Para el Lector:

Pienso que con el pasar del tiempo me olvidarás como yo a ti. Nuestra relación no ha sido fácil, mucho ruido y pocas nueces, mucho escrito y poca acción. No sé cómo me descubriste ni yo como llegue a ti, pero mira ya van pasando cinco años y yo a escondidas y con un nombre diferente te voy contado lo que pasa en mi vida.

No he perdido la esperanza en regalarte un libro, uno mío, con mi nombre. Tal vez tu tampoco, pero cada vez es menos el ahínco que nace en mí, y cada vez menos tu constancia para mis escritos. Me admira la lealtad de los que aun siguen, aunque me pregunto cuánto de morbo debe haber en un hombre para seguir frecuentando el diario electrónico de una mujer de treinta.
Yo he crecido, aunque más en medidas que en cordura. Antes, cuando me conociste hacía muchas locuras y cosas de persona depresiva. Escribí mucho más de lo que hice, aunque no olvido que somos lo que pensamos y si es así yo he sido no sólo mezquina, sino también lasciva y suicida.

Suicida en un sentido más amplio del que conoces. Suicida en los pequeños actos amorales que van acabando con uno, con la personalidad antigua que da paso a otras, unas más frágiles u otras más fuertes, hasta que el Yo termina imponiéndose sobre el alter ego, el súper yo y toda esa ensalada rusa de pronombres que utilizan los psiquiatras para explicarnos que somos un hombre y una bestia bajo la misma cubierta en una lucha sempiterna de victorias a medias.

Yo he matado varias veces las personalidades más débiles que surgieran entonces, a la depresiva, a la cínica, o a la voyerista. Como todo aprendiz de asesino, he tenido que asestar varios golpes inútiles antes del martillazo final, pero creo que lo he conseguido. No necesité irme a la India para hallar la espiritualidad de mi personaje. Pero al menos descubrí a la persona que existía detrás de todas ellas.

Te hablé muchas veces de los hombres que amé, pero debo admitirlo, no amé casi a ninguno. De eso me di cuenta hace poco, cuando terminé por aceptar que elegí conscientemente a las parejas que sabía no serían jamás para un futuro. Me gustó ser la víctima, pues como todas las mujeres adoro el drama y la incertidumbre de un final feliz y una buena venganza hasta el último capítulo. Pero también me terminó por aburrir eso y comencé a escribirte cuentos. No sé cuales te gustaron más, aunque yo los amé todos.

Me hubiera gustado que los ames también, pues soy muy buena para mentir mientras digo la verdad a gritos. Soy buena escribiendo historias, jamás tan real como cuando te las cuento. Hoy te escribo en primera persona, no porque te extrañe, sino porque hace mucho tiempo no hablábamos. Tú y yo, sobre estas cosas. Sé que me he estado escabullendo del tema, pero la verdad pensé que no volvería a escribirte, he intentado ser profesional, ¿sabes? Dejar de escribir, de contar mis cosas; pero no puedo. No puedo sola, amo esto, escribirte, dejar un testimonio de que soy y estoy.

Tal vez es parte de mi ego o de mi alter ego o qué sé yo. No estoy en un país para psicoanalistas, estoy en un lugar en donde un blog es el mejor terreno para matar a los demonios internos y yo lo hago aquí a veces, como una diversión sin culpas. Como la única manera de definirme cuando estoy confusa, como hoy por ejemplo. Como siempre.
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