Ir al contenido principal

III. Con la maletica



Ha escampado el cielo- me dijo él, esa mañana. Y yo me di cuenta que jamás en mi vida había oído una frase como esa.

De Bogotá solo conocí el aeropuerto, un bar y un hotel demasiado alto. Se supone que decidiría acompañarlo en el camino de conocerlo, odiarlo, amarlo. Y vaya que decidí. Acostada sobre su pecho, en una tina redonda acababa de decidir, que seguiría mi camino con él adonde fuera.

Entonces, partimos a Cartagena. Yo, aunque había perdido un poco el miedo, no dejaba de pensar que “si algo sucediera” ya no tendría dinero con qué volver a casa. El adelanto en el trabajo solo había alcanzado para comprar el boleto de avión ida y vuelta a Bogotá y aunque visitar la playa estaba en los planes, nunca me pareció demasiado cierto, que yo pudiera conocer el Caribe. Él, había planeado esas vacaciones en demasiado detalle y a mí, me asustaba la idea de seguir tomando aviones a quien sabe dónde.

Nuestra primera mañana juntos, caminamos de la mano por un aeropuerto atiborrado de gente, yo con el cabello mojado y él llevando mi maleta pequeña. Esa que luego sería mi "maletica" para cualquier viaje a su lado. En el cielo, las nubes se unían por el rabo ocultando la tierra que a medida que ascendía el avión empequeñecía hasta volverse una mancha rojiza del color del olvido.


Hasta ahora pienso en Cartagena como una ciudad de ensueño, llena de murallas y rastros de piratas. ¿Qué importaba si mis padres se morían del susto buscándome como si me hubieran secuestrado? ¿Qué importaba si moría mañana? Mi única verdad en ese momento era su mano tibia, sujetando mi manita húmeda. Llevándome por islas y puertos a beber el café tinto y a bailar en las calles como si fuera de nuestra vida el último día.

Para ese tiempo él ejercía ese poder en mí. Podía hacer surgir castillos de la nada y llevarme a través de su palabra a sitios inimaginables en donde no había límite de tiempo. Pensé con inocencia que la vida sería igual siempre. Que su presencia en mi vida aseguraría días de carnaval y noches de vino eternamente.


Mi familia comenzó a buscarme desesperada, mi jefe envió cartas de despido. En Lima, la triste la gente me buscaba para que regresara a una vida de pesadilla y de despertar a nada ¿qué les importaba a ellos si yo quería dinamitar quien fui y transformarme en lo que sería? ¿Acaso alguien se había tomado la molestia en creer que mi vida podía ser diferente?


Los viejos dicen que fue ese amor loco el que me cambió para siempre. Yo pienso que fue la decisión de seguir a alguien. Yo no estaba enamorada, no me enamoré al volverme suya, ni al aceptar ese viaje de aviones, yates y playas escondidas. Tal vez, me cambié al creer que todo era posible, al volverme loca, al creer, que todo era posible a su lado.

Ya ha escampado el cielo- me dijo esa mañana. Y yo supe que jamás había oído esa palabra, porque en mi realidad, el cielo jamás escampaba, ni las nubes jamás se retiraban a ver un rastro de sol. Porque en donde yo había nacido, la gente se miraba la punta de los pies para seguir adelante…Y yo sólo tenía 21 años, una edad en la que sólo se busca poder volar, pero hasta ese moemnto nadie me había avisado que yo podía tener alas.
4 comentarios

Entradas más populares de este blog

"El VIAJE"

Muriel subió al bus con la ropa suelta para viaje, con la almohada pequeña para apoyar el cuello el resto de la noche y con el antifaz oscuro, por si encendían las luces del pasillo durante su sueño. Sería un viaje largo y cansado, aunque no era el primero de ese largo año viajando por el país; si tuviera dinero, me ahorraría 15 horas de viaje con un boleto de avión- pensaba ella con su pesimismo habitual.

Subió última al bus y todos se la quedaron viendo, por su indumentaria rara de polera suelta y pantalones de pijama, la almohada, la botella de agua mineral y el bolso que se desparramó con discos y hojas sueltas por el pasillo, al subir. La terramoza vestida con minifalda y pañuelo al pecho, la ayudó a comodarse en su asiento al lado de un tipo obeso de labios pequeños. La reprendió con una fría amabilidad por su retraso en subir.

El hombre del asiento vecino apenas si la saludó cuando ella se sentó a su lado, entretenido como estaba mirando por la ventana a la gente que se despedía …

Amante Ideal

"Alguien que conozca todas tus mierdas y no te joda por eso. O mas bien que te joda, pero que te joda bien" Esa es la definición que él me da cuando le pregunto quien sería su amante ideal. Me río entonces, como no lo hacia hace días. Es refrescante poder discutir sobre sexo en voz alta. Llevo un par de semanas pensando que le he perdido la curiosidad a enfrentar  tener nuevas relaciones, cada vez que llego al asunto doy un largo rodeo y cambio de tema.

Tengo que reconocer que la vida se pone mejor cada día, tan mejor que espero con ansia que me despidan del trabajo para poder invertir todos mis ahorros en un viaje que dure un par de años por territorios desconocidos.
Luego pienso en la salud de mis padres y me deprime la idea de que no podría irme sabiendo que aun me necesitan.  Que no sabrían a quien llamar si algo malo sucede. A cierta edad si no haz hecho todo lo que se te vino en gana te terminan atando el amor por  los hijos o los padres  eternamente a casa; ante cualq…

Poniendo el Pecho

Lo peor que me pasó llegada la pubertad no fue la menstruación, fue tener que usar sostén. Eso acabó con la libertad de mi cuerpo, fue el primer símbolo de que yo era una mujercita que debía ocultar su crecimiento.
Las demás niñas hablaban de que usaban "formador" y yo no entendía la palabra, que la relacionaba con algún aparato de ortodoncia. Creía que a mi jamás me pasaría eso; pero un día mis pechos empezaron a crecer y dos botones asomaron tímidos bajo la blusa escolar, sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Quise usar camisetas, frotarlos para que los pezones no estuvieran puntiagudos, pero nada daba resultado; del tamaño de dos chapas de coca cola, mis pechos empujaban por ver la luz. Yo me mantuve terca en no usar nada debajo de la blusa, pero los muy canallas seguían creciendo. Lo peor de todo: Dolían.

Si, recuerdo ese roce doloroso contra la camiseta escolar y mojarme con agua fría en las noches, para que dejaran de doler por el roce contra la ropa. Finalmente ten…