Un sábado cualquiera.

Es sábado y no he salido. No que todos los sábados salga, pero desde que tengo uso de razón he sabido sentirme miserable cuando las cosas no marchan según los estándares de tiempo. Para explicarme mejor, tenía en la mente que cosas ocurrirían en cada etapa de mi vida. Por ejemplo a qué edad daría mi primer beso, cuando iría a un concierto, la fecha en qué terminaría la universidad y el tiempo en que me casaría. No eran tiempos exactos, pero me servían de referencia para controlar el desmadre de una vida tan desordenada.

Era obvio por ejemplo que llegado el verano, yo esperara estar todos los días fuera de casa y empezado marzo la tristeza de ir al colegio. También eran obvios mis sentimientos de miseria que llegada a la universidad muchos sábados en lugar de estar afuera celebrando como cualquier chica veinteañera, tuviera que pasarla estudiando porque se venía un examen pronto.

Mis tiempos ni mis plazos nunca funcionaron. No fue a los 15 que di mi primer beso, ni fue el matrimonio el paso siguiente a terminar la facultad. La vida en lugar de ser un relato de hechos ordenados se transformó en una pila de eventos impensables, en donde los sentimientos de miseria dieron paso a una ansiedad desmesurada, por no saber jamás que pasaría conmigo luego.
El único hilo conductor que quedó de todo esto y al cual me aferro con poca fé, debo decir, fueron los estudios. Sabía que después de acabada medicina, seguiría la residencia, la maestría, el trabajo soñado y algún doctorado. Había algo de continuidad segura en todo eso y sin embargo, caminaba por cada uno de estos peldaños con la alegría que tiene un sentenciado a muerte.

Nunca me han gustado las alturas y debo decir, que siento pánico de subir o bajar cerros, pues no confío mucho en mi capacidad de freno. A veces, imagino mi vida como la ascensión de una montaña en la que cada vez el sendero se hace mas estrecho y arriesgado, no me queda más que seguir yendo hacia arriba aunque la pared rocosa se quede con los restos de mis uñas por tanto aferrarme a no caer al vacío.

Es una visión siniestra la mía, lo sé. Y haría las delicias de un buen psicoanalista, pero por ahora solo tengo de hábito la escritura y el espacio libre de los sábados para dedicarme a estos pequeños encierros.
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