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El Hombre Finito (1)


¿Qué harías si te dijeran que estas a punto de morir? ¿Que no te quedan más que unos días, con suerte unas semanas antes que todo acabe? ¿Pensarías en terminar tus días trabajando? ¿Seguir haciendo lo que hacías, manteniendo esa indiferencia inútil con la persona que amabas? ¿Dejarías que el odio consuma todos tus actos? ¿Cambiarías violentamente el mundo que te rodea?

Soy Manolo Marchessi y sé que voy a morir desde que tenía 20 años o quizá antes. Me diagnosticaron de una bomba en la cabeza que los médicos llamaron aneurisma inoperable y desde ese entonces supe que mi vida no sería como la del resto de mis amigos. Quise dejar la universidad y dedicarme a escribir o a vivir de fiesta fugándome con alguna gente rara…en realidad quise dejar muchas cosas, pero ya que nunca dejaron en claro la hora ni el día de mi muerte y el dinero empezaba a escasear debí volver a la rutina de la gente común hasta que la bomba reventara. Aunque nadie sabía cómo ni cuándo sería.
Simplemente me dijeron que era probable que uno de esos dolores terebrantes que me atacaban cuando “empezaba a sentir demasiado” se prolongara un día hasta cegarme la vida. Podía ser ahora o en una década, era imposible saberlo. Por tanto, no podía dejar de hacer nada de lo usualmente establecido. Ni siquiera mudarme.

Recuerdo que mis padres se asustaron mucho cuando les dieron las noticia, hubo llanto y durante algunos meses el luto invadió la casa y a los familiares más cercanos,  quienes se acercaban a visitarme y darme sentidos abrazos o delicados recuerdos. Incluso algunos vecinos ocupaban la casa a la hora del café para contar historias sobre embrujos y milagros parecidos. Todo iba sucediendo muy rápido y yo sentía que me iban velando en vida y de cuerpo presente.
Pasaron así semanas y luego meses, en que los vecinos dejaron de venir, la familia dejó de llamar cada día para preguntar como seguía y  mis  propios padres y hermanos al pasar del tiempo y al ver que no moría, terminaron también por olvidar el asunto.
El único que no olvidó fui yo, que sigo esperando que un día, no sé cómo ni cuándo desaparezca de este mundo sin haber hecho todo lo que debo.
No soy católico, ni profeso ninguna religión conocida. Mucho menos gusto de las doctrinas de la naturaleza y la tierra o de las energías reverberantes, como un día me quisieron instar  alguna tribu de fanáticos. Por tanto, no creo en que haya oportunidad para mí en otra vida, o que regrese en otro cuerpo para hacer mejor las cosas que ahora. Como dice mi amigo Mark Buetikofer, el único suizo del que me da orgullo ser amigo, habrá que vivir lo mejor que se pueda para intentar irse de este mundo con honor.

Me pregunto ¿Dónde estará el honor?  El honor de cada persona, me refiero. Para Mark está en buscar el origen de las cosas como buen historiador. El origen de las razas, de las migraciones y el porqué de la humanidad. Yo no sé en dónde está mi honor. O que debía buscar en el mundo para recuperarlo.
Desde que tengo uso de razón había sentido miedo de vivir. El miedo cesó cuando aquél medico de bata blanca me dijo que mis días estaban contados y que nadie podía hacer nada al respecto. Es duro oir eso cuando tienes veinte, estaba terminando mi adolescencia, ni siquiera sabía que era el amor, no estaba seguro de si la carrera elegida era para mí. No había vivido nada de nada y me decían que me estaba muriendo, si, que ya en ese momento había empezando a morirme frente a sus ojos.

No buscamos otros médicos, no obligué a mis padres a buscar otras opciones más allá de esa primera clínica, suficiente habían gastado ya. Mi madre no se arrancó los pelos esperando un milagro, vivimos la noticia con la resignación de lo inevitable. Solo acababan de decirles que su hijo menor moriría. Un día, algún día y que esto sería inevitable. Supongo que en ese momento mis padres también vivieron la noticia con honor y se luto silente de los meses que siguieron, lleno de abrazos tiernos, no fue sino una demostración de que estaban preparados para los arrebatos de un destino que nunca les había sido demasiado alegre.

No los obligué a buscar a otros médicos, santeros ni chamanes, no porque no temiera a la muerte, sino porque me había cansado de temer a estar vivo. Todo el tiempo, desde que había sido niño no había hecho más que tiritar bajo las sábanas pensando el momento en que mis ancianos padres morirían y me dejarían solo al acecho de otras gentes que no me amarían lo suficiente ni podrían cuidar de mi. Había llegado a la adolescencia pensando que les sucedería algo a ellos, a la familia, a la gente a la que amaba. Que en algún momento, me quedaría solo e inerme en un gran mundo de sombras. Porque era el niño chico, el menor, el rabo de una familia corta.
Era la primera vez que me daba cuenta de la extraña posibilidad de que yo podía partir primero y con ello, a mis escasos veinte años todo un abanico de posibilidades extraordinarias. ¿Había gente que me extrañaría? ¿Dejaría una huella en el mundo? ¿Realmente desaparecería para siempre si moría?
¿Cuánto es para siempre?
Otro miedo más sutil  se comenzó a apoderar de mí, meses después de recibida la noticia: ¿Dolía la muerte? ¿Había algo más allá? ¿Debía esperar que ese otro mas allá sea mejor o que yo fuera mejor en el mas allá que en el mas acá?
Todo ese miedo cesó al conocer a los amigos que conocí en el camino. Si cada vida es una sola, yo agradezco que en este corto paso por la vida el haberlos conocido y con eso, haber rozado un poquito de su sabiduría para poder apreciar la belleza y la alegría de vivir, incluso hasta el último y mísero minuto que me quede aquí antes de calzar el pijama de pino, como dice el Comandante.
De mis amigos, les hablaré mas adelante. De lo que quiero hablarles- aun es larga la noche- es de ese momento en que comprendí que no valía la pena vivir con miedos, postergando las decisiones para otra vida en que me salieran mejor las cosas, donde hubiera no solo una sino varias oportunidades de equivocarse.
Yo, solo tengo una vida y es esta. No puedo darme el lujo de guardarme un abrazo, un te quiero o una confesión de verdad.  Para mí no hay, ni ha habido jamás tiempo. No hay tiempo de esperar a que decidan volver a hablarme, que den el primer paso en una discusión tonta, de volver a trabajar tras una ruma de papeles ni hacer mas planos de casas en las que no viviré. Soy un nómade y un loco.
He acabado una profesión y una maestría y todo el tiempo he pensado: No es la gran cosa, puedo dejarlos en cualquier momento, puedo renunciar e irme de viaje,  porque son cosas que en realidad no importan para mi futuro inmediato. Porque mi único futuro inmediato es ser feliz y aun no encuentro la formula de cómo serlo, excepto moviéndome de un lugar para otro hallando personas como a Mark o al Vasco o al mejor de todos el Comandante, que han dado un poco mas de sentido a esta de por si triste existencia.
He dicho en cada uno de los trabajos que he empezado: No duraré aquí el tiempo suficiente, renunciaré o moriré, lo que pase antes…pero nunca ocurre. Soy de esas personas, que quizá por mi raza, podemos soportar intensos dolores por largos periodos, esperando un dolor aun más fuerte. Yo sigo esperando. Porque en realidad ya no tengo miedo de vivir, pero no sé en qué momento preciso he empezado a hacerlo.

Mi nombre es Manolo Marchessi y si gustan, en las próximas paginas pasare a contarles un poco de mi vida, que yo la siento larga, larguísima y sin embargo solo me ha tomado 32 años llevarla a cabo. ¡Treinta y dos años! ¡Qué digo! El doctor que me diagnosticó se hubiera muerto si le decía que viví casi una década más desde que acudí a su consulta quejándome de aquellos terribles dolores de cabeza y esos sueños hiperreales.

A veces siento que he vivido más vidas de las que cuenta la cronología desde mi nacimiento. He vivido una a una vidas anidadas en sueños cada vez más intensos, que al llegar el día he intentado llevarlos a cabo de la forma que sea, viajando a países en donde no creí posible y conociendo a gente que mi sencilla vida de ingeniero jamás me lo hubiera permitido. Sé que esta parte de mi vida, la onírica, es algo que el Comandante jamás entenderá como cierta y por eso suelo callarla, para no despertar su mirada entre piadosa y divertida. Sé que piensa que es parte de mi exquisita sensibilidad para todo- sabores, olores y sonidos-una sensibilidad derivada probablemente de las inervaciones de mi aneurisma cerebral que me ha terminado por convertir en un receptor de sensaciones y recuerdos. Esa masa pulsátil con su sonido de muerte haciendo tic tac en mi cabeza le ha dado todo el sentido de vida ausente hasta ese momento a mi pobre existencia.

*Extracto de Cinco Cuentos sobre la Muerte.
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