Al despertar

De las vacaciones, me quedó la mala costumbre de no tener que bañarme al empezar el día y de usar algo de la ropa del pijama para salir a la calle. de no arreglarme, de no peinarme, de no maquillarme. En suma de no intentar parecer bonita para nadie.
Y de dormir mucho. demasiado.
Duermo casi 16 horas al día, despierto y preferiría seguir durmiendo, tanto que me he planteado entre sueños todas las hipótesis de enfermedad crónica que puedan estar afectando mi estado de vigilia, desde la anemia severa, hasta la depresión mayor, pasando por el enamoramiento.

Pero un minuto! Esa parece ser la razón menos probable.

De las vacaciones me ha quedado el gusto por no hacer nada. Por darme cuenta que no es el trabajo algo natural, sino un castigo. Que es un yugo el obtner dinero, para amasar más dinero, para pagar cuentas y alcanzar metas que tampoco nos vuelven felices.

recapacito con la almohada en la cabeza, sobre las cosas que me hacía feliz, no sé por donde empezar. Todo era tan simple. Sin embargo dos semans viviendo en la simpleza, de comer, dormir, ir a la playa no han sido suficientes. Parece que necesitara de algo que me sacudiera, de un objeto que de sentido a la existencia.
Volví a Lima ayer, la vorágine de la ciudad caótica y sólos entí más sueño, pocas ganas de visitar a nadie, poco ánimo de conocer a nadie.

Suena a desánimo lo que digo, pero es mediodía y acabo de despertar. He vuelto a leer el mismo libro que leo cada año, ese que parece folletín, que no califica para novela corta. Ese, ese.
Me doy cuenta que me hace feliz leer, me hece muy feliz el cine y me hace muy feliz hablar.
A comer, le he perdido el gusto real, porque mi hambre se ha vuelto una necesidad más que un placer.
Como para estar despierta, porque me despiertan para comer, para ir a almorzar, para cenar algo.
Los intermedios duermo. Me lo merezco dicen, digo.
Tal vez es cierto,
todos nos merecemos dormir y soñar un poco,
cuando el mundo real nos ataca a diario, cuando tienes que enfrentarte a cosas que no quisieras.

Sí, sería buena idea la del cómic de Laura Martillo enfrentándose a diario a la muerte y perdiendo la batalla muchas veces, esa es mi vida. La que me deprime, la que me hace recapacitar que es un milagro estar sobre mis dos piernas, poder pensar y comer e incluso dormir sin tener un monitor al lado, sin ser un paciente, una víctima de la enfermedad y por lo tanto de la muerte. ¿No sería una buena historieta? ¿Acaso cada drama no tiene algo de cómico?

Ni siquiera han terminado als vacaciones y debo armar maletas para un viaje anticipadamente planeado. Sin embargo la casa se cae a pedazos y la ropa está como mi vida tirada por todas partes y yo sin ánimo de arreglar nada.
Si tuviera el valor de vivir sin dinero, lo haría. Si tuviera el valor de no volver a trabajar, decicidiría. Sin embargo, y siempre hay un sin embargo, no puedo. Porque la vida real, me obliga a caminar derecho y a hacer las cosas que debo, con horarios, de salidas y llegadas. Con un reloj de pulsera y con un celular al que no llegan las llamadas que deseo.

La vida real es tan patética, que debe ser esa la causa por la que deseo seguir durmiendo y soñando, aunque a veces los sueños se tornen para mí en una pasmosa realidad de pesadilla.

Estoy en un punto tan esperado desde hace 30 años, en ese punto en que debes decidir tenerlo todo- así no lo quieras- o no tener absolutamente nada, vivir miserablemente al no hacer nada, feliz en la soledad del ermitaño que no desea ver a nadie, del que se refugia tras una pantalla de computador, para armar historias que no publica. Esa soledad del vencido. Del que nada busca, del tímido, del diferente.
Hace 30 años estoy esperando el momento de decir ya basta.
Pero no lo haré,
sé que de todos los sueños se despierta
y mi vida como la de muchos otros, volverá a su curso
antes de decidir ser cambiada.
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