El Cigarrillo

Últimamente he estado fumando. No a solas, sino en reuniones y las reuniones se han dado a menudo. No he fumado, si es que te lo preguntas, por tomar una postura interesante o fingir quien no soy. He fumado como lo hacía desde la universidad cuando me sentía inexplicablemente sola caminando bajo una lluvia tenue.

Me pasa como a muchos, que suelo sentirme sola en las reuniones, abandonada allí como un náufrago a la deriva, sin muchas opciones de salvamento. No es que no ría, hable o haga bromas, sino, que jamás como en las reuniones de mucha gente, suelo ser consciente de lo muy diferente que soy yo de la personalidad que muestro a diario.

La última de todas fue especialmente insoportable, había licor como para intoxicarnos por un buen tiempo y habían ido más personas de lo habitual. La música era desconsolablemente metálica y mi estómago llevaba ya un buen tiempo con ganas de botar fuera de sí, la comida grasosa que habían comprado para la ocasión. Como es habitual en las reuniones del trabajo todos hablaban de medicina y de las anécdotas del hospital, muchas de las cuales ya me conocía. Yo intervenía a veces pero sin mucho ánimo. Bebía del vino con algo de asco y lo único que hacía mas tolerable mi desespero era la esperanza de que algo pasara, de que cambiaran la música, de que alguien llegara. Nada de esto ocurría obviamente y me aferraba al cigarro con el ahínco de los presidiarios.

Recuerdo que salía con un fumador pesado. Al irse él de casa tenía que vaciar los más improvisados ceniceros llenos de colillas de cigarro que terminaban apestando la pieza entera. Jamás fumé delante suyo, pues en Lima rara vez llovía y si me sentía sola habían placeres menos tóxicos para prodigarme abrigo. Una de esas veces recuerdo haber probado de su cigarrillo y eliminado el humo luego, mientras sentía la paz que daba ese calorcillo alquitranado dentro del pecho.
Él me lo quitó de la mano y me pidió que ya no lo hiciera, me explicó que era claro que yo al igual que muchas mujeres no sabía cómo fumar y él detestaba la imagen de un cigarrillo echado a perder. Aunque con cierto dolor dejé el cigarrillo y le di la razón pues su apreciación aunque sonara machista tenía mucho de lógica. No había peor cosa que atestiguar el mal uso de nuestras pasiones y hobbies más íntimos. A él no le gustaba que yo fumara ni a mí que él escribiera, aunque nunca surgió la oportunidad correcta para decírselo.

A uno de mis amigos le gusta ver a las mujeres fumar creo que le excita, debe tener un morbo especial para él que una chica coja el cigarro que él le ofrece. A medida que lo conozco he descubierto que le excitan precisamente las cosas que más rechaza. Lleva a diario un doble discurso sobre la libertad femenina, que a veces me lleva a odiarlo y otras a tenerle lástima. Le gusta ver pechos y a las mujeres desnudas, sin embargo deja entrever que todas las mujeres que les guste mostrar “el material” es porque son bien putas. Le agrada la idea de hacer trampa, pero rechaza la idea de que su novia sea una tramposa. Le parece bien que haya nudismo en las playas de Miami, pero lapidaría a cualquier conocida compatriota que hiciera lo mismo.

Mientras acepto uno de sus cigarros, yo me burlo de él diciéndole que tiene toda la psicología de una tapada limeña. Me pregunto si yo también la tengo, al fin y al cabo a mí no me gusta fumar y decido hacerlo, no por ese vicio que tienen los verdaderos fumadores, sino porque en reuniones como esa en la que todo el mundo parece llevar un disfraz diferente, yo puedo protegerme estando a solas con el humo de mi amigo imaginario.
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