Escritura de Domingo


Hoy voy a escribir porque es domingo y no tengo nada más que hacer (nada emocionalmente importante, me refiero). Además, voy a tratar de escribir algo corto. Que no suene triste.

(Bien, ya escribí mis objetivos)


La semana ha estado un poco triste para mí, yo no lo sabía, me di cuenta cuando estaba en el taxi y llevaba casi 20 min. Sin hablar con mis padres, estaba ensimismada en mis propios mundos, pero ya no recuerdo lo que pensaba. Solo sé que estaba triste. Porque en mi familia estar callada es sinónimo de estar triste...o idiota...Ese es el apelativo cuando los hijos o mi madre callábamos ¿Por qué están idiotas? nos preguntaba.

Ahora me doy cuenta, que la mayor parte del tiempo hablaba solo para no tener que oír esa pregunta. Y siempre veía de mí, no mi verdadero yo, sino el calificativo que se me pusiese. Temiendo no ser lo que se esperaba que fuese.
No culpo a mi padre, en realidad culpar a la gente no trae nada bueno. No cambia las cosas, solo es un asunto de "la realidad que me tocó vivir", así que la asumo no más...sin psiquiatras.


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Durante la semana también, ha habido mucha gente que me ha tratado mal, trataba de buscarle un patrón a ese comportamiento, para hacer una hipótesis de ¿Por qué a mí? Y no hallé causa, me cansé de buscarle causa. Al final la conclusión fue: No es culpa tuya, la gente es mala per se.
Durante mi adolescencia siempre pensé que todo era mi culpa, porque apenas me quejaba de algo o de alguien, mi padre se encargaba de hacerme ver que yo era la mala y no ellos. Me hacía ver que era mi personalidad reflejo de la suya, la que me hacía una persona jodida e insufrible. Que la gente era sensible y se molestaba, que iban a sus casas a tramar venganzas y que tenían como premisa no tenerme cerca porque yo era un ser dañino.
"No puedes con tu genio", me decía. Así que yo, más que intentar explicarle, me iba a un rincón a meditar todo el discursete y me sentía mala. No quería parecerme en ese aspecto a mi padre, pero supongo que algo de verdad había. Con el tiempo, comencé a alejarme de la gente y vi que era mejor andar en pequeños grupos de 2 ó 3 en quien pudieras confiar que en mucha gente.
Me di cuenta que la popularidad no lleva a nada, que la mitad de la gente en realidad te odia, que es mejor agachar la cabeza y no ser encontrado.
(Léase la niña Lorena, para ser más gráficos)
A mi paso por la juventud, me di cuenta que tampoco eran buenos los dúos o los tríos, que a veces en la única persona que podías confiar era en ti misma y a veces...en tu pareja.
Eso, como siempre, resultó una verdad a medias.

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Yo odiaba, es cierto. Odiaba con vehemencia y dolor. Odiaba, porque en el fondo sabía que mis odios estaban dirigidos contra personas o hechos a los que jamás podría enfrentarme o ganar la partida. Gobierno, sistema (colegio), sociedad, amigas, rivales...Todo representaba un solo ente deshilachado en cientos de entidades que obstaculizaban mi felicidad. Por lo tanto: Sufría.

Sufría por el chico que amaba y que estaba enamorado de mi mejor amiga; sufría por mi mejor amiga quien coqueteaba descaradamente con el chico que me gustaba. Sufría por estudiar y estudiar y no tener la nota que merecía. Por los profesores que no respetaban, por el microbusero que me cobraba doble. Porque al comprar me dijeran señora y no señorita. Porque hubiera engordado 2 tallas. Sufría por todo…A veces, ahora…también sufro, pero ya es menos, porque he decidido no odiar.

Odiar es cansino, te quita horas y días de pensar en ti para pensar en una realidad alterna donde los malos tienen castigo y tú eres la heroína. Es tonto también, porque al final de la escena tratas de pensar lo que sentirá el otro, lo que sufrirá el otro y te olvidas como te sientes tu. Todo esto lo entendí recientemente, cuando durante las vacaciones, pensaba una y otra vez que haría él si yo lo dejara para siempre y su vida se volviera un desastre. Si yo hallara alguien que de verdad me amara…ja! Pensé tanto en cómo se sentiría él, al verme casándome con otro, que olvidé como me sentiría yo.

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Ahora no odio, no sufro, no espero...pero tampoco soy feliz. Es decir, estoy en un estado quiescente de ser y no ser. Por eso que no he hablado en el taxi, ni he sonreido ante un beso, ni he llorado ante su partida.
Supongo que la parte fea de crecer, es comenzar a volverte inerte...Pies de concreto, cabeza de arena.
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Es domingo, me propuse escribir algo corto y que no fuera triste. Creo que jamás podré hacerlo. Cuando escribo en mi blog, lo hago como si tuviera un coloquio con alguien que me entendiera, un terapeuta, un amigo, un cura, un novio. Como no voy al médico, ni me junto en grupos de más de 2 personas. Como soy casi atea y jamás tendré un hombre que me entienda, es entendible que escriba en mi blog, relajada y me extienda más de lo debido. Que escriba tanto, que leer estos cientos de líneas se haga de pronto algo cansino y aburrido, que escriba sin arte, sin lírica ni acento. Cuando escribo en el blog, a veces soy honesta, especialmente en las historias que no son mías. Porque soy honesta a los sentimientos que son el germen de mis personajes. Por eso no creo que deba decir cuando es verdad o cuando es mentira. ¿Acaso la vida no es una verdad maquillada de mentiras?
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Las caricaturas son de Liniers...y Fellini es el gato del que me he enamorado.
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