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Sadith

No era que ella tuviera la razón, pero a veces daba asombrosamente en el clavo, tal vez por ello su apodo de Sadith La martillo le venía tan bien. La conocimos cuando yo estaba aún en la universidad y los cuentos de amores imposibles aun rondaban por mi mente a pesar del guardapolvo blanco en que me habían embutido tratando de hacerme parecer adulta.

Su figura obesa no admitía cavilaciones, ella no era una mujer atractiva y sin embargo, si, atrayente. Hablaba con soltura de muchos temas a cuyas explicaciones salpicaba de copiosas groserías, que no llegaban a chocar, sino a incluso parecer graciosas. Había sido basketbolista a pesar de su talla media y dicen que provenía de una distinguida casta de médicos, con los que era mejor no toparse de jurados en los exámenes. Al margen de ello, Sadith, comos e llamaba mi gorda amiga, no tenía otros dones a la vista que no fueran dar siempre en el clavo.

Me había dicho por ejemplo, que al conocer a un hombre jamás debía darle muchas señas de mi persona, o que si me gustaba mucho era mejor no pasarme todo el día durmiendo porque eso cocinaría en mí esas ideas eróticas que no afloraban cuando permanecía en el día con los ojos bien abiertos. En otras palabras- recalcaba-si conoces a un hombre y te la pasas durmiendo es mas probable que a la tercera cita el tipo te tire.

De esa forma me había alejado del profesor que dictaba cómputo y de algún deportista más que se me había acercado con intenciones nada decorosas, según apuntaba, haciendo un gesto de comillas con sus dedos regordetes.

La conocí y me hice amiga de ella por casualidad, más que porque tuviera la intención de hacerlo. Yo venía de una larga tradición de escuela pituca, en donde se te decía siempre con qué personas era adecuado juntarse. Al verla gorda y bohemia hablando mas con chicos que con mujeres, no me pareció que Sadith fuera la amiga adecuada para empezar mis estudios universitarios y sin embargo, se convirtió en compañera inmediatamente. Con ella pasaría noches enteras estudiando surcos cerebrales, canales celulares ahora innombrables, o escotaduras de huesos que nadie sabía que existían.

La gorda era inteligente, no cabía duda. Si no sacaba mejores notas que yo, fue siempre porque mas le gustaba que la llamaran una Gorda De Puta Madre, que una gorda chancona. Así pues, la chancona de nuestro pequeño grupo de tres, era yo.

El tercer integrante era Javier Sosa, un moreno con ojeras moradas tan oscuras como las de un elefante al que le gustaba siempre buscar la sin razón de las cosas científicas. Por qué esto? Por qué el otro? A veces con él, daba ganas de tirar la toalla y seguir otra carrera, pues en definitiva con la nuestra no llegaríamos a nada. Y para mí la nada en ese entonces, era seguir una carrera que no resolviera todas las preguntas que tenía acerca de la vida.

Sadith por el contrario, no se preocupaba por el porqué, ella sabía inmediatamente que pasaría. Ese buen olfato para las cosas funestas le acarrearía gloria mas adelante, al convertirse en la psiquiatra forense mas reconocida del país. Pero en ese tiempo, ninguno de nosotros sabía aun que le deparaba el destino. Yo vivía enamorada de cuanto hombre mayor supiera decir las palabras correctas o me mostrara un retazo de conocimiento que yo no pudiera entender del todo. Javier vivía enamorado de mí y Sadith…bueno, Sadith vivía un poco enamorada de sí misma.
La noche que le confesé entre copas que ya no era virgen, que a pesar de todos sus consejos había terminado tirando en el piso con el profesor de cómputo en un caos completo de monitores y cables enredados, no hizo ni un gesto y sigo bebiendo. Al terminar la segunda copa de ese vino barato que tomábamos por entonces, debajo de esas pecas que adquirían el color castaño de su pelo, me dijo con esa sabiduría que ya se le distinguía desde sus escasos 22 años:

- Ya se te notaba que lo buenita no te iba a durar para siempre, soberana huevona.
Luego cerró los ojos achinados por el exceso de alcohol y cigarrillos mentolados y agregó sin piedad:

- Mejor no te acostumbres a tener sexo como lo tienen las putas, que eso termina gustando- me dijo apurando el vaso en su garganta regordeta.

Yo apenas si la escuché pues la carcajada de confesarle a alguien que ya no era virgen me había hecho terminar en la alfombra de su casa retorciéndome como una loca que no sabe como llorar ante las cosas inevitables.
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