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De mañana

El cielo es claro allá afuera, la luz del sol va entibiando las ventanas vacías de los edificios abandonados por toda esa masa que trabaja temprano en la mañana.

Yo me quedo en casa,
 me siento enferma, a menudo me siento enferma y con dolores varios que prefiero no contarle a nadie. ¿Quién entendería, sin dar una piadosa mirada que sólo agradece no ser las víctimas de ese tipo de dolor?
Es mejor así. A ella no le importa nada- suelen decir. Si pues, tal vez no me importa nada.


¿Te duele menos? Me preguntó él ayer.
Bah, ¿Menos qué cuándo?- pienso, si yo siempre llevo un poco de dolor encima.

El día es claro y el año ha comenzado con una repentina pereza y sensación de soledad.
Más gente alrededor y más soledad, eso es lo que ocurre siempre.
No hay ningún momento para pensar en uno misma.
La gente hace bulla, canta, baila y cuando no tienes un poco de alcohol en la sangre todo eso, simplemente cansa.
Entre ellos y yo se abre entonces un abismo, una llanura lunar que no quiero cruzar, un paisaje desértico de esos que te persiguen cuando viajas por la costa.

Yo suelo viajar.

La vida entre viaje y viaje me parece irreal y de alguien diferente, que usa un bonito disfraz que ha cosido con esmero y dedicación para usar a diario.
Cuando yo viajo me siento fuerte,
capaz, viva,
que la vida es una sorpresa y esa sensación me sobrecoge hasta el punto de querer besar la tierra,
ese divino lugar en que es posible edificar los sueños.

Me gusta cuando viajo;

mi cabeza se apoya a la ventanilla dormitando entre los paisajes cambiantes. A veces es el mar, otros la llanura, la selva, las rocas.
Me hubiera gustado recorrer el mundo en viajes y nacer tantas veces como sea posible, porque cada viaje es un nacimiento y cada vuelta a casa una muerte lenta de esa persona esperanzada que llevamos dentro.

El sol entibia allá afuera las aceras, los árboles de pocas hojas, la arena gruesa y la pedrería que rodea el litoral limeño. El sol calienta y yo aquí en casa esperando
¿El qué?
El volver a sentirme yo misma.

Tal vez prefiera viajar sola;
 mientras estoy sola, sé que soy yo,
que no cedo, que la condescendencia con los deseos ajenos no es esa suerte de piedra de molino que me asfixia cuando quiero nadar por la vida en completa libertad.

Me agrada cuando viajo sola, cuando me voy y pienso, que no volveré.
Que hay algún lugar volteando la esquina en donde podré quedarme a dormitar hasta soñar que las cosas sean diferentes.

Me agrada cuando hablamos,
pero cuando dejamos de hacerlo me doy cuenta
que con nadie más hablo como cuando estoy contigo.
Que con nadie más hablo como cuando escribo, sólo por eso lo sigo haciendo.
 El escribir, me refiero.
Sólo por eso lo hago.

Y desearía que hoy, esta mañana mientras estoy en mi cama con el rostro sin arreglar y el cabello sin peinar. Cuando estoy con esta profunda sensación de disconfort que no llega a ser dolor y sin embargo discapacita, te sentaras a mi lado y
me leyeras hasta que volviera a dormir.

He cerrado las ventanas,
es noche en mi habitación ahora y el olor cítrico de algún perfume destapado se filtra por todo el ambiente.

 Me encanta el mundo de los olores,
 flota en el ambiente otra atmosfera desconocida que no percibe nadie más.
Me pierdo en los pliegues de esa textura de olores diferentes y desconecto los teléfonos, el internet, la televisión. Todos me interrumpen tanto!

Quisiera escribirte, pero quisiera más que me leas un libro.

Mis ojos se cierran,
la mesita de noche se ha llenado de medicinas varias que me han destrozado el estómago durante la noche, de agujas, de algodones que por falta de alcohol he empapado en perfume.

A veces me doy lástima,
pero comprendo que este dolor también contribuye a ser la persona que soy. También la edifica de estas nostalgias y este estúpido tesón por seguir viviendo ¿para qué?
No sé, para esto, supongo, para que me oigas.

Estoy cansada,
pero no puedo dormir, he despertado a deglutir pequeños dulces de coco que me hagan pasar el amargor de las medicinas.
He despertado y no he querido salir más.

Esta es mi casa, una habitación en lo alto de un castillo que da al mar.
Desde aquí a veces veo los aviones pasar, entonces me siento en silencio colgando los pies en la cama, repitiéndome que un día yo también partiré, allá lejos donde ningún dolor se sienta,
así me iré perdiendo en un cielo de nubes color rosa, columpiando en un sueño.

Ese sueño de donde nacen todos mis ocultos deseos.
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