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1. El Encuentro

Nos estábamos midiendo. Así empezó todo. Detrás de unos cuantos vasos de cerveza, estábamos tratando de dilucidar la verdad que habitaba en nosotros detrás de cada rostro.
No había sido una cita fácil, tuve que llegar en medio de la lluvia que caía en Bogotá a mediados de Julio y divisarlo entre los miles de rostros que poblaban el aeropuerto a media tarde. Me cagaba de miedo. Durante el viaje en avión había repasado muchas veces en mi memoria sus frases o las charlas por chat desde que nos conocimos, tratando de excitarme y que esa vasodilatación hiciera olvidar del todo, las noticias sobre gente que mataba a través de citas a ciegas o asesinos en serie auto publicitados por la red. No era fácil. La verdad me moría de miedo, pero no había otra.

Lo mire a través del vaso de liquido dorado y musité alguna frase que fuera ligeramente intelectualoide, después de todo, nadie quería quedar como una bitch ignorante en la primera cita. El me respondió a su forma y nos enfrascamos en una charla sobre libros de Borges que yo solo había leído pro resúmenes en el colegio y que él comentaba como si los hubiera escrito con la mano izquierda. Un snob completo, me agradaba el tipo.

La primera vez que lo vi sin embargo, me decepcionó su metro sesenta y su gorra nike azul. Con la mochila al hombro y la cámara en mano, más parecía un japonesito de esos que fotografían hasta como cogemos la comida los pobres. Bajo la visera, dos ojos marrones me saludaron con una frialdad, que casi me hace retroceder. Era de esperarse, yo debía haberlo decepcionado también con mi trajecito gastado de sábado por la noche. La misma blusita, el mismo jean y unos zapatos claros que me había comprado para la ocasión tratando de parecer fashion, pero que me quedaban más grandes que a Pulgarcito.

En la mesa las colillas de cigarro se acumulaban mientras tratábamos de impresionarnos mutuamente. Midiéndonos, tratando de no perder terreno. Al fin y al cabo él podía tener un montón de plata, pero yo tenía mi profesión que impresionaba cada que mencionaba que había terminado a los 21, porque fui considerada desde la secundaria niña genio. Eso si no era una mentira, siempre había sido hábil con los números, aunque eso no había logrado llevar más plata a casa. Había ganado becas, concursos, entrar a la universidad a los 15 y hacerme de un titulo, cuando todas mis amigas del barrio ya iban por el segundo hijo.
El por su parte, hablaba de museos, de viajes, de bolsa y de un montón de huevadas que yo no sabía si eran o no ciertas. Hablaba con fluidez en un castellano salpicado de palabras en ingles, como si eso lo hiciera más creíble. Yo no quería parecer tonta, creyéndole cada tontera que decía, pero la verdad tenía que acomodarme la quijada a cada rato, para no quedarme estupefacta ante sus historias de cómo preparar sushi o de cuanto puede costarte una cena de fondue en Manhattan. Carajo! El vivía en un país de maravillas al que no entraría nunca, al menos no con la espalada seca y yo a mis 21 y con una carrera terminada a las justas si solo había comido estofado con pollo de la olla de mi madre, porque comer fuera costaba lo que un libro de marketing avanzado.
El comenzó a mirarme el escote antes que yo inventara algún rubor en la cara para parecer decente. La verdad me agradaba que mirara. Eran los tiempos en que yo me veía como poca cosa, a pesar de lo mucho que había estudiado, me agradaba que mi cuerpo gustara, sentía que eso de alguna forma compensaba el hecho de no tener un rostro de revista o una ropa cara. ¿Qué miraba un hombre en mi? Había sido el inicio de muchas hipótesis, que hasta ahora no logro responder del todo.
Cuando yo le puse la mano en la pierna ya era demasiado tarde para hacernos los buenos, llevábamos muchas horas de alcohol en las venas y como 500 pliegos de conversaciones por chat resumidas en una sola charla en que hablamos de comida, arte, libros, sexo y política como si fuéramos eruditos. Tal vez era un loser igual que yo, pero la diferencia era que mientras yo solo había conseguido clase turista a Colombia, el jamás había viajado en algo que no fuera en primera clase, ni vestido algo que no valiera más de 500 dólares. ¿Qué carajo quería él en alguien como yo?
Entre la embriaguez de la ilusión por hacer realidad un amor platónico, dejaba que se apoderara de mi su mirada color te, sus manos tibias de uñas cortas y su boca con el sabor a tabaco que me marcaria de allí en adelante cada que buscara una especie a quien amar.
En el avión, mientras me acomodaba por primera vez en mi vida el cinturón de seguridad, no podía dejar de mirar a las aeromozas bellezas de piernas largas y ojos bien pintados. ¿Qué esperaba el de mi? No superaba una mujer promedio, para esa época ni me pintaba, ni usaba ropa de moda, apenas lo que hubiera en las tiendas de mi barrio, nada de marca, nada fashion, ese tipo de ropa que se compra en bolsa y se te ofrece en la calle. Tenía el cabello mas ensortijado que ahora y las cejas pilosas hasta los ojos. Mis manos no sabían que era esa hechicería del manicure y mis rodillas jamás habían probado humectante y sin embargo…sin embargo el me tocaba como si yo fuera algo mágico, una virgen, un hada. Me miraba como si fuera la última mujer del mundo, como si para él fuera la primera. ¿Qué había hecho? ¿En realidad le había mentido en todo?
Es cierto, no sabía mucho de Borges ni de política internacional, menos cuanto era el sueldo mínimo en mi país. A las justas sabía lo que sabe una chica de 21 años: Que tienes que tomar los sueños por la garganta y hacerlos tuyos. En ese tiempo tenía mucha fuerza, era una leona, pensaba que lo que tomara de la vida era mío por derecho.
El me siguió besando como si mi garganta fuera el final de cada deseo. Su lengua rezumando nicotina, mezclada con mentas y café, había sido lo primero que conocí de Colombia. Cinco horas más tarde adormecida por el alcohol, descansaba sobre su pecho en una tina gigante. Tal vez el fuera el hombre de mi vida-pensé- si sobrevivía a mañana, sin que me drogara o me cortara en trocitos, tal vez ese tipo fuera la oportunidad de mi vida.
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