En el Porche

Perdona si hoy me permito hablar sin cadencia, sin ese olor a mí que dices que existe en cada escrito. Perdona, si hoy entraste al internet y al no verme conectada viniste aquí esperando hallar una señal de mis estados de ánimo, de mi tristeza congénita, de mis mohines de niña mala. Si en una de mis líneas te menciono acaso.

Hoy no, porque termina Junio y tenía muchas ganas por escribir, sentimientos que flotan de mí, sensaciones y elucubraciones sobre la forma melancólica en que terminan las ilusiones. A lo mejor ya sabías que pasaría, pasa siempre, mejor ahora que luego...Ya se sabe, mejor ni mencionarlo.

Hoy me levanté temprano - si te apetece saberlo- estoy varios días con un problema de gastritis que de crónico pasa agudo y de agudo a un dolor asesino, que me hace permanecer insomne con ese dolor que no calma con nada que no sean alimentos blandos que mendigo en mi frigider a las 3 de la mañana, esperando dormir luego.

Hoy cogería el libro que empecé a leer hace 3 noches. Hoy dormiría hasta tarde arropada en la bata rosa de la que te ries tanto y hecha un pompón entre varias almohadas trataría de olvidar lo que me pasa a diario. Lo de siempre, el trabajo ...eso mejor ni te lo cuento.

Perdona si escribo así, estoy enferma, iba a escribir cosas muy generales, algunos recuerdos que me surgen cuando en la silla giratoria doy vuelta y vuelta hasta casi perder el sentido de las cosas. No pretendía que sea una carta personal. Pero ya no importa no? Nos hemos escrito tanto de esta forma...ya que mas da?

Parece que estuviera triste...Ha de ser el clima, es gris en mi ventana con ese cielo de nubes espesas y plomizas que nos cubriran del sol unos 6 meses más. No debería estar aquí sabes? Debería estar en esos lugares del trópico en donde hay sol todo el día y la gente se sienta en bancas a la sombra, a agonizar en el marasmo de sueños lejanos.

Debería estar sentada al porche de una casa de tablas con un gran jardín de flores salvajes. Y jugar con el pie en la arena dibujando las letras de un nombre que no recuerdo. Tirar la cabeza atrás como la tiro ahora mientras escribo y recibir el aliento de la selva atrás mío.

Está tan cerca el mar que puedo volverme salada de solo quedarme aquí afuera en el porche del otro lado del mundo en donde espero volver a nacer. En donde las cosas no inician por las patas, y me puedo dedicar solo a soñar, sin pensar en nada.

Me siento en el porche mientras se azotan las ventanas y estoy con un vestido descolorido que contrasta con la intensidad del verde del jardín y sus flores salvajes, con ese azul añil del cielo al amanecer. Mi vestido es de arena y mis ojos se extienden mas alla de las orillas de esta casa buscando el retorno de alguien que conoceré en un pasado al que me niego.

Mi otra yo ve al mar mientras su mano va tallando un trozo de madera lesionándose los dedos que en esta vida están tan bien cuidados por no hacer nada y usar siempre guantes de látex.
Mi otra yo no sabe de cálculos, de idiomas o de literatura. Sabe tal vez curar una herida con algún emplasto de hierbas y sabe cantar. No bien, sólo sabe. Sabe letras y se aprende de memoria versos de boleros que escucha en una radio que se cae de vieja.

Mi otra yo aprende rápido pero no quiere aprender, se queda con su vestido desteñido mirando al mar como si esperara que surgiera un milagro en esa fiesta de fuegos y color que es el atardecer en el trópico. Mi otra yo, espera calmada el amor como un acontecimiento natural ante el que hay que estar preparada y dejarse llevar.

Mi otra yo no sabe de enamorarse, desenamorarse y sufrir por ello. No sabe como duele el pecho al menor roce de la persona que te interesa, como una sensación primitiva ante la que no hallas remedio mas que bajar la mirada y guardar silencio. No sabe de las trampas de la soledad, de que los amores no son para siempre, ni para siempre las ilusiones.

Mi otra yo debe tener 20 años en este momento, espera pacientemente que algo suceda. Tal vez un milagro y que pueda conocer un amor una persona que cuide de ella y del jardín de las orquídeas salvajes. Seca sus manos callosas en ese vestido raído y triste, mientras canta para adentro versos que se hicieron canciones.

Yo, al otro lado del mundo suelto mi cabello y doy vueltas en una silla giratoria de colores chillones y espero, como ella, con ansia a que los milagros sean ciertos y que la lógica por una sola vez se equivoque. Mi yo actual bordea los 30 y se siente tan sola ya, ahora, rodeada de tanta gente, que no cree que esta soledad pueda ser cubierta ni por amigos, ni por familia ni por libros, menos por dinero. Que vive en la esperanza de que el amor (el verdadero) pueda cubrir eficazmente estos vacíos en donde se siente perdida y melancólica.

Mi yo actual ha venido a burscar en una ventanita una charla que le evite pensar demasiado.
Mi otra yo abre sus ventanas de par en par y se sienta a soñar despierta con un futuro inmediato de caricias y palabras bonitas. De amores que sean como en las canciones, perfectos y apasionados. Como ella. Tan perfectos e inocentes como ella.
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