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Tijeras

De él no volví a saber nada en mucho tiempo, cuando preguntaba nadie recordaba quien era y en sus misivas, la dirección nunca apareció clara. Nunca me ocupé mucho por tratar de re encontrarlo, imaginaba que vivía detrás de cada ventana cerrada en invierno o a la sombra de cualquier porche en verano. Prefería imaginarlo sedentario y pensante en cualquier paisaje que mi memoria ya no detectara como mío, prefería verlo tangencial a mi realidad, a una distancia tan corta entre ambos que sería imposible volver a salvar.

Nos conocimos cuando yo ya era vieja en el arte de amar y rechazar, él apenas un niño que fisgoneaba bajo los vestidos que colgaban del cuarto de costura de mamá. Iba allí a hacer caricaturas con la tiza lila de marcar la ropa, mientras yo me probaba uno tras otro, ropajes que siempre me quedaron demasiado largos. Nos conocimos de casualidad y de la misma forma nos olvidamos.
Es mentira, tal vez yo lo olvidé demasiado pronto. El primer beso había sido un tropezón de dientes y lenguas tartamudeantes, bajo telas de colores, en un campamento gitano de 2x2 dentro de mi propia casa. Yo ya era vieja para entonces, lo repito, tenía 15 y sentía que podía matar de amor a cualquiera, él a sus doce apenas si podía decir mi nombre sin sonrojarse como una cereza.

Eran los tiempos de la música ochentera que jamás pasó de moda y de las pulseras iridiscentes en las manos con las que me dibujó triste y sin colores en su primer retrato a lápiz. Los dos éramos imágenes grises entonces, igual que ahora. El tiempo pasó y no lo volví a ver, si fui su primer amor o él el mío, aun lo ignoro. En mi noche de casada entre la embriaguez del champagne y el dolor de sentirme propiedad de alguien, grité su nombre como el que pide auxilio, esperando que mi voz atravezara un continente y un océano que nunca serían mi casa. No sé por que lo hice, a lo mejor él me recordaba la libertad de mi primera infancia, el saber que yo era única para alguien. La gris protagonista que lucía vestidos de color en sus primeras historietas de amor.

A veces cuando regresaba de visita, pasaba por la casa que fue mía y de mi madre e imaginaba que él aun estaba ahí, oculto en la cesta de telas coloridas esperando a jalar mi mano en la oscuridad que dejaban los días de invierno, para arroparme con su silencio que lo decía todo.
De amor nunca hablamos, pero tal vez yo ya lo amaba, mi adolescencia discurría entre los libros, él y mi madre cosiendo. Junto a él hacía realidad mis primeros experimentos de deseo y dolor. Mojaba mis labios en su piel y lo mordía con pasión como había visto en las telenovelas sin ningún remordimiento de lo que pudiera pasar por su mente luego. Para mi él era un niño que nacía hombre de mí y para mí.

A diario asistía absorta al espectáculo de verlo crecer para mí, sus huesos flacos, sus carnes pálidas, su mirada de huérfano eterno. De verlo convertirse en hombre a los 15 cuando yo ya bordeaba los 18. ¿Qué clase de maestraen el sexo era yo? Me asustaba acontecer a mi transformación de vieja maestra a aprendiz asustada en el mismo cuarto pequeño de nuestro primer beso y de su primera vez.

Ël se había vuelto fuerte demasiado pronto, al empezar cada sesión cortaba mis vestidos a la mitad con la enorme tijera de mi madre y mi espalda quedaba a la intemperie para sus besos en la violencia amordazada de otra tarde de amor. Nadie supo nunca que tan unidos estábamos, creo que ni yo misma. Las cosas sucedieron en secreto y sin palabras bonitas, sus labios se volvieron ásperos y sus manos largas. Seguíamos creciendo, pero tal vez, el creció mas que yo. Un día yo lo comencé a desear antes que él llegara a casa, y supe entonces que ya no podría desear a nadie más y fue cuando pasó todo. Los viajes, el alejamiento. El nunca mas y el para siempre. El amor lejos de su violencia y de sus tijeras, jamás volvió a ser el mismo.

El día que volví a saber de él vinieron a mi mente, hilos, telas y colores estridentes flotando en el aire mientras se entregaba a mí. Su mano sobre mi mano, la tijera que cortaba toda materia que se opusiera a su deseo, su fuerza para doblegarme a él, para demostrarme que había crecido. Por eso no me llamó la atención que fuera él el mismo personaje del que ahora hablaba todo el mundo.
El asesino de las tijeras lo llamaban entonces, para retratar de modo gráfico su afición por cortar la piel de sus víctimas después de hacer el amor. 12 mujeres en 6 años. Todas con piel recortada, sin mayor muestra de remordimiento de su parte. Volvió a mi mente el rechinar de su tijera entre mis vestidos. ¿Y si un día te cortara la piel para saber si llevas dentro un corazón? Me dijo una vez. Tu jamás harías algo así- le dije, con frialdad. Y lo seguí besando hasta clavar mi lengua en su ombligo.

Vi su retrato en las portadas de todos los diarios de la isla y aunque no decían su nombre real, supe que era él. Vino a mi mente la lluvia cayendo vertical en un retrato a lápiz que nunca llegó a terminar y su voz que emanaba diáfana en el primer te quiero que me dijeron en serio. Tal vez debí responderle que las mujeres no tenemos corazón, pensé mientras me arropaba en el cesto de ropa vieja, intentando buscar en la oscuridad mohosa de esa casa su mano desnuda y su silencio que siempre me lo dijo todo.
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