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Hay días como éstos en que las cosas parecen mas grandes de lo que son
y los problemas parecen pirámides de mierda
y las frases menos pensadas pueden llegar a derrumbarme.

Hay días como éstos, en que cualquier evento adverso parece planeado de ante mano,
en que cualquier segundo pasando parece una mano opresiva sobre cualquier voluntad de cambio.

Hay días como estos, diantres. Días que parecen no servir para nada.

Entonces salgo a caminar, porque siento la casa una urna preparada para vereme morir al paso de las horas, de ese aburrimiento y apatía que me contagian las personas que conozco,
de ese sofoco de las mismas charlas, los mismos chistes, la misma paradoja de si te veo mal te jodo mas hasta que revientes.

Salgo a caminar y tomo un bus que me aleje lo mas posible de casa. Que se tarde una hora para llegar a mi antiguo barrio, a ese lugar cerca al mar donde me sentía joven, fresca, con el poder de cambiar el destino a mi paso.

Camino sin prisa a pesar que la tarde cae y siento la brisa salada, el canto de algunos pájaros, el chancleteo de mi paso en la vereda vacía y entonces, sorpresivamente lo siento. A él, a ese evento mágico que me hace sentir acogida en un lugar que jamás será mío: Es el silencio.
Un soberano silencio al caer la tarde.

Aquí y allá edificios de cortinas abiertas, alguna turista perdida, un vigilante y un perro. Mas allá de mis ojos el mar, enorme, sin fronteras. Y el silencio.

En esta ciudad que me agota de ruidos diversos, que me vuelve violenta, a la defensiva. Que vuelve mi lenguaje rudo, mis maneras prácticas, puedo de pronto caminar tranquila, sin mirar la hora, sin sentir nada mas que mis sandalias golpeteando la vereda.

Hay días como éstos en que las cosas parecen mas grandes, la soledad insoportable,
la compañía de la gente necia un castigo divino del que no puedo escapar.
Días en que mi hostilidad con la gente llega a niveles casi cósmicos...
hostilidad que luego me crea culpa, cargo de conciencia por ser tan mierda,
por ser tan yo, cuando me siento atacada,

y de pronto allá afuera, hay un lugar silencioso, una banca vacía, un panorama azul y sin tormentos.

Me pierdo en la idea de que soy nada, solo un microcosmos que se agita inutilmente por cosas que suceden mas allá de su voluntad,
allá lejos, fuera de mi,
en un lugar tan infinitamente lejano que es mejor no asumir como casa.
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