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1. Muerte en Primavera

Al cerrarse la puerta de la librería, el sonar de las campanillas tintineando inmediatamente le evocaron el aroma a menta y cigarrillo en las manos.

Era Abril y la primavera se había apoderado de Glatzkin de una forma inquietante. Todos los olores, sonidos y luces se lo recordaban como a un fantasma que se resistía a irse de ella. Una sensación que empeoraba a esa hora de la tarde cuando se quedaba sola.

La persona que había entrado solo era otro hombre de cincuenta buscando libros policiales y algún manual de economía. Podía reconocer en el acto que buscaba cada quien. Ese lugar en la librería la había tornado sabia de alguna manera.

Volvió la vista hacia la calle. Definitivamente Abril había empezado aun mas dulce y colorido que de costumbre. Detrás de su lugar podía ver los cientos de libros alineados esperando un dueño que aun no llegaba, mientras ella dibujaba corazones que de inmediato tendía a borrar.

El cielo de Glatzkin había escampado afuera con un maravilloso azul que invitaba a salir de allí, a irse corriendo a nadar al lago San Patrick y perderse por algún sendero. Encontrarlo tal vez, quien sabe. A esa hora el marasmo de la tarde tendía a a atontarla con pensamientos demasiado melancólicos.

El hombre cincuentón, único cliente a esa hora, hizo caer en ese momento una pila de libros de cocina. Contrariado empezó a levantarlos uno a uno. Con una sonrisa ella le indicó que no había problema, los recogería. El hombre le fijó una mirada de ojos negros pequeños sin brillo, le agradeció y se retiró a seguir buscando lo que había venido a buscar.

Teresa se levantó pesadamente de su silla giratoria. La primavera había llegado y con ella su extenuante sensación de esperanza. Casi le resultaba imposible estar allí en esa caja de madera que era la antigua librería y ver la gente paseando con helados en las manos o en mangas de camisa. ¿Dónde estaría él ahora?

Se agachó a recoger los libros con cierto esfuerzo, aun le dolían los músculos. Había sido una larga convalescencia en cama viendo al Otoño pasar mientras ella sorbía la sopa por un tubo. Odiaba los hospitales, estar presa allí contra su voluntad. Pero odiaba mucho mas estar trabajando en plena primavera de forma voluntaria para pagar una vida cómoda pero en soledad.

Antes de poner en su lugar el último libro de cocina con la mujer sonriendo en la portada, vio algo brillando en el piso. Parecía la esfera de un reloj de pulsera. Lo puso en su palma y se quedó contemplándolo, la luna se le había roto.

Se levantó con dificultad buscando al hombre cincuentón, pero ya no estaba,acababa de irse. Las campanillas volvieron a sonar y lo vio salir apurado antes de poder avisarle. Quiso dar dos pasos rápidos, pero de inmediato el dolor en la cadera volvió a punzarle dejándola inmóvil en el acto.

Viejo tonto, pensó, ya volverás. Luego se dirigió con lentitud al escaparate que daba a la calle, mientras guardaba el reloj en el bolsillo de su chaqueta viéndolo irse rápido por la acera llena de luz.

Que radiante estaba el sol allá afuera. Un precioso día lleno de esperanza. Vio al hombre que había olvidado el reloj con su tweet verde alejándose por la vereda rumbo al norte de la ciudad.Casi llegando a la esquina el hombre cincuentón pasó a prisa abriendose paso entre dos chicos de color.

La luz cubría todas las ventanas volviéndolas espejos azules. La acera estaba limpia a esa hora de la tarde. Solo los dos chicos negros dirigiéndose hacia la tienda con ropas holgadas y zapatillas blancas.

Al sobrepasar al hombre cincuentón, este se desplomó rápido como un saco, cayendo al piso sin sentido.

Ella vio entonces todo pasar como en cámara lenta. Un charco de sangre acababa de cubrir la vereda mientras el hombre yacía allí tirado sin nadie que lo acudiera.

De inmediato uno de los chicos negros guardó una enorme arma que limpió bajo su chaqueta. Parecía un cuchillo o una espada, no podía saberlo con exactitud, brillaba demasiado bajo el sol de la tarde.

Se le ocurrió gritar, correr, hacer algo. Estaba demasiado lejos. Por la vereda, tranquilos ambos jóvenes caminaban como si nada pasara. Uno de ellos sonrío frente su ventana sin darse cuenta que tras la pila de libros nuevos ella contemplaba la escena horrorizada.

El hombre que acababa de salir de la librería, permanecía tirado en la vereda sin moverse. Muerto tal vez. Y ella era incapaz de correr.


Teresa se llevó las manos a la boca rezando porque no la hayan visto. El reloj aún permanecía en su chaqueta pesando como una herencia que no quería.

Pegó su cabeza y nariz al vidrio para ver si no era un sueño. En esa mañana perfecta de sol y cielo azul a un hombre lo acababan de matar ante sus ojos sin que ella pudiera hacer nada.La vereda seguía silente y el sol reflejándose en todas las ventanas cerradas.

Tras la ventana bajo un sol radiante ella temblaba. Seguía siendo un maravilloso día- pensó-Incluso para morirse.
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