He vuelto a la casa de los lápices, es a mitad de la madrugada que me despierto de puntillas para comprobar si no estoy soñando, no, el duerme a mi lado tranquilo, ignorando mi ansiedad de trasnochada. Cuanto ha pasado de esto? No lo sé. Parecen años y años, cuando recuerdo esa madrugada, me culpo por haberme escapado de puntillas al salón a leer a solas. Por no haberlo abrazado mas o besado mas o simplemente despertado. Pero no, no es mi estilo hacer saber cuánto lo necesito, así que me aguanto y leo hasta que los ojos se vuelven duros y el frio me deja helados los muslos, la nariz y los hombros.

En la casa de los lápices reina el silencio absoluto cuando vuelvo a su lado tiritando, para acurrucarme en mi orilla de la cama y es entonces que noto su leve movimiento, su calor perfumado envolviéndome,  su mano buscando mi contorno y su letargo sobre mi piel antes de volver a quedarse dormido. A veces, cuando quiero lastimarme recuerdo esos episodios cortísimos en donde no nos unía el deseo, sino alguna extraña ternura, que era aun más dulce que cualquiera de sus besos previos.

Eres muy joven para ya no creer en el amor, me dijo al conocerme. Y era cierto, yo era muy joven para haber perdido toda esperanza, pero tal vez lo era más para sentir tantísimo deseo, hacia él, hacia todo lo que representaba. Había huido de el tantas veces, con tantas estrategias, burlándome de sus intentos de acercamiento, de sus teorías sobre mi o sobre nosotros, que cuando por fin sucedió no pude más que arrepentirme de todo aquel inútil tiempo perdido, en otras personas, en otras parejas, en otros intentos de relaciones.
Sabia el cuanto lo deseaba? Supongo que ahora ya lo sabe, pero lo seguiré callando ante él y ante todos, para no bajar la guardia. He borrado de su casa mis dibujos a carbón y me he ido antes de la hora pactada. No he dejado más mensajes, más rastros, mas señales que me muero por verlo. Ya no importa. 

Hay algo que perdura más que el amor, la lealtad, el cariño, algo que yo aprecio más, que incluso es más puro y más digno y es el deseo. Pocas personas pueden transmitirlo, demostrarlo, atizarlo...

Tu deseo es inmortal, me dice. 
Y el problema...mi problema,  es que solo él ha sabido y sabrá como encenderlo todas las veces que vengan.

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