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Felipe y el fantasma

Felipe abrió la tapa del piano y corrió sus dedos delgados encima de cada una de las teclas hasta que el sonido agudo de la última lo hizo estremecerse de espanto. Llevaba años sin volver a esa casa y al entrar el olor a moho y humedad casi lo habían mareado. En el otrora amplio salón, la luz opaca de otra tarde otoñal dejó ver las miles de pertículas de polvo moviéndose lentas bajo el haz de luz. Se sintió un fantasma entonces y esa imagen de si mismo ya muerto y sin ninguna esperanza le causó el mismo desazón que ahora lo llevaba a cerrar rapidamente el piano alejándose hacia la puerta.

Las ventanas casi cubiertas por enredaderas de flores lilas dejaban ver del otro lado de la propiedad la nueva autopista en construcción erigiéndose como un límite entre la ciudad y su olvido. Hubiera sido grandioso remodelar la casa, el salón y la escalera casi destruida. Podía imaginar a su madre allí festejando sus primeros pasos de baile o a su hermana tocando el piano. La larga mesa llena de invitados perfumados y mujeres ataviadas de colores vivaces. Remodelar aquella casa significaría para él volver a esos recuerdos que aun no se digerían en la cabeza.
Levantar y pintar las paredes de un viejo mausoleo en donde el único fantasma condenado a vivir allí, sería él.

Dio un largo suspiro y se dispuso a firmar el papel que cedía toda la propiedad a un complejo hotelero. Llevaban meses insistiéndole, pero su trabajo y otros sentimientos le habían impedido volver a esa parte de la ciudad donde yacían sus antepasados. No había porqué dudarlo, las ganancias serían estupendas, incluso le daban la opción de poner el apellido familiar a alguno de los salones de juego.

Cogió el lapicero que le ofrecían, pero le tembló el pulso, la habitación estaba llena de una atmósfera densa de recuerdos angustiosos. Solo necesitaba firmar e irse de allí para siempre, sin embargo, el largo viaje, la falta de almuerzo y esa humedad que le penetraba la nariz hasta el centro de los sesos, lo hacían sentirse débil y a punto del desmayo.

Un momento, pidió, creo que necesito sentarme. En el salón vacío rechinaron entonces los pasos de alguien acercandole un viejo taburete. Pasó la mano que se llenó de polvo y se desajustó la corbata. Había pensado que la firma demoraría apenas una hora y que podría estar de regreso a casa para la cena, pero ahora el solo hecho de conducir 6 horas por esa carretera llena de curvas lo llenaba de cansancio.

-Algún problema con el tratado Sr. Martínez? preguntóle la joven abogada encargada de los trámites.

-No, solo es esta casa. Después de todo pasé toda mi infancia correteando por estos salones.

Debió ser una hermosa infancia Sr. Martínez- concedió ella.

-Llámame Felipe, por favor sonrió él vagamente- Todo lo contrario. Te agradaría oir una historia?

Ella miró contrariada el papel del contrato y luego su reloj.

- Es tarde, pronto anochecerá, Sr...perdón, Felipe, es mejor que firme y me lo cuentas en la cena. No me parece adecuado el lugar para quedarnos hablando, agregó, mientras limpiaba una telaraña de su abrigo rojo.

- Todo lo contrario Rosario, mi historia es sobre esta casa y sus fantasmas y no hay mejor lugar para contarla que con sus protagonistas presentes, verdad Mariana?


Dicho esto, Felipe miró al viejo piano y bajo la tapa cerrada, las teclas blancas y negras emitieron ese sonido que hace unos minutos lo habían hecho estremecerse.

Rosario casi se cae del susto.

- ¿Q..quién es Mariana?- tartamudeó la joven abogada con una sonrisa forzada con la que trató de disimular su miedo.

- Mariana, es mi hermana. Bueno, media hermana, nos criamos juntos. Verás, mi padre había traído a vivir a sus dos hijas en 1956, cuando...
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