Micro cuentos

La luz se filtró por la persiana entre abierta. El cuerpo inerte del profesor Higginson descansaba sobre varios papeles amarillos. La sangre se había coagulado junto a su cráneo abierto como un melón.

Cur- cu- bi- tá- cea, silabearía él de haber oído la extraña analogía que hacían los policías de su reciente muerte.

"No es un melón, Sr. Pinsky, de lo que Ud. habla es de una fruta cur- cu- bi- tá- cea".

En ese momento su lengua se aplastaría contra sus dientes amarillos llenos de antiguo tabaco y corregiría una vez más algo de lo que Lonard Pinsky pensaba.

Había sido su alumno en los primeros años de universidad, cuando aun algo de él quería dedicarse por completo solo al estudio. Había tomado sus clases porque le dijeron que el viejo Higginson acostumbraba dormirse a mitad de la clase y eso le permitiría escabullirse los fines de semana. Pero mas que eso, lo que mas le había atraído del anciano profesor sería su memoria de elefante y su exquisitez para elegir siempre la palabra correcta, la mas rara, la que en un sólo término podría sellar una expresión completa.

Llevaba unas horas muerto y en el pequeño departamento varios policías, buscaban pistas del asesinato. Leonard Pinsky buscaba a su vez sus propias pistas. Era el investigador mas joven de la escuadra y acostumbraban llevarlo a las pesquisas de la tarde cuando los demás descansaban, especialemnet aquellas que tuvieran que ver con la universidad.

Se había graduado de la escuela hace un par de años y una maestría en numismática lo había vuelto popular hace 6 meses al hallar las pistas del asesino de las monedas, como llamarían al captor del profesor Rubiano, en los periódicos luego.

Este era el segundo profesor muerto en lo que iba del año y la cúpula universitaria se veía remecida por titulares en los periódicos y escándalos que no se repetían desde 1996 cuando uno de sus docentes mas recordado se suicidara lanzándose de lo alto del auditorio.

Esta vez Pinsky tenía razones para pensar que ambos casos estaban articulados. Si bien ambos profesores pertenecían a ramas distintas de la enseñanza, su violenta muerte daba señales que parecía mas un acto de algún sicario que una venganza solamente.

El Profesor Rubiano, por ejemplo, había enseñado la cátedra de física por mas de 20 años y de pronto es hallado ahorcado junto a su armario, sin mas pistas que una moneda herrumbrosa. A partir de allí iniciaría toda la investigación que ahora se estancaba en rumas de burocracia.

Leonard sentía que esta era la oportunidad para hacerse notar, había algo mas detrás de esos crímenes aparentemente inconexos.

Se acercó a la persiana que era golpeda por el viento. El campus universitario se extendía hasta el horizonte, una preciosa vista sin duda. Los campos de hortalizas aparentaban un mar verde que se movía lentamente al compás de la brisa. Habría sido esa la última visíón del profesor Higginson, el sol cayendo sobre el horizonte, mientras alguien le apuntaba desde atrás con un arma que le partría en dos los sesos.

Leonard, tragó saliva. Acababa de hallar su primera pista.

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