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Para Edem

Yo no merecía que me quisieran de la forma que lo hizo Enrique. Para empezar no merecía que haya creado una fantasía de mí y en base a ella quererme de esa forma que lo hacía él, con sentimientos de niño bueno, que caían como espículas de alguna materia desconocido sobre mi corazón descascarado de cualquier capa de ingenuidad o credulidad en las personas.

De dónde sacaba él esa fe en mi? Probablemente de esa mismo rincón de fe de donde sacaba el cariño para su madre, sus amigos y sus perros. Su existencia para mí era algo tan lejano y a la vez indudable, como la prsencia de un astro que por mas que llegue la noche, sabes que permanecerá allí aldía siguiente.

No sé si debí decírselo más, o tan sólo alguna vez decírselo. Hablarle no sólo las veces que yo lo necesitaba porque tenía conflictos con mis personas conocidas, o también todas las veces que él probablemente me necesitó y yo dejé sin contestar las cartas.

Tal vez era mucha dulzura, tal vez que en algún punto del espectro de sentimientos disímiles de los que estoy compuesta, hallaba que teníamos esa similitud patética en creer en el amor y en que alguna vez y de la nada se aparezca en nuestras vidas esa persona ideal que lo arreglase todo.

Su visión cándida y azucarada del amor, me hacía rechazarlo con fuerza, dado que me sentía igual de patética que él no por pensar que esos pensamientos eran ciertos, sino por haberme despeñado tantas veces enarbolando dichos sentimientos, siempre en personas que no lso merecían.

Para mi, Enrique era de esas personas que jamás desaparecerían, esos lectores eternos, ese tipo de fan al que no contestas, porque sabes que de alguna manera será cómplice de tus silencios.

A menudo cuando me animaba a leer una de sus larguísimas cartas sobre su madre, o su padre o sus amigos, solía sentir envidia, de que dedicara tanto de su vida a otros, era como una versión mía que se hubiera quedado a cuidar del resto, mi versión no renegada del mundo, mi versión buena de la persona que todos en algún momento nos negamos a seguir siendo.
Cuando nos marchamos de casa, cuando renegamos de los amigos, cuando peleamos con nuestros padres, cuando planeamos largas revanchas a aquellas personas que no pudieron querernos como queríamos.

Odiaba que nunca hablara de odio ni de resentimientos, como si se hubiera resignado a que en este mundo él siempre tenía que poner la otra mejilla, como algún personaje increíble del que aún no no hubiera escrito, como un Niño Goyito que de pronto partió en un viaje sin despedida ni retorno.

Debe ser que ando deprimida, que de repente se me vino toda la marea estrogénica, que necesitaba desesperadamente llorar por comprobar una vez más, que aquellas personas que parecen estarán para siempre, se nos marchan antes de tiempo, sin haber hecho daño a nadie, arrebatándonos el derecho a hacer mal las cosas a los inútiles egoístas que nos quedamos vivos.

He pensado tantas veces en morir y solo me ha detenido la idea de causarles dolor a mis padres; jamás pensé que alguién lloraría verdaderamente por mí si desaparecía del mapa, a lo sumo algún amigo que me hubiera conocido de veras, a lo sumo alguien como Enrique que me hubiera idealizado.

Heme aquí llorando por él, como cuando de niña lloraba por cosas que no podía comprender. Es tan sarcástica la muerte, se lleva siempre a aquellos a los que echaremos en falta y nos deja a todos los otros. Los que son fáciles de olvidar, porque nunca quisieron, ni creyeron realmente en ese regalo que se llama vida y que amanece a diario inevitablemente, como el milagro que se opone a nuestras peores pesadillas.

Lamento mucho no haberme vuelto a comunicar. Lamento que tal vez era mi karma ayudar a personas como Enrique, versiones transfiguradas de mí en busca de un amigo verdadero, pero a quienes no alcancé a ayudar en nada que no fueran millones de líneas huecas como estas arrojadas a un océano cibernético en que la gente está cansada incluso para destapar botella con mensajes de auxilio.

Una oración por aquellos que descansan en la paz de creer que hay algún lugar mejor que este.

Una oración por Enrique, aunque ya no esté aquí para saber lo mucho que ocultaba mi silencio.
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