Junto a la montaña


A su paso las flores amarillas se desgajaron en el viento como una lluvia primaveral.
Hacía tiempo que no sentía esa sensación de paz y tranquilidad en el mundo. La montaña del Fénix cercana casi a su mano se levantaba imponente en un cielo esmaltado de azules y púrpuras.


Era una bella tarde para despedirse-pensó.
Entonces depositó el pequeño jarrón junto a sus pies y suspiró muy hondo. Se le agolpaban en la mente todos los recuerdos de su paso juntos, la primera vez en la universidad, el primer viaje solos, la primera vez del sexo. Habían sido varias primeras experiencias, al menos para ella y las había vivido junto a él, de esa forma sorprendente que tenía él de mirar las cosas, como si estuviera en el primer día de su vida, como si simplemente ese segundo con ella fuera el último.


Los abetos desplegaban ese aroma que solo podía recordarle a casa, un olor a vegetación fresca, ese último aroma de la tarde en el ambiente casi imperceptible, que la hacía sentir única entre tanto silencio. Se quitó las sandalias de cuero gastadas e introdujo con un gozo casi infantil su pie en el césped que crecía junto al camino. Habían sido mucho años juntos, el amor igual que esa sandalia se había desgastado, cambiado y amoldado tantas veces, que en uno de los últimos otoños juntos tal vez sintiera que ese sentimiento otrora tan mezquino ahora se volvía un lecho cómodo en donde compartir ese lenguaje oculto que habían aprendido tanto.



Las flores, pequeñas esferas amarillas se seguían despedazando con la brisa, comprendía que ese universo que habían fabricado juntos también estaba a punto de marcharse y ella estaba ahora lista para dejarlo ir. Habían batallado tanto contra eso, su enfermedad, los accidentes caseros, los malos entendidos, las parejas de ambos, las infidelidades. Porque si, se habían sabido engañar mutuamente durante todos esos años que se negaron a estar enamorados, los habían intentado ya con otra gente, ella tal vez mas veces que él, él tal vez mas intensamente que ella, pero aun asi, había algo que los hacía volver a sus orígenes y volver a ese campo de cebollas en donde se habían amado la primera vez.



Ahora ella estaba muy lejos de allí, si pudiera ubicar su pueblo en un mapa habría tenido que dar la vuelta al globo y buscar al sur, al sur de todo, casi en los hielos. En cambio allí, donde estaba ahora sabía ser siempre primavera, él se lo había dicho. Este es el lugar donde uno debería siempre regresar, querida.
Y vaya que lo haría.


Del jarrón diminuto sacaba ahora las cenizas que antes fueron su cuerpo, esa piel y esos tendones que crujían a la hora de amarse, esas células desecadas de su corazón y sus manos, objetos todos inapreciables para ella. Cómo habían pasado tanto tiempo separados antes de comprender que se querían? Que sólo se habían tenido el uno al otro en esos interminables espacios de soledad e incomprensión? Había acaso otra persona que le entendiera mejor que él sus dudas acerca de la vida y de la muerte y de un Dios todopoderoso y de un mas allá que no entendía sus pobres metas terrenales?


Él había sabido ser su compañero incluso cuando estuvieron tan lejos uno del otro, sufriendo por otras personas, sufriendo siempre sufriendo. La vida había sido agotadora y de pronto ahora, junto a ese camino rumbo a la montaña mirando un cielo que ya no cubría ni su patria ni lo que había sido, comprendía que todo ese dolor había sido inútil y tonto, sólo valían para ella esos últimos años que la pasaron juntos, como compañeros, no como esposos, ni amantes, ni amigos furtivos, sino como compañeros de viaje, cuando el deseo se había apagado y solo existían tardes para repasar partidas de ajedrez y anécdotas de libros que no terminaron de leer.



Un par de viejos bobos, en eso se habían convertido. Pero habían sido tan felices, había valido tanto la pena ese camino. Las cenizas ahora se pegaban entre sus dedos como un objeto pegajoso y lleno de vida, extendió sus manos y dejó que el viento las limpiara de él, como hace poco había limpiado las flores del camino. Cada elemento forme de él se estaba alejando y volando en ese paisaje verde y azulado en un adiós lleno de agradecimiento y tranquilidad.
No había lágrimas, algo de él que no había sido incinerado quedaba junto a ella, atrás en el camino escarpado quedaba la fatiga de esos años difíciles, lo habían logrado, ahora casi en la cima, tenía la suficiente experiencia como para solo admirar el paisaje, mientras se despedía de él con esa sorpresa ante la vida que él le había enseñado.
Esa sorpresa ante lo minúsculo y cotidiano como si cada día fuera el primero de su existencia, como si fuese acaso también el último.
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