El Hombre Finito 2: Laura


Me agrada la amistad que surge entre la gente ebria, ese ánimo achispado de la gente que lleva alcohol en las venas, esa repentina amabilidad que les surge en los rostros, esas ganas de abrazarte y sonreírte como si fuera acaso,  el festejo del último día del año. Usualmente la gente no brinda esa confianza, no me invita un cigarrillo, ni comparte una historia sino está entre copas. La gente desde que era niño siempre me ha visto de forma huraña y con mirada desconfiada, con una actitud hostil que me ha hecho sentirme incómodo con mi propio aspecto e inseguro de cada gesto que llevo a cabo. Pero con el alcohol la gente se vuelve distinta, la gente se relaja, se abre al mundo y es feliz;  es en ese momento que yo soy feliz con ellos.

Desde que me diagnosticaron de mi bomba cerebral, comencé a frecuentar cada vez más los bares y mucho más aquellos que contaban con salones de baile. Descubrí que la gente dada a bailar es más permeable a compartir experiencias con otras personas que aquellas que se sientan a beber y hablar de si mismos y yo no quería hablar de mi mismo, ni de mis penas. No tenia tiempo de quejarme de mi vida, ni de estar triste, yo quería vivir todo lo que pudiera.
De aquellos sitios para bailar, descubrí que los mejores eran las discotecas para extranjeros. Los extranjeros tienen el doble de felicidad que el resto porque tienen esa felicidad de turista, del que solo está de paso y cualquier experiencia, incluso siendo ésta mala, la atesorarán para siempre. La gente que rodea a los turistas también está el doble de feliz haciendo cosas locas de las cuales mas nadie tendrá registro. Para todos en aquellos bares es nuestro último día en la ciudad y por lo tanto, nuestro último recuerdo perfecto.
Mi horario es el de después de medianoche, cuando las bandas ya están tocando las canciones más movidas y los tipos se han quitado las chaquetas y se saludan entre sí tragos en mano, las mujeres ya han tomado varias copas luciendo mejillas coloradas y tops descubiertos y la gente va entrando en grupos hasta llenar los locales de una mezcla de diversos perfumes y cigarrillos. 

Desde lo del aneurisma, suelo apreciar con mucha mayor intensidad los olores,  y hay una hora en que la gente aún permanece prolija con la fragancia y el shampoo del día emanando de ellos y  sus bocas exhalan solo risas diáfanas de menta. Hay una hora perfecta en donde todo es solo alegría y las mandíbulas están laxas con sonrisas de gestos coquetos. Yo disfruto esa hora, esa es mi hora de observación del universo. Porque para mí el universo no está compuesto de estrellas ni de cometas, ni de árboles gigantes, para mí el universo son todas esas personas vibrando allá afuera, que desconocen que su tiempo está por acabarse quizá esta misma noche y que son poseedoras de una eternidad inconmensurable y perfecta, ya sea porque están enamoradas, porque crearán una familia, porque serán padres o abuelos y perduraran así físicamente a través de otros.
Lo sé, parezco un loco observando a la gente, pero cerveza en mano voy agitándome yo también, camino entre ellos, haciendo grupos, bailando, riendo, besando y no me resulta difícil ligar y amar. Pasar varias noches con mujeres diferentes, de colores y lenguajes diferentes que siempre terminan preguntando entre risas lo mismo ¿eres italiano Manolo?  ¿Estás de viaje? ¿Cuánto tiempo te quedas en la ciudad? Y en la cama revuelta yo rio con la resaca a cuestas de cervezas invitadas, sin saber cómo contestar que para mí este viaje solo dura una noche, por eso es eterno, como mi amor por ellas. Y esa frase les encanta. Vibran con esa frase, sin entenderla del todo, por eso seguimos tirando y amando y riendo. Bendito sea el alcohol y la fiesta!
Esa ha sido mi vida hasta ahora, cualquier día de la semana, según me provoque. Hay semanas que no voy, no me importa, me encierro a leer un libro a hacer planes locos con el Comandante, pero usualmente al llegar la medianoche mi cuerpo extraña el calor y la empatía de otros cuerpos agitándose conmigo, vibrando conmigo como si la vida fuera eterna por una noche.
En una de esas noche eternas en un  bar para turistas conocí a Laura, que no era ni blanca ni negra, ni alta, ni baja. Probablemente solo alguien de la ciudad, otra chica buscando su amor de turista. Una cara indiferente enmarcada por una cabellera larga y negra.  Unos ojos, bueno, los ojos…Laura llevaba los ojos cerrados el día que la conocí y los labios carnosos cantaban a trozos una canción en ingles.
Ella también se agitaba como yo en la multitud con un baile salvaje que no llevaba pareja conocida. Subida sobre el escenario ya desocupado por la banda, contorneaba su cuerpo moreno metido en un top diminuto y unos jeans desteñidos,  bajo las luces azules y verdes como si fuera la estrella de un show unipersonal.
Me quedé mirándola como me quedo mirando todo lo que me resulta extraño y bello en esta ciudad, vi como se movía sensual y salvaje, abstraída de todos y me acerqué hipnotizado empujando entre la gente hasta poder subir y moverme con ella. No me apartó, pero tampoco quiso mirarme; bailamos cerca casi tocándonos, respirando yo su aliento de chicle de canela y ella el de mis cigarrillos sin filtro; bailamos pegados cuerpo a cuerpo, transpirando y jadeando, pero ella con los ojos cerrados dueña de esa orgullosa soledad que solo conocería meses más tarde, no me dio ni media sonrisa cuando al fin le dije “hola”.
Su hostilidad me recordó entonces la misma de los vecinos de mi infancia que no me invitaban a jugar a la pelota, las de las crías fru fru que jamás me prestaban los cuadernos. Ese engreimiento al que había estado yo expuesto toda la vida, como si me lo mereciera o mi rostro estuviera marcado para ser rechazado. Me jodió su indiferencia  de reina de la fiesta y no sé porqué, ni cómo, pero comencé a tocarla;  todo el cuerpo, su rostro, sus cabellos esponjosos, su ropa ajustada, la piel de su vientre expuesto, sus pechos grandes y sus caderas perfumadas, como si fuera mía. Y ella se dejó hacer, dócil y humana. A mi ritmo, moviéndose sin decir una palabra.
Fue la primera vez que Laura abrió los ojos para mí y me sonrió. Entonces nos vimos. O eso pensé yo. Porque con Laura nunca se sabe.
Desde aquella vez ha pasado ya más de un año. Hacemos el amor cada vez que podemos o que ella quiere, que es casi lo mismo. Parece que fuera a ella a quien la muerte le pisara los talones, por eso nos entendemos, aunque ella no sepa que me estoy muriendo. La vez que se lo intente decir me miró con gesto raro.
-¿Por qué todos los hombres inventan historias para dar lastima?- me dijo. Intente decirle que no era para darle lastima, pero me interrumpió con una historia de un ex suyo que tenía un soplo al corazón y se había infartado en su cama, de otro que tuvo un derrame cerebral por exceso de Viagra de otro y otro y otro, en la siguiente hora me había contado las historias más extrañas de los tipos más bizarros con los que había estado. En ese momento creo que agradecí internamente que al menos lo mío fuera tener un aneurisma, porque a esta chica solo la hubiera podido conquistar teniendo tres huevos.   Ya no hable' mas del tema.

 Al quedarse callada le observé el hecho que todos sus novios hayan sido extranjeros.

-¡Ay Marchessi! – Exclamó haciendo un puchero que solo hacia cuando se admitía ser honesta- ¿Tú crees que un hombre que no sea alguien que esta solo de paso por esta ciudad podría llegar a amarme?

Quise refutarle algo, pero era inútil, yo Manolo Marchessi también estaba de paso y ella lo sabía bien como yo aunque no quisiera admitirlo: uno de estos días me marcharía, por eso valía la pena amarla, todo lo que pudiera, intensamente, cada noche, hasta que se acabara. 
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