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De la Gente que anda Sola

Extraña vida la que llevamos los que vivimos solos. A menudo trato con gente de mi edad o menos viviendo en departamentos de solteros, consumiendo comida chatarra, sin nadie que pueda plancharles la ropa, eternamente con la cama destendida, la ropa tirada en cualquier mueble, despotrincando sobre lo duro que es lavar la vajilla o pasarse un domingo lavando la ropa.


No sé como viva el resto de la humanidad que aun goza de vivir con sus padres- intolerantes a éstos buscando la sinrazón a todo lo que los viejos hablan, como si hicieran un gran favor a la economía familiar quedándose en casa. Sólo se que de cierta manera al comenzar a vivir solo, comienzas a formarte un credo algo diferente al resto, un poco mas dependiente de abrazos durante las relaciones y buscando menos perfeccionismo en todo lo que hace la otra persona.

Hasta ahora la mayoría de solteros que conozco y que viven en apartamentos solos, son varones. Me da algo de gracia compartir con ellos anécdotas cotidianas de cómo reconectar la luz si te la cortaron por olvidar de pagar tres meses o como hacer para que la ropa seque mas rápido colgándola cerca a la ventana. Parecemos niños huérfanos hallándonos a mitad de camino, agradeciendo con creces la independencia que permite el vivir sólo y maldiciendo por dentro el hecho de no tener a nadie en la vida diaria para compartir el pequeño drama de la vida cotidiana.

Parece que nos tiñera un déficit de amor que por momentos se hace crónico, una incredulidad en las personas que aun lo tienen todo que nos llena la mirada de una tristeza lánguida e insípida, tal como aquél que envidia lleno de hambre la comida dispuesta en los escaparates que no podrá tocar.

Y nos comenzamos a cubrir con cientos de caparazones para que no nos vuelvan a hacer daño, para que nadie entre en casa con el pie en alto a criticarnos la vida desordenada y a medio construir que llevamos a diario. Para no enamorarnos a la primera, aunque nos muela la piel esa ansiedad de un abrazo largo en la primera cita, de un beso húmedo a mitad del primer hola, o de un encame que no implique sexo sino mas bien compañía al entrar a la noche del primer encuentro íntimo.

Es como si el hecho de vivir solos nos volviera de cierto modo diferente, a algunos volviéndolos más herméticos y a otros como yo, verborreícos y locos queriendo explicar siempre que rayos se nos pasa por la cabeza.

No todos los que vivimos solos somos iguales, simplemente nos une esa noxa común que es la soledad de pasar día con día del trabajo a la cama, sin nadie a quien comunicarle lo que pasó en el día, sin nadie a quien le interese hablar mientras comemos a solas frente a un televisor que no dice nada, sin nadie simplemente para pelear por el sólo hecho de hacerlo.

Ahora es más fácil vivir con eso, no me cabe duda, pero suelo a menudo desconfiar de la gente que se acostumbra a vivir como yo en pequeñas burbujas herméticas y de pronto te quiere incluir en su mundo, con la indecisión y la fragilidad de quien ya ha intentado sin éxito ese proceso antes. Gente que se vuelve voluble, que quiere y no quiere, que teme y no teme, que de pronto y con mucha mas intensidad que cualquier persona que conozcas te quiere compartir su vida desesperada y calladamenre, aunque no haya amor en aquel contrato sin palabras, aunque no haya pasión.

Gente que solo quiere compartirte su vida y voilá, que los quieras como ellos quieren que los quieran...Así como yo, así como yo pues...
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