paranoia


Esa noche llamé para verlo. No estaba. Como muchas noches antes de conocerlo , me sujeté el cabello, armé la cama en el suelo y espere a que amaneciera fumandome los puchos que habían sobrado de la noche anterior.

Ya para esos tiempos había dejado de dormir las horas necesarias y en cambio me quedaba como un pez viendo los astros nadar en ese cielo violeta al que los de por aquí llamaban oscuridad.

Había llegado a Puerto Hacha por casualidad y no me había ido mas que por la idea tediosa de tener que tomar una lancha que me devolviera a un universo de caras conocidas, horarios establecidos, recuerdos viejos. Yo no me había quedado como turista aquí, tal vez mas como fugitiva de un pasado con el que me costaba reconciliarme.

Por eso y por el insomnio él terminó convirtiéndose en mi único lazo con la realidad. La única persona con quien hablar, el único con el que podía compartir algun silencio que no fuera molesto. Esa era su mayor virtud: Guardar silencio. Yo lo llamaba a casa y él aparecía con la piel tostada y los ojos claritos bajo mi ventana levantando las cejas como saludo.

Yo lo dejaba pasar y mi angustia de las 10 de la noche caía al vacío mientras él se sentara cerca y me dijera alguna frase que gatillara una de mis historias.

Para esa hora ya el calor y los mil grillos de ese pueblo de infierno se habían apoderado de las calles. La gente salía a hablar sentada en la vereda o gritando de ventana a ventana los chistes mil veces contados. Sólo nosotros nos quedábamos en la habitación oyendo música sentados en el viejo colchón prestado de la posada. Música que yo había traído de mi vida pasada y que él oía con atención tratando de entender el porqué de cada letra, como si con ello pudiera descubrir, acaso la madeja de mis vericuetos.

Esa noche lo llamé mas temprano que lo usual. Estaba con la paranoia en la cabeza, de que me perseguían para matarme. Sentía miedo, mucho miedo, hace mucho que no sentía ese sudor frío en la espalda y los pelos erizándose al menor ruido. Desde que había salido de la ciudad no había vuelto a experimentar esa sensación de desabrigo, de fragilidad, de que carajo, me estoy muriendo y nadie se da cuenta. Por eso me había hecho bien el silencio de Puerto Hacha, esa indiferencia para con la vida de otra fugitiva de mierda, que tenía la gente de por allí, esa complicidad para borrar el pasado mientras no se hablara jamás de eso.

Cuando llegó quise contarle, decirle que esta vez si estaba segura de que me habían encontrado, que me habían seguido el rastro, que era momento de irme. Irme de nuevo y lejos.
Él me miró con ojos de animal cansado, se tumbó en el colchón que hedía a yerba y tierra húmeda sin entender del todo y me pidió que durmiera. Que de una vez por todas me durmiera y dejara de inventar historias.

Esa noche vinieron por mí. Yo los vi de lejos, desde los botes anclados en que me había ocultado huyendo de la paranoia.
Los ví hurgar en casa mientras acababan con él a golpes. No lloré nadita, había soñado tantas veces con mi propia muerte, que cuando vi que mi destino se lo llevaba otro, supe que esa noche, aquella madrugada de color ocre, yo por fin dormiría.

Comentarios

ArT dijo…
desgraciados.

Muy buen final, triste pero verdadero. Un poco más y siento el olor de la habitación. Me ha gustado.
Jol dijo…
Martillera, varias palabras pueden leerse como pocas; pueden entenderse con la sensación de ser escasas. O tal vez no se pueda ni siquiera calcularse cuántas fueron.

Me gustaría saber cómo aprendiste a escribir lo que necesariamente no quieres decir. La diferencia notoria entre un creativo publicitario y la prosa o el verso de alguien puede que sea una y un montón más.

Confesándote algo, se me hace bien reconocible lo que está por aquí. Sé quién eres o puedo confundirte a ti por otra persona, si sólo leo historias como las que aquí hay.

Aunque pueda ser que disfraces todo. No sabré de quién es ese cabello ensortijado y café expuesto al sol.

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