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viernes, septiembre 27, 2024

En el nombre del padre

Al abrir la puerta de casa todo el olor y los recuerdos guardados allí se le impregnaron de golpe en la nariz y en el cerebro. ¿Cómo podía ser que aquella casa siguiera oliendo con indigna persistencia a todo lo que el recordaba de la niñez? La alfombra manchada, el colchón meado del perro, la comida guardada de varios días en el frigider, la ropa a medio secar en el pequeño balcón. Esa vida tan de clase media de la que se había intentado apartar  huyendo de ella cuando trabajaba como un loco sin mirar ni un momento atrás por temor a volverse mera estatua de sal y que ahora la hija de apenas ocho años ya le sacaba en cara, tu casa huele feo papi, o tu casa no huele como la de mami. 


Tenía razón, ahora su apartamento olía igual que la casa de los viejos y probablemente su ropa de cama también olía como a la recámara de los viejos cuando el era niño y no quería entrar mas allá del marco de la puerta para dar las buenas noches y ver todos los diarios apilados al lado de la cabecera de papá,  resolviendo crucigramas con la lamparita encendida y los anteojos a la mitad de la nariz o esa infusión de mil hierbas en la mesita de noche de mamá, que se enfriaba antes que ella encontrara las pastillas. No, recuerdos malos, recuerdos de una época antigua en donde era chico, de huesos delgados y de salud frágil. Una época que había querido pasar rápidamente, pero que pasó para el lenta y pesada como en años de perro. Transcurrió en cincuenta años esa niñez, de cassettes que se volvieron CD´s rayados que apilaba bajo la cama y luego pasar a esa adolescencia solitaria de bajar canciones toda la madrugada aunque la computadora se llenara de virus, de sopa humeante y grasosa a la noche, de ropa que no secaba bien y olía a orines, de colaciones que no llenaban a mitad del recreo, pero que su madre mandaba entre mil gritos. Esas colaciones que daba pena sacar delante de los otros, tan escasas como las de los otros, los tapers de plástico brillante, la botellita de limonada. El plátano que se reventaba entre los cuadernos antes que dieran las once. A veces parece que la infancia es esa parada de autobús a la que uno no espera regresar nunca a menos que se equivoque de carro, pero a la que regresas a rastras solo cuando ya eres padre. Y ahí estaba su hija recordándole todo de su infancia, se veía en ella,  en cada gesto suyo,  el fruncir de las cejas espesas cuando no entendía algo, los ataques de asma  por la alergia a los gatos, hasta en su poca tolerancia a la leche en las mañanas o a que invirtiera el orden de las consonantes al escribir palabras largas. Estaba ella carne de su carne, innegable. Una copia suya haciéndolo revivir todos los recuerdos de nuevo.


Que feo huele tu casa había dicho y con eso se había preguntado si también el estaba comenzado a oler fetidamente como su padre, si finalmente ya todos los órganos habían envejecido en el macerándose de la amargura y el cansancio que tienen los adultos y ahora era idéntico al olor del viejo cuando lo abrazaba.  De mas chico el y su hermana bromeaban sobre eso. Cuando el viejo muera -decía ella- y me toque extrañarlo voy a venir a oler tu ropa, apestas igual, luego lanzaba una carcajada de esas irritantes en que mostraba hasta la campanilla y el le rompía  de un manotazo lo que ella estuviera haciendo. 

Es cierto, sudaba como su padre en las tardes de calor, olía a el  como animal hediondo que puede ser sentido a metros de distancia, pero no le importó hasta que la adolescencia cuando corría las mil vueltas de educación fisica y lo obligaban  a ir a las duchas antes que vuelva a clase. Apestas Ramírez. No vuelvas a clase sin cambiarte de ropa. Las chicas se reían bajito entonces y el se apartaba con vergüenza, sintiendo a su padre aflorar en sus axilas y su pelo.


Huelen igual y qué. Así huelen los hombres, parecía oír la voz de la vieja desde la cocina. A sudor, a trabajo fuerte, a tabaco. No era nada para reprochar y sin embargo el sabía que este mes de Setiembre acababa de cumplir la edad que su padre jamás llegó a cumplir con ellos. “Se lo llevó el cigarro” eran las cosas que escuchó de todos y el lo siguió repitiendo como si el cigarro fuera una persona que viene, toca la puerta, pregunta por alguien y se lo lleva a vivir a un barrio desconocido del que jamás vuelven. Ese es el olor que el jamás tendría, el olor a cigarro de su padre añadido en las ropas, en las manos, entre los miles de periódicos que se quedaban amarillos sobre las sillas o en donde fuera. Era el olor que aun quedaba un poco al abrir los armarios de la casa vieja cuando fueron a venderla. Ese olor raro en la alfombra y las cortinas, su viejo se había ido pero parece que el cigarro que se lo había llevado dejó como pago aquel olor impregnado en casa.


Ahora el tenía la misma precariedad que entonces sus padres, libros viejos en lugar de periódicos al lado de su cama, una alfombra gastada que algún día cambiaría, cortinas heredadas del matrimonio que no funcionó, comida de varios días olvidada en el congelador. Y los discos, todos aquellos discos de los que se volvió comprador fanático cuando le dijeron que era mejor oírlos así  en un tornamesa que desde el computador o un stéréo. Toda aquella música que su ex mujer no sabía para que coleccionaba, si la casa era chica, si no tenemos ni para comer, si no te pagan bien por lo que escribes. Es momento que dejes esos sueños, que aterrices Ramírez. Ella se fue, esa pequeña casa no era para criar a nadie, el tampoco sabía como hacer que esa alianza funcione ¿cómo lo habían logrado sus padres? Tenían mas hijos, menos comida, menos comodidades y se habían quedado juntos. Los periódicos viejos y el mate de hierbas humeante en la misma habitación, eso era lo que significaba para el que la familia funcionara. Ir a su recámara  y que los viejos durmieran juntos allí, tosiendo el o con el pastillero para los mil dolores ella. 


Esa infancia que duró cincuenta años a lo mejor no había sido tan mala, su pequeña le reclamaba ahora el mal olor de su departamento feo pero algún día lo extrañaría, extrañará tropezar con la alfombra o sentarse a ver los discos y preguntarle cómo se cambia de canción en esa cosa. Seguramente ella vería cosas que el no puede ver y olería con ese fino olfato los rastros de la semana en su ropa de asalariado. Haz estado en una pizzeria. Haz estado en un lugar con humo. Así jugaban a las adivinanzas. Ella jamás le sentiría olor a tabaco, a cigarros que nunca lo tentaron ni cuando tuvo edad de hacerlo y los encendía a escondidas solo para recordar un poco a su padre, antes de la tos, de que se hiciera pequeño y frágil en esa cama a la que no lo dejaban entrar a verlo. Quedaba solo brindar por eso, por el retazo de vida que había superado, por todos los caminos que pudo andar sin tirarse de un puente,   probablemente el viviría mas primaveras que el viejo. Quien sabe.

Se pregunta si también la infancia de su niña como para el,  durará cincuenta años, si recordará cada episodio de los viajes en auto entre su casa fea y la casa de su madre, si recordará las discusiones entre ellos, los desencuentros, las llamadas telefónicas. Las veces que no llegó con el regalo perfecto. O si solo recordará esto, el olor feo cuando se abre la puerta, el olor de la ropa de cama guardada, el olor de su padre envejeciendo, célula a célula, órgano a órgano, avinagrándose en sueños de los que no despierta, mientras escucha discos viejos desde un tornamesa de segunda mano.  Madura Ramírez, esos cuentos no te los compra nadie. Y Ramirez se para del sofá y escribe, vuelve a escribir, porque esta primavera no es la suya. No vendrá nadie aun a llevárselo al barrio de los que jamás regresan. Esta primavera es eterna y el escribe sobre esa infancia, sobre su viejo y sueña.

lunes, septiembre 09, 2024

La broma

No importaba si era falso o no, el golpe ya lo había sentido, es lo que la gente no entendía. Cuando salí de allí me daban palmas en las espalda y habida risas y carcajadas, había sido como una buena broma pero lo que a la demás gente le habían parecido solo minutos de una chanza sin importancia a mi se me hicieron horas, la piel de la espalda se me empapó, sentí que la boca se me secaba de pronto como si acabara de comer tierra y el suelo bajo mis pies desaparecía. 

Me dieron vino en un vaso opaco y sucio para animarme y después de eso, no sé en que momento decidí salir a caminar por la playa. Digo decidí, pero en ese momento poco o nada podía decidir sobre mi vida, sentí que la crueldad del mundo había tocado por un momento mi destino y aunque era falso, esa sensación de haberlo perdido todo me acababa de dejar vacío con algo roto por dentro. Cuando volví ellos seguían festejando pero ella aun no volvía.


Quizá se pasaría en algunas horas pensé. En el largo camino que conduje a casa solo pude pensar que era alguien débil que no podía soportar ese tipo de noticias absurdas sin derrumbarse. La carretera de un solo carril de regreso de la playa traía a todos los veraneantes a pasar un prometedor fin de semana de relajo en el sur mientras que yo me regresaba. Los ocasos, las gaviotas y  la brisa ya no me resultaban atractivos ahora. Ni esa grandiosa casa con piscina que habíamos alquilado para pasar el fin de semana con los amigos antes de mi viaje. Todo de pronto había perdido para mi el peso de la importancia, llevaba una grieta pequeña en mi que poco a poco se iba abriendo, que rezumaba cierta amargura antigua, de los asuntos sin resolver o de las navidades sin regalos.


Ella me había preguntado una vez cual había sido mi mejor Navidad y mientras yo trataba de atrapar algún recuerdo de infancia que no estuviera manchado de tristeza, ella me relató una en que sus padres y ella habían viajado a un país con nieve, en donde por las ventanas todo se veía blanco y le prometían que por la noche Santa Claus caminaría hasta su cama. Me extrañó en ese momento que no llamara Papa Noel sino mencionara Santa Claus, como si en su extraño mundo de juguete las cosas cambiaran de nombre, igual que autos por coches o sanguches por emparedados. Hice esa observación y nos reímos de sus palabras raras y hasta de sus recuerdos, la llené de cosquillas y terminamos haciendo el amor en la alfombra de su casa,  así evité decirle que no recordaba una navidad mía en que no la haya pasado llorando o esperando un regalo de alguien, que al final se volvía promesa y finalmente olvido. 


La carretera me devolvía las imágenes de la gente en los paraderos esperando  el autobús a la playa como de niño lo había hecho yo, de la mano de mi madre antes de quedarme dormido en un ómnibus destartalado y viejo antes de llegar a la anhelada playa;  toda esa gente con rostros olvidados y todo su carnaval de colores playeros dirigiéndose al prometido día playero que les salvaría del tedioso verano en Lima. Yo volvía de allí. No era ni mediodía pero no podía soportar mas tiempo fingiendo una sonrisa ante todos que ya no se me daba. Aquella broma, aquella mísera broma de viernes había detonado dentro mío, bombas emocionales que ahora hacían sangrar recuerdos e inseguridades.


¿Y si hubiera sido cierto? Y si ella se hubiera marchado de verdad con Tato y esa nota escueta fuera cierta. Nuestra relación acabada, los planes de un futuro juntos, esa hipoteca que no valía la pena ni siquiera adquirir ¿qué me unía a toda esa gente que en realidad era SU gente?  Ella y el Tato, sonaba tan natural, como ella y las navidades con nieve o ella y sus vacaciones en Bahamas. Se conocían desde chicos, las mismas playas, los mismos clubs y los mismos recuerdos, que tenía que aportar yo y todas mis inseguridades a ese grupo de gente que en el fondo me veía como la aceituna en la sopa ? 


Me dijeron que era una broma tonta, que se la hacían a todos los novios nuevos, para templar carácter, que así eran ellos. Las chicas me decían, flaco, así es Erica, le gusta bromear con esas cosas, tomar el pelo. Quería ver que cara ponías. No es la gran cosa. Y yo ahí pálido, tratado de entender la broma, tratando de entender donde estaban Erica y Tato a esa hora que no se aparecían en la fiesta, si tanta broma era porque no aparecían y se acababa el chiste. Se han ido a comprar cerveza hasta Pucusana, para hacerla larga, anda tómate otro trago y me daban vino, mientras la noche llegaba larga y tediosa. Mis nervios crispados, la boca seca. Llamé doscientas veces a Erica, y tantas más sus amigas, le susurraban desde el móvil que regresen rápido que el Negro no había tomado a bien la broma, que estaba blanco del susto, pero todos los mensajes solo caían en el buzón de voz. Tampoco el móvil de Tato estaba respondía,  algunos comenzaron a revisar las pistas a ver si a esa hora se había reportado un accidente, porque viernes en la noche ya sabes flaco, a veces las cosas pasan. Y yo sin hablar, sin decir palabra, con la nota de papel en la mano, con la letra de ella ahí, fría y sin mas explicaciones.


El sol de mediodía parecía que fuera a derretir ahora el asfalto de regreso a Lima, yo recordaba los momentos de la noche anterior y no podía dejar de sentir las mismas palpitaciones y sensación de muerte. ¿Qué hacía yo allí con todos esos zánganos hijos de papi? Una parte de mi esperaba que de un momento a otro alguien entrara diciendo que ellos se habían accidentado o que los asaltaron por el camino. Que al menos les robaron los teléfonos móviles, como sugería alguien. Nada. Las chicas fingían que todo era parte de la broma e intentaban seguir bailando pero las oía susurrar sus nombres en la cocina o en la puerta del baño, los tipos solo me intentaban embriagar con vino para que se me pase. La piscina refulgente de color turquesa hacía un hermoso espectáculo en la noche que ya empezaba cerrada. 

Una de las chicas se lanzó quitándose el vestido, dejando a la vista un bikini diminuto y  salpicándome de agua la ropa. Yo no la conocía, seguro era la novia de alguno de los amigos de Erica, y estaba cansada de ese ambiente de gente susurrante. El novio saltó detrás de ella y comenzaron a jugar en el agua y besarse,  alrededor los demás veían o alimentaban el fuego de la parrilla,  era como si se negaran a admitir que ese viernes se estaba volviendo un viernes de mierda y que la broma había dado pase al nacimiento del nuevo cornudo del grupo. 


Me tumbé  cansado sobre una silla de playa, algunos empezaron a bailar. Uno de ellos me dijo que ya se me pasaría cuando volviera la flaca y me lo explicara todo. Que mientras tanto bebiera, yo me sentía fuera de este mundo. Con ganas de desaparecer pero sin el valor para irme. Quizá en el fondo sin rogaba y me trataba de convencer que todo no fuera mas que una broma de niños tontos. Dos horas después llegaron ellos, las caras relajadas y los músculos distendidos, con mucha cerveza en el maletero del auto.  No saben el tráfico que hubo-

decían mientras saludaban a todos.

Ella vino directo a mi y acercó su boca grande y pintada de rosa a la mía. ¿Viste la nota? ¿Te asustaste? Me dio un beso sin saliva ¿Pensaste que me había ido? Sus ojos tenían un brillo nuevo, seductor y maligno,  sus pupilas dilatadas eran oscuras como pozos negros en donde jamás volvería a saber qué era cierto y qué era falso.

Aquella noche no hicimos el amor, ella bailó hasta quedarse dormida en una tumbona afuera, mientras todos reían y me daban vino y cervezas entre carcajadas cómplices. Todo es una broma, negro, anda ríete, que buena broma. El Tato solo me miraba con ojos fijos desde el humo detrás de la parrilla, no se acercó a decirme nada. Rió como todos, rascándose el pecho como gran matador. Es que el Tato es el Tato decían siempre, el rey de la fiesta.


Al entrar a Lima ese sábado a mediodía sentía que había perdido algo, pero no sabía bien qué. Quizá algo de mi se había quedado en esa playa mientras miraba el horizonte cambiar de colores hasta el anochecer esperando que ella volviera, repasando en los rostros de los otros si había restos de verdad o mentira, si aquella nota era falsa o la declaración completa de que todo acaba de irse a la mierda. No lo supe hasta que no la vi entrar, hasta que no vi la cara de el, dueño de algo que antes fuera mio, devolviéndomelo en préstamo por esa noche, porque después de todo, todo esto que vivo no es mas que sólo una broma. Sonríe Negro, una broma.

jueves, septiembre 05, 2024

La Chica del Tren

A veces cuando remuevo el café sin darme cuenta murmuro su nombre. No es una actitud consciente sabes, como muchos de los que andamos por aquí suelo hablar solo y a nadie le compete decirme si eso está bien o mal, me dejan ser. Es lo bueno de aquí, todos tenemos nuestros propios problemas. De vez en cuando me oculto tras una lectura, pero paso en la misma línea varios minutos antes de arrancar de mis pensamientos y saber que es lo que la persona al otro lado del texto intenta decirme. Mis ojos tropiezan una y otra vez por encima de las letras sin poder unir su significado y que esto despierte cierta empatía en mi. Parece a diario como si algo se hubiera quedado congelado aquí dentro, mirando hacia afuera desde una actitud catatónica que quiere nuevamente entender el mundo y no sabe de que cabo agarrarse.

Suelo pedir café negro sin azúcar pero por la tarde soy mas cauteloso y pido un latte al que le pongo medio sobre de alguna sustancia edulcorante, extraño el sabor a canela, pero por aquí no se consigue fácilmente, creo que la mayoría ha olvidado esos pequeños placeres. Me lo sirven en un vaso de cartón  y me voy al rincón mas apartado donde solo pueda haber un asiento. No son infrecuentes los lugares así por aquí, a la mayoría desde lo ocurrido le agrada estar a solas mirando la línea que hace el horizonte cuando caen los astros. Las mesas son pequeñas y de butacas únicas  con un respaldar oval con asiento bajo que oculta parte de tu cabeza del resto y te hace flexionar las piernas al sentarte, cuando me siento allí siento que ingreso a un pequeño huevo y que nadie vendrá a interrumpir mis pensamientos desde fuera. El latte lo hacen con una mezcla de grasas que debe imitar la leche, pero que ya no recuerdo si en verdad lo hace. Sale espumoso de la máquina y recibo el vaso de cartón caliente entre las palmas anticipando la dicha de poder disfrutarlo a solas. El caer de la tarde es la mejor hora del día, siento que el mundo se pondrá en calma, que ese murmullo de voces que tiene la gente por aquí se apagará y me dejará oír la noche romperse en dos para parir estrellas de color metal. Es en ese momento que vuelvo a evocar su nombre, saboreo su nombre letra por letra como si fuera un dulce, le da materialidad a su presencia que ya no vive en ninguna parte cerca de este lugar de exilio. A veces como un niño siento nostalgia de no haberme quedado con algo de ella, un rizo de cabello, un botón de su camisa, la hoja de papel en que escribió su nombre la primera vez. Pero es inútil, no hay nada que pueda tocar aquí que tenga su textura o tan solo un poco de su olor. Bebo café y la recuerdo, sorprendida por mis costumbres rústicas o por pedir el café dulce. Algún gesto suyo que en ese momento me haya parecido irritante e increíblemente tonto y que viene hacia mi ahora en cascadas de recuerdos al caer la noche.


Los días son largos aquí, me cambio el uniforme de hacer tareas diarias a la bata de dormir como los dos únicos gestos que varían de circunstancia el día. He cogido la costumbre de tender la cama sin que quede una sola arruga  en la litera y bañarme antes que despierten todos, para poder hacerlo sin prisa. Luego me pongo las zapatillas de goma y desayuno algo rápido, de pie. Durante todo el día me muevo para aquí y allá haciendo las labores que están indicadas en mi tablero de tareas, odio cada una de ellas, pero las hago con disciplina. Si las hago todas pronto, mas pronto descansaré y podré tomar el primer café del día, que es al que tenemos derecho,  justo cuando el lugar está menos concurrido. La gente aquí no te hace muchas preguntas, no se interesan por tu nombre a lo sumo cuál es tu lugar de origen o cuanto tiempo llevas aquí. Algunos no saben muy bien que contestar, te dicen de donde los evacuaron pero no llevan registro de los días ni de las noches. Es difícil notarlo, porque los primeros días pasas en aislamiento varios días o semanas con una luz constante en donde pierdes rápidamente la noción del tiempo. Allí es donde te hacen las pruebas de sangre, los escáneres y todo tipo de tests psicológicos para saber si no matarás a nadie apenas ingreses. Después de ello deciden, que clase de tareas tendrás en la colonia, si serás un obrero la mayor parte del día  o si puedes tomar decisiones y hacerte de cargos de responsabilidad útiles para el personal de planta como cuidar viveros o puertas de entrada y salida. Yo empecé como obrero, fui “ascendido" según vieron que mi estado de ánimo y de salud mejoraba hasta hacerme cargo de los viveros de plantas para los primeros pabellones, que son los del personal de planta de esta sección. Esos viveros no son como los nuestros, allí además de hortalizas también cultivan plantas decorativas y algunas flores raras, como para que no olvidemos los colores y fragancias del todo, o eso pensaba yo. Luego me explicaron que algunas de esas plantas servían para hacer venenos y antídotos y por eso solo las cultivaban la gente de los primeros pabellones que son los que tienen los cargos de responsabilidad mas alta y a los que rara vez les vemos la cara. Son los crean todo lo que sintetiza y produce aquí o eso nos han dicho.


El ambiente allí no es tan silencioso al terminar el día como los de los pabellones inferiores, la gente de planta parece que tiene mas razones para disfrutar el día y con frecuencia se escuchan risas y hasta gritos desde sus áreas de descanso, yo tuve que ver muchas cosas extrañas, pero el silencio y la discreción es parte del trabajo allí. En esa área los exámenes eran mas frecuentes para los que hacíamos tareas básicas y debía pasar tanto pruebas físicas como mentales una vez por semana. Como la luz apenas si la apagaban unas horas allí para imitar la noche la gente que laboraba en los pabellones superiores sufría mas frecuentemente trastornos del sueño y brotes de agresividad, que ponían en riesgo toda la unidad, por eso debían testarnos con mas frecuencia que en los pabellones de colina abajo.

Al inicio, ellos  pensaron que yo era hábil, alguien dijo que mi test de inteligencia correspondía para otro tipo de labores algo mas complejas dentro la colonia  pero intuí que eso allí no me iba a traer nada bueno, aun seguía con la cabeza llena de imágenes de ella y se me encogió el corazón de solo pensar que pudieran seguir moviéndome de áreas sin poder llegar jamás a vernos de nuevo, fue entonces que fingí idiotez y comencé a tener poco a poco descuidos hasta que me devolvieron al área de obreros y de tareas simples. Eso mantiene el día mas ocupado con tareas mas pesadas de orden físico, pero no me obliga a pasar controles de exámenes semanales. A veces en los controles de los pabellones superiores debía ocultar mi agresividad innata, mis ganas de salir gritando, mis deseos incontrolables de querer mandar a la porra a todos y darme un tiro en la sien en plena sala de examinadores, pero me controlaba. Lo había aprendido desde chico viviendo con mi padre alcohólico, no había mejor disciplina que guardar tu propia rabia dentro hasta ovillarla como un hilo de cobre apretado  de odio hasta que sirviera de conducción solo en el momento que decidieras y hacerlo explotar todo. No en peleas pequeñas, ni en berrinches de escuela,  por los que pudieran expulsarme de clase ni llamar al viejo a la dirección del colegio. Si te van a pillar por hacer alguna maldad  que no sean cosas de niñato -me había dicho el viejo la primera y ultima vez que lo llamaron de la escuela, me lo dijo frío y de un bofetón en la cara. Yo aprendí a callar mi rabia, mis impulsos, a golpear sacos de semillas hasta sangrar los puños pero jamás a nadie conocido en la cara, yo me estaba preparando para algo grande que lo quemara todo, que destruyera por fin todo y me alejara de esa casa y todos sus recuerdos dolorosos. Esa era mi vida entonces, una burbuja pequeña y de odio inútil en medio de toda esta ebullición  real de demencia que se cocinaba para todos ya tan cerca. 


Cuando ocurrió todo ninguno de nosotros nos dimos cuenta, parecía una de esas cosas que les pasa a otra gente, en otros mundos. Esas cosas que a nosotros no nos alcanzarían jamas, nosotros estábamos como chuchos hambrientos peleándonos en la calle por el hueso mas jugoso, mientras otros allá arriba ya decidían nuestro destino. A veces cuando tomo café y lo remuevo así tratando de ver al fondo, reflexiono si me hubiera podido dar cuenta antes lo que se venía, si alguien me lo hubiera dicho y habríamos hecho todos las cosas diferentes, pero creo que tampoco le hubiera creído. Estaba demasiado metido en mi vida y en las cosas inmediatas para salvar el día; veo el café y lo único que puedo pensar no es en el mundo que perdimos todos, en esa vida que ya no volverá a ser jamás la misma, con un día y una noche definidos y el sol redondo saliendo en la raya del horizonte en donde ahora solo se levantan astros artificiales a lo lejos, detrás de la gran pantalla que nos protege de esa atmósfera insana, señalándonos que es hora de volver a las literas o levantarse a las duchas.  No pienso en eso, porque no hay un inicio ni un final en esa idea, tal como de niño me llenaba de pánico pensar quien habría creado el universo o si existía un Dios omnipresente ahora me daba pánico pensar en qué momento y cómo lo habíamos destruido todo y que jamás nada de lo que conocimos volvería a ser como antes, ni siquiera este café que bebo y que ya no sé si lo es en realidad. No pienso en eso, en quien pienso es en ella, mi motivo de desesperanza y dolor, la pienso de forma pertinaz como un corte íntimo y profundo que me hago a diario  apenas despierto y no detengo hasta que sangre y me devuelva el sentido de humanidad que he perdido en este lugar extraño. Pienso en ella y trato de recordar su nombre sílaba por sílaba, las pocas conversaciones que cruzamos en el tren de evacuación hasta aquí, su mirada de miedo o su media sonrisa al atravesar todos aquellos campos humeantes, el cielo gris ennegrecido, las colinas antes verdes hoy congeladas como picos amenazantes en donde nunca mas crecería nada y su horror al ver que el mar antes azul también retrocedía hasta desaparecer en un lecho fangoso de oscuridad y piedras. No mires mas por la ventana, le dije y pegué mi frente a la suya como si fuéramos amigos. Tenía miedo pero allí de pie junto a ella, había un cierto calor en mi pecho que me instaba a abrazarla como parte de mi mismo para cubrir mi propio miedo.

Son pocas cosas reales a las que tengo que aferrarme. La mayoría de mis recuerdos son grises y solitarios. La vida es más injusta cuando pienso en todo el tiempo que tuvimos para encontrarnos antes y habernos hablado, amado, odiado, al menos conocido un poco  antes que todo esto sea solo caos y desolación pero que nunca, ni en el instante mas remoto, se haya dado.  Vivíamos tan cerca pero jamás nos vimos, que eran unas calles, pueblos, lagos. Ahora esa distancia significa nada. Solo orbitabamos en planos diferentes hasta chocarnos en el momento preciso, el mas vulnerable quizá. Solos en aquel tren de pasajeros asustados, ese breve momento antes que nos separen en grupos, su cara alejándose entre la multitud. Nos volveremos a ver, dijo. ¿Cuándo? ¿Dónde? A veces remuevo el negro café y quisiera estrellar mi grito contra toda esta gente gris que ha perdido toda esperanza, quisiera indagar por su nombre con desespero, preguntar si la han visto alguna vez, en estos años desde que llegamos aquí. A la mujer de los ojos marrón y el cabello oscuro, si como cualquiera me dirán. No, como ella sola, les diría yo. Alejarme corriendo por la colina hasta los pabellones superiores y preguntarles a los de planta si pasó las pruebas de salud o la dejaron fuera a que perezca como los otros. Me dan ganas de lanzar una carrera loca contra el domo que nos protege y golpearlo con puños sangrantes hasta que los gases entren, hacer estallar todo en mil pedazos, como de chico quise hacer explotar mi casa o la escuela, no hay razón alguna para llevar esta vida artificial, para este amargo gusto de vivir sin vivir y pasar del día a la noche sin saber mas de ella, sin saber que música le gustaba o si habríamos ido al cine alguna vez. Si habría querido tener hijos conmigo… Es en ese momento que me detengo y me doy cuenta que no hay futuro posible. Que no hay vida después de esta, ya no existe la vida que tuvieron nuestros padres o los suyos antes que ellos. Aquí no hay césped natural ni puestas de sol. No hay casas propias, ni pórticos ni mascotas. Nada es propio, ni los instrumentos, ni las plantas, que para observarlas debo irme a un vivero y oler una col o un tomate con la admiración y el gusto de quien contempla un ramo de rosas. 

A veces pienso que ojalá no haya pasado los exámenes, su rostro se habría entristecido con esta vida gris y monótona de gente anónima, igual que al ver el océano alejándose. ¿De qué habríamos hablado sino de mi depresión y su tristeza? Hubo un momento para los dos y fue hace mucho, en ese tren, en esos días, semanas de evacuación hacia los domos, me cuesta recordar cuando. Mi cabello ha encanecido pronto y pronto también seré desechable y fertilizante para los viveros, eso es lo que toca. No había ningún fin glorioso o memorable en la vida excepto haberme enamorado de una chica en un tren a la que jamás vi de nuevo.  A veces cuando remuevo el café ya no sé distinguir si debería ser de día o de noche, pero murmuro su nombre. Siempre, su nombre.

viernes, agosto 23, 2024

Gate 8

El avión partiría en la puerta 8 pero apenas si hizo algún esfuerzo por alcanzar el corredor que lo llevaría allí. La gente, las luces, el ruido. Todo de pronto le resultó en exceso agotador y caótico. Acababa de bajar de un avión, subir a un bus, pasar migraciones, quitarse repetidamente los zapatos y el cinturón. Dejarse revisar la entrepierna en busca de armas, dejar que los perros olieran su equipaje. Cuidado de no perder el movil, de sujetar bien el reloj de pulsera, de que los anteojos no se deslizaran del bolso. Había hecho todo el recorrido minuciosamente perfecto, con horas minutos y segundos. Eligiendo el asiento de las primeras filas, junto al pasillo, la maleta mas chica, la ropa mas cómoda. Todo cronometrado. Pero en ese último tramo del viaje algo había hecho que su paso y su pulso se desaceleren. Tal vez era la edad pensó con cierta apatía. Esa liga que sentía ahora jalando con resistencia desde su cadera y que lo tiraba para atrás. Sus pasos se volvieron lentos, Su andar pesado, los letreros con numeración aleatoria dejaron de tener importancia. Tenía el tiempo para llegar, pero ya no importaba. Ese era el último vuelo del día a casa, pero quizá no llegaría hoy. En verdad ese agotamiento mortal lo invadió hasta cambiar de peso todas las cosas que anteriormente le importaban.


Se imaginó atravesando el portal de casa, el olor conocido de los restos de comida casera o a la fruta que envejece en el frutero, ese vaho tenue en la humedad en los muebles y en las ropas conocidas. La intensidad de las luces del salón que no eran las mismas que las que colgaban de la cocina. El tacto del felpudo al quitarse los zapatos y caminar descalzo por casa. La familiaridad del cuarto de baño y de la cama tendida. Toda ese pequeño mundo que era tan suyo, tan privado y tan suyo que solo cobraba importancia en los momentos antes del reencuentro. Los números amarillos que indicaban las salidas correspondientes, con nombres vistosos de ciudades a las que no regresaría ese día, se volvieron borrosos. Quizá estaba experimentando un stroke pensó para si mismo y no tuvo miedo, quizá había un poco de humor negro en ello. Vivir corriendo por todo el mundo para acabar muriendo en la puerta de un aeropuerto. ¿Quien lo vendría a buscar? ¿Quién repatriaría sus restos? Sonrío para si, la puerta 8 estaba casi al alcance de la mano, la aeromoza llamaba con prisa a los pasajeros que se agolpaban en una cola, en donde antes el hubiera sido el primero. Se detuvo, llevaba el cabello sin ordenar y un aspecto de cierto desaliño que ocurría siempre después de las carreras entre viajes. No había porqué apresurarse. De pronto todo el mundo alrededor le resultaba tedioso y aburrido, con una prisa absurda por ir hacia alguna parte como si eso diera real significado a sus vidas.

 Revisó el móvil, numero de vuelo, hora y número de asiento. ¿Ya que importaba? ¿Qué significaba toda aquella simbología que antes lo había impulsado en vuelos sucesivos, a tierras desconocidas, monedas diferentes y hablas diferentes? Lo suyo no eran nunca vacaciones pero parecían. El mundo real parecía ser aquel de donde venía y no aquel al cual regresaba. ¿Cuál era su verdadera casa, su cama  o sus pantuflas favoritas? Acaso no lo eran solo por un rato. No lo acogían ya brazos cariñosos, risas de hijos, o el olor de las patas de su perro al cruzar el umbral de casa. Esa había sido otra vida, otro alguien que pululaba por ahí diciendo que le faltaban cosas, que le faltaba tiempo. Que le faltaban sueños por cumplir. Y ahora, que lo tenía todo, en todos lados en todos los brazos a los que se acercara, nada de eso era suficiente. Había cambiado una moneda por otra, así lo sentía, el valor de cambio podía variar, pero seguía siendo una moneda que podía perder y dejar en el camino.  Quizá unas veces lo invadiera la nostalgia por recuerdos y situaciones pero no podía recordar la persona que había sido en esa época precisa de su vida. Recordaba por ejemplo haber llorado y maldecido. Haber jurado amor hasta el cansancio y todas esas historias también a la luz de los años le resultaban distantes y desconocidas. Hace poco en un país distinto se había encontrado por casualidad en la sala de un aeropuerto con una mujer que en su momento había significado mucho para si, se habían sentado a la mesa y bebido una copa de vino como si fueran viejos amigos que se cuentan anécdotas mientras esperan sus respectivos vuelos. El notó que la mujer lo miraba con insistencia, al parecer quería saber si aun sentía algo de toda esa pasión que le había jurado. Aunque habían cambiado ambos seguían siendo personas fisicamente atractivas, pero ya no había nada cautivante en esa persona para el. Supuso que para ella era lo mismo, porque a pesar de todos los temas en común, no hubo ninguna electricidad ni al estrechar las manos o en el abrazo de despedida que intentó ella. Su perfume se había quedado en su gabardina y eso al tomar su vuelo le había generado cierta contrariedad. Como era posible que ese olor lo transportara a una época en que había sido feliz e infeliz al mismo tiempo. En que hubiera sentido con intensidad y jurado matar por amor si era posible y de pronto ya no sintiera absolutamente nada. Ni siquiera rabia. La mujer era feliz ahora, hijos, marido, algo de eso le había contado y el en ese momento le había mostrado su celular con fotos de la pareja y el perro, incluso el niño pequeño. Quizá lo había hecho por poner los valores en equilibrio, pero nada más. Recordó que en algún momento esa mujer le había pedido un hijo, porque al ver la foto su dedo rozó la pantalla y le mencionó que tenía sus ojos. El intentó recordar porque se habían amado, porque se habían jurado cosas. Eran muy jovenes. Después de eso había estado con otras mujeres y vivido con la que fue la madre de su hijo, pero ninguna de aquellas personas le había generado un sentimiento de real cercanía.  Como los números en aquel largo corredor de aeropuerto, eran sucesivos y variables. Unas puertas conducían a paraísos del caribe y otros a tierras altas y montañosas, no tenía preferencia por unos lugares o por otros. Solo eran eso, lugares. El estaba allí, miraba alrededor compartía con la gente, escuchaba, no preguntaba, escuchaba largamente y si tenía que hablar hablaba. Al marcharse del lugar un buen recuerdo, pero ninguna atadura. 

El ultimo pasajero de la puerta  embarcó y empezaron a llamarlo por su nombre, varias veces, el veía como la aeromoza salía y buscaba al pasajero X con ultimo llamado para embarcar. No tenía caso. No había prisa. El sillón mullido o el olor de casa, la vista de la ciudad por la ventana pequeña. ¿A dónde volvería y con qué fin ? Llevaba tanto tiempo corriendo, esperando encontrar un motivo para detenerse en algún lugar en donde se encontrara a gusto y no existía, no existía un lugar en donde existir y de donde no querer irse. Ni brazos cariñosos, ni mujeres, ni hijos. Había una persona ahí dentro que ya no quería moverse mas por un rato. Que se vaya el avión. Que la suerte decida, se dijo. 

A veces los aviones también se caen, recordó esa frase de mala leche de uno de los amigos que se quedaban siempre en tierra. Por un momento esa idea lo animó a correr a la puerta. Y si esta vez, por una vez, sucediera algo nuevo? Pensó en ese probable avión cayendo en picada, desbaratándose contra todo lo seguro. Cierta ilusión pobló su pecho como un relámpago. Poco a poco dio un paso hacia adelante. La puerta 8 aun no se cerraba. 


jueves, agosto 22, 2024

La Viuda

-Y usted qué hace con tantos sombreros?

-Viajar. Viajo mucho


La pregunta la había sorprendido de repente cuando tomaba el café de pie rumbo a la tintorería. La gente en aquel viejo barrio, aun sin conocerse seguía manteniendo las costumbres de antaño, esa curiosidad preguntona que no tenía vergüenza. Ella había llegado al barrio hacía treinta, con su primer esposo. Bueno, el único. El único con quien había firmado un papel para casarse y para comprar aquel viejo departamento del que habían prometido mudarse apenas terminara la recesión y que finalmente habían terminado comprando, encariñados por la vista de la puesta de sol y la rutina. 

Ellos dos habían sido al inicio tan parecidos, pensó con alguna nostalgia.


Llevaba los cinco sombreros en la mano sin haberse hecho de una bolsa, los llevaba mostrando sus vivos colores contrastando contra la mañana brumosa. Se imaginó a si misma como una vendedora de sombreros de una de esas calles del caribe que había recorrido sola, luego que el se marchara. La vida había sido dura y blanda desde su partida. Cuentas por pagar, papeles que no entendía, reparaciones continuas al auto del que también terminó deshaciéndose, como de todos sus discos y papeles. De los tiempos del duelo recordaba la dificultad de sobrevivir el día a día  y la dificultad de respirar las primeras mañanas sin el. La primera bocanada de aire que daba sola. Que dolorosa. Qué difícil todo. Sin hijos que los unieran, sin mascotas. Sin un plan económico que la sostuviera  por si esas eventualidades como la invalidez o la muerte tocaran de pronto a nuestros sueños de amor mas plácidos. Luego la vida se acomodaría lentamente, como se termina acomodando todo, comer menos, caminar mas. Dos trabajos. Menos ropa en el armario, menos tiempo para pensar.  Dejar los periódicos. Habituarse a leer en serio. Muchos libros de texto, al inicio de esos que les recomiendan a los niños y después todo tipo de libros.  Empezaba una larga vida para si misma y ni siquiera lo intuía. Dejó el vasito de café express en el cesto de basura que correspondía y reemprendió su camino. 

Al inicio le había costado mucho caminar sola, salir sola, llegar a un restaurante y pedir la carta sola. Los que luego la habían llamado como dama muy independiente ni siquiera intuían cuanto le había costado volver a ser un ser humano después que él se marchara. Estiraba los dedos, tocaba las paredes y las hojas de los jardines, deseaba rozar su mano cuando tenía miedo. Aunque sea su mano. Ya no estaba, ya nunca mas estaría.  

No había encontrado otra forma de encontrarse  a si misma de nuevo que no fuera en los libros. Cuando comenzaron su vida juntos, él había llevado muchos a ese pequeño departamento grisáceo. Los traía en una caja de cartón y se enorgullecía que a pesar de sus carencias siempre hubiera podido ingeniárselas para tener solo libros originales, con hermoso lomo plateado. Ella no había entendido su pasión por los libros ni por los autos en ese momento. Probablemente porque su pasión era suya y la mantenía al margen de esos títulos raros, que intuía demasiado complicados para ella, pero en cambio le gustaban sus historias narradas en voz alta, las historias de niñez, en las que había un lado humano que el no parecía querer mostrarle al mundo. En ese momento lo sentía cercano y suyo. Justo antes de dormir, en el umbral en el que se volvía niño y hombre. Cuan desconocidos eran ambos a sus veinte años, pero ella creía a esa edad temprana que podrían llegar a conocerse, que el conocería todo de ella. Que ambos podrían vencerlo todo.


Cuando empezó a leer lo hizo primero por el insomnio, no tenía a quien llamar. Y las conversaciones con la gente la abrumaban un poco.  No había tenido hijos y las frases de lástima o conmiseración por parte de otras mujeres la hacían sentir contrariada, como si al perderlo a el y quedarse sin descendencia su existencia no tuviera ningún sentido práctico en esta vida. Al inicio la habían invitado a cenas o reuniones de gente del trabajo, pero al ser la viuda nueva, las miradas de los hombres habían cambiado y el recelo de las mujeres igual.  Seguía siendo atractiva, ella no lo veía pero quizá los otros si. Descolgó los espejos. Los libros eran un lugar seguro. Ahí nadie te juzgaba, podías sentir la emoción del otro tal como la sentía el protagonista.  No necesitabas hurgar minuciosamente para que se abriera a ti. Las emociones de los personajes, sus dudas y sus sueños o derrotas estaban al alcance de la mano. 

Se había entusiasmado con las novelas de aventura mas que con las novelas de amor, le gustaban esas historias en donde el personaje rompe con sus propios vínculos seguros para salir a la búsqueda de lo desconocido. Selvas virgenes, playas o naufragios. A veces el hallazgo de un remoto tesoro. No soportaba las novelas románticas, a su edad el amor ya había tenido muchas caras y sabía que era mucho lo que ofrecía pero poco lo que retribuía. Ella había amado vehemente y fielmente, pero la vida le había arrebatado al hombre que debía cuidarla hasta el fin de los días. Se sentía estafada, esos primeros veinte años de su vida podían fácilmente titularse de : Dedicación al otro. Pero no se puede confiar en las personas. Ahora que se había quedado sola los libros la acompañarían el resto de la vida o eso pensaba. Pero no fue así. 

Los libros serían solo una guía, pronto se daría el primer viaje y luego el siguiente y luego dejar de pedir sin vergüenza el café o el agua en algún chiringuito de país desconocido. Cuánto había ahorrado para poder viajar así. Cuántas personas extrañas cuyo numero no guardaba ya, había conocido desde entonces. Si el la viera ahora quizá no la reconocería ni la volvería a elegir, los hombres que habían intentado amarla desde entonces habían sido unos cuantos pero nadie valía la pena entregar otros veinte años de su vida, de la forma que lo había hecho con él. Temiendo, cuidándole los sueños a veces como amiga y otros como la madre que no buscaba. ¿Acaso ella no lo había convertido a él en el hijo que intuía que el buscaba incansable en su vientre? Le había dado de comer de su seno y soplado la frente mientras dormía, acariciado su cabello y pronunciado dulces palabras a su oido como un sortilegio para tenerlo siempre consigo. No había mas hombre en este mundo que él, no necesitaba hijos ni descendencia alguna si lo tenía a él en su lecho o esperando de pie en la cocina. Incluso si no hablaban. Incluso ante esos berrinches e inconsistencias que tenemos los seres humanos. Ella lo había querido sostener en medio de su rabia. Dar más paciencia de la que creía poseer, ser mejor por el. Para eso no habían firmado ese papelito? ¿Para ser mas gentil con el corazón del otro que con el propio? Ella había terminado de crecer emocionalmente con él, pero todo ese amor no había sido recíproco. 

Al poco de enviudar se había aparecido la otra familia, la familia que el forjó mientras a ella le perdonaba en silencio no poder darle hijos. Esa familia donde tenía el resto de los libros de lomo plateado, los que probablemente si leía y comentaba a la hora de la cena. Nada de eso le sorprendió, porque en el fondo solo nos enteramos de lo que ya sabemos y la verdad es que el jamás había demostrado lo mismo que ella. Quizás a los veinte cuando habían firmado ese papelito, pero después ya no. Se fue extinguiendo. El dejó de preguntarle sus gustos y sueños y ella dejó de mostrarle cuáles eran sus heridas. En calma, todo en calma se había dejado morir el amor, para darle paso a esa rutina espesa, de menos palabras para evitar disgustos. Enviudar ya solo había sido un mero trámite físico. La cama para ella sola, el departamento chico el único bien material que le quedaba, para ella sola también. Que caso tenía mudarse de barrio. Había una hermosa vista al ocaso aun. El lo había elegido por los parques, para pasear a chicos y perros imaginarios que jamás llegaron a tener. Ahora se paseaba ella, sola, por allí sin cadena. Y paseaba también otros parques, de otras ciudades, a pata limpia o en bicicleta. Cincuenta y cinco años, parecía nada, pero era todo una vida. Toda una vida sin el. Toda una vida que venía adelante para ella sola.

Uno de los sombreros de colores se le voló de la mano.

Señora, tome. Un pequeño niño de los tantos de ese barrio sin nombre le acercó el sombrero volado. Ella le agradeció poniéndoselo en la cabeza y haciendo luego una caricia en sus rulos.

-Que lindos- Pasó alguien comentando. ¿Son familia ?

Se sonrieron mutuamente, el niño se retiró avergonzado. Ella solo siguió su camino. Cuantos recuerdos buenos, pensó sin dolor. Cuánta vida. 


  

viernes, marzo 23, 2018

Irina

Casi al final del amor, Irina se mira en el espejo del ropero y no puede evitar decir lo que ha pensado toda la tarde:

-Ven mejor en las mañanas, cuando no tengo panza y me siento bonita.
  • De qué panza hablas, mujer? Ni siquiera la he visto.

  Es mentira, pero Luciano lo dice con cierta dulzura. Le gusta bajar la cabeza hasta sus muslos y  arrastrar la cara sobre su vientre sintiendo el rumor de sus tripas. Eso le conforta, hay una sensación de realidad que le da piso después de haber estado todo el día mareado pensando en ella.

Irina hace un mohín incrédulo, se tuerce en la cama como un gato y se acurruca  frente a el junto a su pecho.

-A dónde viajarás hoy?

El le dice su itinerario de la semana con voz calmada, mientras pasa su dedo índice por esa cara ovalada y el perfil lleno de pecas. No hay nadie mas en quien pensar que en ella mientras está de viaje.  Abre y cierra los ojos  adormitado frente a la ventanilla del tren y piensa en ella a gusto, sin que nadie lo moleste. Sin que vengan los hijos a pedirle que participe en sus juegos o la mujer a reclamarle dinero o cualquier cosa ordinaria y absurda. No están los jefes ni los demás empleados para interrumpir su ensueño, solo está la imagen de Irina apareciendo detrás de las lunas del tren mientras avanza de lugar en lugar, viendo como los cables de luz hacen panzas al caer entre los postes. Puede imaginársela como quiera, a veces feliz y otras triste. Existe Irina fuera de sus pensamientos realmente? Fuera de esa cama destendida? A menudo se la imagina flotando como en un sueño al que no puede regresar cuando desea.

Es una agonía, en cambio, para Irina cada vez que él se va. Suele preguntarse si de verdad volverá a ella o si esta vez será la del último encuentro. Entonces trata de tocar su cuerpo  magro lo mas que puede, uniendo con un pálido dedo las cicatrices que poco a poco ha ido descubriendo en su piel, territorio agreste propiedad de otras manos y otra boca. Cicatrices de todas las épocas antes de ella. La del mentón estrellada y hundida y la del empeine en forma de pluma, las pequeñas en los brazos y piernas, la brutal en el abdomen, con sus bordes elevados como el perfil de un cráter que ha tratado de engullir un fuego. Cada sesión suele preguntar sobre el origen de alguna y siempre hay una historia interesante detrás de aquella,  que el recita con voz ronca y profunda desde el decúbito. Ambos miran al techo entonces y esa voz que es mas calmada que la que usa a diario mientras trabaja o dirige a la familia, esa voz de relator de historias, que es solo propiedad de ella, de cuando dormitan en el lecho, cuenta historias de cuando era el niño que se caía de la bicicleta al ser perseguido por sus compañeros, hasta cuando era el joven Luciano peleando por sus primeras decepciones amorosas y luego,  las historias del hombre hecho a porrazos, ese mismo hombre que ahora ella tenía entre las piernas ajustado en un abrazo íntimo y suave, como si todo lo valioso y etéreo de este mundo solo cobrara territorio real en esos dos palmos entre su abdomen y su pelvis.

-Me escribirás esta vez? Susurra ella debajo de su rostro, su perfume asciende entre su barba como una brisa
-Sabes que siempre lo hago- le dice pegando sus labios a la frente fruncida de ella, intentando que confíe.
-Si, si, ya sé, me escribes cartas mentales todo el tiempo. Me pregunto donde las guardas?- dice ella con impaciencia, intentando apartarse de su abrazo de oso.
-Aquí, donde más? Donde tu habitas- y luego se señala el velludo pecho que ella acaba de arañar hace unos minutos.

Irina se recuesta ahí por un rato. Tras la ventana hay una nevada intensa que hace que el hogar se sienta mas confortable de lo que en realidad es. Una habitación pequeña y lúgubre con el abrigo de Irina colgado en la pared y una foto a blanco y negro de un hombre domando un potro. Las luces afuera son de un ámbar mortecino de fin del mundo. Amaría que fuera así siempre, que cada tormenta lo obligara a quedarse con ella. Que las comunicaciones estén bloqueadas, que no deba irse nunca y la vea despertar en la mañana y enterarse así como despierta. Como es que inicia su rutina diaria sin él, pensando en él.  La noche es larga aún pero a cada instante parece que se acabara, de lo perfecta que transcurre. Luciano abrazado a ella, besándole la frente hasta que se duerma, sus piernas sobre las suyas. El latido acompasado de su pecho bajo su oído. La panza  de Irina truena de hambre entonces, es la realidad que aparece entre ellos. Eso que a el le da noción de tener piso y a ella la devuelve a la angustia.


miércoles, octubre 26, 2011

"La Pequeña"

Ella se acodó en el alfeizar de la ventana a esperar su regreso. Los cabellos sueltos y desordenados, la camisa amplia que se transparentaba contra sus pechos con la fresca brisa de la tarde, su boca mojada de sabor a mango y aquella mirada dubitativa que siempre hacia pensar que no estaba en ninguna parte que no fuera en torno a sus recuerdos.


Dos pisos más abajo la ciudad aun no había despertado del letargo de la tarde. Contra los balcones de madera aun se zarandeaban las banderas con los tres colores de la independencia. Las casas de paredes de cal, formaban una hilera continua que bordeaba un camino de tierra roja apisotonada por cientos de huellas descalzas rumbo a los campos de café. ¿Qué huella sería la de él? - se preguntó con un mohín de nostalgia. Su rostro de líneas suaves se acunó entre las manos que antes habían tocado sus viejas manos. Esas rudas y tostadas manos que acariciaban su pelo al terminar la tarde.

Así lo recordaba ella tremendamente viejo y cansado, su rostro se perdía ahora entre miles de rostros parecidos en su memoria. Rostros quemados por el calor del campo o surcados por arrugas prematuras. En cambio podía recordar perfectamente la textura de sus manos o el olor a tabaco en su camisa gastada. Las miles de líneas coloridas en sus palmas terrosas cuando las abría enormes sobre el regazo de ella.

“Por aquí ha caminado un gusano”, solía empezar haciéndola seguir con su dedo pequeño la larga línea que dividía en dos su palma callosa, “ pero al llegar aquí se ha convertido en bella mariposa…” Su índice señalaba entonces sus pechos incipientes y su yema tocaba sutilmente la ropa infantil que se le había tornado de pronto demasiado pequeña para tapar su cuerpo en desarrollo. Ella entonces sonrojaba su rostro de azucena y sonreía tímidamente dejando que el fumara el resto del tabaco con falsa indiferencia.

Podía sentir el calor en sus muslos, cuando se encaramaba en ellos, pidiéndole otro cuento sobre aparecidos. Y en la mecedora de mimbre él se intentaba incorporar para alejarla de su cuerpo, brevemente…inútilmente. Ella ponía entonces la espalda derecha y en un gesto que rayaba en lo engreído se acomodaba el cabello en una larga cola, que perfumaba brevemente el rostro cansino de él, con aroma de lavanda y manzanilla.

Cuénteme otro cuento, parcero- insistía ella mirándolo de reojo, con ensayada mueca infantil. Y el comenzaba a mecer su cuerpo de doncella, inventado uno que otro cuento de final extravagante, sin animarse a echarla fuera del calor de su regazo. Muy cercana su voz a su oído, su barba sin afeitar rozando por momentos su mejilla suave. Una voz grave brotaba desde el entonces, poblando el ambiente tropical de demonios, de brujas y duendes y esa voz de altibajos o susurros, aun ahora parecía al evocarla, acunarla en las noches de insomnio.

Su voz y su olor parecían ser los únicos recuerdos, sus manos firmes aferradas en los brazos de la mecedora. La derecha con el tabaco siempre encendido, la izquierda con las venas palpitando oscuras mientras ella acomodaba su cuerpo al suyo al morir la tarde. Su rostro se volvía continuamente buscando tropezarse con el suyo, su boca cercana a su aliento acre, murmuraba sin parar preguntas como ¿De que están hechas las alas de las mariposas? o ¿Alguna vez te has enamorado? El resoplaba cansado y entre las matas de plátano corría de pronto una gallina ruidosa rompiendo ese silencio intimo que acercaba sus rostros en la espera de una respuesta.

Apoyada en aquella ventana, ella seguía ahora esperando respuestas. ¿Qué había sido de él después de esa última tarde juntos? ¿Podría volver a verla a la cara un día o ambos ya estarían demasiado viejos y curtidos para contarse cuentos? Su rostro se fue pintando de los colores de la tarde que incendiaba ahora los portales de las casas y en sus ojos se pusieron a media asta todas las banderas. Recordó aquella noche sin luna en que su cuerpo tibio busco el suyo a tientas, la falta de sorpresa en sus ojos al mirarla, como si desde hace mucho la estuviera esperando. El calor de su vientre y lo áspero de sus manos callosas rasgando por primera vez su inocencia. Su cuerpo con olor a madera antigua y tabaco. En el silencio roto por cientos de grillos, su voz susurrante diciendo: Pequeña, pequeña…


La noche cayó demasiado rápido llenando de astros aquel atardecer sangrante. Ella, con el rostro húmedo de recuerdos de inocencia, evocó su olor, la textura de su piel, sus historias larguísimas sin final feliz, su cuerpo tibio tumbado sobre el suyo, lo recordó todo con la precision de los enamorados, excepto su nombre o la nitidez de su rostro.

martes, septiembre 13, 2011

"Cecile"


¿Alguna vez has visto un muerto?- me dijo y allí empezaría todo. 


Muchos- repliqué sin ganas, dándole la espalda en la cama revuelta. 
¿Cuántos?- insistió el, con ojos de niño grande. Ya perdí la cuenta- le dije sin ganas y fingí dormir, con un sueño pesado que pronto me alejó de él en medio de otros sueños más recientes y aprehensivos. La verdad no había visto muchos muertos, o más bien no habían muerto por mi mano, pero los había acompañado en el sendero lúgubre de las despedidas, mientras Cecile con el pelo castaño cayéndole lacio por la frente, transpiraba y se aplicaba inútilmente a la tarea de revivirlos.

A mí me gustaba mirar y estar presente cuando sucedía, porque siempre era un milagro la sutileza con la que llegaba la muerte al rostro de las personas. Mientras Cecile se alejaba frotándose los brazos por el esfuerzo de reanimarlos, frustrada en su tarea, con el mandil salpicado de sangre y saliva ajena, yo acudía a ellos para abrirles los ojos y verlos con las pupilas repentinamente abiertas y dilatadas, fijas en la oscuridad de algo inconmensurable hasta ese momento. Ojos enormes y fijos, como si por primera vez vieran algo realmente increíble, luego de largas vidas ordinarias.

Al llegar la madrugada me aparté de su lado, al notar que Nanu dormía profundamente con la boca abierta en un ronquido gutural que jamás me había agradado. Mi insomnio pertinaz hacia que siempre pudiera irme antes que él despertara. Me iba de su lado diciendo que ya no volvería, pero siempre había una nueva fiesta, algún nuevo evento triste y sin resolver, que me hacia recurrir a su lecho maloliente de alcohol y cigarrillos.
Esta vez no era diferente y lo había empeorado esa pregunta infantil que me irritaba tanto: ¿Alguna vez has visto un muerto? Supe de pronto que él vivía de este lado, el de los vivos, en donde la vida era blanda y sucedía sin contratiempos, donde la gente no te aguardaba llorando en los pasadizos para preguntarte ¿Qué había pasado, vive aun?

Caminé sin prisas en medio de una noche demasiado bella para ser desperdiciada en la cama. El viento fresco traía las canciones y las voces de la gente trasnochada al otro lado del puente. 

“Ey, enfermerita yo necesito alguien que me cure”- resonó en medio de carcajadas desde la otra vereda. Un grupo de muchachos que seguramente regresaba también de alguna fiesta, se abrazaban dando traspiés y enviándome besos. 

Les hice una señal con el dedo y apuré el paso. Bajo el guardapolvo blanco de Cecile me sentía incómoda e indefensa. La idea transgresora había sido de Nanu, “Quiero que vengas vestida como enfermera” me había dicho y yo había jugado a hacerle caso, robando por una noche el mandil de Cecile, mucho más baja y delgada que yo, el cual me hacia mostrar los muslos rollizos cubiertos por un par de pantis nacaradas. 

Solo el mandil de ella me cubría la piel, la ropa interior diminuta era enteramente mía. Llegué a su casa y esta vez no necesitó beber demasiado para tirarse encima de mí. Lo hizo fuerte, como solía hacerlo Nanu cuando dejábamos de vernos por semanas. Su mano me sujetó el cuello hasta casi ahorcarme y luego de un remedo de beso, me lo hizo como si la noche que quedaba fuera demasiado corta.

Yo me dejé hacer porque hacerlo fuerte era la única manera que teníamos Nanu y yo de hacer el amor para sentir algo que no fuera una pena infinita al tocar nuestros cuerpos desnudos. Su boca descendió hasta la raíz de mis pechos presionándome contra la pared no escarchada de su habitación, hiriéndome la piel cubierta solo por la fina tela blanca; su mano retiró apenas la ropa interior antes de ingresar jadeando con la fuerza de un animal, una, dos, tres veces dentro de mí. Su cabello grasoso rozaba mi barbilla cuando Nanu balbuceó el nombre de Cecile antes de venirse entero, dejando restos fluidos sobre mis bragas aun puestas.

No era novedad que Nanu amara a la bella Cecile, de lejos e irremediablemente. Sin una palabra entre ellos que pudiera siquiera dar la posibilidad de un mínimo contacto futuro, ¡tan diferentes eran! Nanu se había acercado a mí por acercarse a Cecile en una de las fiestas de poetas decadentes a las que yo llevaba a Cecile, en pago por acompañarla en sus turnos de guardia hospitalarios. 

Nanu era un hombre guapo pero pobre y generalmente desaliñando, he ahí el detalle de que Cecile jamás lo mirara en serio; a diferencia mía, con un gusto genuino por los pobres diablos y los que se hacían llamar como poetas malditos.
Me había atraído su barba a medio crecer, su mirada profunda de huérfano buscando abrigo y sus brazos robustos saliendo de un cuerpo macizo y compacto. El sexo entre Nanu y yo había sucedido natural y sin aspavientos, luego de un par de cervezas y una conversación sobre la música de películas viejas. Nanu amaba la música aunque no tocara ningún instrumento y a mí me gustaba inventar que cantaba bien, para sentirme importante. Esa noche cantamos, desafinados y alegres, un canto que sonaba a revolucionario desde una mesa de la Petite Gollete, mientras que a Cecile seguramente se la tiraba el viejo calvo de pasaporte belga que nos alquilaba el piso que ambas compartíamos dos calles más arriba.

Cecile era hermosa, inteligente y graciosa, pero no tenía suerte en el amor. Tal vez en eso era lo único en lo que ambas coincidíamos. Ella, soñadora y engreída desde la cuna, a menudo amaba a quien no debía y terminaba siendo amaba por quien no quería. Su cuerpo delicado del color de las almendras, se acostaba en mi lecho llorando a mitad de la noche por amores que no podían ser. Yo le tocaba los cabellos perfumados y las manos suaves con olor a jabón carbólico y sentía entonces, al tocarla tan cercana y ausente al mismo tiempo entre mis frazadas, que la odiaba profunda y visceralmente, mientras me iba inventando alguna canción que rimara con su nombre y le creara sonrisas antes de quedarse dormida.

¡Cuánto hubiera dado Nanu por arrullarla en esos instantes de infinita soledad a los que era proclive Cecile luego aquellos largos turnos de trabajo! ¡Cuánto por cantarle canciones dulces como le inventaba yo! La voz ruda de Nanu se dulcificaba al preguntarme por “los asuntos de casa” y con casa me quería decir Cecile
¿Cómo esta ella? Solía filtrar, fingiendo indiferencia ¿Duerme acompañada ahora? Y yo solía responderle que por casa todo bien, que muchos libros, mucho desorden, mucha ropa blanca tirada por todas partes, que pronto me iba a mudar a algún lado, pero él reaccionaba con una carcajada nerviosa, que denotaba temor, como si al alejarme yo de Cecile, el también perdiera parte de ella y de su historia.

El reloj dio las dos cuando pasé frente a la catedral, la lluvia reciente había dejado resbalosos los peldaños y debía caminar con cuidado sobre los zapatos altos para no caer y ensuciar mi traje prestado, espectralmente blanco.

¿Has visto alguna vez un muerto? Seguía rodando mi mente y la pregunta de Nanu llevaba impresa en sus ojos la incredulidad de que yo pudiera soportar tan bien la desgracia de la muerte como Cecile, que yo pudiera ser tan fuerte como aparentaba ella al enfrentar tales circunstancias. Tal vez era que Nanu y yo apenas nos conocíamos a pesar de llevar un año en los avatares del amor y otras miserias adictivas. 

Nunca me había hecho preguntas demás, ignoraba que yo también había iniciado la escuela de medicina hace muchos años junto a Cecile, o que no la había terminado a tiempo por falta de dinero. Nanu me creía mala, oscura y alcohólica como él y no le importaba conocerme más, porque con eso era suficiente. Yo lo creía débil e ingenuo, brillante cuando escribía, detestable cuando bebía. Adorable cuando fingía que podía ser algún día alguien diferente. Alguien con futuro.

Estábamos cerca por el sexo sin preguntas, la compañía sin responsabilidades, el disfrute sin cargos de conciencia. Nanu no me amaba a mí y yo no quería amarle a él. Sin embargo Cecile nos unía como un lazo tenso que volvía nuestra existencia melancólica o irascible según fuera el caso. A veces Nanu se permitía acariciarme el borde de los labios antes de cogerme o besar mi cuello quedamente antes de romperme la ropa a zarpazos. Eran apenas unos gestos, como rescoldos tibios de su amor silente por la dulce Cecile y esos pequeños gestos dirigidos a otra, hacían posible que yo lo deseara, que me mojara las bragas por el sí se acercaba, que llorara en silencio si al follarme, en cada golpe duro de su pelvis contra mis caderas sintiera que ambos debíamos hacerlo siempre rudo y sin palabras por Cecile, por ese amor entre nosotros que había nacido ya muerto y corrompido por la sombra de lo que jamás sería. A nosotros dos que no se nos permitía ser dulces para no llorar al terminar el día, como lo hacía ella, exponiendo esa fragilidad que hedía a indulgencia.

-“Ey enfermera, ¿no me da una medicina para la tos?” Sonó una nueva voz de entre las columnas de la catedral iluminada por luces color ámbar. Me paré en seco para ver el rostro de gesto canalla que me contemplaba saliendo desde la oscuridad. 
-“No doy medicina pero puedo frotarte algún ungüento…” le dije con el rostro cínico de las mujeres despechadas. La voz soltó una risita desde su escondite.

-“¿Cuál es su nombre enfermerita?” -Me dijo la voz acercándome un cigarrillo encendido, mientras rozaba con la otra el borde de mi solapa. 

-“Cecile”- contesté sin remordimientos, fiel al nombre bordado en mi guardapolvo blanco con letras escarlatas.
-¿Me llevarías a casa?- Coqueteé sin pudor, mientras pensaba que tal vez podría mostrarle al día siguiente a Nanu como se ven los muertos cuando los ves directamente a los ojos.

Maricona

Ella gritó “maricona” pedaleando su hermosa bicicleta rosa a toda prisa muy delante mio. Yo no podía seguirla. No podía pedalear a toda velo...