domingo, marzo 27, 2022

Tobillos morenos

Me examino los tobillos, se han tostado luego de la larga caminata. Era lo único de piel visible y siento que el sol se ha quedado allí dándome el moreno perfecto en una franja oscura y caliente que delata mis dos horas de caminata bajo el sol del verano. 

Me detengo en esa franja ahora sensible de mi piel, recuerdo una noche hace ya mucho tiempo en que cubierta con un traje de neopreno de los pies a la cabeza, la única parte sensible también fueron mis tobillos, presa de los zancudos de aquel extraño y pantanoso lugar. Sé que en algún momento olvidaré la precisión geográfica de aquel pantano, como los hechos que me llevaron allí a mitad de de la noche. Sé que mi memoria irá acomodando los recuerdos, como cajas pesadas llenas con objetos que fueron importantes en su momento pero a los cuales nadie mas reclamará. Los estantes vacíos de mi cerebro se van llenando con esas cajas frágiles de inicio, de recuerdos que en el primer momento uno misma quisiera una y otra vez volver a acariciar y sentir vida palpitante y fresca en ellos. Quizá si me tardo un poco mas, pienso, quizá si deje pasar el tiempo suficiente, la próxima vez que abra esas cajas, saldrá intacto el olor a lodo que levantaban mis pies, la noche esmaltada de negro macizo que dejaba ver millones de estrellas de las que quería aprender todos los nombres. Quizá la distancia haga que vuelvan a mi las sensaciones vividas, el tacto  áspero de las hojas en mi rostro, el sonido del neopreno al rozar mis muslos, las ramas nudosas que debía apartar con mis manos, lo torpe de mis pasos tratando de seguir el camino de arena, el dolor punzante de las cientos de picadas de zancudos de aquella noche en esos pobres tobillos.


La caminata de hoy ha sido larga, como una especie de castigo a los descalabros alimenticios del dia previo. Amo caminar, me pregunto ¿cómo alguien me criticaría por eso,? Que sería acusada solo por salir a caminar diario siendo yo mujer en este pais de acosadores Parece una broma, pero he sido juzgada y he tenido que sustentar mi postura, como si caminar por la calle libre fuera un derecho que me quieren quitar al volverme pareja de alguien. Cada vez que he amado ha habido cierto dolor en eso, cierta coacción de libertades, cierta crítica agazapada, juzgamientos y culpas. Parece que los hombres que he elegido amar siempre intentaran hacerme daño de una forma u otra o al menos hicieran que siempre este a la defensiva. ¿En qué momento me herirán con una o dos palabras? Es ineludible en mis parejas hacerlo, al fin y al cabo siempre ocurre.


Ato y desato la bolsa de almendras tostadas que llevo junto a mí para olvidar el hambre del mediodía. Podría comer esas semillas todo el dia, como modo de calmar mi angustia y la velocidad de mis pensamientos. Así que ato bien la bolsa para no volver a pecar sacando una semilla más, pero incumplo la promesa de no seguir comiendo y desato el nudo, prometiendo que esta vez si será la ultima. Que llegaré a casa con el hambre suficiente como para sentarme a la mesa y almorzar como el resto de la gente. Sin embargo, parece que nunca hago nada como el resto de la gente y eso que anteriormente era un halago para mi yo único y egocéntrico ahora resulta casi como una frase de rechazo que me hace permanecer siempre afuera del círculo en donde suceden todas las cosas corrientes de este mundo.


¿Qué es la normalidad, al fin y al cabo, mas que un deseo de algo que no se puede tener ni mantener por mucho tiempo? Camino y el sol me da en la cara y en los tobillos descubiertos, bajo la apretada malla de gimnasia que me cubre el cuerpo entero. No siento ese sol, como no siento ese calor de verano, mi transpiración es fría y de otro mundo. Llego a casa sin ganas de meterme a la ducha, solo con ganas de ocultarme bajo una manta tibia que me provea de sueños tranquilos y sin recuerdos. Mi mente viaja distraída de aquí para alla como un pez que no pudiera salir ni sobrevivir fuera de su estrecha pecera. Cargo sueños y recuerdos, pero poco a poco se van difuminando como sombras en la pared cristalina que deforma el mundo de afuera a su antojo. Soy un pez pequeño ahora, un pez hecho de recuerdos que se oculta entre el musgo de una pecera olvidada y prehistórica, un pez que alguien ha olvidado allí para que sueñe que la vida es real y son reales todas sus memorias, pero ya no estoy tan segura.

Me toco los tobillos, hay una franja oscura allí,  una franja morena que me indica que el resto de mi piel está intacta, que fue adecuadamente protegida por el traje, mis pies siguen pálidos, mis piernas siguen con el color habitual. Nadie podrá decir que el sol me ha herido, que he salido a caminar y mi piel ha sido tocada. Por fuera y a simple vista sigo intacta, este dolor de quemadura solar también pasará como aquellas picaduras de zancudo que me mantuvieron toda la noche despierta mientras me entregaba a hacer el amor bajo suaves sábanas blancas. ¿De dónde vendrá ese recuerdo? De otro mundo seguramente, un mundo  externo deformado por mi sensibilidad y nostalgia. Sigo viajando contra corriente, aunque mi trazo siempre sea en círculos.

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