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En la ciudad en donde vivo la gente camina a prisa. Me pisan y los piso, caminamos casi a tientas pero apurados en pos de no se qué.

Hoy estaba pensando que en esta ciudad pocas veces se puede caminar lento o despreocupado. A uno le enseñan que hay que estar a la defensiva, cuidándose, esquivando, si es posible golpeando primero.

Mi ciudad, que en realidad no es mía, es un escenario circunstancial de mi vida bordeando los 30, parece sacada de algún libro de ficciones. Debería aprovecharla lo sé, pero la verdad no me interesa.

Me niego a pertenecer, a echar raíces a comprar algo propio a hacer migas con los vecinos, a embarazarme o a enamorarme. He huído toda mi vida de ciudades como ésta, he huído de la gente, porque es mi naturaleza querer quedarme inmóvil en algún sitio, pero es mas violento mi impulso, de vencer esa naturaleza débil que me hace dependiente, una planta triste, una tierra árida de esperanza en el mañana. Que me vuelve como todos.

Detesto la idea de que mañana tenga que pedir un crédito, un préstamo, que me haga propietaria de una casa que no quiero, porque no puedo pagar una mejor. O que me enamore, que me acostumbre a algún idiota con el que se que me aburriré pronto porque en verdad yo no tengo nada en común con nadie que no me aprecie, que no me quiera, que no me reconozca.......

Ohhh...ha salido el peine pues, eso es lo que a las mujeres nos interesa, a los seres humanos en realidad, ese reconocimiento absurdo, ese orgullo en la boca de otras personas al nombrarte, esa forma de hacerte suya porque en sus gestos hay alguna admiración a lo que haces. Cómo podría ser de otra manera? Cómo puede iniciar una especie de afecto cuando no hay alguna admiración de por medio?

No lo sé. No quiero saberlo.

A esta hora de la noche no entendería realmente nada. Me niego entender me niego a todo.

Quisiera abandonarme a una alfombra de césped y no despertar nunca. Poner mi oído en la tierra y oir el susurro de los muertos, de los que estuvieron antes de mí, diciendo sus nostalgias, sus historias melancólicas, de que algún día esperaron, de que algún día desearon cosas mas grandes que ellos mismos. Que antes de morir en ese segundo previo al abandono total, acaso si recordaron esos primeros años de infancia en donde crees que podrás ser astronauta, bailarina o cantante.

Esos sueños de alguna grandeza que te sorprenden els egundo antes de la muerte, como el reclamo final de una vida fútil en donde se rindieron a a hacer el mínimo esfuerzo, a ir con la cabeza baja, a nos esperar nada porque en la creencia de una vida después de la muerte, pensaron que habría otra oportunidad para hacer mejor las cosas.

No hay segundas oportunidades.
No hay hubieras.
No existe un próximo cambio.

Hoy es hoy y los millones de células que han muerto este día y son incapaces de regeneararse son una muestra de ese sedimento humano que no sirve para nada. Son el ensayo a pequeña escala de las próximas muertes, de nuestro próximos finales. No hay ninguna certeza que no sea lo limitada de nuestra existencia terrenal.

Somos tan inútiles.
Tan frágiles.
Apenas pequeñas vidas deshaciéndose a cada rato,
apenas si somos unas cuantas décadas de intento para hacer bien las cosas,
estamos muriendo sin darnos cuenta a cada instante
y aun así dedicamos la vida a intentar saber que hay después de la muerte.

No hay nada.

Que pena que sea yo la que te despierte de tus sueños de inmortalidad y te sumerja en el desamparo de saberte limitado, pequeño, frágil, una nada en el camino.

Que pena que sea yo pues,
una pena.
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