martes, mayo 04, 2010

Para el Lector:

Pienso que con el pasar del tiempo me olvidarás como yo a ti. Nuestra relación no ha sido fácil, mucho ruido y pocas nueces, mucho escrito y poca acción. No sé cómo me descubriste ni yo como llegue a ti, pero mira ya van pasando cinco años y yo a escondidas y con un nombre diferente te voy contado lo que pasa en mi vida.

No he perdido la esperanza en regalarte un libro, uno mío, con mi nombre. Tal vez tu tampoco, pero cada vez es menos el ahínco que nace en mí, y cada vez menos tu constancia para mis escritos. Me admira la lealtad de los que aun siguen, aunque me pregunto cuánto de morbo debe haber en un hombre para seguir frecuentando el diario electrónico de una mujer de treinta.
Yo he crecido, aunque más en medidas que en cordura. Antes, cuando me conociste hacía muchas locuras y cosas de persona depresiva. Escribí mucho más de lo que hice, aunque no olvido que somos lo que pensamos y si es así yo he sido no sólo mezquina, sino también lasciva y suicida.

Suicida en un sentido más amplio del que conoces. Suicida en los pequeños actos amorales que van acabando con uno, con la personalidad antigua que da paso a otras, unas más frágiles u otras más fuertes, hasta que el Yo termina imponiéndose sobre el alter ego, el súper yo y toda esa ensalada rusa de pronombres que utilizan los psiquiatras para explicarnos que somos un hombre y una bestia bajo la misma cubierta en una lucha sempiterna de victorias a medias.

Yo he matado varias veces las personalidades más débiles que surgieran entonces, a la depresiva, a la cínica, o a la voyerista. Como todo aprendiz de asesino, he tenido que asestar varios golpes inútiles antes del martillazo final, pero creo que lo he conseguido. No necesité irme a la India para hallar la espiritualidad de mi personaje. Pero al menos descubrí a la persona que existía detrás de todas ellas.

Te hablé muchas veces de los hombres que amé, pero debo admitirlo, no amé casi a ninguno. De eso me di cuenta hace poco, cuando terminé por aceptar que elegí conscientemente a las parejas que sabía no serían jamás para un futuro. Me gustó ser la víctima, pues como todas las mujeres adoro el drama y la incertidumbre de un final feliz y una buena venganza hasta el último capítulo. Pero también me terminó por aburrir eso y comencé a escribirte cuentos. No sé cuales te gustaron más, aunque yo los amé todos.

Me hubiera gustado que los ames también, pues soy muy buena para mentir mientras digo la verdad a gritos. Soy buena escribiendo historias, jamás tan real como cuando te las cuento. Hoy te escribo en primera persona, no porque te extrañe, sino porque hace mucho tiempo no hablábamos. Tú y yo, sobre estas cosas. Sé que me he estado escabullendo del tema, pero la verdad pensé que no volvería a escribirte, he intentado ser profesional, ¿sabes? Dejar de escribir, de contar mis cosas; pero no puedo. No puedo sola, amo esto, escribirte, dejar un testimonio de que soy y estoy.

Tal vez es parte de mi ego o de mi alter ego o qué sé yo. No estoy en un país para psicoanalistas, estoy en un lugar en donde un blog es el mejor terreno para matar a los demonios internos y yo lo hago aquí a veces, como una diversión sin culpas. Como la única manera de definirme cuando estoy confusa, como hoy por ejemplo. Como siempre.

El Cigarrillo

Últimamente he estado fumando. No a solas, sino en reuniones y las reuniones se han dado a menudo. No he fumado, si es que te lo preguntas, por tomar una postura interesante o fingir quien no soy. He fumado como lo hacía desde la universidad cuando me sentía inexplicablemente sola caminando bajo una lluvia tenue.

Me pasa como a muchos, que suelo sentirme sola en las reuniones, abandonada allí como un náufrago a la deriva, sin muchas opciones de salvamento. No es que no ría, hable o haga bromas, sino, que jamás como en las reuniones de mucha gente, suelo ser consciente de lo muy diferente que soy yo de la personalidad que muestro a diario.

La última de todas fue especialmente insoportable, había licor como para intoxicarnos por un buen tiempo y habían ido más personas de lo habitual. La música era desconsolablemente metálica y mi estómago llevaba ya un buen tiempo con ganas de botar fuera de sí, la comida grasosa que habían comprado para la ocasión. Como es habitual en las reuniones del trabajo todos hablaban de medicina y de las anécdotas del hospital, muchas de las cuales ya me conocía. Yo intervenía a veces pero sin mucho ánimo. Bebía del vino con algo de asco y lo único que hacía mas tolerable mi desespero era la esperanza de que algo pasara, de que cambiaran la música, de que alguien llegara. Nada de esto ocurría obviamente y me aferraba al cigarro con el ahínco de los presidiarios.

Recuerdo que salía con un fumador pesado. Al irse él de casa tenía que vaciar los más improvisados ceniceros llenos de colillas de cigarro que terminaban apestando la pieza entera. Jamás fumé delante suyo, pues en Lima rara vez llovía y si me sentía sola habían placeres menos tóxicos para prodigarme abrigo. Una de esas veces recuerdo haber probado de su cigarrillo y eliminado el humo luego, mientras sentía la paz que daba ese calorcillo alquitranado dentro del pecho.
Él me lo quitó de la mano y me pidió que ya no lo hiciera, me explicó que era claro que yo al igual que muchas mujeres no sabía cómo fumar y él detestaba la imagen de un cigarrillo echado a perder. Aunque con cierto dolor dejé el cigarrillo y le di la razón pues su apreciación aunque sonara machista tenía mucho de lógica. No había peor cosa que atestiguar el mal uso de nuestras pasiones y hobbies más íntimos. A él no le gustaba que yo fumara ni a mí que él escribiera, aunque nunca surgió la oportunidad correcta para decírselo.

A uno de mis amigos le gusta ver a las mujeres fumar creo que le excita, debe tener un morbo especial para él que una chica coja el cigarro que él le ofrece. A medida que lo conozco he descubierto que le excitan precisamente las cosas que más rechaza. Lleva a diario un doble discurso sobre la libertad femenina, que a veces me lleva a odiarlo y otras a tenerle lástima. Le gusta ver pechos y a las mujeres desnudas, sin embargo deja entrever que todas las mujeres que les guste mostrar “el material” es porque son bien putas. Le agrada la idea de hacer trampa, pero rechaza la idea de que su novia sea una tramposa. Le parece bien que haya nudismo en las playas de Miami, pero lapidaría a cualquier conocida compatriota que hiciera lo mismo.

Mientras acepto uno de sus cigarros, yo me burlo de él diciéndole que tiene toda la psicología de una tapada limeña. Me pregunto si yo también la tengo, al fin y al cabo a mí no me gusta fumar y decido hacerlo, no por ese vicio que tienen los verdaderos fumadores, sino porque en reuniones como esa en la que todo el mundo parece llevar un disfraz diferente, yo puedo protegerme estando a solas con el humo de mi amigo imaginario.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...