Tarde de Promesas

¡El cielo hoy ha sido de color rosa!

Sí, yo lo he visto mientras atardecía y entonces recordaba mi último amanecer en Sao Paulo,
 atravesando la ciudad aun en silencio, los rieles, los puentes, la vegetación que rodea al aeropuerto y la sala de espera.
 Esa sala de espera en donde nadie tiene nacionalidad y sólo se dedica a volver.

¡Que tristes son los aeropuertos cuando no te quieres ir!



Ha llovido al caer la noche, pequeñas gotas al inicio, luego grandes cuerpos hídricos rodando hasta descarrilarse en los parabrisas de los autos.
Yo he salido de mi consulta sin guardapolvo y queriendo esbozar una sonrisa.
Cada vez que recibo dinero quisiera comprarle algo a mi madre, siempre lo pienso, pero nunca lo hago.

No me cubro, voy lentamente al paradero pensando que debo seguir despierta muy despierta para que en esta ciudad sin ley ni orden, no me pase nada.
ara que el regalo a mis padres sea permanecer viva. Eso me ha mantenido hasta ahora libre de mí,
de mis ansias de mandarlo todo a la mierda cuando mis caprichos no son como deseo.

¿Acaso no es un capricho pretender ser feliz? ¿Pretender enamorarse?

Camino y mis cabellos atrapan en sus negros espirales cientos de gotitas blancas,
pequeñas gotas blancas que no se escurren, sino que se quedan allí prendidas como las luces cristalinas de una navidad que se fue antes de tiempo.
Me voy alejando de la consulta, de la palabra doctora al despedirse con un beso o un apretón de manos.

Me voy olvidando que soy alguien para algunos
y me pierdo en la multitud de los centros comerciales,
buscando algún regalo de niña engreída que me quite esta desazón de los últimos días.

Perfumes!
muero por comprar aceites perfumados, velas aromáticas, inciensos.
Muero por volver mi casa un palacio de olores diversos y por jugar a que mi cama es el lecho de hadas y genios en donde dormito cuando la vida real se acaba.
Pero no compro nada,
sigo de largo y mi dedo se entretiene en los pétalos secos de flores irreales,
en el popurrit pintado con acuarela y esencia de canela.
Camino y no sé hacia donde voy.
No me siento triste,
sólo extraña y lejana.

Ya frente a los espejos de alguna tienda pomposa, veo mi imagen triste reflejándose como el de una mujer que no soy yo.
Vestida en jeans y zapatillas con una coleta desgreñada, las ojeras
y el labial que se ha evaporado
de dar besos a la lluvia de verano que ahora cae sin cesar
dejando las calles vacías.

Parezco alguna madre que se ha puesto la ropa de su hija de 15.
Parezco una madre huérfana, buscando en su interior la criatura tierna que le explique
¿para qué seguir rodando por la vida si día tras otro parecen todos ser los mismos?
Abro las manos, los dedos se erizan y estrujan mi vientre vacío, es un hambre enorme el que siento.
Un hambre pre histórico de ser llenado por alguna causa.
 Parada en la acera me siento lejana y sin saber dónde ir. Donde tomar un taxi. Dónde estar bien.

Me siento tan vacía ahora que podría ir flotando a casa.

¡ Ey! señor ¿Sabe que nube tomar para llegar a mi palacete de flores amarillas?

Vamos!...Conteste señor

¿Sabe usted cuánto cuesta poder retomar el camino a casa?
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