jueves, enero 06, 2011

Tarde de Promesas

¡El cielo hoy ha sido de color rosa!

Sí, yo lo he visto mientras atardecía y entonces recordaba mi último amanecer en Sao Paulo,
 atravesando la ciudad aun en silencio, los rieles, los puentes, la vegetación que rodea al aeropuerto y la sala de espera.
 Esa sala de espera en donde nadie tiene nacionalidad y sólo se dedica a volver.

¡Que tristes son los aeropuertos cuando no te quieres ir!



Ha llovido al caer la noche, pequeñas gotas al inicio, luego grandes cuerpos hídricos rodando hasta descarrilarse en los parabrisas de los autos.
Yo he salido de mi consulta sin guardapolvo y queriendo esbozar una sonrisa.
Cada vez que recibo dinero quisiera comprarle algo a mi madre, siempre lo pienso, pero nunca lo hago.

No me cubro, voy lentamente al paradero pensando que debo seguir despierta muy despierta para que en esta ciudad sin ley ni orden, no me pase nada.
ara que el regalo a mis padres sea permanecer viva. Eso me ha mantenido hasta ahora libre de mí,
de mis ansias de mandarlo todo a la mierda cuando mis caprichos no son como deseo.

¿Acaso no es un capricho pretender ser feliz? ¿Pretender enamorarse?

Camino y mis cabellos atrapan en sus negros espirales cientos de gotitas blancas,
pequeñas gotas blancas que no se escurren, sino que se quedan allí prendidas como las luces cristalinas de una navidad que se fue antes de tiempo.
Me voy alejando de la consulta, de la palabra doctora al despedirse con un beso o un apretón de manos.

Me voy olvidando que soy alguien para algunos
y me pierdo en la multitud de los centros comerciales,
buscando algún regalo de niña engreída que me quite esta desazón de los últimos días.

Perfumes!
muero por comprar aceites perfumados, velas aromáticas, inciensos.
Muero por volver mi casa un palacio de olores diversos y por jugar a que mi cama es el lecho de hadas y genios en donde dormito cuando la vida real se acaba.
Pero no compro nada,
sigo de largo y mi dedo se entretiene en los pétalos secos de flores irreales,
en el popurrit pintado con acuarela y esencia de canela.
Camino y no sé hacia donde voy.
No me siento triste,
sólo extraña y lejana.

Ya frente a los espejos de alguna tienda pomposa, veo mi imagen triste reflejándose como el de una mujer que no soy yo.
Vestida en jeans y zapatillas con una coleta desgreñada, las ojeras
y el labial que se ha evaporado
de dar besos a la lluvia de verano que ahora cae sin cesar
dejando las calles vacías.

Parezco alguna madre que se ha puesto la ropa de su hija de 15.
Parezco una madre huérfana, buscando en su interior la criatura tierna que le explique
¿para qué seguir rodando por la vida si día tras otro parecen todos ser los mismos?
Abro las manos, los dedos se erizan y estrujan mi vientre vacío, es un hambre enorme el que siento.
Un hambre pre histórico de ser llenado por alguna causa.
 Parada en la acera me siento lejana y sin saber dónde ir. Donde tomar un taxi. Dónde estar bien.

Me siento tan vacía ahora que podría ir flotando a casa.

¡ Ey! señor ¿Sabe que nube tomar para llegar a mi palacete de flores amarillas?

Vamos!...Conteste señor

¿Sabe usted cuánto cuesta poder retomar el camino a casa?

martes, enero 04, 2011

De mañana

El cielo es claro allá afuera, la luz del sol va entibiando las ventanas vacías de los edificios abandonados por toda esa masa que trabaja temprano en la mañana.

Yo me quedo en casa,
 me siento enferma, a menudo me siento enferma y con dolores varios que prefiero no contarle a nadie. ¿Quién entendería, sin dar una piadosa mirada que sólo agradece no ser las víctimas de ese tipo de dolor?
Es mejor así. A ella no le importa nada- suelen decir. Si pues, tal vez no me importa nada.


¿Te duele menos? Me preguntó él ayer.
Bah, ¿Menos qué cuándo?- pienso, si yo siempre llevo un poco de dolor encima.

El día es claro y el año ha comenzado con una repentina pereza y sensación de soledad.
Más gente alrededor y más soledad, eso es lo que ocurre siempre.
No hay ningún momento para pensar en uno misma.
La gente hace bulla, canta, baila y cuando no tienes un poco de alcohol en la sangre todo eso, simplemente cansa.
Entre ellos y yo se abre entonces un abismo, una llanura lunar que no quiero cruzar, un paisaje desértico de esos que te persiguen cuando viajas por la costa.

Yo suelo viajar.

La vida entre viaje y viaje me parece irreal y de alguien diferente, que usa un bonito disfraz que ha cosido con esmero y dedicación para usar a diario.
Cuando yo viajo me siento fuerte,
capaz, viva,
que la vida es una sorpresa y esa sensación me sobrecoge hasta el punto de querer besar la tierra,
ese divino lugar en que es posible edificar los sueños.

Me gusta cuando viajo;

mi cabeza se apoya a la ventanilla dormitando entre los paisajes cambiantes. A veces es el mar, otros la llanura, la selva, las rocas.
Me hubiera gustado recorrer el mundo en viajes y nacer tantas veces como sea posible, porque cada viaje es un nacimiento y cada vuelta a casa una muerte lenta de esa persona esperanzada que llevamos dentro.

El sol entibia allá afuera las aceras, los árboles de pocas hojas, la arena gruesa y la pedrería que rodea el litoral limeño. El sol calienta y yo aquí en casa esperando
¿El qué?
El volver a sentirme yo misma.

Tal vez prefiera viajar sola;
 mientras estoy sola, sé que soy yo,
que no cedo, que la condescendencia con los deseos ajenos no es esa suerte de piedra de molino que me asfixia cuando quiero nadar por la vida en completa libertad.

Me agrada cuando viajo sola, cuando me voy y pienso, que no volveré.
Que hay algún lugar volteando la esquina en donde podré quedarme a dormitar hasta soñar que las cosas sean diferentes.

Me agrada cuando hablamos,
pero cuando dejamos de hacerlo me doy cuenta
que con nadie más hablo como cuando estoy contigo.
Que con nadie más hablo como cuando escribo, sólo por eso lo sigo haciendo.
 El escribir, me refiero.
Sólo por eso lo hago.

Y desearía que hoy, esta mañana mientras estoy en mi cama con el rostro sin arreglar y el cabello sin peinar. Cuando estoy con esta profunda sensación de disconfort que no llega a ser dolor y sin embargo discapacita, te sentaras a mi lado y
me leyeras hasta que volviera a dormir.

He cerrado las ventanas,
es noche en mi habitación ahora y el olor cítrico de algún perfume destapado se filtra por todo el ambiente.

 Me encanta el mundo de los olores,
 flota en el ambiente otra atmosfera desconocida que no percibe nadie más.
Me pierdo en los pliegues de esa textura de olores diferentes y desconecto los teléfonos, el internet, la televisión. Todos me interrumpen tanto!

Quisiera escribirte, pero quisiera más que me leas un libro.

Mis ojos se cierran,
la mesita de noche se ha llenado de medicinas varias que me han destrozado el estómago durante la noche, de agujas, de algodones que por falta de alcohol he empapado en perfume.

A veces me doy lástima,
pero comprendo que este dolor también contribuye a ser la persona que soy. También la edifica de estas nostalgias y este estúpido tesón por seguir viviendo ¿para qué?
No sé, para esto, supongo, para que me oigas.

Estoy cansada,
pero no puedo dormir, he despertado a deglutir pequeños dulces de coco que me hagan pasar el amargor de las medicinas.
He despertado y no he querido salir más.

Esta es mi casa, una habitación en lo alto de un castillo que da al mar.
Desde aquí a veces veo los aviones pasar, entonces me siento en silencio colgando los pies en la cama, repitiéndome que un día yo también partiré, allá lejos donde ningún dolor se sienta,
así me iré perdiendo en un cielo de nubes color rosa, columpiando en un sueño.

Ese sueño de donde nacen todos mis ocultos deseos.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...