jueves, septiembre 13, 2012

El Hombre Finito 2: Laura


Me agrada la amistad que surge entre la gente ebria, ese ánimo achispado de la gente que lleva alcohol en las venas, esa repentina amabilidad que les surge en los rostros, esas ganas de abrazarte y sonreírte como si fuera acaso,  el festejo del último día del año. Usualmente la gente no brinda esa confianza, no me invita un cigarrillo, ni comparte una historia sino está entre copas. La gente desde que era niño siempre me ha visto de forma huraña y con mirada desconfiada, con una actitud hostil que me ha hecho sentirme incómodo con mi propio aspecto e inseguro de cada gesto que llevo a cabo. Pero con el alcohol la gente se vuelve distinta, la gente se relaja, se abre al mundo y es feliz;  es en ese momento que yo soy feliz con ellos.

Desde que me diagnosticaron de mi bomba cerebral, comencé a frecuentar cada vez más los bares y mucho más aquellos que contaban con salones de baile. Descubrí que la gente dada a bailar es más permeable a compartir experiencias con otras personas que aquellas que se sientan a beber y hablar de si mismos y yo no quería hablar de mi mismo, ni de mis penas. No tenia tiempo de quejarme de mi vida, ni de estar triste, yo quería vivir todo lo que pudiera.
De aquellos sitios para bailar, descubrí que los mejores eran las discotecas para extranjeros. Los extranjeros tienen el doble de felicidad que el resto porque tienen esa felicidad de turista, del que solo está de paso y cualquier experiencia, incluso siendo ésta mala, la atesorarán para siempre. La gente que rodea a los turistas también está el doble de feliz haciendo cosas locas de las cuales mas nadie tendrá registro. Para todos en aquellos bares es nuestro último día en la ciudad y por lo tanto, nuestro último recuerdo perfecto.
Mi horario es el de después de medianoche, cuando las bandas ya están tocando las canciones más movidas y los tipos se han quitado las chaquetas y se saludan entre sí tragos en mano, las mujeres ya han tomado varias copas luciendo mejillas coloradas y tops descubiertos y la gente va entrando en grupos hasta llenar los locales de una mezcla de diversos perfumes y cigarrillos. 

Desde lo del aneurisma, suelo apreciar con mucha mayor intensidad los olores,  y hay una hora en que la gente aún permanece prolija con la fragancia y el shampoo del día emanando de ellos y  sus bocas exhalan solo risas diáfanas de menta. Hay una hora perfecta en donde todo es solo alegría y las mandíbulas están laxas con sonrisas de gestos coquetos. Yo disfruto esa hora, esa es mi hora de observación del universo. Porque para mí el universo no está compuesto de estrellas ni de cometas, ni de árboles gigantes, para mí el universo son todas esas personas vibrando allá afuera, que desconocen que su tiempo está por acabarse quizá esta misma noche y que son poseedoras de una eternidad inconmensurable y perfecta, ya sea porque están enamoradas, porque crearán una familia, porque serán padres o abuelos y perduraran así físicamente a través de otros.
Lo sé, parezco un loco observando a la gente, pero cerveza en mano voy agitándome yo también, camino entre ellos, haciendo grupos, bailando, riendo, besando y no me resulta difícil ligar y amar. Pasar varias noches con mujeres diferentes, de colores y lenguajes diferentes que siempre terminan preguntando entre risas lo mismo ¿eres italiano Manolo?  ¿Estás de viaje? ¿Cuánto tiempo te quedas en la ciudad? Y en la cama revuelta yo rio con la resaca a cuestas de cervezas invitadas, sin saber cómo contestar que para mí este viaje solo dura una noche, por eso es eterno, como mi amor por ellas. Y esa frase les encanta. Vibran con esa frase, sin entenderla del todo, por eso seguimos tirando y amando y riendo. Bendito sea el alcohol y la fiesta!
Esa ha sido mi vida hasta ahora, cualquier día de la semana, según me provoque. Hay semanas que no voy, no me importa, me encierro a leer un libro a hacer planes locos con el Comandante, pero usualmente al llegar la medianoche mi cuerpo extraña el calor y la empatía de otros cuerpos agitándose conmigo, vibrando conmigo como si la vida fuera eterna por una noche.
En una de esas noche eternas en un  bar para turistas conocí a Laura, que no era ni blanca ni negra, ni alta, ni baja. Probablemente solo alguien de la ciudad, otra chica buscando su amor de turista. Una cara indiferente enmarcada por una cabellera larga y negra.  Unos ojos, bueno, los ojos…Laura llevaba los ojos cerrados el día que la conocí y los labios carnosos cantaban a trozos una canción en ingles.
Ella también se agitaba como yo en la multitud con un baile salvaje que no llevaba pareja conocida. Subida sobre el escenario ya desocupado por la banda, contorneaba su cuerpo moreno metido en un top diminuto y unos jeans desteñidos,  bajo las luces azules y verdes como si fuera la estrella de un show unipersonal.
Me quedé mirándola como me quedo mirando todo lo que me resulta extraño y bello en esta ciudad, vi como se movía sensual y salvaje, abstraída de todos y me acerqué hipnotizado empujando entre la gente hasta poder subir y moverme con ella. No me apartó, pero tampoco quiso mirarme; bailamos cerca casi tocándonos, respirando yo su aliento de chicle de canela y ella el de mis cigarrillos sin filtro; bailamos pegados cuerpo a cuerpo, transpirando y jadeando, pero ella con los ojos cerrados dueña de esa orgullosa soledad que solo conocería meses más tarde, no me dio ni media sonrisa cuando al fin le dije “hola”.
Su hostilidad me recordó entonces la misma de los vecinos de mi infancia que no me invitaban a jugar a la pelota, las de las crías fru fru que jamás me prestaban los cuadernos. Ese engreimiento al que había estado yo expuesto toda la vida, como si me lo mereciera o mi rostro estuviera marcado para ser rechazado. Me jodió su indiferencia  de reina de la fiesta y no sé porqué, ni cómo, pero comencé a tocarla;  todo el cuerpo, su rostro, sus cabellos esponjosos, su ropa ajustada, la piel de su vientre expuesto, sus pechos grandes y sus caderas perfumadas, como si fuera mía. Y ella se dejó hacer, dócil y humana. A mi ritmo, moviéndose sin decir una palabra.
Fue la primera vez que Laura abrió los ojos para mí y me sonrió. Entonces nos vimos. O eso pensé yo. Porque con Laura nunca se sabe.
Desde aquella vez ha pasado ya más de un año. Hacemos el amor cada vez que podemos o que ella quiere, que es casi lo mismo. Parece que fuera a ella a quien la muerte le pisara los talones, por eso nos entendemos, aunque ella no sepa que me estoy muriendo. La vez que se lo intente decir me miró con gesto raro.
-¿Por qué todos los hombres inventan historias para dar lastima?- me dijo. Intente decirle que no era para darle lastima, pero me interrumpió con una historia de un ex suyo que tenía un soplo al corazón y se había infartado en su cama, de otro que tuvo un derrame cerebral por exceso de Viagra de otro y otro y otro, en la siguiente hora me había contado las historias más extrañas de los tipos más bizarros con los que había estado. En ese momento creo que agradecí internamente que al menos lo mío fuera tener un aneurisma, porque a esta chica solo la hubiera podido conquistar teniendo tres huevos.   Ya no hable' mas del tema.

 Al quedarse callada le observé el hecho que todos sus novios hayan sido extranjeros.

-¡Ay Marchessi! – Exclamó haciendo un puchero que solo hacia cuando se admitía ser honesta- ¿Tú crees que un hombre que no sea alguien que esta solo de paso por esta ciudad podría llegar a amarme?

Quise refutarle algo, pero era inútil, yo Manolo Marchessi también estaba de paso y ella lo sabía bien como yo aunque no quisiera admitirlo: uno de estos días me marcharía, por eso valía la pena amarla, todo lo que pudiera, intensamente, cada noche, hasta que se acabara. 

lunes, septiembre 10, 2012

Charlas de Cafe: Daltonismo y otras confusiones


Hoy hablare de mi y cesaré de escribirte historias ¿Después de todo que es un blog sino una bitácora publica?
Como te contaba durante el café de esta tarde, he llegado a la conclusión de que para las relaciones padezco una suerte de daltonismo que me impide diferenciar con seguridad unos sentimientos de otros. No sé cuando cruzar o no la línea,  o debo preguntar muchas veces si estoy tomando el camino correcto. Varias veces ante el semáforo del amor – concuerdas conmigo que suena huachafo este término- he cruzado demasiado a prisa y me han atropellado o simplemente he vacilado tanto que nunca he llegado a conocer que hay en la otra acera.
No todas las mujeres son como yo- al menos eso espero, lo mío se ha adquirido a fuerza de intentar una y otra vez cruzar la misma calle o varias calles distintas. Es más, en este pueblo lleno de océanos y costas de idiomas diferentes, he caminado tantos caminos buscando el por qué de las cosas, que he debido cruzar pistas, veredas y puentes como buena testaruda, soñadora, idealista, como prefieras llamarme,  y  claro, en varias ocasiones me he caído, me han atropellado o simplemente he pasado de largo sin ver quien estaba a mi lado para ayudarme a cruzar.

Hubo un tiempo que como las jóvenes de mi edad, podía saber cuándo una relación iba en serio o no. Pero ¡vamos! ¿Cuántas relaciones reúne la gente de mi edad antes de casarse o hacer un hijo? ¿Cuántas relaciones o parejas llevan escondidas en el armario? ¿Bajo la cama? ¿Cuántas de mis amigas han ajustado las piernas meses enteros hasta hallar el amor perfecto que les quite la culpa de entregarse a un hombre sin el amor suficiente? Y cuando han comprobado que no, no era el príncipe encantado han cerrado los ojos y han seguido tirando en la fe de que la función hace al órgano…Estúpidas…!Se han enamorado del amor y ahora se inventan personas que no existen dentro de cuerpos a los que no aman!

 En el camino me he vuelto una cínica dices,  y yo te respondo que quizá sea yo la ultima romántica. Me entrego en la intimidad creyendo absolutamente que un día el complemento perfecto para mí se me entregara por entero como yo a él;  pero mientras tanto, nada de rezos y esperas inútiles. Necesito acción…Hay que cruzar caminos, subir y bajar puentes, vencer las luces del semáforo, aunque no sepamos con seguridad que color llevan. Así que yo soy otra suerte de estúpida, la que piensa que su cuerpo y su sexo son independientes de las pulsiones de su corazón o de su cabeza hiperactiva. Que podrá actuar con la claridad de un hombre terminado el sexo, aun teniendo millones de receptores químicos modificando su ciclo mensual, demostrándole que no, que las mujeres vivimos ciertas vainas con un poco mas de presión social y química que nuestros compañeros XY.
Como en la política, en el amor existe la gente romántica teórica y existe la gente práctica llena de acciones suicidas. Supongo que yo soy de la última especie. No de los que esperan, sino de los que hacen camino al andar. No solo de los que creen sino de los que se tiran del techo esperando que le salgan alas en la caída. En el amor debo ser tan ingenuo como los que defienden las causas perdidas.
¿No es la búsqueda del amor una causa perdida?
Debo aceptar sin embargo, que no puedo diferenciar con certeza los sentimientos. Me termino enamorando platónicamente de los amigos que admiro. Y ese es un sentimiento perfecto e intangible, que de llegar a consumarse solo me sume en la desazón de comprobar la realidad de que no será correspondido ni en la misma medida ni en igual intensidad.
Una vez dije: Estoy enamorada de mi porque ¿quién podría amarme mejor que yo? Pasa lo mismo con los sentimientos sobre personas idealizadas, incluso queriéndote de la forma en que ellos honestamente te quieren, nunca ese cariño es suficiente. Han tenido que pasar meses para aceptarlo de forma consciente.
Si, estaba equivocada, mis sentimientos han sido los sublimados de niña idiota que espera en la perfección de lo intangible algo de la eternidad que no puede conseguir en el día a día.
¿Acaso no perduras más en el recuerdo de la persona que amas? ¿Acaso no es eso lo que buscamos todos? Un testigo de nuestra humanidad, de la peor y de la mejor versión de nosotros. Alguien que acepte lo que somos y que a través de su recuerdo, no desaparezcamos del todo al momento en que nos toque desparecer…
En esa quimera rara que es el amor y que mi corazón daltónico no puede reconocer a tiempo, es un buen bastón el aferrarse a cosas más materiales como el sexo o la amistad a secas.
Puedo saber cuándo empieza y cuando termina el sexo, pues su consumación quita la ansiedad de preguntarse si gustas o no, si te quieren o no. Se borran los puntos ciegos o las predicciones a futuro.
Pero como toda solución de emergencia, esta suele ser un problema en sí mismo. No hay peor veneno que la propia medicina. ¿Acaso en el sexo no interviene el deseo? ¿Y no es el deseo una pulsión inherente, instintiva que no responde a órdenes lógicas? ¿Acaso no termina el deseo confundiéndose con sentimientos más nobles y altruistas como el amor?

Yo solía confundirme demasiadas veces. Ahora en lugar de mezclar pócimas, de amistad, deseo, sexo, sentimientos…trato de no mezclar nada, pues mi fórmula siempre será incorrecta.
Me declaro incapaz  de iniciar nada y con ceguera electiva para las relaciones.
Me resulta agradable tener amigos, o hallar por el contrario alguien que terminado el sexo conmigo, espere casi con el mismo ardor que yo a que se repita. Me gustan los hombres que pueden desearme, no con un deseo ficticio por un personaje, sino desearme con ojos y manos, física y primitivamente.  Puedo saber que es cada una de esas sensaciones: Amistad o Sexo y si se dan en personas distintas disfrutarlas plenamente…pero ¿mezclarlas en una sola?

¿Confundir todo de nuevo? ¿Y morir atropellada por una confusión de colores y sensaciones que no puedo manejar? No, ya no. Me aterra saber que soy analfabeta en ese tipo de lecturas… Seguiré caminando cada vía sin mapa de respaldo, cruzando los semáforos sin saber qué color marquen. Un día tal vez cruce a tiempo hasta la otra calzada ¿Quién sabe? La verdad no es algo que pueda esperar con fe.


domingo, septiembre 09, 2012

El Hombre Finito (1)


¿Qué harías si te dijeran que estas a punto de morir? ¿Que no te quedan más que unos días, con suerte unas semanas antes que todo acabe? ¿Pensarías en terminar tus días trabajando? ¿Seguir haciendo lo que hacías, manteniendo esa indiferencia inútil con la persona que amabas? ¿Dejarías que el odio consuma todos tus actos? ¿Cambiarías violentamente el mundo que te rodea?

Soy Manolo Marchessi y sé que voy a morir desde que tenía 20 años o quizá antes. Me diagnosticaron de una bomba en la cabeza que los médicos llamaron aneurisma inoperable y desde ese entonces supe que mi vida no sería como la del resto de mis amigos. Quise dejar la universidad y dedicarme a escribir o a vivir de fiesta fugándome con alguna gente rara…en realidad quise dejar muchas cosas, pero ya que nunca dejaron en claro la hora ni el día de mi muerte y el dinero empezaba a escasear debí volver a la rutina de la gente común hasta que la bomba reventara. Aunque nadie sabía cómo ni cuándo sería.
Simplemente me dijeron que era probable que uno de esos dolores terebrantes que me atacaban cuando “empezaba a sentir demasiado” se prolongara un día hasta cegarme la vida. Podía ser ahora o en una década, era imposible saberlo. Por tanto, no podía dejar de hacer nada de lo usualmente establecido. Ni siquiera mudarme.

Recuerdo que mis padres se asustaron mucho cuando les dieron las noticia, hubo llanto y durante algunos meses el luto invadió la casa y a los familiares más cercanos,  quienes se acercaban a visitarme y darme sentidos abrazos o delicados recuerdos. Incluso algunos vecinos ocupaban la casa a la hora del café para contar historias sobre embrujos y milagros parecidos. Todo iba sucediendo muy rápido y yo sentía que me iban velando en vida y de cuerpo presente.
Pasaron así semanas y luego meses, en que los vecinos dejaron de venir, la familia dejó de llamar cada día para preguntar como seguía y  mis  propios padres y hermanos al pasar del tiempo y al ver que no moría, terminaron también por olvidar el asunto.
El único que no olvidó fui yo, que sigo esperando que un día, no sé cómo ni cuándo desaparezca de este mundo sin haber hecho todo lo que debo.
No soy católico, ni profeso ninguna religión conocida. Mucho menos gusto de las doctrinas de la naturaleza y la tierra o de las energías reverberantes, como un día me quisieron instar  alguna tribu de fanáticos. Por tanto, no creo en que haya oportunidad para mí en otra vida, o que regrese en otro cuerpo para hacer mejor las cosas que ahora. Como dice mi amigo Mark Buetikofer, el único suizo del que me da orgullo ser amigo, habrá que vivir lo mejor que se pueda para intentar irse de este mundo con honor.

Me pregunto ¿Dónde estará el honor?  El honor de cada persona, me refiero. Para Mark está en buscar el origen de las cosas como buen historiador. El origen de las razas, de las migraciones y el porqué de la humanidad. Yo no sé en dónde está mi honor. O que debía buscar en el mundo para recuperarlo.
Desde que tengo uso de razón había sentido miedo de vivir. El miedo cesó cuando aquél medico de bata blanca me dijo que mis días estaban contados y que nadie podía hacer nada al respecto. Es duro oir eso cuando tienes veinte, estaba terminando mi adolescencia, ni siquiera sabía que era el amor, no estaba seguro de si la carrera elegida era para mí. No había vivido nada de nada y me decían que me estaba muriendo, si, que ya en ese momento había empezando a morirme frente a sus ojos.

No buscamos otros médicos, no obligué a mis padres a buscar otras opciones más allá de esa primera clínica, suficiente habían gastado ya. Mi madre no se arrancó los pelos esperando un milagro, vivimos la noticia con la resignación de lo inevitable. Solo acababan de decirles que su hijo menor moriría. Un día, algún día y que esto sería inevitable. Supongo que en ese momento mis padres también vivieron la noticia con honor y se luto silente de los meses que siguieron, lleno de abrazos tiernos, no fue sino una demostración de que estaban preparados para los arrebatos de un destino que nunca les había sido demasiado alegre.

No los obligué a buscar a otros médicos, santeros ni chamanes, no porque no temiera a la muerte, sino porque me había cansado de temer a estar vivo. Todo el tiempo, desde que había sido niño no había hecho más que tiritar bajo las sábanas pensando el momento en que mis ancianos padres morirían y me dejarían solo al acecho de otras gentes que no me amarían lo suficiente ni podrían cuidar de mi. Había llegado a la adolescencia pensando que les sucedería algo a ellos, a la familia, a la gente a la que amaba. Que en algún momento, me quedaría solo e inerme en un gran mundo de sombras. Porque era el niño chico, el menor, el rabo de una familia corta.
Era la primera vez que me daba cuenta de la extraña posibilidad de que yo podía partir primero y con ello, a mis escasos veinte años todo un abanico de posibilidades extraordinarias. ¿Había gente que me extrañaría? ¿Dejaría una huella en el mundo? ¿Realmente desaparecería para siempre si moría?
¿Cuánto es para siempre?
Otro miedo más sutil  se comenzó a apoderar de mí, meses después de recibida la noticia: ¿Dolía la muerte? ¿Había algo más allá? ¿Debía esperar que ese otro mas allá sea mejor o que yo fuera mejor en el mas allá que en el mas acá?
Todo ese miedo cesó al conocer a los amigos que conocí en el camino. Si cada vida es una sola, yo agradezco que en este corto paso por la vida el haberlos conocido y con eso, haber rozado un poquito de su sabiduría para poder apreciar la belleza y la alegría de vivir, incluso hasta el último y mísero minuto que me quede aquí antes de calzar el pijama de pino, como dice el Comandante.
De mis amigos, les hablaré mas adelante. De lo que quiero hablarles- aun es larga la noche- es de ese momento en que comprendí que no valía la pena vivir con miedos, postergando las decisiones para otra vida en que me salieran mejor las cosas, donde hubiera no solo una sino varias oportunidades de equivocarse.
Yo, solo tengo una vida y es esta. No puedo darme el lujo de guardarme un abrazo, un te quiero o una confesión de verdad.  Para mí no hay, ni ha habido jamás tiempo. No hay tiempo de esperar a que decidan volver a hablarme, que den el primer paso en una discusión tonta, de volver a trabajar tras una ruma de papeles ni hacer mas planos de casas en las que no viviré. Soy un nómade y un loco.
He acabado una profesión y una maestría y todo el tiempo he pensado: No es la gran cosa, puedo dejarlos en cualquier momento, puedo renunciar e irme de viaje,  porque son cosas que en realidad no importan para mi futuro inmediato. Porque mi único futuro inmediato es ser feliz y aun no encuentro la formula de cómo serlo, excepto moviéndome de un lugar para otro hallando personas como a Mark o al Vasco o al mejor de todos el Comandante, que han dado un poco mas de sentido a esta de por si triste existencia.
He dicho en cada uno de los trabajos que he empezado: No duraré aquí el tiempo suficiente, renunciaré o moriré, lo que pase antes…pero nunca ocurre. Soy de esas personas, que quizá por mi raza, podemos soportar intensos dolores por largos periodos, esperando un dolor aun más fuerte. Yo sigo esperando. Porque en realidad ya no tengo miedo de vivir, pero no sé en qué momento preciso he empezado a hacerlo.

Mi nombre es Manolo Marchessi y si gustan, en las próximas paginas pasare a contarles un poco de mi vida, que yo la siento larga, larguísima y sin embargo solo me ha tomado 32 años llevarla a cabo. ¡Treinta y dos años! ¡Qué digo! El doctor que me diagnosticó se hubiera muerto si le decía que viví casi una década más desde que acudí a su consulta quejándome de aquellos terribles dolores de cabeza y esos sueños hiperreales.

A veces siento que he vivido más vidas de las que cuenta la cronología desde mi nacimiento. He vivido una a una vidas anidadas en sueños cada vez más intensos, que al llegar el día he intentado llevarlos a cabo de la forma que sea, viajando a países en donde no creí posible y conociendo a gente que mi sencilla vida de ingeniero jamás me lo hubiera permitido. Sé que esta parte de mi vida, la onírica, es algo que el Comandante jamás entenderá como cierta y por eso suelo callarla, para no despertar su mirada entre piadosa y divertida. Sé que piensa que es parte de mi exquisita sensibilidad para todo- sabores, olores y sonidos-una sensibilidad derivada probablemente de las inervaciones de mi aneurisma cerebral que me ha terminado por convertir en un receptor de sensaciones y recuerdos. Esa masa pulsátil con su sonido de muerte haciendo tic tac en mi cabeza le ha dado todo el sentido de vida ausente hasta ese momento a mi pobre existencia.

*Extracto de Cinco Cuentos sobre la Muerte.

Regreso a San Juan y todos los por qué

Lo último que escuché antes de girar la cabeza, fueron las ruedas del auto acelerando en el asfalto y alejándose de mi a toda marcha. Me aca...