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Cap 2. Marina Sánchez

Marina Sánchez creyó morir de vergüenza cuando el hombre a su lado se paró a abrir la ventana en la fría noche de Madrid a causa de esa marea viciada que acababa de emerger de dentro de ella.

Su olor submarino de pronto había inundado el ambiente de la pequeña habitación tornándolo pesado y asfixiante. Acababan de terminar el sexo y el hombre parado junto a la ventana encendió el cigarrillo que se inflamó como un cometa candente en la oscuridad de terciopelo y se fue deshaciendo en pequeñas fumarolas blancas.

- Ya deberías curarte eso, mujer, a lo mejor es algo serio- le dijo molesto.

Marina asintió con la cabeza, dócil y avergonzada. Era la primera vez en varios meses que volvían a hacerlo y apenas dado el orgasmo, todo ese olor penetrante de peces muertos volvía a aflorar de ella dejando su sexualidad libertina al descubierto.

No era una infección, pensó Marina. Si la infidelidad fuera una peste ya habría acabado con ella hace mucho. Incluso desde la primera vez hace tres años en que él partió a su primer viaje a Tarragona. Esa tarde la casa había quedado muy sola y taciturna. Su alma a la intemperie solo podía añorar nostálgicamente un cuerpo tibio que tapara todo ese vacío que sentía entonces y que le recordaba a su lejana Cuenca, durmiendo en la verdolaga de su olvido.

De modo que cuando llegó la oportunidad a su puerta no la supo desaprovechar y se entregó sin miramientos al hombre marroquí que le arreglaría las cortinas. Pensó que solo sería una vez, uno de esos polvos de los que las mujeres se acuerdan entre risas cuando están ebrias, y sin embargo no. Ella acababa de probar una miel vedada, que le recordaba su juventud salvaje en la lejana Cuenca.

Ella, la mayor de las hermanas Sánchez había emigrado a España a los inicios de los ochenta, en que Europa aun no estaba con la fiebre de deportar ilegales y en la que aun la gente del tercer mundo era bienvenida como mano de obra barata. Allí había conocido a Chucho o al Ingeniero Jesús Alvitez como a él le encantaba aparecer en las tarjetas de presentación y su vida se había tornado apacible con sexo, que de lujurioso en sus tres primeros años había pasado a ser rutinario y doméstico en la segunda mitad de la relación.

Al salir de su ciudad no se había planeado aquella vida aburrida de ama de casa y mujer de alguien. En realidad ella había salido de Cuenca para no acrecentar el escándalo que en adelante sería el modo de vida de todas las hermanas Sánchez. Ese modo de vida que tanto espantaba al espíritu pueblerino y pacato de la ciudad natal. Ella quería vivir cosas nuevas, fuertes, terrenales. Ese tipo de aventuras que cuentan en las novelas de hombres. Subiendo a barcos, conquistando territorios.

Marina Sánchez se había soñado a sí misma como heroína también, esa clase de mujeres que hacen cosas grandes como sacrificar la vida por alguien, o curar enfermos de lepra o consolar a ejércitos enteros con sus canciones. Pero nada, ella a lo máximo que había llegado en ese sueño ingenuo, era sacrificar la secundaria por curar al enfermo de sexo del profesor de matemática. ¡Y vaya que le había salvado! Su sexualidad emergió entonces salvaje para devorar al mundo. Con apenas catorce años, supo reconocer en la cara de complacencia del maestro que algo bueno había hecho, que algo bueno tenía, para tornar de caras taciturnas a caras de satisfacción a los hombres que ella tocaba.

Luego vendrían muchos más, el entrenador de vóley, el juez de turno e incluso un cura. No podía evitarlo, a Marina le encantaban los viejos. No por ese morbo de ser la víctima de un decrépito que ya podría ser su padre o abuelo, no, no no. Sino por esa satisfacción de sentir que hacía algo bueno con esos indefensos viejos de pichas flojas. Algo como dar un poco de amor a gente herida y enferma…pero del alma.

Esas cosas de su pasado no las sabía Chucho, o a lo mejor lo intuía. Su mujer era diestra en el arte de amar a pesar de su juventud. Pocas cosas en la cama le resultaban sorpresas y al inicio se había dejado llevar por sus deseos más que como buena alumna, como una cómplice culpable de los mismos vicios sexuales.

Ella se había entregado a él dispuesta a regenerarse, sabía que lo del sexo sin amor no era un buen vicio, que entregarse por la mera bondad de hacerlo al primer viejo de cara afable que le enseñara algo que antes no sabía, era una costumbre desoladora que finalmente en un rincón oscuro de su conciencia pueblerina, aun, la hacía sentir culpable y avergonzada.

A Marina le gustaba aprender, es cierto, cualquiera que fungiera de maestro podía ser suficientemente excitante para ella. Pero eso no era todo, tal vez fuera el sentimiento protector de esos viejos apolillados, carcomidos por la melancolía de lo que fueron lo que le generaba esa empatía, que finalmente terminaba en un revolcón prohibido. Era ese sentimiento paternal que Chucho había prodigado en ella sin pedir mucho a cambio lo que la había ilusionado. He ahí que su relación llevara 6 años sin rupturas.

Pero había venido esto. Otra vez el bullir de su pecho por la emoción de entregarse a alguien nuevo, completamente diferente, un cuerpo de textura y sabor desconocidos. Esa sensación que Marina había experimentado de más chica y que ahora rumbo a los treintaymuchos se volvía un deseo irrefrenable, que debía ejecutar cuanto antes.

Su olor interior había cambiado sin embargo. Podía ocultarle toda la gente que pasó entre sus piernas desde que dejó de ser ninfa, podía olvidar sus rostros y nombres en la memoria, para que no quedara ni un rastro de aquellos a los que casi amó. Su cuerpo no tenía huella de ninguno de ellos. Al no parir jamás, sus músculos no habían perdido aun la tonicidad y el vigor de abrazar su miembro al entrar en ella. Su entrada, por así decirlo, seguía siendo joven y lozana. Y sin embargo…

Ahí estaba ese olor delator, que no se debía ni a infecciones ni a enfermedades raras. Ya se lo habían dicho muchos médicos. “ es el cambio natural del Ph…” Y qué carajo significaba eso? “Que a medida que una mujer envejece también cambian la composición de sus jugos…y de sus olores… por así decirlo..” le había explicado la doctora carita de rata que la había visto la última vez.

¿Y ahora? ¿Qué se hacía? Marina sentía que todos aquellos hombres, esos ejércitos de hombres maduros y desarrapados que ella había acogido en su ser, estaban pasando la factura. Su esperma inútil y viejo probablemente había crecido dentro de ella como una especie de hongo prehistórico que de pronto la volvía sucia y fétida.

-Así le pagaban - pensó con enojo y tristeza.

Podía seguir siendo aun joven y vital por fuera, sus carnes seguían firmes y enérgicas encima de su osamenta siempre grande como la de todas las hermanas Sánchez, pero ese olor…Ese olor de mar adentro, de muelle olvidado, de embarcadero a lo desconocido, aun seguí aflorando de ella cada vez que terminaba el sexo. Un día Chucho lo descubriría, estaba segura. Descubriría, todo lo mala y sucia que era ella y la echaría de su lado tal y como lo había hecho su madre y toda su familia.

-Porque la gente no entendía, pensó Marina doblándose sobre sí misma como un feto gigante, no entendía que a veces una tiene tanto amor para dar que necesita echarlo de sí, tirarlo afuera y mejor si lo recibe algún desamparado. Alguna víctima como ella del olvido de los otros.

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http://yanohaymasruido.blogspot.com/2008/10/1-olivia-y-el-hombre-pequeo.html
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