sábado, octubre 07, 2006

3. En la Cárcel

El día que mi primo Abelardo contó la historia de que defendía asesinos y que incluso comía con ellos, me sentí tan asustada como curiosa. Abelardo es un tipo obeso, que en su tiempo fue delgado y tímido. Su apariencia frágil de lentes y voz tartamudeante, lo volvieron el blanco de muchas de las burlas de sus amigos. Una vez incluso, algún alumno mayor que él, le sacó la verga en la cara para que se la tocara, delante de los otros chicos de la escuela. Esto lo cuenta Abelardo en el mismo ritmo indiferente de relator de la corte, con que puede contar que su madre se está muriendo o que el tratado de Libre Comercio no afectará a la agricultura. A veces parece que lo hiciera a propósito, que adoptara ese tono de tarado solo para ver moverse incómodos en las sillas a sus ocasionales oyentes. Él cuenta las historias y sigue comiendo o aderezando su plato de ensaladas y menjunjes varios. Sobra decir que mi viejo lo detesta.

Abelardo viene a visitarnos de vez en cuando, por los juicios que defiende en la ciudad. Es probablemente el único de los parientes de mi padre al que mi madre no aborrece. Le da lástima el muchacho, dice, mientras le separa comida caliente por si regresa tarde. A mi padre no le agrada tener en la familia a alguien que defienda asesinos y la escoria de la sociedad que debería ser despeñada porque no tiene solución. Dice que Abelardo no tiene escrúpulos, que no tiene moral alguna. Que quien a hierro vive a hierro muere y a él lo van a matar sus propios defendidos.

Yo no sé cuando Abelardo comenzó a cambiar. Dicen que de niño era delgaducho y lerdo, luego se hizo obeso y a mitad de camino entre ambas fases se volvió físico culturista. Tenía un cuerpo tan bien cuidado que incluso ganaba premios por su buena forma. Ya más seguro de si mismo, se hizo abogado y después de tardarse una década para salir de la universidad, con esposa e hijo incluidos, desapareció del mapa familiar con el resentimiento que tienen aquellos que son marginados por ser los torpes de la familia.

Decían que Abelardo no tenía de que vivir, que no conseguía puesto en ninguna parte. Que si no se volvía taxista, que se olvidara de seguir viviendo en el Perú, pues para su mala suerte, él no tenía ningún contacto en el exterior para irse a Europa o a Gringolandia como hicieron los otros jóvenes de esa época. Abelardo se tuvo que quedar aquí soportando las burlas de todos los demás primos y tíos que lo trataban como el retrasado de la familia paterna, tan creídos por sus títulos universitarios y maestrías en el extranjero.

Pasó el tiempo y solo volvimos a saber de él, el día que se hizo rico. Si, rico. Porque para una familia de clase media como la suya, en que a nadie le sobra plata para ayudar al prójimo, él era un rico de pies a cabeza, con todos esos celulares caros, la ropa huachafamente “de marca” y ese derroche de alcohol y propinas en las fiestas y bautizos. Se hizo de una casa enorme y de una amante bonita. De pronto se comenzó a correr la voz de que Abelardo era llamado Alí Baba, por andar rodeado siempre de los 40 ladrones. Al parecer era el abogado del mundo del hampa y eso hacía que al resto de la familia le diera prurito tener relaciones cercanas con él o con sus facinerosos clientes.

Abelardo disfrutaba de esa fama temeraria que se había conseguido gracias a sus clientes y las millonarias sumas que recibía por sacarlos de la cárcel. De ser siempre el chico mas burlado y el primo menos hábil del clan, pasaba a ser una suerte de salvador de asesinos y el abogado mas pedido de las cárceles. Abelardo defendía todo lo que se le pusiera en frente, narcotraficantes, asesinos, asaltantes de bancos y violadores. De todos ellos siempre decía, que los de mejor talante y fidelidad eran los asesinos, pues eran personas muy dadas a la caridad y al amor al prójimo cuando cesaba su faena. Que los peores eran los violadores, porque se dejaban llevar por la pasión del momento y no podías confiar jamás en ellos y que por tanto jamás se daría el trabajo de defender a uno. Menos si se trataba de un violador de niños.

La única vez que hizo una excepción fue con Benjamín Flores alias “Cebollita” él que había sido acusado de seducir y violar a su hijastra de 14 años, una menor con retardo del lenguaje. La niña había venido a vivir con él y su madre, desde el Cuzco y después de 10 meses en que aún no conocía bien la capital, desapareció de casa sin dejar rastro. El hombre y su esposa comenzaron a buscarla desesperados por varias semanas, hasta que fueron notificados por la comisaría de la zona, que la niña había sido hallada. El hombre, panadero de 40 años querido por todos en el barrio, fue acompañando a su mujer a recuperar a la hijastra, cuando fue apresado en el acto por la acusación de violador de menores.

Al encontrarla habían descubierto que la niña había sido violada en repetidas oportunidades y acusaba al padrastro de la violación. Una vez en la cárcel y enfrentado a una de las mayores condenas en el país por tal delito, fue “bautizado” por los demás presidiarios hasta llegar a la enfermería por la brutalidad del acto. Abandonado por su esposa y repudiado por sus familiares y el barrio entero, solicitó la ayuda de Abelardo para su defensa, aunque no disponía de un cobre. Durante casi 8 meses Cebollita lloró por la ayuda de Abelardo en su caso, pues sabía que él podía sacar a cualquiera en esa jurisdicción.

¿Por qué lo ayudaste si no tenía dinero y era violador de niños? Pregunté. Abelardo dejó entonces el trozo de chancho asado en el plato y respondió tranquilo: Porque era inocente.

La niña había sostenido relaciones con un vecino de la cuadra durante todos esos meses, hasta que quedó embarazada. Ahí fue cuando el verdadero violador y la madre de este la secuestraron y la llenaron de regalos para que acusara al padrastro. Obviamente la niña enamorada prefirió acusar al que le había dado de comer todos esos meses que al tipo treintón del cual se había enamorado. Luego sucedió lo del aborto. La chiquilla entonces fue llevada a un albergue del cual escapó y ahora el caso estaba paralizado por falta de medios y de testigos. Todo el testimonio lo había conseguido Abelardo valiéndose de sus dotes de gordo buena gente, mas que de buen abogado; sin embargo con la niña desparecida del planeta ya no se podía avanzar mas en el caso y “Cebollita” seguiría en prisión esperando condena mientras “se le caían los supositorios” después de la paliza violatoria que había recibido a su ingreso al penal.

“Eso pasa por falta de plata”- concluyó Abelardo- “si hubiera tenido guita yo lo sacaba de ahí desde la primera vez que me pidió ayuda, solo era cuestión de sobornar a unos cuantos y se evitaba tanta cosa”

Al ver todos los tatuajes de Mariano en la espalda y en los brazos, no pude evitar pensar que tal vez se los hubieran hecho en alguna cárcel. ¿Alguna vez has estado preso?- le pregunté mientras nos bañábamos juntos. No, nunca- respondió limpiándose el agua que le goteaba desde las cejas. ¿Y todos esos tatuajes?. ¿Qué hay con ellos?. Que me asustan todos esos lemas que tienes tatuados en la piel... No sé nada sobre ti Mariano, tu pasado, tu futuro, nada. El futuro si lo sabes, voy a ser el padre de tus hijos y vamos a vivir frente al mar terminado este viaje- dijo muy seguro de si mismo mientras me enjabonaba los hombros. De mi pasado te enterarás en el camino, preciosa.

viernes, octubre 06, 2006

2.Mariano y el sexo

Al verlo desnudo en la cama a todo lo largo, hermoso como un sol. Laura entendió porque el sexo con tipos bellos no la satisfacía completamente. Había algo que no llegaba a colmarla, faltaba ese morbo que se producía al hacer el amor con hombres menos agraciados o con hombres mayores. Mariano era bello de rostro y de figura, demasiado atractivo para ella. Era como hacerle el amor a un ángel.

Cuando solo se tenía sexo, el morbo podía mover cantidades infinitas de feromonas en ella, que alguien de apariencia perfecta no podía. Y él era lo más cercano a la perfección anatómica que ella había conocido. Su larga pierna musculosa salía fuera de la cama, mostrando un tatuaje tribal en la pantorrilla, su espalada mostraba otros más y en el brazo uno enorme del Che Guevara, ocupaba todo el deltoides derecho.
Su rostro de nariz recta, labios finos y barba crecida reposaban sobre la almohada del precario motel por horas. Ella lo miraba impaciente, si hubiera tenido un cigarrillo lo habría fumado solo por tener algo que hacer mientras él dormía.

Estaba exhausto, había trabajado toda la noche; en cambio ella había dormido rendida después de la caminata de aquel día, poniendo la tarima de tablas como tranca en la puerta y tomando un par de relajantes musculares que le quitaran el dolor de piernas y espalda que la había tenido afligida desde la tarde. Había dormido como muerta, despertándose de vez en cuando por los gritos delirantes de los inquilinos de la pieza vecina, en medio de la agonía sexual.

Los ojos de Mariano, a pesar de estar cerrados seguían siendo oscuros e impenetrables. Sus largas pestañas hacían sombra a las ojeras que le daban esa pinta de chico malo que la había atraído la primera vez que lo vio a mitad de la calle.
Ahora lo miraba dormir como si la mañana fuera eterna y no tuvieran que salir nuevamente de camino. Comenzó a contar sus tatuajes con el dedo índice rozándole la piel, pero cuando llegó a los primeros 10 él abrió los ojos, que lucían inyectados de sangre por la falta de sueño.
Estoy muerto, le dijo. Si, pero ya debemos irnos- respondió ella mientras le alisaba el cabello negro. ¿Te dolió el tatuaje del cuello? Un poco, en la base, aquí mira y acercó sus dedos a los pies del duende de los sueños que tenía tatuado al costado derecho del cuello. Ella lo acarició sin prisa. Debemos irnos, Mariano, voy a ducharme y nos vamos, ¿si?. Bañémonos juntos, dale. Ya te dije que no. ¿Por qué? Solo es una ducha. Porque te conozco y no lo haré sin preservativo. No lo haremos, amor. Te conozco Mariano. No lo haremos, báñate conmigo. No, ¡ya te dije que no!

Ella se levantó de la cama cuando el intentó sujetarla por la cadera. De un salto estuvo sobre el piso de madera que rechinó ante sus pies desnudos. Mariano era de lejos el tipo más alto con el que había estado. ¿Cuánto mides? le pregunto la primera vez que salieron juntos. Metro y 95 ¿Por qué? Porque me llevas mas de 30 centímetros. Y él le sonrío con una de esas muecas de niño que la enamoraban siempre. Ahora parados en medio de la habitación en penumbras de las 10 de la mañana, esos 30 centímetros de diferencia se hacían más notorios. Ambos desnudos y descalzos jugaban al cazador y la presa en una actitud de luchadores de Capoeira que le daba a Mariano toda la ventaja sobre ella, mas ágil pero pequeña.

Te dije que no me bañaré contigo. Si lo harás. El la abrazó de un solo zarpazo y la levantó hasta que estuvo de cara frente a él. ¿Te casarás conmigo? Y ella sonrió sin responderle. Dime que te casarás conmigo y te dejo bañarte sola. Ella lo besó como se besan a los niños que dicen barbaridades, buscando callarlos. Si, lo haré, ahora suéltame. ¿Me dejarás, verdad? Mariano, tú me dejarás antes. Yo no te dejaré. ¡Já! ¿Apostamos? Dijo ella mientras cerraba la puerta del baño y abría la llave del agua fría.

- ¡Te vas a casar conmigo Laura! Gritó él desde la habitación de luces mortecinas y cortinas de terciopelo.
- ¡Primero muerta! Respondió ella bajo el chorro de agua blanca.

- Eso se puede solucionar en este momento, dijo él entrando al baño sin forzar la chapa.

Ella entendió entonces, que eso que acababa de decir más que una simple respuesta era desde ya, una promesa.

jueves, octubre 05, 2006

1. Los Terroristas

Cuando mi padre me dijo que el Dr. Hilaquita tuvo que caminar hasta Argentina a pata pelada para conseguir su sueño de ser médico, yo no le creí nada. Mi padre tenía esa habilidad de volver las historias comunes y silvestres una leyenda y a los personajes mas sencillos héroes de película. Caminar medio continente por un sueño, me parecía algo descabellado y fruto de la mente exagerada de mi padre, hasta que me tocó a mi misma hacerlo.

El Dr. Hilaquita era pequeño y del color cobrizo y pómulos levantados que tienen los indios de mi país. Sus ojos alargados y su tez lampiña, eran el sello inconfundible de ser el peruano promedio que busca trabajo de medio tiempo en el exterior. Se había ido del Perú apenas cumplió la mayoría de edad y como decía la leyenda, se había ido a pie, cruzando por Bolivia y trabajando de mesero, barredor y mucamo, para poderse pagar la universidad en Buenos Aires. Nunca entendí porque había elegido un país como Argentina para estudiar la carrera médica, probablemente aquí ya era muy difícil, para alguien de su apellido y condición social hallar una plaza como médico en las facultades de medicina de por aquí. No sé que tan difícil fue para “un cabeza negra” como él abrirse paso en una ciudad como Bs. As. Lo único que sé, es que el tipo había vuelto como médico y se había logrado el respeto de la comunidad por su hablar bondadoso y su don de ayudar a la gente pobre con la poca plata que tenía.

Yo no lo conocía mucho, pero cuando lo apresaron por presunto terrorista, mi familia se agitó bastante y en la ciudad nadie hablaba de otra cosa, que sobre los médicos terrucos apresados. Eran tiempos del Fujimorato y se había emprendido una lucha encarnizada contra el terrorismo, para vengar las muertes de Ayacucho y los atentados de coches bomba que habían incendiado Lima a finales de los ochenta. El gobernante de turno utilizaría una imagen de El Castigador de terroristas, para levantar la imagen alicaída del gobierno inflacionista de García. Ahora se dedicaba a cazar terroristas y el plato principal sería la caída de Guzmán para conseguir carta blanca de la sociedad civil.
Cuando los cazaron a todos, siguieron buscando, hasta hacer desparecer comunistas, dirigentes sindicales, universitarios rebeldes y todo hombre o mujer que pudiera estar contra un gobierno que ya se pintaba como dictatorial desde sus inicios. Entre los muchos desparecidos estaba el Dr. Hilaquita y también lo hubiera estado mi padre de no ser porque supo el soplo de que “los rayas”- como se decían a los policías- andaban tras la pista de todo el que hubiera tenido contacto con la izquierda durante el periodo de gobierno previo.

Esa noche mi viejo fue donde el Dr. Hilaquita a avisarle que se ocultara, porque en la lista de buscados también estaban ellos; pero el doctor no le hizo caso, mas bien lo calmó diciéndole que ser izquierdita en este país de pobres no tenía nada de malo y que él no tenia nada que ocultar para cuando la policía viniera. Mi viejo no pudo convencerlo de esa cabronada que es creer que la policía es la mano de la justicia y esa noche desapareció quien sabe a donde hasta que dejaran de buscar a gente del partido.
Fue la noche que atraparon al Dr. Hilaquita y a otros mas, acusándolos de terrorismo.

No volvimos a saber de él en 5 años más. Eran tiempos de miedo. La gente andaba acusando a medio mundo de ser terrucos, por un pan o por la rebaja de su condena. La colaboración eficaz dio resultados y se había desatado una cacería de brujas, de la que nadie se daba cuenta. El peruano de clase media vivía feliz, comiendo pan con mantequilla y té dulce y aplaudiendo la construcción de nuevas carreteras por todo el país y el nacimiento de colegios que se derrumbaban al primer temblor de tierra.

Si en la infancia yo había tenido miedo de los terroristas que entraban en las casas y ponían bombas en media ciudad, para cuando Fujimori asumió su segundo mandato yo tenía miedo de que por cualquier cosa metieran a mi viejo al bote. O que mas gente allegada a la familia pudiera ser acusada y metida a la cárcel para ser olvidada o asesinada como ocurrió con los jóvenes de la Cantuta. Jóvenes inocentes que ahora eran solo los huesos olvidados a los que la sociedad no alcanzó a hacer justicia.

Cuando 5 años mas tarde el Dr. Hilaquita salió de prisión por ser una condena injusta y no habérsele hallado ningún asidero para su cautiverio por terrorismo en la cárcel de máxima seguridad, sus ojos eran tristes y su caminar pausado. Mi viejo lo invitó a almorzar a casa, pero no hablaba mucho. Yo lo examinaba por todos los costados, jamás había visto a un ex presidiario. Comía poco y hablaba bajo. Habían sido largos años, en que su esposa gastó los zapatos yendo a todos los juzgados y hablando ante los medios de prensa por esa prisión injusta de la que intentaba liberarlo. Su esposa se había hecho famosa por sus zapatos gastados y su trajecito sastre color guinda, en cambio él había salido como un muerto de allí, la gente lo había olvidado como se olvida a un muerto al que no se lloró en su debido momento. Pero ahora estaba de vuelta, con los cabellos encanecidos y la piel pálida.

Cuando a mitad del almuerzo pudo hablar algo, solo habló de las torturas, del frío, de la comida de perros. Por suerte- dijo- yo estaba acostumbrado a vivir como un perro antes de ser médico, solo volvía la frío y al hambre…por eso la dignidad no me la quebraron tanto- sonrió sobriamente- pero hubo otros que casi se volvieron locos. ¿Recuerdas a Germán Caycho el Ingeniero? Mi padre asintió sin mediar palabra. Ese se derrumbó los primeros meses, acusó a medio mundo. Lo volvieron soplón a punte de castigos, lo peor es que acusó a inocentes, como él o como yo. La cárcel te vuelve así- dijo y tomó un sorbo de la gaseosa que ya se había entibiado en su mano. La cárcel vuelve malos a los hombres libres.

Cuando se despidió de mi, la menor de la familia, previos consejos de no confiar jamás en nadie “porque los rayas te buscan desde que estás en la universidad y llegado un gobierno fascista te apresan bajo cualquier cargo”. Me dejó algo trastornada, solo pensaba en cuanto había sufrido ese hombre inocente que contaba como le ponían electricidad en la vulva a las mujeres acusadas de terrorismo o como eran violadas las mas bonitas, como la Garrido Lecca una y otra vez de todas las formas posibles. Esa imagen me dejó estática, yo solo tenía 17 años y esos temas de sobremesa me dejaban sin habla. Pero lo que mas muda me dejaría, fue ver a mi padre llorando abrazado al Dr. Hilaquita al despedirlo. Jamás había visto a dos hombres cincuentones llorar en público con un gemido hondo como de animal herido. Creo que mi viejo había vivido también en prisión esos 5 años que el Dr. Hilaquita estuvo dentro. La tortura, había sido no poder salvarlo, de su propia cojudez de creer en la justicia de “quien no la debe no la teme”.

Ahora en el asiento de la Terminal con los pies ampollados por la larga caminata de todos esos días, pensaba en ese episodio y en como había vivido toda la vida desconfiando de todos como me recomendó el Dr. Hilaquita y sin embargo al conocer a Mariano, no había dudado un instante.

- Laura, ¿estás lista para volver?- me despertó el hombre de la Terminal
- Si, siempre lista- respondí con una sonrisa de última hora.
- ¿En que pensabas? ¿En el chico ese? ¡Vamos! seguro lo encuentran y va a la cárcel por lo que te hizo.
- No, Solo pensaba en los hombres libres que van a prisión sin causa y en los hombres como Mariano que siguen libres a pesar de todo. ¿Me invita un matecito caliente, por favor?

miércoles, octubre 04, 2006

Preámbulo

Ella sintió el polen primaveral cosquilleando en su nariz, como la caricia de un duende. De pronto estaba sola en un café del centro de la ciudad. Ellos la habían dejado sola y apenas si pudo articular palabra para despedirse. Con la frente en alto y la dignidad humillada trató de recordar el camino mas corto al metro, por si tenía que escapar de allí llegada la noche.

Pero eso ahora no importaba mucho, lo único que sentía era ese polen de finales de Septiembre impregnando las lagrimitas que no llegaban a salir y se le cuajaban en el par de ojos negros que ya no miraban a la ciudad ni a la gente que caminaba rápido, ni al mozo sonriente que la trataba de dama en vez de señorita, ni a la sombra de ambos alejándose por uno de los pasajes aledaños, sin voltear a mirar si lloraba o no. Simplemente alejándose en la pantomima de creerla mujer adulta. Ese par de ojos ya no miraban nada mas que el gris de los edificios ante ella, repasando cada grieta como si con eso pudiera recapitular su propia vida.

Saboreó por última vez el café helado con crema de vainilla y la galletita de coco en el platillo blanco y se levantó sin dejar propina al mozo sonriente. Simplemente se alejó de allí, intentando adivinar como la maldecía el mozo, como la maldecía el mundo por dejar de hacer las cosas que son educadamente impuestas sin motivo aparente.

Sobre los botines de cuero marrón equilibraba apenas sus pasos hacia ningún lado con la mirada fija en un punto invisible que la hacía contener los lagrimones de rabia. De esta forma muchas veces ensayada, era imposible dejar caer una gota de melancolía que le estropeara el maquillaje o le empañara los lentes. A decir verdad, no había motivo para llorar. Lo que sentía en la garganta solo era la rabia y la impotencia de cargar con esa jaula que significaba ser la hermana menor, la chica aplicada, la niña buena, a donde quiera que fuera. Como si ella no fuera capaz de hacer lo que se le diera la gana. Como si aun a millas de casa tuviera que conservar esa falsa compostura de las niñas educadas y por tanto tener que ser humillada con bromas de ese calibre, sobre su debilidad de carácter, sobre su condición de mujercita chica que necesita siempre de un hombre.

Hace mucho que se había dado cuenta que el dejar que la protejan a una, es ponerse llave a esa celda terrible que es vivir como mujer común y corriente, siempre con una amiga para ir al baño, con un hombre al lado para ir a lugares peligrosos, con alguien como compañero de viaje…Siempre alguien al lado, porque era mujer y eso la volvía una inválida ante la sociedad civilizada. Alguien imposibilitada de hacer lo que le venga en gana sin rozar con la imagen de ordinaria que tenían las mujeres que andaban por la vida no solas, sino solitarias. ¿Por qué no la sentían capaz de hacer esas cosas? ¿Es que tenia que pasarse el resto de la vida develando sus secretos a otros? ¿Diciéndoles que hace mucho había dejado de ser niña buena, que hace mucho que tomaba autobuses, trenes y aviones sola, que hace mucho no tenia amigas ni a nadie para acompañarla a ninguna parte?

No. No le diría a nadie la verdad de lo que ocurrió en los últimos 3 años. Como había crecido, como a pesar de lo que su apariencia dijera, ella había crecido como un centenar de mujeres por dentro. Que se había cambiado tantas veces el nombre que ya ni recordaba el suyo. Que había estado en tantos lugares y hablado con tanta gente, que hacía tiempo ya no necesitaba de la manito de mamá para salir al lugar que quisiese. Ellos habían insinuado eso, en una frase que sonó a mofa y a la que ella no le pudo exprimir un poquito de sentido del humor, para sonreír diplomáticamente como siempre lo hacía. Esta vez había perdido la buena postura, había asumido el ceño duro, de los que esperan mandar a la mierda a la próxima palabra mal dicha. Se había quedado en la mesa y sin saber que haría luego, les había comunicado que no volvería esa tarde a casa, pues quería caminar…Caminar por la ciudad.

¡Si, claro! Como si eso fuera fácil de hacer. Ahora le dolían los pies sobre los zapatos altos, ahora le incomodaba la falda, ahora le molestaban las miradas sobre su escote. De pronto sintió la imperiosa necesidad de sentarse antes que se le quebraran de una las botas altas y la cara de palo. Antes que estallara en lágrimas en esa ciudad primaveral de finales de Septiembre.

Ya en la banca sintió como poco a poco la boca se le curvaba hacia abajo asumiendo el gesto previo a los grandes llantos, que ella había conocido también en los periodos en que la depresión quiso matarla. Esos tiempos en que llorar era tan fácil, que derramaba lágrimas por la excusa que fuese; pero se dio cuenta que esta vez no había motivo, esto no era nada mas que una rabieta sin desahogar. Así que se pasó la lengua por las paredes de la boca, intentando levantar las mejillas en una sonrisa inventada. Metió la lengua entre los dientes y las mejillas, bajo los labios carnosos, hurgó toda su boca, para que no se le cayera a pedazos y se deshiciera en ese llanto fatal de los que lloran sin saber porqué lo hacen.

Intentó traer saliva a la boca que estaba seca por el mal rato. Cruzó la pierna izquierda, que mostraba un muslo recién depilado y se apretó las manos húmedas en la falda que ahora parecía mas corta que cuando solo caminaba. No era justo llorar por un capricho, arruinar su prestancia, la seguridad que le imprimía estar a solas. Ella no lloraría. Ya había crecido y ya no lloraba tan fácilmente por esas pendejerías de niña fresa. Ni caería en una de esa trampas de rabieta que les ponen a los depresivos, para ver si recaen nuevamente en esos llantos por impotencia que a la larga se transforman en melancolía y finalmente en apatía por la vida y un querer abrazar la muerte.

De pronto lo decidió. Mañana saldría del país, sin ellos. Ya no los necesitaba, podía hacer ese viaje sola. ¿Quién se había creído el mundo para hacerla llorar? Podía largarse el rato que quisiera, peligros habían en todas partes. Una mujer sola viajando con mochila tiene tanto riesgo de ser atacada como una mujer en tacones por la ciudad mas bonita del mundo. Total! En cualquier lugar se muere.

Ahora necesitaba solo un par de zapatos cómodos y una muda de ropa. Algo la llamaba a hacer ese viaje, era algo o alguien más fuerte que ella, quien ahora la empujaba a no llorar y romper su cáscara de maquillaje por las palabras mal dichas de gente que en realidad no le importaba. Ese alguien que aun no conocía, le daba esa fuerza para enrumbar el resto del viaje sola, sin pedirle nada a nadie. Ni humillarse por un poco de ayuda o una indicación de camino corto. Ella ya no necesitaba caminos cortos. Quería caminarse la vida entera.

Laura, se levantó entonces del banquillo sobre el que caían los frutos y el polen del plátano oriental con la parsimonia de la primavera y se dispuso a caminar hasta que el anochecer le hiciera olvidar que era una mujer extraña en una tierra de extraños, pues mañana Laura cumpliría parte de su misión en este mundo.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...