miércoles, julio 18, 2018

Parte 2: De lo que piensa una mujer en la madrugada

Cuando paso de camino a la cocina en busca de agua, siento que jamás he estado así de sola antes. Que jamás he estado tan bien.
Camino a oscuras  y descalza en la madrugada por el corredor que me lleva a la cocina y las puertas abiertas de las habitaciones que en otro tiempo eran ocupadas por turistas ocasionales que alquilaban mi piso, ahora solo filtran la luz ámbar del exterior en medio de los cachivaches. Todas las habitaciones siguen llenas de cosas. Cosas mías. Zapatos, vestidos, papeles, dibujos y recuerdos. Soy incapaz de tirar alguna cosa que me sobre, soy incapaz de deshacerme del pasado. Esas habitaciones llenas de humedad tienen las puertas abiertas y de sus ventanas con persianas a medio cerrar se puede distinguir la avenida iluminada, los letreros de neón a lo lejos, la lluvia que golpea tímida en insistentemente esta madrugada de Julio.

Mi piso se convierte entonces en el vientre de una nave que flota en medio de la humedad limeña con las escotillas abiertas y yo en la pasajera solitaria, que tropieza con las sillas y las mesas calculando mal el equilibrio de esa realidad alterna. La ciudad afuera estará mojada y fría todo el invierno y mi corazón igual que las galletas dejadas en la mesa también se humedecerá y echará a perder antes que pueda ser usado.
Usado digo y esa sencilla palabra me remite a lo utilitario de nuestras relaciones. Escuchar mucha mierda para poder hablar de una mismo un rato. Dar besos para que te besen, apretar fuerte en los abrazos paras sentirte abrazada y dar mucho de ti, para recibir algo similar. El sexo, una imitación de amor, de compañía, que a mitad de la madrugada comienza a hacer tanta falta y deja convertida mi cama en algo tan triste como un estadio vacío.
Ha de ser que hay noches como esta en que me siento muy sola y me despierta un susurro en la madrugad. Es mi propia voz que me asusta por lo metálico de su timbre. Una grabación del mas allá que me pregunta: Estás segura?

La verdad no. Hace dos días llevo cavilando la idea de infringirme un gran dolor físico para que olvide un rato el de adentro. Y el de adentro no se de donde proviene. Conozco las causas mas inmediatas, los hombres, el amor, el sexo. Pero debe haber causas mas enmarañadas para sentir esta angustia, esta necesidad de algo que no se qué es. El hambre nunca satisfecho de un alguien.

Crees en las almas gemelas?- Me ha preguntado él hace meses. Le he respondido que no, que quizá antes, pero que ahora no creo ya en muchas cosas. Claro- se burla él- ahora eres la chica fuerte que ya no cree en nadie. Se da cuenta como yo, del cinismo en mi respuesta. Es obvio que sigo buscando algo y que sigo queriendo creer. A veces me gustaría pensar que él es la respuesta. Que ese alguien es él, quisiera decírselo: Ya no creo en muchas cosas pero creo en ti. A que no hubiera sido bonito? Pero un momento incomodo para ambos. Yo ya he dejado esas cursilerías. Ahora me enamoro una vez cada semana, a veces obsesivamente, de personas diferentes. Es divertido, es intenso, es una sensación rica pero no suelen haber segundas oportunidades. Mis amistades me dicen que les gustaría ser tan prácticas como yo, yo les respondo que cuando quiero ser práctica solo pienso con la moral de un hombre y dejo de culparme por toda mi apariencia y por todos mis deseos.

No es una venganza, no. Solo que no veo por que deba reprimirme ya en nada. Si he de morir sola, que el camino sea por lo menos divertido. No quiero embarcarme en intentos de relación donde deba condescender tanto sin que mi pareja se de cuenta que ya lo estoy sacrificando todo, a mi misma, por tratar de combinar con el. Para estar cómodos, para poder remar en la misma dirección. Para no ser la conflictiva o la inestable, la que sueña mucho sin asidero real de como hacer realidad esos sueños, la que parece que se va escapar de pronto a hacer lo que le venga en gana.
La mayoría de veces, es cierto, me incomoda volverme tan blanda, tan frágil y pusilánime dentro de una relación. Una niña a la que cuidan, una damita, una señorita. Alguien a quien debe protegerse. Siento que no soy yo y sin embargo, cuanta protección necesito! Cuanto miedo me da tener que necesitar a alguien y que no pueda estar.
Existe una parte de mi que se lamenta cuando está con hombres mucho mas sensibles y frágiles que yo misma. Es cierto, los busco bestias, para no tener que consolarlos luego. Busco personas prácticas y luego me lamento de su pragmatismo para dejarme. Busco personas independientes y me admira su independencia de mi al inicio del amor, al inicio de ese bello desastre obsesivo-compulsivo de las primeras citas y el primer romance que insta a querer estar pegados como lapas sin querer salir de la cama. Ellos me dejan cuando yo empiezo a flotar en azúcar. Cuando siento que no buscan la oportunidad de verme mas seguido, cuando se distancian para que yo me acerque. En cuanto siento su duda me alejo. No me gusta seguir ese juego, verme expuesta, aunque exista la posibilidad de que el hombre de mis mas caros apetitos pueda dejarme antes. No me gusta tener que insistir, ser yo la del primer, segundo y tercer paso. Ya estoy demasiado dolida por todo para que también deba dolerme porque me dejan.

Si, dejarme. Aunque yo sea la que me voy, siempre he experimentado el amor como si me dejaran ir primero. Mi piso se siente enorme ahora, no hay ningún ronquido en la madrugada, ningún olor nuevo entre mis sábanas, ninguna persona para acompañarme hasta el final de este naufragio.

lunes, julio 16, 2018

Parte 1: Ella y los libros

Me gusta esa sensación de cuando terminas un libro y aún estás flotando en los pensamientos de los personajes, en las reflexiones del autor acerca de la vida, su forma particular de describir el paisaje, a los días, los olores. Me gusta esa sensación de estar con un pie aquí y otro en alguna otra parte. Luego, me aflige no poder compartirlo con nadie mas, quedarme por momentos sin palabras. Sin poder explicarme a mi misma  cosas, en ausencia del narrador omnipresente que explicaba todo infinitamente mejor de como se ve usualmente la vida.

Me agrada también, que al haber retomado la lectura frecuente, me hayan vuelto las ganas de escribir o de hacer introspección. Eso por un momento hizo que echara de menos a viejos amigos con los que podía compartir charlas reflexivas acerca de los libros que habíamos leído y que es lo que en realidad busca el ser humano, sin necesidad de agradarnos diciendo cosas frívolas sobre acontecimientos mas actuales. Me gustaban esas conversaciones sin un tiempo preciso en que el clima alrededor se tornaba de una dulzura melancólica y nos envolvía haciendo desaparecer a la gente alrededor, como quien se cubre de una burbuja invisible que lo aparta de la realidad mas cercana.

Me da tristeza sin embargo, conocer nuevas personas y descubrir que pocas cosas tengo para comunicarles realmente, sin llegar a ser empalagosa. Recuerdo a mi ex prometido el-que-leía-sin-parar y sus conversaciones aburridísimas de libros que solo el había leído, el tono de su voz y sus sentencias un tanto petulantes de qué es lo que se debía leer y qué no. Quizá mi opinión esté sesgada en este punto y tienda a generalizar, pero me resulta tremendamente fastidioso conversar con un lector empedernido en convencerte de leer a sus libros favoritos como si fueran los únicos que existiesen. O cuando ponen esa voz diferente, teatral, para contarte las cosas que leen. Se siente el disfuerzo, como a esa cosa química tan fea que le ponen a las bebidas azucaradas para hacerte creer que son beneficiosas.
No sé, quizá odie todo de mi ex prometido. Quizá nunca lo amé y sólo ame la idea del convencionalismo y aparente seguridad que podía brindarme.
Soy una lectora, pero por encima de eso soy viajera. No, tampoco. Solo soy una persona que ama vivir. Ama el sexo y la comida y el café, la música y el vino. Amaría poder beber vino más y comer mas quesos pero no puedo, como no puedo fumar o hacer mil cosas que quisiera hacer sin que dolieran luego hasta acabarme. La vida adulta es difícil.

Hoy una amiga me comentaba que deseaba ganarse el premio de la lotería, viajar por el mundo y casarse con un croata. No sé si sean guapos o no o por qué lo decía. Yo le repliqué que quería en cambio un francés viejo que supiera cocinar y me llevara a degustar bocadillos por todo el mundo, como si fuera un paseo cotidiano. No sé por qué agregué lo de viejo, quizá también por seguridad. Me ha agradado el sexo con mis últimas parejas jóvenes tan enérgicas y llenas de vida, pero también he sentido que sería un crimen atarlos a una relación de monogamia conmigo. Hay personas hermosas que no sirven para vivir en jaulas o para no seguir probando. Probando de todo. Quizá en el fondo busque una persona algo cansada como yo, que quiera sentarse en el pórtico a ver caer el atardecer, bebiendo el té. Pero me engaño. Dije lo mismo cuando me comprometí, dije: He vivido lo suficiente, he vivido de todo lo que pude vivir, me he negado pocas cosas que podían generarme placer. Es momento de descansar y llevar una vida como todos.
Pero no era cierto. Nadie se muere a los 30, ni a los 50 o 70. Yo sentía que el matrimonio era una forma de morir. Morir como yo era y volverme parte de una dupla en donde los límites e volvían confusos. Un ser humano siempre quiere mas, seguir experimentando, seguir de sibarita por el mundo y si tu pareja no puede acompañarte en ese viaje o darte lo mínimo necesario para mantener esa curiosidad en la vida, entonces no resulta. No quieres sepultarte en esos convencionalismos. En ese aburrimiento de volverte otra persona, una persona con la que de niño jamas te identificaras como héroe.

Y ahí viene la segunda parte, esa en la que piensas en tus sueños de niño, en que te imaginas como tu mamá, o como tu papá, creando una familia, protegiéndola, siendo el ejemplo. Un trabajo demasiado pesado, el revés opaco y raído de los trajes de super héroes, la verdadera chamba. El imaginaba que yo quería eso, yo imaginaba que eso es lo que yo quería! Me había  auto convencido de que ese era mi rol final en la sociedad; pero estaban las dudas, las dudas sobre que quería yo o si era demasiado egoísta y mundano no desear formar a nadie mas y quedarme solo yo con todo lo que había logrado aprender sobre la vida y no compartirlo con nadie. Ni mi felicidad ni mis miedos. Ni el fruto de mi esfuerzo. Por que debía de pronto convertirme en la sacrificada madre? Y aun peor, no educar según mis expectativas de vida sino de alguien mas. Como podía admitir la idea de un colegio privado-católico para un hijo mío? Como decirle a un niño que debía controlar sus sueños sus enormes e irreemplazables sueños por unos que tuvieran mas base real? Quizá en ese aspecto yo aun era una niña educando mis propios apetitos. Había seguido el paradigma de mis padres, ese hambre de conocer de todo  como si fuera el  último día de mi vida y sin embargo, sabia que siempre habría un freno. Algo que me podía permitir como freno porque era por mi bien. Pero… Podría prohibirle a alguien masturbarse? Enseñarle a temer a un Dios desconocido? Obligarlo a dormir solo 4 horas para ser el mejor en la meta que se había propuesto? Me parecían ideas que no iba con mi visión de como debía ser la vida. Mi familia no se había guiado por metas, habían vivido tal y como dictaba el mar, el curso de las olas y los vientos, formando en mi conciencia dunas de lujosos deseos que aparecían y se desaparecían en el camino. Eso era lo que yo sentía especial de mi niñez. Como proveer algo así  en una relación de pareja con una persona que era las antípodas de todo lo que yo había deseado? Si, me había equivocado de largo a largo. Pero no con él solamente. Conmigo. No sabía lo que quería, pero definitivamente no quería eso.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...