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La Tormenta



Hoy mientras hablaba por teléfono y me despedía de Ahmed para siempre (si, Ahmed, como el príncipe, pero esa es otra historia) contemple el cuadro que está cerca del recibidor. Ese, el del bote encallado en la playa, con un fondo de tormenta con un cielo revuelto de nubes azules y negras. Recordé entonces esa tarde. Era mi primera tormenta en el trópico, el mar se había vuelto negro de pronto pero las aguas seguían siendo tibias y agradables. Me había bañado allí hasta que todos los turistas se fueron. No de cara al horizonte, sino metida hasta el mentón mirando hacia el viejo hotel de arquitectura rusa, donde se despeinaban violentamente las palmeras. En la arena se acababa de sentar un tipo a fumar un puro, yo lo vigilaba y le temía. Siempre era así, ya me había dicho Papa:  “No quites la vista de tu enemigo” y yo no lo hacia entonces, aunque me diera miedo su mirada.

El chofer llegó a interrumpir ese duelo de miradas, salí lentamente del mar que ya se estremecía con el viento de aquel temporal a tomar la toalla y el resto de mis cosas que el tipo me acercaba. Se acercaba la hora de irse y el estaba ahí por eso. Me miro con extrañeza antes de decir:

-Cúbrase señorita,  que se le está viendo un pezon.

Ahí perdí la fuerza. Me vi el bikini de marinerita y ahí estaban no uno, sino los dos morenos pezones saliendo por el escote, erectos, atacándolo todo.
Me cubrí lo mas que pude avergonzada. No volví a mirar a la orilla, pero podía sentir el humo del tabaco viniendo rápidamente a mis fosas nasales. Comencé a caminar junto al chofer empapada y con los ojos clavados en la arena. Ahora entendía porque el hombre del puro se había quedado vigilándome, porque la amabilidad de los americanos al ayudarme con las fotos en pose y el porque sus mujeres los jalaran del brazo. Yo debía resultarles ahora, una nativa mas mostrando los senos, queriendo una foto con ellos, un intercambio de palabras, de besos o de dinero.

La idea me avergonzaba, me pegué mas al chofer esperando que me protegiera. Era un hombre bajo de intensos ojos azules, rubio y con pecas por donde se le mirara. En mi país seria guapo pensé, pero aquí no me lo parecía. Rostro achatado, frente amplia, brazos bronceados debajo de la camiseta del club. Su estatura lo hacia verse rechoncho por la musculatura. Los hombres bajos no deberían hacer pesas, pensé, castigando a mi ex con esa afirmación. El también era un hombre bajo de espaldas corpulentas y brazos enormes. !Como lo evocaba yo en aquellos tiempos! En cada viaje y necesidad de traductor, cada vez que necesitaba alguien que me solucionara los temas que me aquejaran. Su labor de amante se confundía por entonces con la labor de papa. Una característica que seguiría buscando en los años venideros sin apenas darme cuenta.

El bote estaba varado ahí, junto con otros veleros. Nadie saldría esa tarde. No había gente en la playa. Los conductores estaban metidos en sus coches viejos bebiendo café o fumando puros, recorrimos la playa defendiéndonos del viento. Mientras, el hombre bajo parloteaba, tratándome de usted y con un acento isleño, que me había tenido que buscar por toda la playa, que temía que anocheciera y que no me hallara, porque el viaje de regreso al pueblo es aun largo, que ya nadie se queda a pasar la noche en ese club ni hotel fantasma. Yo me cubría la cabeza con el pareo a modo de velo, asintiendo con desdén; no quería escuchar su cháchara. Para eso le estaba pagando, no? Para que me esperara, para que me encontrara, para que me llevara de vuelta al pueblo. Acaso no había quedado claro? 
“Solo calla y coopera” quería decirle y volví a recordar la voz de algún ex diciendo esa frase a mitad de alguna noche borrosa.

Mis ex por ese entonces eran historias que aparecían como blancos guijarros en una playa oscura, señalando el camino del que venia. Siempre había algo de ellos que reaparecía en pequeños detalles que me llevaban de un salto hacia el pasado. Una frase, una actitud o una torpeza. De cada nuevo hombre que conocía, solía pensar: Si eres suficientemente bueno, escribiré de ti en mi diario. Si eres en cambio suficientemente malo, me servirás de personaje para algún libro mas. Y es que por entonces escribía todo. Mis manos ni mi cuerpo cesaban de encontrar historias…Tiempos jóvenes aquellos!

Cuando pasamos frente al bote me mostró la cámara con una sonrisa de muchos dientes manchados. 
-Aun necesita fotos a lo marinera? 
Ya había olvidado que al llegar al club de yates le había preguntado si podíamos alquilar alguno para las fotos, pues yo había llevado especialmente mi bikini marinero para ese tipo de fotos en altamar. Esa tarde ni la siguiente saldría ninguna yate, así que podíamos fingir, haciendo fotos en la playa.
La idea me compuso el mal rato pasado.
Me acomodé el bikini, me arreglé el cabello e inventé una sonrisita coqueta para el primer flash.
-Señorita parece que estuviera en un velorio- reclamó el hombre.

No lo mande a la mierda, simple y llanamente porque era cierto. Los días de tormenta me ponían melancólica. Me pondrían la piel de gallina todos los años venideros. Esa soledad de la playa abandonada por el frío, el mar negro rodeándolo todo. Ningun lugar a donde huir, excepto quedarse en tierra esperando. Desolador, realmente.

Las siguientes fotos fueron mas fingidas, me cubrí con el blusón de seda blanca a modo de capa y el resultado visual había mejorado algo pero mi cara seguía siendo de desconsuelo.

-Finja un poco señorita, es usted la reina de esta playa. Ya Crea-se-lo!

Me dio mucha risa, las próximas fotos intentaban ser algo mas sensuales; una en el timón, otra en el yate. Un saltito en la orilla, una zambullida en el mar. Con el pelo suelto y con el pelo atado. Con cara de buena y con cara de mala. Esa sesión de fotos estaba calentando la tarde.

-Señorita, mejor la llevo para el pueblo o otra playa que todos los choferes la están mirando.

En efecto los choferes de los coches para turistas, los acomodadores de tumbonas, los mozos que recogían las copas debajo de los tapasoles cerrados y abandonados. Toda esa desolación de tormenta ahora  estaba llena de ojos que miraban, los saltitos, las poses, los cambios de posición del cabello.

“Chica mala, muy mala”.  Recordé ese susurro en mi oído derecho.

De camino de retorno al pueblo,  el cielo era color morado y los arboles se perfilaban negros y amenazantes. La próxima playa era mas alta y mas bonita, sin yates, sin gente. Sin tapasoles para turistas. Una ensenada de agua azul que se encrespaba al viento. El traje de baño goteaba sobre mi cuerpo que tiritaba en el asiento trasero sin ninguna toalla seca para cubrirse del frío.

-Odio este frío- grite, castañeteando los dientes. Odio esta isla!
- No diga eso que el mar se ofende! Ahora mismo es la mejor hora para nadar. El agua en el caribe se pone caliente.

Lo miré con desconfianza.

-Créame, que se lo que le digo. Si quiere protegerse del frío, quédese dentro del mar cuando llueve.

Paramos el auto. Unas fotos mas para ver como el mar se estrella en las rocas, como se desmelenan las palmeras, como cambia el sunset y se hace morado, lila, azulino. Una foto contra la palmera, otra en la arena, con pareo y sin pareo. Riendo contra el viento, amenazando al mar. Mil fotos mas.

-Es usted una reina de sensualidad señorita.
- No es cierto- Le refuté con un mohín.
- Es una sirena, la hija de Neptuno...

Su voz se perdió en el viento,  cuando di una rápida corrida hasta la playa. El pareo quedo atrás. Solo un salto dentro del mar caliente,  desatarse el sujetador, un trapo de bikini menos, liberar los pechos, liberar el alma...Ya que importa quien vea?  Uno mas. Vuelan libres las piernas, el agua cubre hasta el mentón, libera. Ninguna tela cubre lo que no nació para ser cubierto. El mar es un amante fiel ahora. El mar que conozco, que golpea y acaricia. 
Mientras, alguien me observa sentado desde la playa, la cámara sigue haciendo flash. Me pregunto: Vendrá?

Jugar con el agua salada, saltar en medio de las olas, adentrarse en el océano hasta que la tormenta sea noche. Nadar y nadar para que no me alcancen, para no tener que estar con la vista siempre fija en el enemigo. Para olvidarme que existe alguno. Me adentro hasta el horizonte, que ganas de no volver nunca mas. Los pezones se golpean en las olas, los pies chapotean, el cabello se enreda. La hija de Neptuno no quiere volver. Se abren todos los espondilus, huyen las estrellas marinas. Un cardumen de peces le ingresa  por el pubis y juguetea hasta perderse bien dentro. Hay magia en medio de las olas que se elevan fosforescentes. Se ha hecho de noche y el tiempo pasa. Podría morir ahí mismo, dejar que todo dolor pase.

Dos faros iluminan ahora desde la costa, hay que volver... Golpe de realidad y miedo...Donde estará mi ropa? Donde estará el chofer? Quien me cuidará ahora?


El carro de la policía está estacionado esperando. Una bocanada de tabaco sale por la ventana, sin ningun rostro visible. No hay mas nadie. Ni el chofer, ni mi cartera con el dinero, ni mi ropa. Una blusa blanca se desgarra amarrada contra una palmera. Todos los flash se han detenido.

Me cubro con las dos manos, unos pechos flojos y una ingle mojada. No hay con que pudor cubrirse la conciencia.

-Señorita, habla espanol?- Grita alguien desde la orilla y su voz se pierde en el viento.


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