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¿Qué es mejor leer o escribir?

Mientras no sea con faltas ortográficas...-parece responderme el subconciente.

Me hago esta eterna pregunta, mientras afuera el cielo limeño se va cayendo de a poquitos en grumos grises de olvido. No parece primavera. En Lima jamás parece primavera y ya debería haberme acostumbrado.

Hoy escribo porque estoy triste y porque no le quiero endilgar a ninguno de mis amigos la causa de mi tristeza- o porque ninguno de ellos quiere acompañarme en ella. Supongo que debo atribuírselo a mis hormonas y dejar de buscar razones para todas las cosas. No hay lógica en el azar y sin embargo suele haber una continuidad cíclica que asusta y por momentos esperanza.

Tengo miedo, quería contártelo y que al contarlo este miedo desapareciera, porque el miedo es como el frío en Lima, una sensacíón peremne de la que a diario casi te olvidas y sin embargo te va humedeciendo por dentro, corroe cada uno de tus goznes y en el momento menos pensado te derrumba.
Tu mundo estructurado se cae a pedazos fruto de ese miedo, se desploma cuando estás caminando en cualquier calle y  de pronto sin pensarlo surge ese sollozo que da paso a una lágrima y luego ese vacío que no identificabas antes como propio va devorándolo todo. Te consume.

Me sigo preguntando si es mejor leer que escribir? Si esta noche debí haber cogido un libro y leerlo hasta que me venciera el sueño y acabara en los brazos de esos mundos fantásticos que se tejen línea a línea. Si debí haber vuelto a coger Rayuela, la cual compré desesperada en una edición pirata de papel barato y letras pequeñísimas. Una edición casi imposible de leer que me espera ansiosa en el estante, para que la lea, para que sueñe, para que duerma con ella.
Porque por ahí leí que un libro es como un buen amante, al que es imposible no desear llevártelo a la cama.
Y entonces pienso en los hombres que yo me he llevado a la cama y no viceversa. Los que yo he elegido para que sean una o dos o varias noches mis compañeros y que luego se han ido, cuando han querido, como han querido, porque yo he querido.
Porque cuando no es amor tu puedes elegir que se vayan, puedes decidir quedarte o irte. Puedes decidir simplemente.

Tengo miedo, sí ya lo dije. No sé por donde empezar, son muchas cosas, pero tal vez tengo miedo a desaparecer. Yo. La que sueña. No la que tiene DNI y domicilio legal y paga cuentas y compra cosas, me refiero a desaparecer yo, la persona, la que te habla naturalmente, la que espera. La que hoy soñó y despertó pensando que no era un sueño. La que tiene metas, pero ninguna estrategia. La que hace planes y los derriba. La que escribe, la que soy.

Ayer me di cuenta que estaba a poco de desaparecer totalmente. Quedaba poco de mí que aun pugnara por salir, me acababa de acostumbrar a mi disfraz de chica promedio y me sentía cómoda. No quería viajar, ni sufrir, ni esforzarme por nada, quería que la vida siguiera tal cual era y que el trabajo me diera lo suficiente para vivir. Que así, el pasar el día fuera una victoria y que de pronto, algo sucediera- algo en lo que no mediara mi obstinación sino el destino, si lo podemos llamar así- y mi vida se llenara de otra persona, a la que probablemente no amaría, pero haría las veces de compañero y así haríamos la pantomima de una pareja o una familia, o un núcleo que fuera similar a miles de otros núcleos formándose aquí y allá. Yo sería una más y entonces todo mi mundo, mi campamento gitano de sueños mal elaborados desaparecería.

No sabes quién soy-así que aun no me compadezcas.

Eso me dio miedo, porque rendirse es para mí desaparecer y aunque tengo el concepto de lo que es Rendirse, no sé como hacer para tomar un rumbo distinto. Es decir, no sé como virar el timón y hacer que este pesado barco enrrumbe a otro puerto y no encalle en la costa que no deseo.

Huele a humedad y debo detenerme.

Porque cuando huele a humedad recuerdo que estoy aquí en casa y que mi cuerpo no está gravitando sobre los sueños que deseo compartirte, simplemente mi cuerpo ESTÁ y eso es todo. Está aquí sobre una cama, cubierto bajo unas mantas, envuelto en la cálida luz de una bombilla. Mi cuerpo es real y esa realidad no conduce a nada sino a mas realidad, como pensar en el frío, en el dolor de mi espalda en el precio de la luz que derrama la bombilla que tu llamas alegremente foco.

La realidad me asusta,
porque la realidad te hace olvidar las cosas realmente importantes como la creación de atajos fantásticos hacia mundos propios e íntimos
y te hace seguir una secuencia de pasos estupidizantes, en donde lo único claro es que un día naciste y que debes ir de prisa por la vida, puesto que también pronto morirás.

Y esa prontitud de una vida que nace y desaparece será apenas un pestañeo en la eternidad.

En este punto coincidirás conmigo que hubiera sido mejor que hoy lea a que escriba. Que hay millones de hojas como vidas por leer. Que pude haber cogido cualquier libro, o incluso algo de poesía. Que esta noche debí haberme perdido en la voz de los otros y no haber soltado las velas de la mía.

Puede que tengas razón, yo también lo creo.
Pero esta noche quería estar contigo, porque sentí miedo y pensé-tontamente, ilusamente- que la única forma de acurrucarme en el seno de otra persona era diciendo la verdad y reflexioné que yo sólo digo la verdad cuando escribo.

No soy buena para hablar, para hablar con voz propia. A sitio que he ido, sitio del que he copiado el acento hasta camuflarme entre ellos, así que no te sorprenderá si te digo que mi habilidad en los idiomas deriva mas de mi sentido de la imitación. Dicho esto, entenderás que si me encuentras por la calle es probable que te hable solo de lo que quieres oir y comentaré del clima, del titular del periódico, de la música que está de moda, pero jamás te diré algo mío.
Tal como haces tú, tal como hacen todos. Porque la realidad es eso. Vivir en el ostracismo hasta que toque el momento de marcharnos, pero ese no era el tema de hoy.
El tema era que tenía miedo y que no quería llorar.
El tema era que hoy hallé mas provechoso escribir que leer, aunque hoy después de leerme tú hayas pensado diferente.
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