viernes, abril 07, 2017

Ese Olvido que Seremos

Lo supo al momento de pagar en caja, ya no necesitaba pagar por aquellas dos lamparas de noche. De ahora en adelante ya solo necesitaría una. De pronto todo el espacio que antes ocupaban ambos se había convertido en uno solo. Ahora solo necesitaría un plato, una taza, habría mas espacio en el clóset. La vista desde su ventana se le antojaba más ancha ahora, vería el perfil de edificios que antes no le importaban. Sonrió ante la metáfora, quizá habría un tramo de vida que no se había permitido ver antes de él.
Salió al estacionamiento con estos pensamientos tristes encima. Su sombra se dibujaba por momentos larga y oscura en medio de todos los automóviles aparcados, coches tibios que aguardaban a sus dueños volver con bolsas de la compra para la semana, esperando al jefe de su clan. Eso significaba para él una familia, pensó con amargura, tener un clan para protegerse, un clan a quien guiar y contar historias, pero ella no había podido dárselo así que ahí estaban de nuevo ella y su bolsa con comida para uno, con una sola lámpara y con una sóla taza. Esa era la vida ahora.

Durante un tiempo había estado extrañándolo. Era un ejercicio matutino el imaginar donde dejaría la toalla mojada, de donde cogería los jeans, como buscaría sus zapatos. Luego despertaba, la cama estaba vacía, revuelta, nadie al lado, otra mañana sin él, demasiado pronto para acostumbrase solía decirse. Revisaba el móvil, aun no lo había eliminado, revisaba que hacia, mensajes antiguos, si cambiaba o no la foto, si la había llamado incluso por equivocación durante la madrugada. Una excusa para llamarlo de retorno. Hacía con obstinación todas esas cosas que el psiquiatra le había recomendado no hacer. Lo que intentaba a como de lugar era mantenerlo presente en su vida, que se había vuelto solo una rutina de angustia entre horarios de ida y venida; en algunos momentos pasar el dedo por alguna foto suya que hubiera sacado de los marcos era suficiente para darle un poco de calma. No quería olvidarlo, por qué debería hacerlo, si después de todo no deseaba a otra persona ocupando su lugar?

El olvido sin embargo empezó a darse de a pocos; cuando fantaseaba con él eran cada vez más frecuentes las veces que confundía su nombre con algún otro nombre corto. Al principio pensó que sería por el exceso de sueño por los antidepresivos, así que decidió dejar de tomarlos, era mejor poder mantener la fantasía y un poco de libido y mejor si era por él. A veces solo fantaseaba con su rostro debajo de las sábanas riéndose antes de tocarla, su cabello suave rozándola, a veces, partes de su cuerpo, la mayoría de veces su rostro dormido. Tenía varias fotos de él así, solo durmiendo, desde varios ángulos,  con filtros que iban del sepia al blanco y negro. Ese era su pasatiempo, tomarle fotos mientras se quedaba dormido, quizá si le hubiera dicho que le gustaba menos el sexo de lo que parecía, no le hubiera creído; decirle que prefería esos momentos de absoluto abandono, del sueño, del mismo sueño al que le huía ahora para no terminar olvidando su nombre.


Pasadas algunas semanas más, comenzó a dudar si lo bueno que habían vivido había sido real o había sido inventado. La distancia exalta las virtudes del amado, solía repetirse. Todos los trucos de la lógica y los libros de psicología, resaltaban con el tiempo los ampulosos defectos de su ex novio. Sacaban a la luz sus debilidades y defectos, hacían visibles todos esos días en que no hubo amor ni nada parecido entre ellos. En que el vacío fue rellenado a tientas por una sustancia viscosa mas parecida al miedo de quedarse solos. Su dedo repasó una vez mas la foto donde ambos sonreían a la cámara en una de sus primeras tardes felices. Había conservado esa foto entre las demás no por el rostro de él que ya conocía de memoria apenas cerraba los ojos, sino por esa aura de entrega absoluta que había en sus propios ojos abrazada por él. No volvería a tener esa confianza nunca por ningún hombre, se dijo, quizá eso era lo que mas extrañaba. Se contuvo una lágrima. No, reflexionó después, eso era solo obra del verano y el vino.

martes, abril 04, 2017

4 de Abril #Nanuk

No hay nada que pueda enmendar lo hecho.

Fue la última frase que pronunció Nanuk, frente al espejo mellado de múltiples corrosiones. Luego se alisó el cabello  grasoso y salió juntando la puerta con cuidadoso respeto, como si todavía ella pudiera despertar de un momento a otro a pedirle que se quede.

La madrugada era fresca. Justo a esa hora en que cantan todos los pájaros, como si fuera el primer día de la creación.
Le gustaba como lo decía ella, como le ponía un toque místico a las cosas más simples. Así había sido al inicio, cuando apenas se conocían y pensaba que sus ojos eran del color del caramelo y sus frases la apertura a mundos maravillosos. A medida que se fueron conociendo en cambio, cada vez le había irritado más y más ese tono de misticismo y de frases a medio terminar, le molestaban su voz, sus dudas, sus pasos en la madrugada, el sonido al abrir los blisters de pastillas analgésicas con dedos torpes.

-Para qué dolor? - preguntaba él.
- Para cualquiera, para el que venga. A mi la vida siempre me está doliendo.

Como podía decir eso en voz alta?
A veces tenía esas frases ridículas, se dijo, mientras encendía un cigarrillo. Había vuelto a fumar gracias a ella,  porque había tardes enteras sin nada que decirse, excepto fumar y esperar a que termine de llover, ella se tiraba con la ropa mojada sobre la cama tendida, mientras él, desnudo miraba al techo fumando sin parar ni decir palabra. Qué los seguía uniendo? Quizá el miedo a no quedarse solos en ese país tan grande y lleno de sombras de un pasado reciente.

La mañana empezó a aclarar rápidamente, todas las palomas se agolpaban ahora en los cables aun calientes de la madrugada. Parecían una gran familia murmurando penas. Todo en ese momento solo le sabía a pena. Ojalá  ella despertara para levantarse e irse. Quería volver a casa y dormir un rato más pero ya sin ella ahí. Sin ese cuerpo que le recordaba batallas en la que jamas habría un vencedor feliz. Sus cabellos en la almohada, sus cabellos en la bañera, en las toallas, en todos lados, bastaba buscarse en los bordes de la camisa y ahí podía encontrar uno de esos mechones rojizos. Quizá hasta lo hiciera a propósito, souvenirs para que no la olvide cuando se vaya. Para que nadie olvide que ella había estado ahí dandole un significado a todo.

Unos pasos mas hasta la estación de tren. Nubarrones se apartaban, rayos de sol  reflejándose tímidamente en el techo de las casas y en algunas ventanas cerradas. A dónde se marchaba el amor, cuando los días pasaban? Porque no podía ser siempre primavera y bocadillos dulces al amanecer? Quitarse las botas, caminar por el césped húmedo y volver a casa a una cama mullida donde los sueños fueran calmos? Ahora la extrañaba, dormir sobre su vientre blando y estriado, que murmuraba un eterno vacío. Su mano frágil acariciándole el cabello que ya había encanecido las sienes. Sus muslos moviéndose tibios desde otro mundo a medida que se quedaba dormido.

La vida se había pasado tan rápido y sin amar a nadie. Ella no despertaría ni hoy ni mañana para reclamarle nada, a lo lejos un tren de carga se acercaba lento y pesado, gris como todo en esa ciudad de amargura. Nanuk acomodó la mochila en el hombro, era tiempo de huir antes que lo venciera el miedo. Se restregó la barba, un cabello rojizo y ajeno salió volando para perderse entre los rieles viejos.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...