viernes, mayo 21, 2010

El desayuno de la Srta. Y

Meses después de conocer a CF mis gustos cambiaron. Ahora disfrutaba enormemente del jamón con huevos revueltos y el café negro, del jugo de melón helado y del pan caliente por la mañana. Incluso cambié aquellos caprichos culinarios a la hora del desayuno, en lugar del tradicional ponche de huevo y canela que coronaba anualmente todos mis cumpleaños. Yo pedía que todos en mi familia comieran huevos revueltos y todos disfrutaran del jugo de melón que tanto me recordaba a CF, a mi antigua vida, a mi fantástica vida de vacaciones eternas.

Porque la vida se dividió para mi entonces, como pre CF y post CF. Una suerte de crecimiento interior, de madurez emocional, de desastre épico había comenzado a forjarse a raíz de mi reciente estreno de músculo cardiaco. Por fin el amor servía y sabía lo que era. Había un órgano que palpitaba en el pecho ferozmente, había alguna utilidad para estar viva y eso me llevaba a caminar a dos palmos del piso, flotando entre el recuerdo y el anhelo.

La era pre CF no había sido mala, pero yo me identificaba más con los desayunos repletos de colesterol a su lado, que con mis magros panes con aceitunas verdes y té dulce de las 7 am. Me agradaban mas esos opulentos desayunos de media mañana antes que cerraran la cafetería del hotel, porque claro en ese tiempo pasábamos los días en hoteles de lujo a los que yo solo volvería a entrar como participante de algún congreso médico. Me agradaba más disfrutar de las mañanas que de las tardes, porque no hay nada más fantástico que una mañana para ti sola, para disfrutar como despunta el día, para lavarte el cabello sin prisas, para salir de compras, para engreírte. Para pasarla al lado de la persona que amas.

El resto de la vida durante esa época sólo era realidad y la realidad no me gustaba. Por eso tan trágica la era post CF. No sólo era darse cuenta que lo nuestro había perdido su oportunidad. Era que mi vida se había borrado de plano. Durante los meses ¿años? De amar a CF mi vida “real” era vivida de una forma extraña y crepuscular, de la cual no era plenamente consciente. Tal como el que se va a arrojar a una piscina, apenas si toma conciencia del trampolín bajo sus pies, absorto como está en lo azul y profundo de las aguas enfrente suyo, yo no me tomaba el trabajo de repasar mi realidad, mi circunstancia, mi tiempo al lado de los míos. Vivía continuamente en ese hilo de fantasía que me hacía volver a su lado, estar a su lado, respirar a su lado. No importaba trabajo, familia, futuro. Con él yo era y punto.

Mi tiempo no era tiempo, esa es una palabra que sólo aparecía cuando estábamos de nuevo juntos. Sólo entonces para mí corría el tiempo verdadero, como si hasta ese momento yo hubiera estado fragmentada en varias personas que no era: La hija, la alumna, la profesional, la mocosa. El mundo antes era un caos en donde no discernía comienzo ni fin, el porqué de las cosas, el ritmo que llevaba el mundo. Sólo cuando volvíamos a vernos, tenía la conciencia de que todo estaba bien. Yo era real, él era real. Aunque todo, claro, por momentos haya adoptado sólo los colores de la fantasía.


Hace poco les comenté a mis padres, algo que casi los lleva a revolcarse de la risa. “Quiero comprar una parcela” dije, “un campo donde podamos ir a tomar desayuno”. Debió resultarles rara y de lo más cómica esta confesión viniendo de una hija, que apenas si gusta de las labores de campo, que apenas si baja del auto cuando la llevan a la revisión de los terrenos, que apenas si sabe distinguir la época de cosecha de la siembra. Yo quería una parcela y no como es natural en la cabeza de mis padres, para cultivarla y hacerla producir, yo solo quería un pedazo de tierra en donde poner una mesa al aire libre y desayunar el café de la mañana bajo algún árbol perfumado. Así de irreal es mi idea de la vida. Y eso obvio, les causaba mucha gracia.

En casa alguna vez lo habíamos hecho bajo las parras del patio, pero no era lo mismo, a mi me apasionaba el deseo de desayunar mirando hacia campos infinitos, imaginaba mi vejez, el fin de mis días, no sólo el diario deber de ir a trabajar como un obrero al hospital cada mañana.
Por primera vez, mi deseo no era morir frente al mar, sino en mitad del campo.
Y hablo de morir, porque había comprendido de repente que tal vez muriera sola y que no quería terminar mis días desayunando en un departamento, en una casa, o en un hotel; sino en algo más natural y más cercano al yo desmitificado de la era post CF.

Porque yo también me había transformado. En el crecimiento que experimenté posterior al rompimiento del amor, había comenzado a gustar de cosas menos citadinas y elaboradas. La ciudad era un campo salvaje donde ya no me sentía a gusto, sino más bien una víctima de absurdas ambiciones, una esclava del consumismo y el vil dinero. Hubiera preferido volver a algo más natural, aunque los campos cultivados propiedad de la familia tampoco eran una opción real en mi cabeza. No planeaba volver a eso que jamás había sentido mío, que para mí era tan bizarro como bajar del auto toda yo perfumada para ver a la pionada trabajando.

La vida de la era post CF ya no había tenido nunca más sabrosos desayunos, ni jugos en la bañera, tampoco los helados en la cama a mitad de la madrugada. La vida después de él me había sumado en la miseria de la mujer común que para comer algo tiene que servírselo ella misma. Ganárselo ella misma, conseguirlo ella misma.
El amor de la era post CF no fue amor, fue experimentar toda la dolorosa realidad a la que me había negado a mis 23. Que los hombres tenían problemas, que no eran la fuente de protección y seguridad que yo buscaba, sino más bien huecos profundos de dudas, de confusiones, víctimas de su circunstancia, de sus debilidades y vicios.

Aunque intentaba dar el rol de mujer, apenas si tenía que fingir el de madre o el de amiga íntima escuchando sus más míseras confesiones en la intimidad del amor. El sexo ya no era un acto liberador, sino más bien una farsa. Parte de una rutina establecida, como la de un actor, o un mimo. Algo necesario mas no placentero, más parecido al pan con aceitunas y al té dulce.
Los desayunos se habían acabado y mis gustos volvieron a cambiar. Tomar café parada y a la corrida. Desayunos fríos de cereal y yogurt; agua o alguna fruta que encontrara en la nevera eran los compañeros tristes de una jornada que empezaba gris a las 6 de la mañana.

Sueño con tener una parcela, de límites floridos como las he visto saliendo de Santiago. Esas que recuerdo en una nebulosa como si hubiera vivido esa experiencia más en la infancia que en la edad adulta. De pronto y sin proponérmelo he empezado a hacer los planes para mi vejez, una vejez que no me parece mala si va acompañada, de algunos libros y unas películas. Una vejez que imagino viviéndola sola.

A veces la hora del desayuno puede definir todo un día, una jornada, incluso una vida. Supongo que para esa época me estarán prohibidos esos riesgos de salud como los huevos revueltos y el jamón, mi corazón no podría resistirlos. Y hablo de mi corazón ese compañero pulsátil y cansado que ha caminado en pos del amor tantas veces sin lograr volver a rozarlo. ¿Cuánto más cambiarán mis gustos en ese ínterin? ¿Cuántas mañanas más tendré que vivir antes de despertar para el último día?

martes, mayo 18, 2010

Absurdo Tratado sobre el Amor y otras quimeras

Escribiré aquí para no cometer la falta de delicadeza de escribirle de nuevo. No es porque aquí me sienta menos juzgada o más escuchada, pero necesitaba dejarlo por escrito. Esta será una carta larga así que te pido por favor que tomes asiento.

Escribí sobre la pasión hace unos minutos y aunque me gustaría decirte que mi estado ansioso actual es porque me siento toda yo una mujer apasionada, es tal vez algo más intenso e incierto lo que me mueve a escribir hoy. Escribir para una sola persona, que pérdida de tiempo dirás. ¿Acaso no todos deseamos escribir para un público maravillado que nos acepte?¿ Esa pretensión de plasmar nuestras vidas en pequeños cuentos, en embriones novelescos, no es acaso lo que mueve a la mayoría de locos que nos creemos escritores? No daré falso aspecto de humildad, pues desde que tengo uso de razón he escrito y me siento escritora aun sin haber publicado nada.
Estaba pensando pues, en esa pretensión de querer ser leídos, que alguien atestigüe así un pedazo de nuestra existencia, o toda porqué no? Esa ambición de tener a alguien de testigo para aceptarte u opinar o simplemente verte, ver esas ideas que copiosas chorrean por cascadas eternas y ríos revueltos dentro de tu cráneo...Esas ideas a veces pasajeras, imposibles, esos pensamientos que parecen que reunieran toda la verdad del universo y al minuto siguiente se mostraran ante ti como una mentira más, una mentira que se viste de palabras y embrujos.


¡Cuán difícil es ser visto! No como nos ven todos, sino visto, sin el disfraz usual que mostramos a diario, que nos mostramos a nosotros mismos. ¿No es esa carencia de testigos, la que nos mueve en al búsqueda del amor? O más bien ¿es la búsqueda de este el fiel reflejo de todo escritor?

Me siento una víctima continua de la pasión, del romanticismo, de esas sensaciones cursis que hacen que las mujeres nos arrojemos a los brazos más extraños en la búsqueda de un amor que arrebate y enloquezca. Casi lo he conseguido. Bueno, por lo menos en los cuentos. He amado mas que nadie, pues he experimentado en la vida de muchos de mis personajes las historias tortuosas de los amores que no son o que no llegan a darse. Una mirada extraviada, un roce de manos, una coincidencia de horarios, con personas que jamás volveré a ver, han sido los detonantes de tremendos historias que confundo en la línea insana de la realidad y del sueño.


Me da miedo sentir que no he sido leal al amor. Fiel he sido, más no leal.

¿No es leal ir detrás de la persona amada sin importar nada de nada? ¿la circunstancia, la lógica, la cordura? Yo a pesar de haber volado por las nubes, he mantenido sujetos ambos pies a la tierra y eso me ha perdido. Mi historia es la de muchas personas y aunque no la haya contado antes, supongo que se vislumbra. Esa historia de un amor roto a la mitad, que se deja ir sin esfuerzo pensando que volverá a ti si es verdadero.
Pero el amor como toda energía solo vuelve transformado en otra cosa, distinta del recuerdo que atesorabas, a veces solo como una sensación mas frágil, mas tibia, incluso mas parecida al calor familiar que a la pasión verdadera. A la pasión inicial que te hace cruzar ríos y subir montañas, un nuevo sentimiento que en su mediocridad de ambiciones de futuro te hace mal, te destruye.

Ya no te reconoces como la chica de ayer, ni como la mujer que pudiste ser, sino solo como un fantasma, un recuerdo, sin forma ni coyunturas, un espectro de ti mismo, de lo que deseabas ser, con ese alguien del que deseabas ser.

Hablaba de que te vean y también de mostrarse, esa sensación de comodidad que sientes con la persona elegida. Esa emoción de sentirse encontrado, a salvo. Reunirte en la paz de su abrazo como cuando se vuelve a casa. Sin necesidad de cambiarse de atuendo, ni arreglarse el pelo, ni fingir sonrisas o maquillaje perfecto. Esto es, simplemente acogido.


Sin embargo esa sensación es engañosa y ladina a la vez, ¿cuántas parejas no han parecido ser la elegida en el camino del amor? A veces, la simple coincidencia de gustos es suficiente factor como para sentirte cómoda ¿Pero cuánto dura esa comodidad? Recuerdo de un joven con el que gusté mucho, jamás tan cómoda como cuando oía su música y sin embargo al apagarse el sonido de las letras que ambos compartíamos, no había nada para decirnos, nada real. Nada que convenciera mi ego ni el suyo. Eramos dos extraños que gustaban de las mismas cosas, nada más.

¿Qué es el amor entonces?

Y esta noche no pretendo explicarme tremenda interrogante, sino más bien, calmar mi ansiedad hablando un poco alrededor de esa quimera. Mostrándome un poco para no caer en la más completa locura. En ese arrebato de pasión que me haga tomar el teléfono o el teclado y tratar de comunicarme como por una estación espacial con aquella única persona que me hace bien. Que me hace sentir que el océano oscuro en el que me muevo a menudo se transforma en un mar en calma, pacífico y esmaltado de colores brillantes.

¡Qué miedo sentir eso de nuevo!

¡que miedo declinar a la fantasía de los enamorados, contemplarse al borde del abismo antes de desplegar las alas o estrellarse por completo en las rocas! ¿Cuántas veces no he estado ya en la misma situación? Que terror el querer entregarme, que terror. Prefiero seguir escribiendo.


Durante estos últimos años, esa pasión ha sido calmada por llamadas espaciadas, por misivas cortas, por largas lagunas de olvido. Así es mejor, pienso yo. Así me siento a salvo y no cometo una locura. Dar el primer paso en esa loca danza, en donde no sabes si llevarás o no el compás, es algo que me sobrecoge por completo. He dado largas a este sentimiento, como a un libro que temes leer por miedo al tiempo que te quite hacerlo, “el tiempo real” ese tiempo tangible, de horarios y obligaciones que nos escalaviza a menudo.

He dilatado lo más que he podido este momento, adornando con mil peros de lógica y buena cordura lo inútil de esta fantasía, abandonándola a mi olvido como tantas otras. Como el hecho de volver a escribir o volver a viajar o volver a enamorarme. Porque, vamos ¿quién no ha visto la señal del destino en el frenesí de una coincidencia?
Y hoy, precisamente hoy no sé si será la soledad o un montón de excusas que iré inventando en el camino para disculparme el arrebato, esta sensación sobrecogedora me ha apuntado de pronto como un misil que me ha encendido por completo, que no me deja comer, dormir, ni pensar cuerdamente. Que me hace saltar los muros de lo ya planeado, de mi mundo real con Lima gris y música triste, para atravesar llanuras opulentas de luz y fantasía.

Es cruel sentirse así y no poder compartirlo. Más bien, querer compartirlo y sentirse ridícula, extraña, fuera de sitio. Me siento como si tuviera 15 años, ya se lo he dicho y no quiero volver a decirlo. Así que me aclararé aquí la incertidumbre, asi como me he aclarado todas las veces, ésta es mi plaza de toros, mi campo de batalla, aquí extiendo mis pensamientos, que explotarían a mi paso como minas antipersonales, destruyéndome, llevándome por los aires, si es que cometiera los arrebatos de la pasión. De esa pasión desmedida, que no reconozco como la falta de sexo, de amor o caricias, que al fin y al cabo podría inventármelas todas con alguna persona pasajera para sentirme viva por un instante.

Pero ese no creo que sea el problema.


El problema es la soledad eterna de una persona que vaga por el mundo, sintiéndose extraviada, frágil, incomprendida. Una persona que para coincidir con los otros ha debido vestirse siempre de un traje diferente, diciendo en voz alta argumentos y líneas en las que no cree en absoluto, pero que un día y sin proponérselo al caer el telón, en esa soledad que queda cuando el público se ha ido, siente que es vista, sin maquillaje, sin ropas extravagantes, ni un discurso a mano, nada más que ella agazapada tras escena, sin un nombre que la identifique y aun así

HA SIDO VISTA .

¡Qué sensación febril, e increíble! esa droga de ser contemplada, así salvaje sin que le hagan ascos ni le pidan nada que no puede ser. Sin la mueca de desprecio que en su mente infantil ha imaginado que sucedería. No puede llamar amor a esa sensación, ni pasión, no puede rotularla simplemente, porque la acaba de llevar por los aires, porque no conoce que es ese sentimiento que ahora la hará sentirse miserable cada vez que finja ser quien no es, cada vez que salga de casa y diga cosas para encajar con el resto.

Esa sola mirada, luminosa mirada, la ha cogido como la luz del reflector que esperaba, le ha hecho olvidar el libreto que continuaba en esa vida gris que ha elegido a regañadientes. Todo se ha trastocado, de pronto la ciudad es opulenta y vistosa, de pronto las cosas mas pequeñas importan y cada coincidencia tiene un motivo, es un paso que abre paso al destino.

Su destino.

Qué cursi me he puesto, intentando explicarlo. Ese reflector sobre mi se ha encendido en varias ocasiones después de la primera vez, solo entonces he sentido que soy real, humana y que aun asi no me importa no ser perfecta. He resistido la oscuridad de los intermedios, las sombras, las dudas. En esa noche que sigue a la luz cegadora, he vestido los ropajes mas tétricos intentando parecerme a mi entorno. He podido seguir viendo así hasta hoy, pero esta ansiedad de la espera, esta ansiedad que he llamado pasión porque ya no sé cómo llamarla, esta noche ha acabado conmigo y me ha hecho volver a escribir, vencer el miedo de volver a hacerlo, de salir a la plaza y decir, estoy aquí, soy yo, es esto lo que pienso.

Aunque ese discurso se haya vuelto tan absurdo como los que me antecedieron. Tan inútil, tan inútil...

La pasión

Crece como una sombra la pasión, crece subrepticia, ajada entre los pliegues de la duda intentando liberarse. La pasión me devora, me vuelve ansiosa, irascible, en un desespero tal por llegar a su fin como a su comienzo. La pasión me absorbe, me conmueve, me desaparece.
Me ha hecho caminar entre nubes hoy, asi como morir de a pocos, la vida hecha jirones, la presión del tiempo, del espacio, todos son obstáculos que desaparecen a su paso.

La pasión me transforma, me hace frágil como un lirio que se marchita sobre su propio tallo delgado
No he hecho otra cosa que esperarla, a ella a la pasión, he dormido poco y he soñado mucho. He caminado pensando en ese embrujo que me hace que vuelva una y otra vez a tocar con la punta de los dedos los personajes íntimos y ocultos de los que estoy hecha.

Eso hace la pasión, que me difumine en sombras y luces, como la línea tenue que separa el atardecer o el nuevo día. Una línea invisible de tiempo en la que demoro en saber si es vida lo que esta ante mi o es el umbral de la muerte, simple y pura agonía.
Ese silencio del amanecer, ese grito del ocaso, eso es la pasión, algo que me sorprende y me atrapa, ese estado de confusión molesto y agradable a la vez, un vahido de gozo, una droga. Algo que te empuja a caminar entre la gente o que te tumba en la cama a acariciarte toda.

Que sería de la pasión sin un objetivo, apenas ansiedad, una sensación vana y vacía, un estado de miedo que paraliza y destruye. Pero la pasión, siempre sabe como un misil hacia que va dirigida, ese algo que hace que tu mundo se desplome, que la parafernalia usual, las caretas, el circo que montas a diario se desbarate y de paso a un solo estado salvaje y natural, algo sediento que te consume y sublima. Eso es la pasión.

Ay de la pasión escribes, ay de la pasión respondo!

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...