II. El sexo

- ¡Ni muerta chuparé eso!- fue el grito que di apenas estuvimos en la habitación.

Él me miraba cómicamente. Yo no entendía que le podía hallar de divertido a la situación, me sentía como si acabara de desvestirme para un sátiro. Y es que a mis 21 años. Si bien había frecuentado el tema sexual, eso de las chupadas y las poses raras seguían siendo para mí una suerte de quiromancia.
Es cierto, yo había dejado entrever con todas mis actitudes que no me molestaba para nada acostarme con él si se daba el caso, pero en mi decisión no se incluía sesión completa de amasijos y apapachos a cualquier robusto apéndice anatómico que él me pusiera enfrente. Está bien, tenía miedo, me sentía una estúpida por no haber pensado en eso. Para mí el capítulo “sexo” entre los dos, estuvo en duda hasta que me besó la primera vez, así que no me había detenido a pensar que esa podría ser la primera mentira que me descubriera.

De hecho ya había sido difícil entrar en un hotel así de grande con él de la mano. ¿Qué pensaría la gente de mí? ¿Se darían cuenta que entre él y yo no había nada en común más que una charla por chat? Miles de preguntas se atropellaban en mi cabeza, el alcohol había hecho lo suyo en el taxi, pero ahora de cara al mundo real, me daba cuenta que me estaba metiendo en una situación de la que no sería fácil huir completa.

El no insistió y se fue a dar una ducha, mientras yo desnuda junta a la ventana del piso 40 veía a la gente empequeñecida moviéndose como hormigas afanosas en un día laborable cualquiera. Pensaba que hacía 3 meses cuando habíamos hablado por primera vez, ni siquiera esperaba conocer su cara, era cómodo pasar los días hablando con un anónimo por esa ventanita luminosa en la esquina del computador. Alguien que vivía lo suficientemente lejos de mí, como para que cotejara mis versiones de la realidad. Yo ante él, podía ser lo que quiera y así fue. Las conversaciones habían discurrido de manera inocente hasta la primera vez que llamó a casa.

Llamada de larga distancia para hablar con un tipo de quien desconocía todo excepto lo que le ocultaba a su psicóloga. Y es que para esa época ambos nos habíamos embarcado en lo de confesarnos hasta los temores más íntimos, para purgar en algo nuestros demonios; tal vez fuera en eso lo único en que no le había maquillado la verdad: Mis miedos. Sin embargo, creo que para ese momento de nuestros encuentros virtuales había obviado decirle que mi temor más grande era al sexo, dado que yo jamás lo había hecho. Y es que los hombres tenían demasiados mitos con ese tema. Si le decía que aun era virgen tal vez habría pensado que yo era una niña tonta sin experiencia o por el contrario, habría querido darme caza solo por el hecho de hacerlo. No pues, no le diría nada, la variable “sexo de primeriza” no estaba en el menú. Habría sido mucha información para él, como definitivamente lo fue después de esa tarde.

Me empecé a dar cuenta, cuando acostados en la alfombra terminada “la gran faena” se quedó oyendo una canción cursi que sonaba por la radio con ojos lejanos: “…Lo mejor de tu vida te lo he robado yo…” Luego me sacó el cabello de la cara y me preguntó si sentía que acababa de pasar eso entre nosotros.
¡Mierda! Ya comenzaban las dudas. De ahí en adelante su cabeza instalaría toda una filosofía de hasta donde había metido la pata conmigo, de que si el primer hombre te marca para toda la vida, de que si algún día lo culparía por mi “desvirgamiento” de que si había sido muy brusco conmigo... Habló tanto, que me dieron náuseas. Odié a Julio Iglesias y a la maldita emisora que había en ese hotel.

¿Qué carajo le pasaba? A mí me había agradado porque parecía un hombre seguro de sí mismo, pero bastaba que el asunto de la virginidad rondara entre nosotros para que se convirtiera en un estúpido completo. ¿Qué importaba si lo había o no la había hecho antes? Eso del sexo había sido siempre una necesidad orgánica, que no había podido saciar, por miedo, es cierto, pero también porque no estaba en el lugar adecuado, no quería entregarme al primer idiota que me regalara flores terminadas las clases, tal vez al segundo o al tercero, aun lo estaba pensando y bingo! Llegó él. No significaba nada. ¿Que haya llegado virgen a él me definía como persona? ¿Podía definirme el cumplir con necesidades meramente orgánicas, como comer, beber o defecar? ¿Y el hecho de contestar un Sí o un No, representar un punto de corte para tipificarme en un grupo u otro: Bebedor o sediento, Virgen o sexualmente activa Como en las estadísticas de la sanidad pública?

No cabía duda que los hombres tenían más mitos acerca de la virginidad que nosotras las mujeres. Para mí hasta ese momento la virginidad representaba solo el miedo al dolor en el momento del corte de una supuesta membrana. Nada más. Hasta esa fecha yo, no solo me había masturbado y había tenido fantasías con él desde que vi su nombre en el encabezado de mis correos, sino que había deseado a toda hora tenerlo entre mis piernas. Así que de virgen, ya solo me quedaban restos celulares.

Su reacción a mi supuesta virginidad, no podía predecirla. A partir de ese día él me empezaría a tratar de otro modo, más delicado, algo más atento, como si estuviera a punto de romperme. A mí me dio risa todo ese cambio.

Tenía 21 años y el sexo no había representado mayor cosa en mi vida, algo físico como algún ejercicio extenuenante, nada más. Sin embargo, me comencé a preguntar si era solo por sexo, aquella sensación de querer sollozar terminado el acto.

¿Era ese el orgasmo del que hablaba todo el mundo, o en verdad ese tipo me estaba literalmente rompiendo por dentro?
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