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"Cecile"


¿Alguna vez has visto un muerto?- me dijo y allí empezaría todo. 


Muchos- repliqué sin ganas, dándole la espalda en la cama revuelta. 
¿Cuántos?- insistió el, con ojos de niño grande. Ya perdí la cuenta- le dije sin ganas y fingí dormir, con un sueño pesado que pronto me alejó de él en medio de otros sueños más recientes y aprehensivos. La verdad no había visto muchos muertos, o más bien no habían muerto por mi mano, pero los había acompañado en el sendero lúgubre de las despedidas, mientras Cecile con el pelo castaño cayéndole lacio por la frente, transpiraba y se aplicaba inútilmente a la tarea de revivirlos.

A mí me gustaba mirar y estar presente cuando sucedía, porque siempre era un milagro la sutileza con la que llegaba la muerte al rostro de las personas. Mientras Cecile se alejaba frotándose los brazos por el esfuerzo de reanimarlos, frustrada en su tarea, con el mandil salpicado de sangre y saliva ajena, yo acudía a ellos para abrirles los ojos y verlos con las pupilas repentinamente abiertas y dilatadas, fijas en la oscuridad de algo inconmensurable hasta ese momento. Ojos enormes y fijos, como si por primera vez vieran algo realmente increíble, luego de largas vidas ordinarias.

Al llegar la madrugada me aparté de su lado, al notar que Nanu dormía profundamente con la boca abierta en un ronquido gutural que jamás me había agradado. Mi insomnio pertinaz hacia que siempre pudiera irme antes que él despertara. Me iba de su lado diciendo que ya no volvería, pero siempre había una nueva fiesta, algún nuevo evento triste y sin resolver, que me hacia recurrir a su lecho maloliente de alcohol y cigarrillos.
Esta vez no era diferente y lo había empeorado esa pregunta infantil que me irritaba tanto: ¿Alguna vez has visto un muerto? Supe de pronto que él vivía de este lado, el de los vivos, en donde la vida era blanda y sucedía sin contratiempos, donde la gente no te aguardaba llorando en los pasadizos para preguntarte ¿Qué había pasado, vive aun?

Caminé sin prisas en medio de una noche demasiado bella para ser desperdiciada en la cama. El viento fresco traía las canciones y las voces de la gente trasnochada al otro lado del puente. 

“Ey, enfermerita yo necesito alguien que me cure”- resonó en medio de carcajadas desde la otra vereda. Un grupo de muchachos que seguramente regresaba también de alguna fiesta, se abrazaban dando traspiés y enviándome besos. 

Les hice una señal con el dedo y apuré el paso. Bajo el guardapolvo blanco de Cecile me sentía incómoda e indefensa. La idea transgresora había sido de Nanu, “Quiero que vengas vestida como enfermera” me había dicho y yo había jugado a hacerle caso, robando por una noche el mandil de Cecile, mucho más baja y delgada que yo, el cual me hacia mostrar los muslos rollizos cubiertos por un par de pantis nacaradas. 

Solo el mandil de ella me cubría la piel, la ropa interior diminuta era enteramente mía. Llegué a su casa y esta vez no necesitó beber demasiado para tirarse encima de mí. Lo hizo fuerte, como solía hacerlo Nanu cuando dejábamos de vernos por semanas. Su mano me sujetó el cuello hasta casi ahorcarme y luego de un remedo de beso, me lo hizo como si la noche que quedaba fuera demasiado corta.

Yo me dejé hacer porque hacerlo fuerte era la única manera que teníamos Nanu y yo de hacer el amor para sentir algo que no fuera una pena infinita al tocar nuestros cuerpos desnudos. Su boca descendió hasta la raíz de mis pechos presionándome contra la pared no escarchada de su habitación, hiriéndome la piel cubierta solo por la fina tela blanca; su mano retiró apenas la ropa interior antes de ingresar jadeando con la fuerza de un animal, una, dos, tres veces dentro de mí. Su cabello grasoso rozaba mi barbilla cuando Nanu balbuceó el nombre de Cecile antes de venirse entero, dejando restos fluidos sobre mis bragas aun puestas.

No era novedad que Nanu amara a la bella Cecile, de lejos e irremediablemente. Sin una palabra entre ellos que pudiera siquiera dar la posibilidad de un mínimo contacto futuro, ¡tan diferentes eran! Nanu se había acercado a mí por acercarse a Cecile en una de las fiestas de poetas decadentes a las que yo llevaba a Cecile, en pago por acompañarla en sus turnos de guardia hospitalarios. 

Nanu era un hombre guapo pero pobre y generalmente desaliñando, he ahí el detalle de que Cecile jamás lo mirara en serio; a diferencia mía, con un gusto genuino por los pobres diablos y los que se hacían llamar como poetas malditos.
Me había atraído su barba a medio crecer, su mirada profunda de huérfano buscando abrigo y sus brazos robustos saliendo de un cuerpo macizo y compacto. El sexo entre Nanu y yo había sucedido natural y sin aspavientos, luego de un par de cervezas y una conversación sobre la música de películas viejas. Nanu amaba la música aunque no tocara ningún instrumento y a mí me gustaba inventar que cantaba bien, para sentirme importante. Esa noche cantamos, desafinados y alegres, un canto que sonaba a revolucionario desde una mesa de la Petite Gollete, mientras que a Cecile seguramente se la tiraba el viejo calvo de pasaporte belga que nos alquilaba el piso que ambas compartíamos dos calles más arriba.

Cecile era hermosa, inteligente y graciosa, pero no tenía suerte en el amor. Tal vez en eso era lo único en lo que ambas coincidíamos. Ella, soñadora y engreída desde la cuna, a menudo amaba a quien no debía y terminaba siendo amaba por quien no quería. Su cuerpo delicado del color de las almendras, se acostaba en mi lecho llorando a mitad de la noche por amores que no podían ser. Yo le tocaba los cabellos perfumados y las manos suaves con olor a jabón carbólico y sentía entonces, al tocarla tan cercana y ausente al mismo tiempo entre mis frazadas, que la odiaba profunda y visceralmente, mientras me iba inventando alguna canción que rimara con su nombre y le creara sonrisas antes de quedarse dormida.

¡Cuánto hubiera dado Nanu por arrullarla en esos instantes de infinita soledad a los que era proclive Cecile luego aquellos largos turnos de trabajo! ¡Cuánto por cantarle canciones dulces como le inventaba yo! La voz ruda de Nanu se dulcificaba al preguntarme por “los asuntos de casa” y con casa me quería decir Cecile
¿Cómo esta ella? Solía filtrar, fingiendo indiferencia ¿Duerme acompañada ahora? Y yo solía responderle que por casa todo bien, que muchos libros, mucho desorden, mucha ropa blanca tirada por todas partes, que pronto me iba a mudar a algún lado, pero él reaccionaba con una carcajada nerviosa, que denotaba temor, como si al alejarme yo de Cecile, el también perdiera parte de ella y de su historia.

El reloj dio las dos cuando pasé frente a la catedral, la lluvia reciente había dejado resbalosos los peldaños y debía caminar con cuidado sobre los zapatos altos para no caer y ensuciar mi traje prestado, espectralmente blanco.

¿Has visto alguna vez un muerto? Seguía rodando mi mente y la pregunta de Nanu llevaba impresa en sus ojos la incredulidad de que yo pudiera soportar tan bien la desgracia de la muerte como Cecile, que yo pudiera ser tan fuerte como aparentaba ella al enfrentar tales circunstancias. Tal vez era que Nanu y yo apenas nos conocíamos a pesar de llevar un año en los avatares del amor y otras miserias adictivas. 

Nunca me había hecho preguntas demás, ignoraba que yo también había iniciado la escuela de medicina hace muchos años junto a Cecile, o que no la había terminado a tiempo por falta de dinero. Nanu me creía mala, oscura y alcohólica como él y no le importaba conocerme más, porque con eso era suficiente. Yo lo creía débil e ingenuo, brillante cuando escribía, detestable cuando bebía. Adorable cuando fingía que podía ser algún día alguien diferente. Alguien con futuro.

Estábamos cerca por el sexo sin preguntas, la compañía sin responsabilidades, el disfrute sin cargos de conciencia. Nanu no me amaba a mí y yo no quería amarle a él. Sin embargo Cecile nos unía como un lazo tenso que volvía nuestra existencia melancólica o irascible según fuera el caso. A veces Nanu se permitía acariciarme el borde de los labios antes de cogerme o besar mi cuello quedamente antes de romperme la ropa a zarpazos. Eran apenas unos gestos, como rescoldos tibios de su amor silente por la dulce Cecile y esos pequeños gestos dirigidos a otra, hacían posible que yo lo deseara, que me mojara las bragas por el sí se acercaba, que llorara en silencio si al follarme, en cada golpe duro de su pelvis contra mis caderas sintiera que ambos debíamos hacerlo siempre rudo y sin palabras por Cecile, por ese amor entre nosotros que había nacido ya muerto y corrompido por la sombra de lo que jamás sería. A nosotros dos que no se nos permitía ser dulces para no llorar al terminar el día, como lo hacía ella, exponiendo esa fragilidad que hedía a indulgencia.

-“Ey enfermera, ¿no me da una medicina para la tos?” Sonó una nueva voz de entre las columnas de la catedral iluminada por luces color ámbar. Me paré en seco para ver el rostro de gesto canalla que me contemplaba saliendo desde la oscuridad. 
-“No doy medicina pero puedo frotarte algún ungüento…” le dije con el rostro cínico de las mujeres despechadas. La voz soltó una risita desde su escondite.

-“¿Cuál es su nombre enfermerita?” -Me dijo la voz acercándome un cigarrillo encendido, mientras rozaba con la otra el borde de mi solapa. 

-“Cecile”- contesté sin remordimientos, fiel al nombre bordado en mi guardapolvo blanco con letras escarlatas.
-¿Me llevarías a casa?- Coqueteé sin pudor, mientras pensaba que tal vez podría mostrarle al día siguiente a Nanu como se ven los muertos cuando los ves directamente a los ojos.
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