito y azul allá afuera, ninguna estrella dirigiendo el camino, sólo el mapa de los olores y los recuerdos, dirigió mis pasos hacia algún momento perfecto en donde todo hubiera estado en equilibrio. Cerré los ojos, ser mujer es más difícil de lo que crees, con tantas necesidades, con tantas dudas, con tantas metas delante. Desee ser una roca a quien el mar lame o golpea como un amante incostante, no volver a sentir nada excepto el aliento salado de las noches de verano, con las luces cayendo verticales desde la alameda vecina. Desee ser piedra, palo, hierba, algo inanimado que no sienta. Ser un cuerpo inerte sin ojos, sin piel y sin conciencia.

Hoy es domingo, sigo aquí y aun no sé por dónde empezar a escribirte. Tal vez haga falta algo más, muchos más para que este cuerpo se levante y camine.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...