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Ni light ni divertida.

Todo empezó cuando comencé a buscar esas fotos. Debían estar en algún lado de los cientos de correo que pensé nunca más volvería a revisar. No imaginé lo que vendría luego. Montones de cartas de gente que nunca llegué a conocer, de los amigos que perdí o de los enamorados que jamás tuve. Cientos de líneas, unas mas divertidas que otros. Correos de pocas líneas o testamentos completos, palabras de gente que nunca volveré a ver. Gente que en realidad no vi nunca.

Me he parado de pronto en el abismo de mi pasado y me he visto responder con violencia a los halagos mas sutiles, defenderme, huir, hacer daño. Cualquiera hubiera dicho que era solo un cachorro asustado tratando de mantenerse a salvo. Qué pavor el volver a verme y volver a sentir a través de esas cartas un cariño y admiración que ya no siento.

Será que eran los meses de la fragilidad extrema, de caminar por primera vez al filo de la soledad, que tanta gente busco ayudarme. Pequeños mensajes que me levantaban el día, que me permitían llegar al siguiente sin mucha autocompasión. Algunos halagos demasiado azucarados, alguna gente mas sensible que yo, escribiendo sobre mí, como si fuera única, especial, asombrosa. Haciéndome creer esas pequeñas mentiras que a las mujeres nos agradan tanto.

Quién era yo entonces? Quiénes ellos? Algunos se quedaron conmigo para siempre, otros se fueron y la mayoría en realidad nunca volvieron. Tengo esos testimonios de fe en una persona que nunca conocerían, escritos aquí como los pequeños milagros de una sociedad cibernética en donde jamás ves la cara de tu oponente mostrarse. He estado mas cerca del chico que escribía de la otra costa de mi planeta que de aquel que se ha sentado hoy a mesa.

Pero no es sólo eso lo que me ha aterrado hoy. He sentido ese vértigo de ver tu pasado caminar raudo frente a tus ojos, mientras tu sólo intentas cerrarlos. He leído acaso las huellas de cosas que ya había dado por olvidadas. Ese olvido en el que se entierran por igual todas aquellas cosas que no resultaron, esos grandes fracasos de cuando confié demasiado o de esas derrotas peores en que no me entregué suficiente.

Me ha aterrado no poder parar y leer todo punto por punto las cosas que creí ciertas y saber que no lo fueron. Qué asombro el sentirme tan ilusa en un tiempo en que todo parecía posible. Que triste el descubrir que he crecido, que ahora tengo tantas estrategias para que nadie me hiera que acaso he olvidado las cosas básicas como decir lo que siento.

Me he vuelto una mujer vieja, así me siento. Pues ahora callo más y me cubro menos. Intento mostrar con el cuerpo más piel de la que debería y guardar de la boca para adentro aquellas frases que sólo afloran cuando me siento completamente sola.
Divina e irritante soledad. Esa que siento mientras me apoyo a la pared de la ducha pensando, cosas de las que ya no escribo ni le menciono a nadie. Aquellas cosas que he aprendido a silenciar tan bien que parece que no existieran.
Porque la inocencia también se muere y lo iluso e ingenuo de las personas pasan a guardarse en el ropero, como trajes viejos que jamás volverán a estar de moda. Ni ser adecuados para salir a la calle.
No puedo explicarme…qué miedo el no poder hacerlo. Haberme vuelto boba, torpe para expresar lo más mínimo. He olvidado tantas cosas en el camino que no sé si la gente que me quiso en un principio podría reconocerme ahora. Tantas cartas, tanta ternura.

¿Quién era yo para merecerlas?

Lloré el otro día por cosas varias que no vienen al tema. Me sentía tan desdichada.
A veces extraño sentirme admirada- qué necia- hago tantas cosas que para nadie significan nada. Que a veces sólo llego a casa y pienso, cuanta gente no murió hoy gracias a que pude hacer algo bueno, más nadie lo sabe, ni me lo agradecerá, ni dormirá hoy pensando en mí. Ni me hará un poema, ni escribirá una historia y mucho menos me hará un retrato.

Era más fácil escribir y lograr -sin intentarlo demasiado- que la gente me quisiera, que de alguna forma patológica pudieran incluso acompañarme por mucho trecho en el camino. Y sentirme, en ese momento que lo que yo hacía era apreciado, querido, esperado.

Ha pasado el tiempo, voy conociendo gente nueva y ellos a mí. Gente a la que no le importa lo que hago, lo que hice o lo que haré, comentando sólo de esa imagen plana que se muestra en una foto como si eso me importara. Escribiendo de vez en cuando que les gusto como si eso de verdad pudiera llenarme.

A veces como hoy sólo extraño a los amigos que perdí, a los amantes que no fueron, a los amores que no tuve. A esa fauna de gente rara que me rodeaba hace tiempo y que decía esperar cualquier cosa que yo tuviera para darles. Incluso si era mala, pues era real.

Ahora sólo soy médico y siento que nadie espera nada de mí. Que tal vez yo tampoco espere nada de nadie.
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