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Princesa Kamikase

De esa nuestra última mañana juntos solo recordaría su mirada sosegada al verme despertar en medio de los analgésicos y los narcóticos de la noche anterior. Mi estómago destrozado, mi cuerpo lánguido, mis ojos a medio abrir; y allí a mi lado él. Cuidando mi sueño como tal vez lo habría hecho cientos de madrugadas antes.

De esa mañana juntos recuerdo el dolor de despertar y saber que seguía viva en este mundo feo, en donde no era nadie para nadie. Las persianas color vainilla, las flores secas en la habitación, el popurrit rociado en el piso, mezclado con colillas de cigarros, con zapatos de punta, con ropa interior. Esa era yo, una criatura kamikaze a punto del caos completo.
Pero él estaba allí, con su mirada de paternal abrigo, acariciando los cabellos que antes habían sido rojos y mucho antes azules y tal vez en algún pasado negros como la noche en que nos conocimos.
No merecía esa mirada suya, dulce, silente...compasiva. Me dolía su ternura, como a él seguramente le dolía cada aventura suicida mía.

De esa última mañana juntos recuerdo una menta derritiéndose en mi boca salada de lágrimas viejas; sus ojos redondos en mis ojos calcinados de cenizas y maquillaje corrido. Ese era él, siempre mirando sin decir nada. Un día tal vez ya no llegaría a tiempo. Un día el dolor sería tan fuerte que necesitaría de más drogas, de más alcohol en las venas de más decisión para cabrear las agujas. Un día probablemente ya ni me hallaría.
Creo que me leyó el pensamiento porque me abrazo fuerte mientras me conducía al pequeño retrete vecino. Yo me desplomé en su abrazo dopada como estaba del dolor de vidas pasadas. Había sido una madrugada de regresiones, maldito efecto del alcohol y la morfina.

Me abrazó fuerte y yo me dejé ser en el hueco tibio de su abrazo. Había soul sonando allá lejos aun lo recuerdo. A veces cuando vuelvo a oír esas canciones siento que lo veo de nuevo, venir hacia mí en el rescate inútil de su princesa kamikaze.
Lloro por esa última vez de verlo vivo, en que no pude despedirme con amor, pues pensé siempre que yo partiría primero. Que yo era quien merecía retornar primero a esa matriz del tiempo en que mi alma era la hilacha gris del vestido vital de otras personas.

Imaginaba que sería yo, mil veces yo, maldita sea, la primera en retornar a casa. A esa casa. Pero me quedo aquí en otra madrugada gris sin él, sin nadie que me salve de mi misma y un vaho a sobrevivencia me hace odiar mi carne que se aferra a la vida, mi materia que se niega a ser muerta. Aún sin él a mi lado.
De esa nuestra última madrugada juntos, en que mi cerebro luchaba del embotamiento de sustancias raras para calmar mi dolor, solo recuerdo su boca pequeña murmurando: Despierta princesa, es tiempo de seguir viva.

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