sábado, marzo 07, 2026

Que me conozcas, dices

 A veces quiero que me conozcan. Quiero acercarme, lanzar una cuerda y decir aquí estoy, esta soy yo. Esto es lo que soy. Lo que he aprendido de mi, luego me da pereza. Hay cuerpos tibios que duermen a mi lado en mis recuerdos y callan secretos como yo sobre sus vidas previas, sobre lo que sueñan. Uno me ha dicho: “Temo que nunca halle la compañera de mis sueños” y he sentido pena por el, es solo un niño en una tremenda  envoltura de hombre que envejece solo.  Lo he dejado allí con sus cavilaciones y su colección de vinilos, esperando la princesa que lo rescate de su tedio. Todos en la vida estamos tan solos y no sabemos como acercarnos con cuidado a los otros.


Miro el mar y siento que no he dejado de ser la misma niña que ocultaba sus piernas bajo la arena para que el sol no quemara tanto. A la que los pelos le quedaban secos del agua salada y los ojos enrojecidos de tanto bañarse en aquella agua helada de los mares del sur. No hay mar como ese, lo compruebo zambulléndome con mi hermana una ola tras otra, la piel queda electrizada, los hombros tan vivos y ardientes de esa agua tan fría y azulada que una apenas se da cuenta que seguimos aquí vivas y eternas. Por eso reímos. Saltamos otra ola y reímos. No hay nada mejor que eso.  He viajado por todas las playas del mundo, por el caribe y por Asia, los océanos mas bonitos y de mares mas calmos con aguas celestes  turquesa y aquellas de color esmeralda, tibias y calientes algunas, pero ninguna me ha dado ese sabor de infancia, ese dolor helado entre las escapulas  que te congela el rostro y los muslos, ese frío que te despierta al saltar sobre la ola y sumergirte bien al fondo. No he conocido ese despertar en ningún otro mar como en casa. Esa  fría electricidad que va desde la punta de los cabellos hasta la última uña y que te susurra al oído: Estás viva, estás viva!


Ninguna de las personas que he amado ha amado el mar tanto como yo, les gusta mirarlo si, pero no correr hacia el. Hay una libertad que no se entiende si no estás mirando en la orilla como muere el sol allí  o como va el ritmo de las olas. No te sientes sola. Te sientes suficiente. Al otro lado del mundo hay gente muriendo en este preciso instante y yo tengo el regalo de ver una ola naciendo por primera vez. Es surreal, se lo digo a mi padre aunque poco me entienda ya.  Pero el mar nos une en su silencioso vaivén. Hay un lenguaje que no necesita de palabras, veo los ojos de mi padre perderse en el horizonte, hay palabras que ya no puede decir pero se leen perfectamente. Hemos estado tantas veces en ese mismo lugar, que no se necesita decir nada para estar bien. 

 Quizá hay algo de misticismo en esa contemplación, quizás por eso me siento mejor cuando recorro pueblos pequeños y villas de gente sencilla que en grandes metrópolis. Esa gente que vive en los edificios altos y rodeados de concreto han perdido la conexión con todo lo que existe, miran el móvil, miran sus cuentas de ahorro, miran el reloj, abrazan el tiempo. Y me cuentan de sus logros y ambiciones y siento que quizás yo no tengo ninguna mas que aprender a hablar con la gente, saber reír en muchas lenguas y caminar sin dolor. Hay algo que ha cambiado en mi, poco a poco, o que siempre estuvo allí pero no le di importancia. Lo descubro cuando estoy en casa, en familia, cuando retozo a medianoche con mi hermana sin mosquitero disponible contándonos historias de los abuelos y vecinos que no conozco, riendo de nuestro pasado, mas enrevesado que cualquier casa de los espíritus. Entonces me descubro, soy del ADN de esas personas sencillas que se estremecen ante el relato de un duende, que tienen curiosidad por lo que dictan las estrellas y el tiempo de las cosechas. El resto es un disfraz, una ambición pasajera. Mi familia como muchas otras perecerá en el olvido pero yo me aferro a amarla mientras estemos juntos porque es lo único que conozco un poco mejor que el resto.


Qué habré significado yo en la vida de los otros? Para cada persona que se cruzó conmigo apenas habré sido una anécdota o una broma. A veces bonita y a veces fea. Me recuerdo a mi misma mucho antes de saber leer y escribir, aferrada a la reja de calle viendo a los niños pasar al colegio burlándose de mi cara o de lo que parecía un encierro. Yo viendo desde mi paraíso escondido el mundo exterior, todo lo que conocía estaba tras esas rejas y esas plantas.  No lograba entender porque yo les parecía algo feo, porque mi aspecto no era el de alguien con quien quisieran bromear o invitar a jugar? Que tenían mis ojos o mi boca? Por qué la gente maltrata a los que están del otro lado? He pasado años viajando y conociendo cientos de personas sin hacer vínculos fuertes, mi familia piensa que tengo un millón de amigos, pero me siento tan sola como siempre. Nadie me conoce realmente y yo no he llegado a conocer en profundidad a nadie, pero me dan curiosidad sus vidas, su contexto, sus por qués, la razón de la paz y la guerra. No me canso de caminar hacia los otros, aunque los otros no quieren quedarse o acercarse. Ese es el motivo de mi vida, quizá mi destino si era ser médico, pero no porque quisiera curar o sanarlos,  sino porque deseaba escucharlos. A todos. Aunque ellos jamás me preguntaran cual era mi verdadero sufrimiento. 

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